martes, julio 30, 2013

Montajes


Lo ocurrido realmente con el periodista de Semana Ricardo Calderón es algo que naturalmente desconocemos, pero aun si correspondiera a la versión que difunde la prensa de algún militar molesto por sus publicaciones sobre Tolemaida, hay que decir que les resultó en extremo oportuno.

De repente resulta que esa revista es un medio esforzado por esclarecer la verdad. ¡Qué raro que uno sólo lea las más atroces falacias criminales y la obstinada propaganda del terrorismo, que sus columnistas sean un asesino múltiple confeso, un delincuente asociado con mafiosos, algunos de los cuales resultan convenientemente asesinados, un proxeneta, una mártir heredera que no oculta en absoluto su afinidad con las FARC y un dandi taurino que durante muchas décadas vivió de exhibir desprecio por todos los gobiernos hasta que llegó el que sí convenía, el de Juan Manuel Santos!

El mismo periodista, que según Daniel Coronell es el autor que no firma pero está detrás de las grandes publicaciones de la revista, podría ser descrito como un Goebbels burdo y desvergonzado, visto lo que uno lee en la revista.

También da mucho que pensar semejante atentado cuando cada semana se publican noticias sobre las terribles amenazas que sufren Iván Cepeda, Piedad Córdoba, Óscar Collazos y muchos otros benefactores de la humanidad: el espacio dedicado en los medios de los clanes del poder a las amenazas sufridas por sólo esos tres personajes en la última década es mayor que el dedicado a varios miles de soldados y policías asesinados. Sus clientelas y los arribistas típicos se convencen de que eso es lo importante.
Hablando de lo importante, qué casualidad que ocurriera el mismo día en que se recordaba otro aniversario de la masacre de Bojayá y que se discutía de nuevo sobre la libertad de Andrés Felipe Arias. De repente lo importante es la nueva noticia del atentado a la libertad de prensa que parece tener los mismos autores que las amenazas consuetudinarias a los arriba citados.

Pero además la noticia permite multiplicar la importancia de la revista y el impacto de sus publicaciones. ¡Sobre todo esta sobre Tolemaida, gracias a la cual los militares resultan siendo los criminales y los que cometieron la masacre de Bojayá las víctimas de esa obstrucción a la paz! Parece que además de asesinos esos militares son terriblemente ineptos, y además tienen ganas de ver confirmada la intención de la revista y su redactor de mostrarlos como criminales y contribuir a lo que buscan con eso, apoyados en el hecho de que están presos, cosa que entre la gente distraída y manipulable los convierte en culpables.

Ya publicamos ayer el caso del coronel Hernán Mejía: con toda certeza, la mayoría de esos militares son víctimas de la típica persecución judicial gracias a la cual Piedad Córdoba está libre y Plazas Vega y muchos otros están presos. Los criminales no son ellos sino quienes los tienen presos, casualmente socios del gobierno y los dueños de los medios, casualmente incentivados por el Partido Comunista a través de Asonal Judicial.

Mi percepción de que se trata de un montaje, cosa que obviamente no podría demostrar, tiene que ver con esa presión continua para convertir a los militares en delincuentes y a los terroristas en agentes de paz. A comienzos de la semana aparecieron todos los medios interesadísimos porque en las redes sociales se había convertido en algo muy importante una columna desafortunada de Fernando Londoño publicada en 2006 en El Colombiano. Claro que en Colombia la mala fe es la primera fuente de prestigio, por lo que no faltará el que dude de la conjura para convertir eso en la gran noticia.

Pero ya que se habla de montajes y de periodistas que no firman, vale la pena acordarse de la bomba del 12 de agosto de 2010 cerca de la sede de Caracol.

Primero, ¿por qué iban las FARC a poner una bomba en la emisora del Colombiano por la Paz Darío Arizmendi, al que Alfonso Cano le deseaba éxitos en un mensaje a Erika Fontalvo? No era por "saludar" al nuevo gobierno, sino para atribuírsela a quienes se pudieran resistir a sus intenciones de negociar, que propiamente se anunciaron con esa bomba.

