miércoles, febrero 15, 2023

Los adalides de la democracia

  

Por @ruiz_senior

Un día una persona no llega a su casa y sus familiares se preocupan hasta que un buen samaritano les comunica por teléfono que ha sido «retenida» y que los captores exigen cierta cantidad de dinero para dejarla en libertad. Objetivamente, ese informador es un intermediario cuya tarea es procurar la liberación de la persona, por mucho que se considere que puede ser el jefe de la banda e incluso el mismo que raptó a la persona, aunque esto último es menos probable porque la violencia es una tarea ingrata que se suele dejar a subalternos.

Tal vez el lector esté muy seguro de que el que telefonea es un criminal evidente, pero ¿no es lo mismo que ocurre con las negociaciones de paz con las FARC gracias a las cuales los violadores de niños resultaron legislando y las masacres se convirtieron en la fuente del derecho? ¿Cuántos lectores admiten que es el mismo caso? Poquísimos, los valedores de la paz eran todos los periodistas importantes y todos los actores, cantantes, juristas, profesores, intelectuales, artistas, políticos de todos los partidos y hasta militares.

Esta curiosa forma de distinguir a los amigos de la paz de los amigos de la libertad del primer párrafo deja ver el impacto de la propaganda intimidadora en el caso de las personas poco avisadas y cierta indigencia moral en el de las que ostentan poder e influencia. El que llama paz al acto de premiar el crimen y permitir que una banda de asesinos imponga la ley es aún más canalla que el que intenta conseguir la libertad de una persona secuestrada, pero ¿cómo va un aspirante a ministro o a columnista a decir algo semejante? Echaría a perder su carrera.

Las recientes algaradas en Brasilia permiten aflorar a una tercera clase de miserables, los amigos de la democracia, indignados por el «golpismo» de la turba que asaltó las sedes del poder. ¡Qué ocasión más apropiada para exhibir buenos sentimientos y amor a la ley! Suelen ser las mismas personas que odian a Trump y lo acusan de querer dar un golpe de Estado por llamar a manifestarse pacíficamente frente al Capitolio, como hacen en muchos países los que sospechan que han sido víctimas de fraude electoral.

La certeza de que tal fraude no ocurrió o no pudo ocurrir es obvia en los amigos de la paz de Santos y en los que votan por candidatos como Petro, pero dada la hegemonía que ostentan, llega a mucha gente que desconoce por completo las elecciones en Estados Unidos y prestó poquísima atención al recuento de 2019, ocasión en la que en los estados decisivos el recuento tardó muchas semanas hasta que fue posible cambiar un resultado claramente favorable a Trump. Y cuando se demostró en las redes sociales que el asalto al capitolio fue posible porque a los manifestantes los invitaron a entrar, las cuentas que lo hacían fueron canceladas.

La aversión a Trump se extiende a Bolsonaro, y dado que los partidarios de la llamada izquierda de todos modos aplauden todo lo que convenga a su bando, sólo vale la pena prestar atención a los enemigos de Trump y Bolsonaro que se suelen contar entre la llamada derecha. La ocasión de las algaradas en Brasilia es perfecta para mostrar la incoherencia de esas personas, su frivolidad y en últimas su complacencia con la tiranía narcocomunista que se apropió de Iberoamérica con el beneplácito de la casta que impera en Estados Unidos.

No se trata de que se deba apoyar el asalto, pero el hecho de que haya ocurrido no refuta las sospechas de fraude, no puede ser lícitamente ninguna acusación contra Bolsonaro —que incluso lo condenó—, no legitima la represión contra los que habían montado campamentos para denunciar el fraude y sobre todo no convierte a Lula en un demócrata ni en un presidente legítimo. Aunque no hubiera habido manipulaciones en el recuento electoral, y eso es mucho decir, ¿realmente alguien puede creer que su elección no contó con el resuelto respaldo financiero de sus socios de los narcorregímenes venezolano y cubano y con los recursos acumulados en las corruptelas que caracterizaron a los gobiernos del PT?

La poderosa mafia mediática que defiende a esa multinacional de tiranos narcocomunistas explota esa extraña algarada —en la que muchos ven infiltrados del PT y aun un montaje conveniente, como las habituales amenazas a Piedad Córdoba— para lavar la imagen del presidente —cuya impunidad tras una condena sólida hace pensar en las grandes fortunas que produce el narcotráfico— y de paso a su vasta organización continental. Lula y el PT sólo son la franquicia brasileña del régimen que asesina y tortura a miles de venezolanos y mantiene en el terror a Cuba y a Nicaragua, el socio del régimen criminal de los ayatolás. El antiguo obrero metalúrgico ha sacado de su actividad política una fortuna gigantesca que manejan sus hijos, involucrados en toda clase de escándalos y rodeados de lujos inverosímiles.

Los «derechistas» que figuran como odiadores simétricos de Lula y de Bolsonaro colaboran con ese designio de la citada mafia mediática, tal como respecto de un hecho como el apuñalamiento de Bolsonaro en 2018 apenas si pudieron ocultar la sensación de alivio y obviamente se apresuraron a reconocer meras manías personales de un psicótico.

Falta que nos expliquen qué fue lo que hicieron Trump o Bolsonaro que atentara contra las libertades y derechos de los ciudadanos, porque lo que dejan ver esos personajes es que están resignados a ser los gestores del mundo que implantan los totalitarios y si no llegan a tanto, al menos a lucrarse desde el Ministerio de la Oposición que tan alegremente ocupan en muchos sitios. Prestos a hacer carrera política, ¿qué obtendrían oponiéndose a medios todopoderosos que implantan la verdad que quieren? Mejor ayudan a engañar a la gente.

Y como expliqué al principio, esa clase de defensa de la democracia es lo mismo que colaborar con la libertad cobrando los secuestros o promover la paz aplaudiendo el premio del genocidio: lo que amenaza la democracia es la constelación de satrapías de La Habana y Teherán, no el Partido Republicano estadounidense ni los conservadores brasileños.

(Publicado en el portal IFM Noticias el 13 de enero de 2023.)

jueves, febrero 09, 2023

En manos de la "Narcomintern"


El retorno de Lula da Silva a la presidencia de Brasil es el mayor triunfo que ha tenido la multinacional comunista dirigida desde La Habana en mucho tiempo. Con ese triunfo ya son pocos e insignificantes los países iberoamericanos que no están en sus manos, y esa hegemonía cuenta con la ventaja increíble de que nadie quiere darse cuenta de que se trata de una única organización que desplaza recursos de un país a otro, que obedece órdenes de un mando central y que usa en todas partes los mismos elementos de propaganda.

No faltará el que ponga en duda que esa conciencia exista, pero ¿dónde hay alguien señalando que Juan Manuel Santos, Pedro Sánchez y López Obrador son parte de una misma conjura? Se suele hablar del Foro de Sao Paulo como el nombre, precursor de «Grupo de Puebla», de esa conjura, pero en realidad el Foro de Sao Paulo fue la proclama de algo que existía desde mucho antes, que eran las diversas organizaciones comunistas de la región, por entonces huérfanas tras el abandono soviético.

Esas organizaciones no crecieron por su cuenta para integrarse en la entente de Lula y Fidel Castro, sino que habían existido durante muchas décadas, provistas de doctrina, dinero y recursos de propaganda por el régimen cubano y hasta entonces por la Unión Soviética. Es decir, el Foro de Sao Paulo fue la materialización iberoamericana de lo que se llamaba «comunismo internacional» durante los años de la Guerra Fría. Pero antes de los acuerdos de los vencedores existía la Internacional Comunista, disuelta por las presiones estadounidenses sobre Stalin.

La Internacional Comunista, conocida como Komintern, fue creada por los soviéticos tras el fracaso de la revolución comunista en Alemania y Hungría y tenía por objeto agrupar a los defensores del bolchevismo en todo el mundo. Hasta entonces había habido dos organizaciones internacionales de los partidos socialistas, la llamada Primera Internacional, de la época de Marx y la Comuna de París, y la Segunda Internacional (actualmente Internacional Socialista), cuyos dirigentes, sobre todo en Alemania, se planteaban una revolución gradual participando en los parlamentos de sus países. La Komintern venía a ser pues la Tercera Internacional y agrupaba a partidos que obedecían a las órdenes del gobierno soviético.