Es decir, contaban con que la prensa la atribuiría a enemigos de Santos, como de hecho hizo él mismo y su subalterno Armando Benedetti. Pero ¿a qué venía la prisa por atribuir culpabilidades? Yo creo que esa bomba estaba prevista para ayudar al gobierno a cambiar de rumbo, sembrar sospechas sobre Uribe y su entorno y generar cohesión entre los lagartos.

Es muy importante considerar la posibilidad de que Santos estuviera conspirando con las FARC ya cuando era ministro. El caso de la persecución contra el coronel Hernán Mejía, cuya carta publicamos ayer, lo demuestra. También la curiosa presencia hasta en su casa de una tal Marilú Ramírez, a la que presentaron como espía una vez descubierta pero que perfectamente podría ser una emisaria del Secretariado. También la obstrucción a las quejas de las víctimas del terrorismo en Urabá, según le dice el general Rito Alejo del Río a Fernando Londoño en ese video famoso. Presten atención a partir del minuto 3.00.



Pero volviendo a la bomba de Caracol y al apóstol y casi mártir de la verdad de la revista Semana, voy a comentar lo que publicaron en esa ocasión.
¿Quién pudo ser el responsable del carro bomba y qué busca? 
El atentado en Bogotá ocurre en momentos en que el presidente Juan Manuel Santos le abrió la puerta a un posible diálogo con la guerrilla y luego de que el presidente Chávez se pronunció contra las Farc. Analistas creen que hay sectores interesados en sabotear estos acercamientos.
Ésa es la entradilla. ¿Qué elementos tenían para sospechar que hay grupos poniendo bombas distintos a las FARC? Para mí es evidente que la bomba estaba acordada para atribuírsela a esos enemigos imaginarios, que la bomba y la noticia eran una misma cosa, como el secuestro y el intercambio humanitario o como las masacres y la negociación de paz.
[...]
¿Opositores al diálogo?

Después de ocho años de Álvaro Uribe como Presidente de la República, el sábado 7 de agosto se posesionó Juan Manuel Santos, quien trae una línea muy parecida a la de su antecesor en la lucha contra los grupos armados, aunque abierta al diálogo. En su discurso de posesión dijo que la orden era arreciar contra las Farc, pero al mismo tiempo dejó abierta la posibilidad de conversar con ellas, aunque con estrictas condiciones.
 
Estas palabras se conocieron después de la propuesta de diálogo que semanas atrás había lanzado el jefe de esta guerrilla, ‘Alfonso Cano’, a través de un video difundido por la cadena Al Jazeera. “Colombia puede cerrarle las puertas a la guerra civil, si encontramos un resquicio”, dijo Cano, quien invitó al nuevo gobierno a una reflexión con un lenguaje menos belicoso que el tradicional.

Además, la relación entre Colombia y Venezuela dio un giro de 180 grados cuando el presidente del vecino país, Hugo Chávez, estuvo en Santa Marta hablando con su homólogo Santos. Tras el encuentro, las relaciones diplomáticas y comerciales se restablecieron, la actividad en la frontera volvió casi a la normalidad y Chávez envió un mensaje claro y contundente: “El gobierno venezolano que yo dirijo ni apoya, ni permite, ni permitirá presencia de guerrilla, ni terrorismo, ni narcotráfico en territorio venezolano, y mucho menos que alguien diga que yo apoyo a la guerrilla o al terrorismo o como se llame. Eso es una infamia”.