De modo que el Foro de Sao Paulo venía a ser una refundación restringida a Iberoamérica de la Komintern y se proponía, aprovechando la relajación estadounidense derivada de la caída de la URSS y la expansión de grupos afines en Estados Unidos con influencia en el Partido Demócrata, implantar regímenes como el cubano en toda la región. Hasta el momento han avanzado muchísimo en ese propósito y no parece muy probable que vayan a retroceder, al contrario, el régimen venezolano se afianza y en Bolivia se van suprimiendo todas las instituciones de la democracia, que hace tiempo no existen en Nicaragua.

Una característica de esa organización es su conexión con el narcotráfico. Ciertamente las conexiones mafiosas del régimen cubano (sobre todo con un tipo que tenía el increíble nombre de Santos Trafficante) http://webarticulista.net.free.fr/jfb200517080706.html son aun anteriores a la toma del poder en 1959 y se mantuvieron durante mucho tiempo. Esa implicación llevó en cierto momento a una purga en el régimen, que se deshizo de personajes molestos, como Patricio de la Guardia —al que se atribuye el asesinato de Salvador Allende— condenándolos a muerte con ese pretexto.

En Colombia esa implicación cubana y de las guerrillas comunistas también es muy antigua, baste recordar que tras el secuestro de Blanca Nieves Ochoa fue el embajador cubano, Fernando Ravelo, el que consiguió el acuerdo entre el cartel de Medellín y el M-19. http://mrpotros.blogspot.com/2011/12/la-conexion-con-los-carteles-y-con-cuba.html El proceso posterior es más conocido, aunque no se conocen investigaciones rigurosas que expliquen lo que muchos sospechamos: que el triunfo de Chávez fue posible gracias a la inversión de grandes fortunas de la cocaína en propaganda, compra de votos y fraude electoral.

Una vez conquistada Venezuela, la riqueza del país sirvió para financiar a todos los partidos controlados por el régimen de La Habana, a veces incluso creándolos, como ocurre con el partido español Podemos, obra de un grupo de profesores universitarios madrileños que supieron complacer a Chávez y al régimen de los ayatolás, además de Cuba, y que cuentan con cientos de activistas sudamericanos.

Esa profunda imbricación del comunismo y el narcotráfico en la región es lo que está detrás del discurso de Petro en la ONU o de las afirmaciones de Juan Manuel Santos de que no hará falta el permiso estadounidense para legalizar la cocaína. Obviamente no van a legalizar el narcotráfico porque podrían sufrir sanciones y hasta procesos penales, pero sí quieren blindar el negocio y legitimarlo en los países productores.

O más bien reforzar esa legitimación, porque la verdad es que en Colombia no les hace mucha falta. Baste recordar que el año pasado el candidato ultramontano, el nieto de Laureano Gómez, se declaraba partidario de la legalización, o que durante más de cuatro décadas estuvo el patricio Antonio Caballero inventando toda clase de pretextos disparatados (como que la prohibición del narcotráfico era un invento de los bancos) para favorecer la benevolencia estatal hacia el narcotráfico.

El comunismo no es un fenómeno ideológico como se cree sino sobre todo un fenómeno mafioso. Es como si alguien concibiera el proxenetismo como una manía sexual: la tiranía y el despojo siempre encontrarán quien se ponga de su parte e intenten aprovecharse de ellos. El triunfo de los bolcheviques sólo fue posible a punta de terror, terror que siempre convenía a los capos de las organizaciones de poder, que sobre todo mataban a quienes podrían disputarles el mando (cada vez hay más pruebas de que Lenin fue asesinado a la edad de 54 años). Hoy en día ambos aspectos mafiosos están juntos, las satrapías liberticidas dirigidas por el régimen cubano son también las de la exportación de cocaína y heroína y la región iberoamericana está sometida a ellas en el momento más peligroso de su triste historia.

Y en Colombia prácticamente no tienen oposición.

(Publicado en el portal IFM el 8 de enero de 2023.)

lunes, febrero 06, 2023

La desazón del hincha

Abundan las personas que se emocionan con el espectáculo de cuatro millones de argentinos festejando el triunfo de su selección. Lamentan no estar allí, y si fuera su país el que hubiera ganado, se sentirían realizadas y felices. Por sorprendente que le resulte al lector, no todo el mundo está para eso, por ejemplo, si Colombia fuera la ganadora del mundial esa alegría de todos a mí me daría más bien miedo. Esa masa ebria de orgullo por algo más bien absurdo (para colmo un triunfo obtenido casi por azar en los penaltis) no anuncia nada bueno, la decadencia de Argentina (hace cien años uno de los países más ricos del mundo) ha estado marcada por sus triunfos en el Mundial, el triunfo de 1978 reforzó a la dictadura militar, que cuando hubo dificultades en 1982 no vaciló en emprender una campaña patriótica, que resultó en la patochada de la guerra de las Malvinas.

Una cita de Borges resulta muy elocuente al respecto: «El fútbol despierta las peores pasiones. Despierta sobre todo lo que es peor en estos tiempos, que es el nacionalismo referido al deporte. Porque la gente cree que va a ver un espectáculo, pero no es así. La gente va a ver quién va a ganar. Porque si les interesara el fútbol, el hecho de ganar o perder sería irrelevante, no importaría el resultado sino que el partido fuera interesante...».

Ese fervor patriótico lo explica Borges en otra cita:  «… Es que la idea de que alguien pierda o alguien gane me parece esencialmente desagradable. Hay una idea de supremacía, de poder, que me parece horrible».

Sí, con el pretexto del fútbol afloran todos esos sueños de supremacía que son grotescos en países en los que es imposible desplazarse por una ciudad en automóvil a más velocidad que a pie, opción tampoco disponible en Colombia por la inseguridad en las calles y las alcantarillas destapadas. La nación emocionada por los logros de unos jugadores es un triste sucedáneo del mínimo de civismo que haría falta para no elegir como gobernantes a antiguos miembros de bandas de secuestradores y asesinos, para que el ingreso de la mayoría permitiera un nivel de vida digno o para que la vida cotidiana transcurriera con un poco de concordia y cortesía.

Ese espíritu de unidad y fervor de la nación en torno a un objetivo es la definición del fascismo, y de hecho Argentina es el país en el que el fascismo perduró tras su caída en Europa, a tal punto que todavía gobierna. En España la necesidad de reconocimiento internacional hizo que la ideología del régimen se ocultara y se olvidara a partir de los años cincuenta. Si hubo mayorías entusiastas de Franco fue sólo por el alivio que representaba salir de la dominación comunista, mientras que Perón siguió contando con mayorías hasta su muerte y sus herederos han tenido el poder la mayor parte del periodo posterior a la dictadura de Videla.

El elemento cultural interesante en esa pasión es el hincha, la persona ansiosa de formar parte de comunidades que se imponen sobre otras, más si no tiene que esforzarse en nada, y que se mueve por emociones y sentimientos simples. Esa clase de personas son la base del fascismo. En Colombia no hubo fascismo porque al caudillo arquetípico, Jorge Eliécer Gaitán, lo mataron, pero eso no salva al país de tener una vida política llena de hinchas. Ante la imposibilidad de una patria unida queda la adhesión a alguna bandería, y es lo que se refleja en la pertinaz adhesión popular a Uribe.

El que niegue la ofuscación de esas masas respecto del expresidente debería prestar atención a lo que voy a comentar: en 1998 Pastrana comenzó a negociar la paz con las FARC y les despejó un vasto territorio, lo que despertó rechazo hasta en su gobierno. Pero el país que venía de los enfrentamientos del proceso 8.000 se dividía entre los defensores de Pastrana y sus adversarios, los «serpatizantes», que habían apoyado a Samper y trataban de debilitar al gobierno por el descontento que generaban las concesiones a los terroristas. Uribe había dejado al finalizar 1997 la gobernación de Antioquia, en la que se había destacado por su apoyo a las Convivir, de modo que su nombre empezó a sonar como líder de ese rechazo, ya no se sabe si porque los medios tenían algún interés espurio en promover a un antiguo socio de Samper o simplemente porque gustaba a los descontentos. En una ocasión tomó parte junto a Fernando Londoño en un acto en Bogotá, ocasión que el presidente Pastrana describió como el surgimiento de la extrema derecha en Colombia.

Esa determinación de entenderse con las guerrillas ya había caracterizado al anterior gobierno conservador, el de Betancur, que fue el que comenzó la política de reconocimiento pleno a esas bandas. ¿Cuál era la actitud de los medios de los Santos y los López respecto a esa negociación del Caguán? A pesar de la innegable conexión entre ese clan oligárquico y las guerrillas, es posible que un éxito del gobierno godo consiguiendo que éstas se desmovilizaran no les habría convenido, de modo que el creciente descontento popular por los atropellos narcoterroristas —que no podía recoger Serpa— les servía para debilitar a Pastrana, y antes de que surgiera algún aventurero militar resultaba preferible un líder del Partido Liberal que además era uno de los autores de la «constitución» de 1991 y al que quizá podrían chantajear por su pasado como alcalde de Medellín en la peor época del cartel mafioso de Pablo Escobar. No hay que olvidar que en 2002 el mismo Enrique Santos se declaraba uribista.

Lo anterior no se le habría pasado por la cabeza a nadie por la polarización que ha vivido el país desde entonces en torno a Uribe, pero lo que ha hecho éste tras sus triunfos contra las FARC hace pensar que quizá hubo siempre esa conexión. De otro modo no se entienden las maquinaciones para legarle la presidencia al hermano del personaje público más claramente ligado al régimen cubano ni el sabotaje a toda oposición a partir de 2010.

Porque el candidato escogido en 2014, nacido para perder, así como la lista cerrada al Congreso en la que había líderes del M-19, sólo dejan ver que a toda costa se intentaba facilitarle a Santos su «paz», y la carrera de Iván Duque, un completo desconocido que apareció en dicha lista y después fue promovido por Semana, León Valencia y Rodrigo Uprimny, delata una evidente componenda con los Santos: Duque era el presidente que aplacaría los ánimos mientras el nuevo orden surgido del acuerdo de La Habana se asentaba y se neutralizaba cualquier oposición. Después ya los Santos y los comunistas pondrían a su hombre.

Hace un año se decidió excluir a María Fernanda Cabal de la candidatura a la presidencia, se escogió un candidato perdedor que ni siquiera fue a la primera vuelta, en la que el uribismo apoyó a un líder de escasas posibilidades para favorecer el paso a segunda vuelta (con una innegable inversión en «maquinarias» de compra de votos por parte de los socios de Petro) del grotesco anciano que se declaraba admirador de Hitler (para generar titulares en la prensa extranjera y aliviar los escrúpulos de los votantes de Petro), y al que apoyaba el escritor William Ospina, premiado por Chávez.

¿Recuerda el lector a estas alturas el rechazo a Pastrana y su disposición a premiar a las FARC? Pues hoy en día es este expresidente el que denuncia sin tapujos la clara conexión de Petro con el narcotráfico. Uribe se mantiene en un segundo plano y sus aduladores fingen hacer oposición por detalles administrativos secundarios. Los hinchas ya no saben si su equipo finalmente va a ganar y no conciben que la vida y la política resulten más complejas que el Campeonato Mundial de Fútbol. Les espera la miseria y el terror que ayudaron a construir con su fanatismo y estupidez.

(Publicado en el portal IFM Noticias el 30 de diciembre de 2022.)

jueves, febrero 02, 2023

La guerra sin solución en Ucrania

La invasión rusa de Ucrania es el hecho más importante de este año y la causa de una crisis global que seguirá teniendo consecuencias por mucho tiempo. No sólo ha hecho evidentes las ambiciones del autócrata ruso sino sobre todo la ausencia de liderazgo de Estados Unidos y la debilidad de su gobierno. El fracaso de los planes de Putin y la constatación de que hay una efectiva resistencia ucraniana que saca partido del apoyo occidental no debe dar pie al ensueño de una victoria rotunda porque Rusia sigue teniendo recursos suficientes para mantener la guerra.

Antes de la invasión, Putin había llevado a cabo la anexión de Crimea y fomentado la insurrección en las regiones de mayoría prorrusa. La falta de respuesta efectiva por parte de Occidente (muestra de la frivolidad de Obama y Merkel, que gobernaban entonces) y la posición de fuerza que tenía y tiene Rusia como proveedor de recursos energéticos a Europa animaron al autócrata a seguir adelante con sus planes de expansión hacia los territorios de la antigua Unión Soviética y del antiguo Imperio ruso.

Para tratar de entender la situación generada conviene tener en cuenta que buena parte de la población rusa comparte esa percepción de Ucrania como parte de su país, no sólo los nostálgicos de la época soviética (las penurias y el terror se olvidan y queda el orgullo de haber sido una superpotencia) sino muchos no comunistas que no ven a los ucranianos como un pueblo extraño. Por ejemplo, el gran escritor Aleksandr Solzhenitsyn compartía esa visión. De hecho, el primer Estado del que nace Rusia es la Rus de Kiev, un Estado medieval fundado por los vikingos suecos que cayó ante la invasión mongola en el siglo xiii, y durante la mayor parte de su historia Ucrania ha estado unida a Rusia.

Tampoco es que los ucranianos sean unánimemente antirrusos, desde que son un Estado independiente ha habido alternancia de gobiernos prorrusos y prooccidentales, y si bien estos últimos han tendido a predominar no se puede negar que sus mayorías son exiguas. Es decir, no se debe pensar que la invasión rusa de Ucrania sea una ocurrencia demencial de Putin, como si algún presidente estadounidense decidiera invadir Canadá, por poner un ejemplo. Es algo que tiene millones de partidarios en Rusia y también en Ucrania.

Menos comprensibles son los partidarios occidentales del autócrata, que dejan ver la tremenda confusión que hay en el bando opuesto a la conjura totalitaria. Son personas a las que un obtuso radicalismo conservador, y a menudo una obsesión morbosa con las costumbres disolutas que se propagan en Occidente, llevan a anhelar un salvador que no vacila en invadir a un país democrático, es decir, en imponerse sobre la voluntad de los ciudadanos de ese país y sobre las leyes internacionales. La adhesión a un criminal semejante delata un enfoque ideológico ultramontano que es claramente incompatible con la democracia y con la libertad. Imbuidos de cierta noción de superioridad con pretexto religioso, quieren en realidad el retorno a forma de vida superadas hace siglos. Y en ese delirio no vacilan en estar en el mismo bando de Maduro y los demás sátrapas narcocomunistas, cuyos representantes en las instancias internacionales suelen votar a favor de Moscú.

Con todo, esos partidarios del invasor son una ínfima minoría en los países democráticos de Occidente, donde el apoyo a Ucrania y a su resistencia ha sido abrumador. Y la provisión de armas y otros recursos al país agredido ha permitido en primer lugar el fracaso del designio inicial de Putin, que había puesto de manifiesto en un artículo publicado antes de la invasión, que era la supresión del Estado ucraniano, cosa que conseguiría imponiendo un gobierno títere. Y no sólo en eso ha fracasado sino que muchas regiones que había conquistado las ha perdido después a manos de las tropas de Zelenski.

Lo que no debe dar lugar a falsas expectativas de victoria: Putin no va a renunciar a hacer la guerra porque un fracaso definitivo pondría en peligro su régimen y porque mantiene los recursos formidables de su país y escasa resistencia interna. La estrategia de las últimas semanas de destrucción de infraestructuras busca someter a la población ucraniana a condiciones de vida infrahumanas durante el próximo invierno. Y no está probado que eso no termine despertando hastío y rechazo al gobierno resistente.

Tal como es despreciable el apoyo a un tirano genocida para tomar venganza de los abominables placeres de los réprobos, también lo es la frivolidad de pretender que en aras de una épica que no nos cuesta nada querramos que la gente viva sin calefacción en un país en el que las temperaturas medias en invierno están muy por debajo de cero, perdiendo a hijos en los combates y sin esperanza de solución.