El Chevrolet Swift gris, cargado con aproximadamente 50 kilos de anfo, estalló tan solo dos días después de ese gesto de Chávez, lo que para algunos analistas significa que a alguien le interesa sabotear ese avance o un posible acercamiento entre el gobierno de Colombia y la guerrilla de las Farc.
Siempre aparecen "algunos analistas" para encargarse de la idea de fondo del artículo. En esos medios colombianos esos "analistas" suelen ser directamente jefes terroristas, típico el columnista de Semana León Valencia, o activistas dedicados al cobro de las proezas de la "insurgencia".
Armando Borrero, especialista en seguridad nacional y analista de razonpublica.com, cree que entre un “grupo de aventureros de la extrema derecha” podrían estar los autores del atentado. “Probablemente buscaban un lugar simbólico al ponerla frente a Caracol. Esto es terrorismo ilustrado, que es cometer un acto para que les echen la culpa a otros y provocar un efecto político”, dice. 
Borrero agrega que es posible que sea un pequeño grupo que quiere enviarle un mensaje al presidente Santos para que se endurezca. Aunque no hay un proceso de paz formal, “de pronto hay gente que quiere decirle que ya no pudo con este tema. Son interesados en desestabilizar cualquier posibilidad de negociación (entre la guerrilla y el gobierno)”, señala el analista.
razonpublica.com es un portal abiertamente fariano. Es el primer analista o experto al que entrevistan, lo cual hace temer lo que ya sospechaba: que la bomba era el pretexto de la noticia. El tiempo verbal va avanzando a medida que la credulidad del lector deja un resquicio. Al principio "podrían", al final "son".
En esa misma línea está Ariel Ávila, de la Fundación Nuevo Arco Iris: “Probablemente lo que se quiere es que el gobierno de Santos siga la misma línea de Uribe, dura e inamovible. El gobierno Santos abrió el diálogo y tal vez haya gente que piensa que con esto se va a retroceder en seguridad”.
La Fundación Nuevo Arco Iris es el ELN legal, el grupo que se jubiló en los noventa para dedicarse a cobrar las hazañas de los más jóvenes y rústicos. Es el segundo analista, que empieza con un "probablemente" que refuerza al humanista de razonpublica.com El tercero es el entonces excandidato presidencial Gustavo Petro, como para que ninguna banda de asesinos se quede sin figurar entre los primeros analistas.
El ex candidato presidencial Gustavo Petro, por su parte, no dudó al afirmar que la bomba de este jueves tiene un claro objetivo: “llevar al actual Gobierno a la postura del anterior”.

"Si nos dejamos manipular, seguirán poniendo bombas", advirtió el ex candidato presidencial, quien además agregó: "exijamos la verdad en la investigación, no más manipulaciones".
Así son ellos. El hombre siempre ha exhalado seguridad. Lo mismo ocurrió cuando mataron a Facundo Cabral. La diferencia es que esta vez estaba presto a opinar como todos los demás porque la bomba formaba parte del comienzo de la paz.
Sobre esta hipótesis se refirió, Incluso, el representante en Colombia del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Christian Salazar, quien consideró que el atentado en Bogotá tiene el objetivo de "estorbar los mensajes conciliadores" del nuevo presidente.

"Un atentado así, con una bomba de tal magnitud, busca probablemente estorbar esos mensajes conciliadores que ha habido. El nuevo presidente ha estrechado la mano a muchos sectores sociales, además del restablecimiento de relaciones con Venezuela, y por eso la bomba", explicó.
Nunca falta el analista de la ONU que dice lo mismo que los representantes del terrorismo. También culpaba a enemigos de la paz. ¡Qué casualidad que fueran los amigos de la paz! Se habrán sorprendido mucho.
¿Las Farc?

Aunque no acusó a las Farc directamente, el ministro de Defensa, Rodrigo Rivera, dijo lo siguiente: “Los terroristas nos atacan con emboscadas, con secuestros, con actos terroristas, y también nos atacan con videos, con comunicados. Ellos lo que están tratando con esos videos es frenar el ímpetu de nuestras fuerzas militares”.

De hecho, el ex presidente Ernesto Samper aseguró que “si son las Farc, habrá que ser muy claros y específicos en la forma como se condene esto.
Aquí ya no son ni ocurre nada probablemente. Alguien tan poco experto o analista como Samper promete venganza con una firmeza que llena de valor a todos los patriotas.
El también ex presidente Andrés Pastrana aseguró que si existe responsabilidad de las Farc en el atentado de este jueves “no hay oportunidad de hacer la paz con ellos”. En ese caso “hay que seguir atacando”, consideró.
Previsiblemente, cuando Santos tuvo que decir que eran las FARC porque algún militar pudo comprobarlo en los PC incautados, a lo mejor el mismo que llevó a la Fiscalía el video de Sigifredo López, Pastrana se olvidó de su anterior bravuconada. Es otra sospecha remota, nada que ver con los hechos seguros de los analistas de más categoría de antes.
Rodrigo Rivera ha sido casi el único funcionario del gobierno que públicamente ha sospechado de esta guerrilla. Ni el presidente Santos, ni el director de la Policía, general Óscar Naranjo, ni los militares han mencionado con nombre propio el posible autor.
[...]
 Claro, el presidente le deja las sospechas a los analistas, es decir a la revista, es decir a su probable pariente Ricardo Calderón, que casualmente resulta en ocasión muy oportuna víctima de un intento de asesinato que recuerda a los múltiples y siempre fracasados intentos de matar al ángel de los secuestrados Herbin Hoyos, casualmente de Caracol, casualmente secuestrado en circunstancias casualmente raras.