En otras palabras, Putin debe ser derrotado, pero ya ha sido derrotado porque no ha podido imponer un protectorado en Ucrania y por el contrario ha multiplicado la proporción de enemigos de Rusia en el país. Las victorias del ejército defensor deben ser bazas para una negociación que pare la guerra y permita que los ucranianos accedan a la esperanza de una vida en paz. Tal como señalaban Elon Musk y —con más autoridad— Henry Kissinger, es probable que haya que permitir a Putin anexionarse las «repúblicas» secesionistas y Crimea. Mejor dicho, reconocer una anexión que de todos modos ya llevó a cabo.

Eso debería ocurrir obviamente con contraprestaciones: la aceptación por Rusia del derecho de Ucrania a existir como país independiente, a formar parte de la OTAN y a tener un aparato defensivo suficiente contra agresiones futuras. Esa Ucrania menguada ya no tendría una proporción significativa de prorrusos y el dinero invertido en ella  serviría para la prosperidad y el fortalecimiento de un bloque occidental que ya ha incluido a los países del antiguo «telón de acero» y a varias repúblicas exsoviéticas, como las bálticas, y cuenta con la adhesión de Suecia y Finlandia, antes neutrales.

Desgraciadamente no hay propuestas que planteen esa salida porque el país líder de Occidente está en manos de una casta corrupta y mediocre, más preocupada de «atornillarse» en los cargos que de remediar los problemas. Biden no invita a negociar el futuro de Ucrania sino que favorece a los amigos de sus socios políticos, como a Maduro, al que le devolvió a los testigos que podrían hundirlo judicialmente (es inocultable el nexo entre el narcocomunismo y la «izquierda» estadounidense, con personajes como Ocasio-Cortez o el inverosímil presidente del borough de Queens que recibió al lamentable Petro), o a Putin, al que le entregó al siniestro «mercader de la muerte» a cambio de una deportista encarcelada bajo acusaciones absurdas pero afín ideológicamente a Ocasio-Cortez y compañía.

(Publicado en el portal IFM Noticias el 23 de diciembre de 2022.)

jueves, enero 26, 2023

La jauría

La operación de compra de Twitter por parte de Elon Musk ha sido motivo de toda clase de discusiones, en las que ha quedado claro que a cierta gente no le ha gustado nada que la censura y la intimidación —por ejemplo con millones de cuentas falsas— perdieran fuelle con el nuevo dueño.

¿Qué mueve a esa gente? ¿Por qué esa presión violenta contra las opiniones favorables a las leyes o las tradiciones o la democracia liberal? Es innegable la influencia de grandes poderes que cuentan con recursos fabulosos y están coludidos para implantar regímenes afines en todos los países.

A la cabeza de esos poderes está el régimen iraní, aliado del cubano y de todas las satrapías que el narcocomunismo ha implantado en Iberoamérica (por una vez, la etimología corresponde al sentido de los términos, el «sátrapa» era el gobernador del antiguo Imperio aqueménida persa) ¿Cuánto dinero invierten en propaganda en las redes sociales y en los medios de comunicación? Piénsese en los recursos con los que contó Chávez y que sirvieron para financiar decenas de partidos neocomunistas y medios de comunicación afines en toda la región y también en Europa y Norteamérica. Millones de millones de dólares. Pero además de los recursos del narcotráfico, hoy en día cuentan con los presupuestos de países importantes, como México, Argentina y Colombia, y pronto Brasil. Sobre esa presencia iraní en la región escribió Omar Bula el imprescindible libro El plan maestro.

En todo Occidente ese bando proiraní, quizá animado de forma secreta por el poderosísimo régimen comunista chino, ha reclutado a la clase de los funcionarios, que acogen felices la vasta organización que los «empodera», de modo que la inmensa mayoría de los docentes de todos los niveles comparten la ideología «woke» y el feminismo de tercera ola, además del odio a Trump o a cualquier gobernante que no se someta al dictado de la conjura —de medios de comunicación, magnates de internet, universidades y «sociedad civil» (ONG)— aliada de los ayatolás y los narcotraficantes. Además de los docentes, los periodistas y los mandarines culturales, cada vez son más los jueces que comparten la ideología y los fines de esa conjura.

Como una armazón que coordina los diversos intereses y motivos de su presión está la red de Soros, las Open Society Foundations, que proveen dinero que procede de especulaciones oscuras y quién sabe qué nexos con contratistas y gobiernos, a las «causas» que interesan.

Pero más allá de los grandes intereses y los gremios que se lucran de la violencia verbal y física y la intimidación en las redes y en las calles están las personas que la practican. ¿Han nacido así o han llegado a serlo después? Es un tipo de ser humano muy frecuente en todo Occidente en nuestra época. El que festejen los abortos y los cambios de sexo y odien a quien se les señale, o que fomenten en las mujeres el odio a sus padres, hermanos, hijos, amantes y amigos y a la maternidad, no debe sorprendernos porque también se vio a millones de personas, en su mayoría jóvenes, apoyando los crímenes de los bolcheviques o los nazis.

Las campañas de odio en las redes son el complemento del gansterismo que reina en las calles, en cada país según sus condiciones, en Cuba son los Comités de Defensa de la Revolución, en Venezuela los «colectivos» chavistas, en Colombia los gestores de paz, antes «Primera Línea» pagados por Petro, en Estados Unidos los «antifa» y Black Lives Matter…

Los ambientalistas y feministas, hegemónicos entre la juventud occidental, son las SA del siglo xxi, fuerzas de choque formadas por exaltados ignorantes que extraen poder de su intimidación y que están prestas al linchamiento diario en las redes. Como sus precursores comunistas y nazis, se sienten protagonistas de la historia porque reproducen las infamias de sus líderes, influencers a menudo pagados por los poderes señalados arriba.

En Colombia esos influencers son personas muy reconocidas, actores, cantantes, periodistas y profesores, lo que se explica por la altísima producción y exportación de cocaína, más de un millón de kilos al año desde 2017. Además, como es bien sabido, la formación de la jauría de asesinos se basa en la «educación». En todo caso, sigue siendo un espectáculo fascinante encontrarse con esas personas totalmente ciegas respecto de las violaciones de miles de niños, las masacres, los secuestros, las mutilaciones y demás atrocidades que siguen cometiendo las guerrillas comunistas y obsesionadas con el odio a Andrés Felipe Arias.

Es decir, fascina la facilidad con que esas personas se dejan arrastrar a un odio absurdo y a una iniquidad monstruosa. No es posible encontrar a una sola que conozca realmente la sentencia por la que fue condenado el exministro ni entienda que los hechos que se le atribuyen los efectuaban sus antecesores en el cargo y los siguen efectuando sus sucesores sin que sean delito, o que ni siquiera en la sentencia se lo acusa de malversar fondos públicos o enriquecerse.

El contraste entre la condena a Arias a más de diecisiete años por delitos dudosos, la incapacidad de entender que simplemente era un líder que podría haberle ganado las elecciones a Juan Manuel Santos y la impunidad de monstruos como Julián Gallo Cubillos o Milton de Jesús Toncel, que tranquilamente ejercen de maestros de moral, deja ver que la producción de criminales ha alcanzado un refinamiento comparable al de los genocidas comunistas que llevaron a cabo el Holodomor en Ucrania o la mortandad del Gran Salto Adelante o la Revolución Cultural en China, o el régimen del jemer rojo en Camboya.

Esa clase de maldad estúpida y febril es el único fruto de la educación colombiana, a lo que ayuda la indigencia intelectual del país, invisible por la tecnología: hace apenas sesenta años la mitad de los colombianos eran analfabetos, y hoy en día hasta las personas de las clases altas cometen toda clase de solecismos al hablar. Eso permite que la tarea de los adoctrinadores sea sencilla. Los odiadores de las redes no son muy distintos de los que enseñaban a los niños campesinos secuestrados a comer carne humana o los mandaban como bombas andantes a matar policías, ni de quienes encargaban esas proezas, como la novelista que cree que hay siete pecados mortales.