Yo creo que el atentado contra ese adalid de la verdad y del oficio periodístico es un montaje. Con toda certeza es el redactor de esa pieza magistral del periodismo que he comentado, y la oportunidad es única. Obviamente, no pretendo que mi escrito sirva de demostración de nada, pero tampoco se ha demostrado la autoría de nadie y sin embargo la orgía de calumnias contra los militares no ha cesado.

Es decir, sea quien sea el autor del atentado, sobre cuya realidad albergo mis dudas, lo cierto es que ha servido para la misma tarea de los terroristas y del gobierno. Bueno: a lo que servía la bomba de Caracol y la onda expansiva de Semana.

(Publicado en el blog País Bizarro el 3 de mayo de 2013.)

viernes, julio 26, 2013

La carta de Luis Carlos Restrepo


El doctor House habla con la madre de una niña de seis años que presentaba síntomas que hacían temer que padeciera epilepsia. Le explica que lo que ocurre es que la niña se "gratifica" tocándose. La mujer exclama "Eso es horrible" y House la mira con su habitual displicencia: "La epilepsia es horrible".

Me acordé de esa escena leyendo la carta que le envió el excomisionado de Paz Luis Carlos Restrepo a Uribe y a sus precandidatos. Parece algo pactado para obtener algún alivio en la persecución que sufre, lo cual nos puede parecer horrible, pero no lo es tanto como lo que dice en concreto, como los síntomas de una limitación y un extravío bastante peores que la traición.

En efecto, el hecho de que alguien se vea forzado a favorecer a los criminales gracias a la presión que éstos ejercen no debería llevarnos a culparlo. Recuerda poderosamente a las víctimas de los Procesos de Moscú o de la Inquisición, que tenían que autoinculparse para librarse de la tortura. La idea de exigir a los demás que sean mártires mientras nosotros vivimos tranquilos me parece una forma extrema de deshonestidad.

Y hay muchas razones que hacen pensar que tal componenda existe: suponiendo que todo eso correspondiera a su pensamiento, ¿qué necesidad tiene de favorecer a Santos, que evidentemente encarga la persecución y que necesita a toda costa legitimar su alianza con los terroristas? ¡Ya lo sé! El amor a la patria, que es lo que mueve a los políticos a prevaricar y enriquecerse y vivir rodeados de lujos que paga el erario. Es demasiado difícil de creer.

Con todo, ahí está la carta, y además de la posibilidad de que realmente crea lo que dice, queda el peligro de que alguien se lo tome en serio, por lo que, pese a lo extenso que se hace, la comentaré.
Es de público conocimiento que he sido obligado al exilio por la injusta persecución que se ha desatado en mi contra. He encontrado una Nación respetuosa del derecho de asilo que me ha brindado refugio, lo que me obliga, por respeto a su generosidad, a mantenerme alejado del debate político interno en nuestra patria. Pero un compromiso superior con la paz, me lleva a expresar algunas opiniones en torno al papel del Centro Democrático en relación con los diálogos que adelanta el Gobierno Nacional con las Farc en la ciudad de La Habana.
"Un compromiso superior con la paz" ya empieza esa idea de que la paz no es el fruto del triunfo del orden sobre el caos sino la componenda por la que se reconoce al agresor y se culpa a la víctima, todo en aras del confort de los gobernantes.
No obstante haber sido Director del Partido de la U y haber entregado en sus manos una colectividad fortalecida, no acompañé al Dr. Juan Manuel Santos ni a su fórmula vicepresidencial en las elecciones de 2010. Dije entonces, y lo sigo creyendo, que hubiese sido mejor para la democracia colombiana un triunfo del Dr. Antanas Mockus. Fui pionero en señalar al uribismo, a comienzos del 2011, que si bien ganaron las elecciones habían perdido el gobierno. Y me adelanté a los acontecimientos políticos al proponer a comienzos del 2012 un decálogo para retomar el rumbo, que no obstante las críticas que recibí, se ha venido cumpliendo punto a punto.
Tremenda ocurrencia lo de recomendar votar por Mockus como hicieron León Valencia, Sergio Otálora, Daniel Coronell y Héctor Abad Faciolince. Votar por Santos era la única alternativa ante la campaña de los poderes fácticos para deslegitimar los gobiernos de Uribe. Tal vez habría sido preferible votar por Arias y hacerlo elegir candidato del conservatismo, pero nunca hubo una actitud clara de Uribe y compañía al respecto, menos aún de Restrepo, mientras que cuando empezó la campaña de calumnias del AIS trataron de cargarle al hoy preso político la culpa para que no afectara la imagen del todavía (esperaban) reelegible Uribe. De hecho, Mockus se propone como asesor de las FARC con una desfachatez inverosímil, ya se puede imaginar cualquiera cómo habría sido su gobierno.
Celebro la conformación de una fuerza política como el Centro Democrático, para dar expresión a miles de ciudadanos que acompañaron al presidente Uribe durante sus dos mandatos y siguen atentos a sus directrices. Espero que se pueda pasar de un liderazgo personal a una estructura partidaria sólida y moderna, con democracia interna, capaz de animar el cambio en las costumbres políticas que tanto anhelan los colombianos.
¿Anhelan los colombianos que haya verdaderos partidos? No podría pensar en cinco personas que crean que debe haber un partido distinto y opuesto a los existentes. Pero de momento es retórica vulgar sin mayores implicaciones.
Por lo que conozco del expresidente Uribe y de los precandidatos presidenciales que hoy buscan la nominación por el Centro Democrático, son todos personas abiertas al diálogo, así invoquen la autoridad democrática para hacer respetar en el marco de la ley los derechos de los ciudadanos. Bajo la dirección del presidente Uribe hice enormes esfuerzos por desmontar los grupos de Autodefensas que ponían en peligro la legitimidad de nuestro Estado de Derecho, logrando el desarme y desmovilización de sus jefes y de la mayoría de sus estructuras. Con el ELN mantuve conversaciones en Cuba, quedando para la firma un proyecto de Acuerdo Base, que bien podría retomarse para reanudar un proceso de paz con ese grupo guerrillero.
Yo desconocía ese acuerdo con el ELN y obviamente el "proyecto de acuerdo base", la actitud de Restrepo es de reconocimiento a la banda criminal.
No obstante las críticas que Ustedes han formulado al gobierno del Presidente Juan Manuel Santos y al diálogo con las Farc, sé que ninguno está apostándole a un futuro de guerra, ni es ajeno a la posibilidad de una salida concertada con quienes han tomado las armas en contra del Estado. Aclararía mucho el panorama político del país que los miembros del Centro Democrático anunciaran, de manera pública, que en caso de ganar la Presidencia en el 2014 darán continuidad al proceso de paz en marcha, haciendo los correctivos necesarios de acuerdo al mandato que reciban de los ciudadanos en las urnas. Igualmente, que estarían dispuestos a retomar un proceso de paz con el Eln, teniendo como insumo el proyecto de Acuerdo Base que quedó para su firma, pidiéndole a esa guerrilla un cese de acciones violentas como muestra de buena voluntad para avanzar en el camino de la reconciliación.
¿Un futuro de guerra? Ésa es la retórica de los propagandistas de las FARC, el atraco, según el cual la democracia debe ceder ante el poder del crimen organizado porque aplicar las leyes sería "un futuro de guerra". En ningún país ninguna democracia nunca ha desistido de sus leyes porque se negaría a sí misma, negaría el único principio por el que existe que es la legitimidad que le dan los ciudadanos al escoger a sus representantes. De hecho, Restrepo no miente respecto a que los precandidatos uribistas "no son ajenos" a la "salida concertada", tal como todos los policías en Colombia podrían no ser ajenos a los incentivos de una alianza con los ladrones, lo que pasa es que esa disposición es en la práctica un crimen.