Ahora Petro les pagará un millón al mes para que intimiden a la gente en los barrios, pero previamente han estado entrenando su odio y su crueldad en Twitter, y me resulta imposible no sorprenderme de que los padres no hayan preferido que sus hijos pensaran en servir a los demás y prosperar haciéndolo. Primero reclutaron a unos miles de guerrilleros y a la vez a los estudiantes de universidad que después serían maestros, periodistas y jueces, ahora tendrán millones de asesinos a los que se pagará con el dinero de todos.

La jauría de Twitter con su violencia, sus mentiras y sus simplezas es la epifanía de esa opresión. En pocos años Colombia estará como Venezuela o Nicaragua, con hambruna y terror generalizados, y habrá que preguntarse cómo se permitió que la casta oligárquica implantara un régimen semejante y a la clase de seres humanos que lo sostienen en su borrachera de poder y destrucción.

(Publicado en el portal IFM el 16 de diciembre de 2022.)

jueves, enero 19, 2023

¿Quién eres?


Es muy frecuente en el cine que cuando una mujer se entera de que su marido está involucrado en alguna conspiración o es un agente de Pinkerton le pregunte eso, «¿quién eres?». Es una pregunta que cada persona debería hacerse alguna vez y no quedarse creyendo lo que da por sentado. Tal como no hay tarjetas de visita en las que se lea “estafador”, tampoco hay personas que admitan que son estúpidas, mezquinas o deshonestas.

Lo anterior tiene relación con esto: en muchos años de escribir opiniones en blogs he intentado desarrollar una explicación de por qué un colombiano corriente gana diez veces menos que un estadounidense corriente y está expuesto a mucha más inseguridad, al trancón, a las alcantarillas sin tapa y a mil abusos y atropellos.

Es así: la región iberoamericana, en mi opinión, es atrasada y pobre por su pasado de esclavitud y saqueo, que pervive en la idiosincrasia corriente. Los desmanes de los políticos corruptos y los crímenes de los totalitarios —que son corruptos en gran escala, lo que un tirano respecto de un atracador— son el reflejo de ese orden que impera en la cabeza de cada uno, que es donde tiene sede lo que genera el desorden y la miseria.

Un ejemplo. Figúrense que un tipo viola a una niña y para hacerlo mata a la madre. A la hora del juicio el abogado dice que el homicidio debe tener un atenuante porque fue un hecho conexo con un delito sexual, y que los delitos sexuales tienen un evidente fin altruista. Por favor, no se me escandalicen, la idea del delito político, de que unas personas se alzan en armas para imponer la organización social y el gobierno que les parecen preferibles, generosamente encabezados por ellos, privando a los demás de su derecho a elegir a sus gobernantes y matando a quienes se les oponen, y que ese fin «altruista» hace que los delitos conexos merezcan menos castigo, es mucho más monstruosa que mi ejemplo anterior, porque el designio de despojar de sus bienes y libertades a todos los ciudadanos es más grave que un crimen que se comete contra uno solo, y de hecho las guerrillas comunistas violaron a muchos miles de niños, y hasta los acostumbraron a comer carne humana.

Pero esa idea del delito político la comparten prácticamente todos los colombianos, y ojalá el lector no se permita la idea de que esto es exagerado: ¿no dicen los enemigos de las guerrillas que el narcotráfico no puede ser un delito conexo a los delitos políticos? ¿Cómo no va a serlo? Venden cocaína para comprar armas para matar soldados, pero matar soldados se entiende por su móvil altruista, no se puede rebajar a quien lo hace comprometiéndolo en el narcotráfico (que pronto será legal según pide el flamante Premio Nobel de la Paz). Las más altas autoridades judiciales y todos los legisladores del país aprueban esa idea, que está en la Constitución. ¿Cuántos colombianos desaprueban esa constitución? Por ejemplo, ¿cuántos partidarios de cambiarla había entre los candidatos al Congreso en las últimas elecciones?

Tal vez se piense que los que niegan esa conexidad buscan que haya algún castigo efectivo, con lo cual se resignan a aceptar lo que es verdaderamente monstruoso y que nadie discute.

En lo que creen realmente los pueblos de Iberoamérica es en la jerarquía racial, por eso abundan los genealogistas que le sacan dinero a la gente demostrando que tiene antepasados nobles y por eso se vive para poder incluirse entre los doctores y ostentar bienes lujosos: sencillamente se mantiene la sociedad de castas del periodo colonial, cada uno tratando de incluirse entre las de arriba. El delito político es una noción que garantiza la impunidad de los que encargan crímenes para acceder al poder, se reconoce en la medida en que se pertenezca a las castas superiores, cuyo interés prevalece sobre la ley.

Insisto, no he conocido colombianos a los que les resulte molesto que haya delitos que restan la pena de otros delitos o que se interesen por saber en qué otro país ocurre algo semejante. Tampoco los que dudan de que la educación y la salud son derechos que la ley debe proteger, se podría razonar que la alimentación, el vestido o la vivienda son necesidades más perentorias, pero pronto habrá leyes que las garanticen, como las hay en Cuba o en Corea del norte.

¿Quién paga esos «derechos»? Los demás, y de nuevo es evidente el atavismo: los peninsulares y criollos relacionados con el poder recibían rentas sin necesidad de trabajar, para eso estaban los indios y negros. Con los «avances» de la Constitución de 1991 se amplía la franja de beneficiarios, cosa que no incomoda a ningún colombiano porque en su mundo es incomprensible que la matrícula cero del gobierno de Duque, por poner un ejemplo sangrante, sea una transferencia de recursos de los pobres a los ricos, de los que no tienen hijos o no pueden mantenerlos hasta que acaban la secundaria a los que sí pueden hacerlo y que si los llevan a un buen colegio privado les podrán asegurar sin gasto un título universitario que los sitúe bien en la jerarquía.

Y si alguno muy agudo llegara a entenderlo, no vería ninguna inmoralidad, como si a un afgano lo criticaran por no dejar a su mujer salir con una blusa escotada a la calle. En lo que está cada uno es en defender su pertenencia a una casta deseable, como la de los «trabajadores al servicio del Estado», y la vida es más dulce si uno forma parte del clero docente o judicial.

El socialismo se impuso en 1991 con un golpe de Estado que no tuvo resistencia, sobre todo porque venía a proteger la sociedad de castas tradicional. Los que hablan de izquierda y derecha no pueden imaginarse el sentido reaccionario del engendro concebido para prohibir la extradición. Si los colombianos aceptan las ideas impuestas entonces es porque cada individuo razona según lo que ha aprendido, más si no contradice lo que creían sus antepasados: el pueblo no existe antes que el Estado ni la costumbre antes que la ley, el marroquí corriente no tiene la oferta de ser budista ni el mozambiqueño de discutir la teoría «queer». El mamerto no es un desadaptado sino el defensor de ese orden, casi siempre alguien que ya forma parte de las castas a las que todos quieren pertenecer.

¿Saben por qué se vuelve gorda la gente? Por comer mucha ensalada, ¿o no han visto que las mujeres gordas siempre piden ensalada? Eso mismo pasa con la estratificación de los precios de los servicios públicos: sólo ocurre en Colombia y curiosamente es uno de los países con mayor desigualdad en el ingreso. Bueno, la Corte Suprema de Justicia, formada por individuos que cobran el sueldo de muchas decenas de personas y prácticamente no pagan impuestos, justificaban las guerrillas comunistas porque la sociedad estaba llena de desigualdades. ¿Recuerda el lector a algún compatriota que razone que los servicios deberían valer lo mismo para todos como en todos los demás países? Yo no. Esas disposiciones «justicieras» son la causa de la desigualdad, y su efecto es que el acceso a esos bienes está mucho más restringido, sobre todo para los pobres.

La lista de rasgos identitarios de ese estilo que comparten prácticamente todos los colombianos es larguísima. Y sin plantearse quién es uno, sin la crítica efectiva de la idiosincrasia heredada no podrá haber nunca respuesta al régimen narcocomunista, pero ¿se lo plantea alguien, aunque sólo sean los legisladores elegidos? Casi todos recitan la propaganda comunista o proponen variantes ínfimas porque sólo son gente que forma parte de la casta de políticos o aspira a integrarse en ella, y su visión del mundo no es muy distinta de la del resto de los miembros de esa casta, por no hablar del rango de sus conocimientos y reflexiones. Baste ver la clase de críticas que le hacen al gobierno del crimen organizado.