La palabra reconciliación aplicada a lo que ocurre con el crimen organizado es totalmente legitimadora: ¿qué es reconciliación? ¿Hay una discordia entre los profesores de la Universidad Nacional y los niños de Nariño (a los que sus peones mandan con bombas que hacen estallar cuando están cerca de los policías) que se vaya a resolver con un apretón de manos? Quien llama "reconciliación" y "paz" al hecho de entregarle la billetera al atracador sólo puede ser otro atracador, y si este hombre no está cumpliendo un encargo de quienes lo persiguen es alguien que siempre ha obrado con un sesgo funesto: no necesariamente malintencionado pero en la práctica obrando como agente del atraco, como de hecho son muchos miles de colombianos acomodados (en los dos sentidos del término).
La dicotomía que enfrenta el país no es, como algunos pregonan, entre quienes quieren la paz y los que buscan la guerra. La historia colombiana de las últimas décadas ha sido un constante oscilar entre la guerra y la paz, y tal vez siga siendo así hasta consolidar un auténtico clima de convivencia. La diferencia tiene que ver más bien con la manera como se llevan los diálogos, como se combinan las acciones por la paz con el anhelo ciudadano por la seguridad, y con el alcance de los cambios que es necesario hacer para superar tantos años de violencia.
Los que quieren la paz son los mismos que buscan la guerra, ya que la gente de bien trabaja y anhela un país como los demás pero los comunistas ponen minas y matan soldados y policías y cobran esos hechos. Esa retórica de la guerra y la paz es la pura propaganda terrorista. ¿Quiénes buscan la guerra? La paz es fácil, los asesinos desisten de matar y las víctimas ven si los perdonan, toda otra opción que contemple reconocer algún premio por el crimen es parte del crimen. Lo de hacer cambios para superar tantos años de violencia es de nuevo completamente legitimador del terrorismo: los cambios que hay que hacer son en eficacia policial y militar y en condena enérgica de todos los cómplices del terrorismo. De nuevo se siente uno ante la peor propaganda terrorista.
Creo que es justo que el Centro Democrático exija a las Farc gestos de paz para continuar el proceso, como cesar la extorsión, el reclutamiento de menores y dejar de sembrar minas en los campos. Me parece oportuno que se abra un espacio a las víctimas de este grupo guerrillero, de la misma manera que lo han tenido las víctimas de agentes del Estado y de las Autodefensas, para que puedan ponerle voz a su dolor y decirnos hasta donde están dispuestas a perdonar, pues son ellas las únicas que pueden hacerlo. Y creo además, como claman intelectuales y sectores de izquierda, que se necesitan cambios estructurales para que la paz sea duradera.
La exigencia de gestos de paz es de hecho otro crimen: la autorización para matar siempre y cuando no extorsionen ni recluten niños ni siembren minas. De nuevo, la renuncia a la ley, que es la única causa de que los terroristas que empezaron como agentes soviéticos persistan. Los cambios estructurales que "claman" los intelectuales y sectores de izquierda son la principal causa de la pobreza y el atraso del país. "Izquierda" es un concepto escurridizo que en Hispanoamérica significa simplemente la representación de los grupos parasitarios tradicionales, sedientos de rentas estatales y congelación de la jerarquía tradicional, como en Cuba. Los cambios estructurales que introdujo la izquierda en la Constitución de 1991 hicieron aumentar la desigualdad más de nueve puntos del coeficiente de Gini entre ese año y 2002 porque sencillamente los terroristas favorecen ventajas inicuas para sus clientelas de empleados estatales y universitarios. Si este hombre no obra de mala fe podremos decir como Talleyrand ante el fusilamiento del príncipe de Borbón-Condé: "Peor que un crimen, un error". Peor que un canalla, un estúpido.
A diferencia de lo que dice el Dr. Humberto de la Calle, creo que son necesarios cambios en el modelo económico y en la doctrina militar, no para ser debatidos en la mesa de La Habana, pero sí para ser acordados entre los ciudadanos. Es necesario un cambio estructural que haga efectivos los derechos fundamentales a la vida, la nutrición, la salud, la vivienda, el trabajo y la educación, a tantos colombianos y colombianas que siguen viviendo en la marginalidad social. La solución de este problema no puede dejarse a los vaivenes del mercado. No podemos dejar que la miseria urbana y campesina sigan siendo caldo de cultivo para que nuestros jóvenes se vinculen a la ilegalidad.
En este párrafo está descrito exactamente el programa castrista: aquellos países en los que el Estado se ocupa de los derechos a la vivienda, el trabajo y la nutrición, son miserables y desnutridos mientras que los que los dejan a los vaivenes del mercado son ricos. De hecho, esos derechos fundamentales en Colombia son el pretexto para la dominación y exclusión de las mayorías: se invocan para obtener privilegios inicuos mediante tutela. Sirven para multiplicar el gasto público que permite toda clase de corruptelas y toda clase de ventajas para los funcionarios. Lo que existe con tan bellos derechos es lo que demuestra el índice Gini, una transferencia de recursos de los pobres hacia los ricos. De modo que con el programa de las FARC este hombre forma parte realmente del mismo bando.