(Publicado en el portal IFM el 9 de diciembre de 2022.)

viernes, enero 13, 2023

Por la senda de Krylenko

Nikolái Krylenko fue un dirigente bolchevique que ocupó los cargos de fiscal general y de comisario del pueblo de Justicia en el régimen surgido en 1917. Ha pasado a la historia por afirmaciones como que era mejor ejecutar inocentes que culpables, porque haciéndolo las masas tendrían más temor, o que las decisiones de las autoridades de justicia debían tener en cuenta el interés del partido y de la revolución por encima de consideraciones morales de otra índole.

Sobre el personaje se podrían decir muchas cosas, pero en todo caso se debe admitir que su visión es absolutamente congruente con el pensamiento comunista y revolucionario. Y es que la toma del poder que buscan las personas de ese bando no tiene por objeto el respeto de los derechos ajenos sino su supresión. El revolucionario obra respecto del Estado y la sociedad como un conquistador extranjero, y de hecho es muy llamativo que la mayoría de los dirigentes bolcheviques no tuvieran siquiera un origen étnico eslavo como la mayoría de los rusos (Lenin era de ascendencia alemana, sueca y chuvasia, Stalin era georgiano, Trotski, Kaménev y Zinóviev eran judíos de origen alemán, Plejánov de origen tártaro…).

Esa primacía del interés del partido sobre cualquier otra consideración es algo que hace incompatible la ideología comunista con el derecho, y se encuentra a todas horas en las actuaciones de los comunistas. Un hecho reciente ilustra incluso la dificultad que tienen las personas imbuidas de esa ideología siquiera para entenderlo. La ministra española de Igualdad (ya verán en Colombia para qué es el ministerio de Igualdad) hizo aprobar un cambio del código penal que tuvo el efecto de que en ciertos casos los condenados por delitos sexuales vieron reducida su pena. Como ése no era su objetivo sino una consecuencia imprevista, sencillamente acusó a los jueces que reducen las penas de ser machistas y reaccionarios.

Eso porque los principios del derecho, en este caso el de que se debe aplicar la legislación más favorable al reo, son incomprensibles para quienes quieren suprimir la ley: les parece razonable saltarse una norma para ser más justos.

En Colombia la influencia de los comunistas en el mundo del derecho es abrumadora, y uno de los rasgos que definen la inviabilidad del país: en las altas cortes ha habido muchos magistrados provenientes de la Universidad Libre, donde en los años setenta enseñaba el líder comunista Jaime Pardo Leal que “El derecho no es más que la voluntad de la clase dominante erigida en ley”. Y casi con toda certeza, esa clase de prédicas son mayoritarias en las demás facultades de derecho.

De modo que el ciudadano no sólo tiene que convivir con las tradicional venalidad y arrogancia de los jueces, sino sobre todo con su absoluto desprecio de la ley, a la que simplemente utilizan para corresponder a los intereses del partido que los nombró (no hay que olvidar el dominio del gremio por el sindicato comunista Asonal Judicial, creado por Pardo Leal). ¿Cuántos jueces son nombrados a partir de su pertenencia al Partido Comunista? Baste pensar en la trayectoria de Carlos Gaviria, un profesor abiertamente marxista que en cuanto se retiró de la carrera judicial se lanzó como candidato presidencial de ese partido. O de Alfredo Beltrán, un jurista cuya carrera comenzó realmente en el sindicato comunista Fecode. O de Eduardo Montealegre, que antes de ser fiscal general del Estado fue presidente de la Corte Constitucional, y que siendo fiscal participó en un acto político en el que reconoció haber estado desde muy joven con los comunistas y sus guerrillas. https://www.youtube.com/watch?v=hUMvS7wJ3_o

Es bajo esa luz como hay que entender todas las actuaciones de las altas cortes en las últimas décadas, tanto la justificación del terrorismo con el pretexto del altruismo que caracteriza al delito político como la obstrucción a cualquier política que emprendiera el gobierno de Uribe o la legitimación del atropello cometido por Santos con el plebiscito. Todo el mundo cree que simplemente son malhechores que se hacen millonarios sirviendo a la mafia, pero ese servicio está articulado en torno a ese aspecto ideológico, en esa aversión profunda a la ley que sienten en cuanto comunistas.

El poder judicial colombiano no es muy distinto del soviético dirigido por Krylenko, todos los que podrían incomodar a la carrera de Juan Manuel Santos, hermano del principal representante del régimen cubano en Colombia, fueron víctimas de persecución judicial: Alfonso Plazas Vega, Luis Carlos Restrepo, Andrés Felipe Arias, Luis Alfredo Ramos, Fernando Londoño y hasta Óscar Iván Zuluaga.

Quienes conocemos el proceso contra el coronel Plazas Vega nos hemos preguntado a menudo si es posible que los magistrados de la Corte Suprema de Justicia que lo condenaron a treinta años de prisión (de los que cumplió ocho antes de que tuviera que ser absuelto) desconocían el grotesco montaje en que se basó la condena. Y no es posible, sencillamente son funcionarios del régimen cubano y de sus agencias en Colombia y llevan a cabo las persecuciones que sirven a la revolución.

Y todo eso es muy sabido y evidente, el misterio es ¿qué piensan los demás ciudadanos de estar en manos de malhechores de esa clase? La resignación y aun la conformidad de la mayoría con una situación semejante explican las desgracias que afectan al país: no puede haber seguridad física porque no impera la ley sino los intereses de una casta corrompida. No puede haber prosperidad porque esa casta promueve el negocio de la cocaína, que define a los regímenes de la constelación cubana. El gobierno ya es dirigido por un exguerrillero comunista cuya misión es impedir el acceso de los ciudadanos a la energía útil y generar así la miseria en la que podrán eternizarse en el poder, y naturalmente lo acompaña un antiguo magistrado de siniestra trayectoria.

(Publicado en el portal IFM el 2 de diciembre de 2022.)

sábado, enero 07, 2023

Derribar a Colón, cancelar a Picasso, pegarse a las majas

En el siglo pasado se hablaba de la «invasión vertical de los bárbaros» para referirse al peligro de que las nuevas generaciones echaran a perder todo lo conseguido en milenios de humanización y de consolidación de las culturas nacionales, sobre todo en Europa, región cuyos logros en todas las formas de refinamiento enorgullecían a sus habitantes.

Ese miedo se hizo patente sobre todo tras la Primera Guerra Mundial, cuando millones de adolescentes alemanes se convirtieron en matones de bandas como las SA («Sturm Abteilung», algo como «división de choque»). La guerra causada por el nazismo trajo mucha más destrucción de ese acervo cultural y un retroceso generalizado en todo el continente, que sólo se recuperaría en las décadas siguientes en forma de asimilación al modelo estadounidense.

Otra oleada de ese trastorno generacional llegó en los años sesenta, con las modas de contracultura, promiscuidad sexual, consumo de psicotrópicos y rebeldía juvenil generalizada. En las décadas siguientes se ha mitificado ese proceso, en gran medida por un motivo estadístico: los protagonistas de dicha rebelión eran los 
boomers, una parte muy significativa de la población, que al hacerse mayores siguieron convencidos de haber tomado parte en grandes acontecimientos y de haber renovado un mundo anquilosado y corrompido.

Alguna vez se evaluará lo que realmente fue el hippismo: casi nadie es consciente de que la contracultura era algo promovido desde las universidades por personas que tenían influencia de autores marxistas, como Herbert Marcuse, y el aspecto político de esa rebelión siempre tenía una enorme afinidad con el comunismo. El verdadero móvil de la mayoría de los jóvenes rebeldes fue la resistencia a ir a la guerra de Vietnam, disposición en la que influyeron el tradicional sedimento aislacionista en Estados Unidos y el natural deseo de ahorrarse riesgos y sufrimientos, lo que los comunistas aprovecharon para legitimar la causa del Viet Cong. Quizá una intervención estadounidense sólo con soldados profesionales habría tenido menos resistencia. La legitimidad de ese pacifismo lo pone a uno a pensar si no habría movido por igual a los jóvenes de 1942, pero entonces convenía el patriotismo para luchar contra el nazismo, una lucha necesaria, no criminal como la que se emprendía contra el comunismo (según los sobreentendidos del discurso de la época).

Esa «década prodigiosa» anunció todo lo que hemos visto después en forma de asimilación de una especie de ideología comunista infantiloide y complementaria al consumismo, y una tendencia creciente de los jóvenes a despreciar el mundo del pasado, que cada vez se estudia menos, incluso en las escuelas. Alguien que creciera en los años sesenta fácilmente podía creer que antes de los Beatles y el rock sólo había música fúnebre y aburrida. La incesante propaganda de medios cada vez más poderosos, dedicada a halagar a los compradores, mantenía a la gente de esa generación convencida de haber inventado la felicidad.

Los cambios derivados de la implantación de internet y la telefonía móvil han dado lugar a una nueva brecha generacional: los «nativos digitales» se sienten tan ajenos a las generaciones anteriores que ejercen un nuevo adanismo, más burdo y delirante que el de los sesenta, y sus motivos no son obviamente «originales» sino, como siempre, el eco de la propaganda, y la propaganda más «pegadiza» y que encuentra más prosélitos es la de la rebelión, de nuevo afín al comunismo.

Los temas del populismo de este siglo son la angustia climática y las identidades sexuales, y tal como el muchacho nacido al final de los años cincuenta veía nacer de su interior su afición a la música de Jimi Hendrix, el de ahora no ve nada sorprendente en la fama de Greta Thunberg, como si enterarse de que una muchacha con déficit cognitivo dejara de estudiar y quisiera protestar en un país tan irrelevante demográficamente como Suecia le ocurriera por pura casualidad.

Pero esta vez el atrevimiento de la ignorancia es mucho más marcado, quizá porque el acceso a cierto bienestar cuesta menos que hace sesenta años: la proporción de jóvenes que van a la universidad es mucho mayor y los adolescentes están «programados» para creer que todo debe dárseles gratis y sin esfuerzo. Aquello que les representa alguna complejidad, como los libros, resulta de por sí despreciable cuando es tan grato pasar la vida luchando en las discotecas contra el agravio que sufren las minorías.

A esa generación la ponen los totalitarios a derribar las estatuas de los que descubrieron América, pues ¿no fue la causa de un genocidio? Mejor sería que hubieran dejado el mundo sin conexión, de hecho, toda la historia humana les parece una agresión contra la santa naturaleza. A mediados del siglo pasado se popularizaron el psicoanálisis y el existencialismo como vehículos de la vanidad, ahora les basta condenar toda la historia sin tener la menor idea de nada, sólo el odio contra el mundo que les permite vivir como parásitos.

Uno de los rasgos más llamativos de nuestra época es la desaparición del arte como valor importante de la sociedad. ¿Cuántas personas de veinte años podrían distinguir un cuadro cubista de uno impresionista? ¿Cuántas podrían recordar el nombre de tres compositores románticos? La educación en el mejor de los casos permite desarrollar ciertas destrezas técnicas, aunque cada vez más eso se deja a los menesterosos porque lo tentador para los de buena familia es la solución de conflictos o los estudios de género. En los años sesenta aún era normal que una familia con pretensiones invirtiera una parte de su patrimonio en enciclopedias de arte, hoy en día esa idea resulta incomprensible.

Ese fenómeno influye en la «cancelación» de Picasso por su supuesta condición de maltratador de mujeres: ¿qué importancia pueden tener los cuadros de ese señor? Ninguna, la nueva generación no le ve el menor interés. Por otra parte, la cancelación lleva también a «artistas» ligados al totalitarismo (es decir, al dinero público) a deformar las obras clásicas, como la versión de 
Carmen en la que no matan a la gitana.

La última mamarrachada que debemos a los embrujados por la ideología 
woke y el «ambientalismo» es la agresión directa contra cuadros reconocidos durante siglos como grandes logros del espíritu humano: eso es lo que odian, pero es un odio inducido por criminales totalitarios que se han hecho dueños de las escuelas y por los mediocres que los secundan, tal como en la época nazi el gremio más leal al régimen era el de los docentes (ahora la tarea no es el odio a los judíos sino el cambio de sexo). Y los respaldan los grandes poderes económicos, en parte porque sumándose convierten a las escuelas en medios de publicidad, en parte porque así complacen a poderes superiores a ellos, con los que hacen grandes negocios —como los gobiernos de China e Irán—, en parte porque sus dueños y gestores forman parte de la misma casta que promueve la idiotización.
(Publicado en el portal IFM el 25 de noviembre de 2022.)

viernes, diciembre 30, 2022

El volcán de Tonga

¿Sabía usted que la guerra civil española comenzó tras el fracaso de un golpe de Estado contra un gobierno que había sido elegido mediante fraude y cuyos funcionarios habían asesinado cinco días antes al jefe de la oposición? ¿Y que durante los cinco años transcurridos desde la instauración de la segunda república se habían cometido miles de crímenes contra curas y monjas por el hecho de serlo? ¿Y que tras el estallido de la guerra y la toma de poder por partidos marxistas muchos miles de personas que no tenían ninguna relación con la rebelión fueron asesinadas por milicias de esos partidos, que contaban con centros de tortura conocidos como “checas”? ¿Y que los padres de la república, como Ortega y Gasset, Marañón y Pérez de Ayala, se oponían resueltamente al gobierno del Frente Popular y volvieron a España tras la guerra?

No es muy probable que lo sepa, salvo que tenga un gran interés en la historia de España, de otro modo casi seguro cree que hubo una guerra civil que emprendió el fascismo contra la república. Es sólo un ejemplo de lo que explicaré después.

¿Sabía usted que antes de Trump, en este siglo, dos candidatos del Partido Demócrata estadounidense cuestionaron el resultado del escrutinio exactamente igual que lo hizo el líder republicano? Lo hicieron Al Gore en 2000 y Hillary Clinton en 2016. A lo mejor si usted ya ha alcanzado cierta edad, le presta atención a la política internacional y tiene buena memoria lo recuerda. La mayoría lo desconoce y es capaz de creer que lo que hace Trump pone en peligro la democracia en ese país, tal como a todas horas repiten los medios, que aprovechan el estilo áspero y desapacible del expresidente para alimentar un odio en el que caen las personas sencillas por pura presión ambiental. Son los famosos cinco minutos de odio que cada día ponían en práctica los habitantes de Oceanía en la famosa novela de Orwell, pero que sólo era el reflejo de lo que había ocurrido en la Unión Soviética con Trotski, el rival de Stalin, y sigue ocurriendo en los regímenes comunistas cerrados, como Cuba o Corea del Norte, y quizá pronto de nuevo en China.

Son dos ejemplos que ilustran claramente la labor de los grandes medios, unidos en torno a un consenso que comparten con el Partido Demócrata estadounidense, las grandes empresas de internet, la alta burocracia global, la mayoría de los gobiernos europeos, las universidades y otras instancias de dominación: aquello que cuentan es lo que favorece en el público las percepciones que convienen a su agenda, en gran medida compartida con regímenes totalitarios como los de Irán o China. Al que quiera formarse una idea de cómo opera ese consenso le debería bastar saber que para la inmensa mayoría de los europeos y americanos la paz de Santos, basada en el resurgimiento de unas bandas criminales prácticamente extintas, en la multiplicación del narcotráfico, la traición a los votantes y el premio de miles de crímenes monstruosos es un gran avance para el país.

El engaño de los medios no se basa tanto en lo que publican cuanto en lo que ocultan, como se infiere de lo explicado anteriormente. Respecto al cuento del «cambio climático» y la implantación forzosa de una ideología ambientalista muy apropiada para forzar unanimidades y recortar libertades, además de blanquear a los diversos herederos del totalitarismo del siglo pasado, ahora cuentan con la ventaja de que efectivamente hace mucho más calor y las víctimas de la desinformación no tienen modo de enterarse de que no es por culpa de los consumidores de combustibles fósiles (que le sacan la sangre a la Tierra, como advirtió un «sabio» «indígena» y confirman hoy todos los científicos, según dijo Petro en su obsceno discurso en Queens, que no mereció la menor atención de la supuesta oposición, salvo por lo de la manada de lobos, errado pero congruente con su ideología colectivista).

La causa del inusitado aumento de la temperatura es la erupción a comienzos de este año del volcán submarino de Hunga Tonga-Hunga Ta’apai, en Oceanía, la mayor registrada en la Tierra en la era moderna, que expulsó a la atmósfera miles de millones de kilos de vapor de agua. La temperatura podría mantenerse muy por encima de los niveles habituales durante cinco años, según se explica con claridad en este artículo de National Geographic, y más detalladamente en el estudio enlazado en él.

El alarmismo climático es un elemento clave en el siniestro programa de ingeniería social que está implementando en todo el mundo la conjura de los dominadores. Tras la persecución de los combustibles fósiles están los intereses de las empresas de energías renovables y aun del régimen chino, que los sigue usando sin preocuparse y los encontrará más baratos gracias a la abstinencia occidental. China es el principal socio comercial de Alemania, que como poder hegemónico en la UE puede hacer que todos los demás socios compartan el pago de la factura energética, sobrecargada por dicha abstinencia.

Acerca de ese alarmismo, el interesado podría evaluar la serie de artículos que publicó hace unos meses el periodista español Federico Jiménez Losantos.

En Colombia el asunto es como una productiva guaca para Petro: la inevitable caída del PIB por su reforma tributaria y la fuga de inversiones queda justificada por la necesidad de proteger a la Pachamama del pecado del consumismo, y tan hermoso y noble propósito redime a su gobierno y a sus clientelas de su origen en la industria del secuestro y de su patente relación con el tráfico de cocaína. Los típicos «intelectuales» colombianos no ven ningún problema en la compañía de personajes como Ernesto Samper y sus socios de toda la vida porque son la misma clase de gente que hace cuarenta años se ilusionó con Pablo Escobar, ahora con un barniz de cultura y con el aplomo que proveen los diplomas que expiden los marxistas, hegemónicos en casi todas las universidades. El ambientalismo inflama sus corazones sensibles de nobles propósitos mientras parasitan (y roban si pueden, es decir, si tienen suficiente rango social y contactos para acceder a puestos de poder).

(Publicado en el portal IFM el 18 de noviembre de 2022.)

martes, diciembre 20, 2022

Ya eres como ellos

En las películas de cine negro y también en muchos wésterns, cuando el justiciero o la víctima se dispone a matar al villano suele haber alguien que le advierte: «entonces serás como él», y no es un peligro teórico, por ejemplo, en The Searchers, Ethan Edwards, el personaje al que da vida John Wayne, termina arrancándole la cabellera al indio que raptó a su sobrina.

La historia colombiana reciente también es un relato de villanos y víctimas, los justicieros son más difíciles de identificar, pero ¿en qué se diferencian los villanos de sus enemigos salvo en el papel que le corresponde a cada uno? Mejor dicho, ¿qué clase de ser humano se decide a secuestrar y asesinar gente en aras de una transformación de la sociedad que siente que tiene derecho a buscar porque su opinión debe prevalecer sobre los intereses y hasta sobre las vidas de los demás?

A esa cuestión del móvil remoto de los posicionamientos ideológicos no se le suele prestar atención porque como se dice en Cien años de soledad, en Macondo «el mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre». La mayor parte de las veces, el origen de la adhesión ideológica al comunismo se explica por contagio de «ideologías foráneas», como si, por ejemplo, la guerrilla del ELN no hubiera tenido durante más de medio siglo una fuerte imbricación con la Compañía de Jesús y otros grupos católicos.

Se podría explicar más bien de otro modo: el devenir histórico que preveían los colonos españoles hace tres o cuatro siglos no se parece al que realmente ocurrió. Los traidores al papado se hicieron amos del mundo y en sus países floreció una nueva ideología, que en el siglo xix se hizo hegemónica, aunque España e Hispanoamérica contaban poco en ese siglo. Los grupos dominantes de nuestras sociedades perciben esa ideología, el liberalismo —que aspira a una sociedad de ciudadanos libres e iguales—, como una amenaza y oponen un escudo de resistencia. El colectivismo-estatismo que tan poderosamente seduce a los universitarios de toda la región en el siglo xx es un formato de ese escudo. Una salida, una solución.

Una cuestión en apariencia ajena me ha hecho reflexionar sobre eso. Cuando se habla de los derechos humanos los colombianos «de derecha» no pueden ocultar una llamativa repugnancia. Es verdad que las ONG de «derechos humanos» han convertido esa cuestión en un elemento útil de su propaganda, y que esas ONG son parte de la conjura narcocomunista, de modo que cualquiera de sus campañas de calumnias contra los militares colombianos, por poner un ejemplo, equivalía a una masacre con cientos de víctimas, pero precisamente eso ocurría porque incluso los defensores de los militares estaban dispuestos a creerlas. No había ni hay un consenso respecto a los derechos humanos, entendiendo como tales los llamados «de primera generación» (los que no son bienes que los demás deben pagar), porque su fundamento ideológico es el liberalismo, algo ajeno y opuesto a la idiosincrasia local.

Al interesado en la cuestión le recomiendo un comentario que escribí hace años sobre un artículo del entonces presidente de la Asociación Colombiana de Juristas Católicos que se oponía a la aceptación de los derechos humanos como base del ordenamiento jurídico. https://pensemospaisbizarro.blogspot.com/2014/03/derechos-humanos-ideologia-y-ley.html.

A esa hostilidad ideológica se le suma la confusión conceptual: ¿qué son los derechos humanos? El diccionario los asimila a los derechos fundamentales, aquellos que forman parte de la dignidad de todo ser humano y figuran como tales en los textos constitucionales. Si una persona sufre un atraco o una violación, no es una cuestión de derechos humanos salvo que esos hechos fueran obra de las autoridades. En cambio la cuestión del voto militar, sobre cuya prohibición hay un gran consenso en Colombia, sí remite a la situación de unos ciudadanos despojados de su derecho fundamental a elegir a sus gobernantes.

Pero hay que insistir en que los colombianos no tienen ninguna adhesión a esos derechos como no la tienen a los valores liberales, ocurrencias como «los derechos humanos son para los humanos derechos» encuentran enseguida mucho público, al parecer porque a la mayoría les parece que ciertas personas no deben tener derecho a un juicio justo o se las debe torturar o ejecutar sin juicio. ¿Qué otra cosa puede significar ese dicho?

¿Qué otra cosa puede significar un tuit de un influencer muy conocido de la «derecha» (muy afín al partido que quiere respetar los acuerdos con las FARC) en el que dice que Colombia necesita a un Naguib Bukele y se toma una foto al lado de un cartel con la imagen del presidente salvadoreño y la frase «Los derechos humanos de la gente honrada son más importantes que los de los delincuentes»? https://twitter.com/jarizabaletaf/status/1586424825974693888

Los derechos humanos de todos son sagrados e igualmente importantes, la gente que se describe como honrada es relativa, por ejemplo en Cuba sin duda llaman así a los matones del régimen, el único sentido que tiene esa perla de Bukele es la idea de que se puede prescindir de los derechos de algunas personas.

Es gracioso, el poder político en Colombia está en manos de una banda de asesinos que no respetarán ningún derecho de nadie cuando les convenga violarlos, tal  como ya ocurre en Cuba, Venezuela y Nicaragua, y los jueces son simplemente secuestradores al servicio de la misma mafia de la cocaína, pero lo que ilusiona a los supuestos opositores es que se pueda prescindir de los derechos humanos de alguien. Y precisamente lo que ocurrirá será que los militares y policías colombianos violarán los derechos humanos de quien se oponga al régimen narcocomunista, sólo hacen falta unos meses para que el gobierno controle a los mandos de esas instituciones.

El colombiano suele creer que se puede prescindir de los derechos de alguna persona, por esa ausencia de valores liberales es por lo que algunos colombianos optan por mejorar las vidas ajenas contra la voluntad de esas personas. Los que «razonan» como Arizabaleta y Bukele ya son como los terroristas.

(Publicado en el portal IFM el 11 de noviembre de 2022.)