Mención aparte merece la burda falacia de que la miseria y la marginación lleva a los jóvenes a la ilegalidad: siempre será más rentable atracar gente que trabajar, lo único que hacen distinto los países civilizados es que aplican las leyes. Lo que permite el éxito de las bandas terroristas no es la provisión de mano de obra sino la protección que reciben desde el Estado, en donde los terroristas de escritorio conspiran día tras día para cobrar las atrocidades en forma de negociación política.

Otra falacia repugnante es la de que no se discute en la mesa de La Habana sino entre los ciudadanos. Era lo que proponía Petro para hacer de intermediario entre el Estado y las FARC. Claro que muchas cosas se podrían discutir entre los ciudadanos pero ¿a qué viene mencionarlas en una carta sobre la negociación? A aceptar el atraco terrorista de forma indirecta. De nuevo, es el discurso de las FARC, que resultan legitimadas porque Colombia no es como Cuba.
Es necesario un cambio en las Fuerzas Armadas. Y decir sin temor que necesitamos un ejército más pequeño y profesional. Que necesitamos una policía más vinculada con la solución de los problemas cotidianos de los ciudadanos. Y una doctrina de seguridad humana, que incorpore los elementos de la seguridad democrática pero vaya más allá, entendiendo el control territorial como parte de una política social y cultural que pasa por una pronta e impecable aplicación de la justicia.
Mejor todavía, ningún ejército: de momento, para aplicar las leyes y enfrentar la amenaza terrorista hace falta un ejército más eficiente. ¿Qué relación tiene con la negociación de La Habana, que es el motivo de la carta? El párrafo siguiente lo explica:
Esos temas, como otros relacionados con el reordenamiento del Estado -incluido el avance hacia un Estado federal del que habla Francisco Santos-, pueden ser abordados de manera directa en un diálogo con los ciudadanos, que a través del voto popular deben dar el mandato para emprender las reformas necesarias. El gran Acuerdo de Paz se logra con los ciudadanos desarmados, y con dirigentes capaces de liderar los cambios que necesita el país, abriendo así los cauces a una paz duradera. Los acuerdos a los que se llegue con los grupos armados ilegales son accesorios a este pacto nacional, que debe pasar por una Asamblea Constituyente.
Ahora la Constituyente de las FARC de que hablaba Jaime Castro Ramírez. Desde hace casi una década insisto en este blog sobre la necesidad de una Constituyente, pero precisamente para abolir las infamias totalitarias de 1991 y no para premiar a las FARC. Restrepo no habla de la composición de esa Constituyente, pero todo el párrafo es totalmente legitimador de los terroristas, que resultan agentes de cambios necesarios y no lo que son exactamente, los garantes de un orden inicuo que se reafirma periódicamente con acuerdos de paz con los que escalan su poder y multiplican la desigualdad, el parasitismo y la dominación.

Una Asamblea Constituyente democrática exige la exclusión de quienes delinquen, por lo que quien la propone como complemento a una negociación de las leyes con criminales está en la práctica legitimando un proyecto de Santos, lo que hace pensar que efectivamente Restrepo cumple un encargo de sus perseguidores y no merece atención. El problema es que la indigencia intelectual de los uribistas hace que la respuesta a esta abierta legitimación de toda la infamia y en realidad de todos los crímenes terroristas no tenga casi ninguna respuesta.
Hoy, como en los años anteriores a 1991, las mezquindades políticas impiden ver la necesidad de una nueva Asamblea Constitucional. Unos, porque le tienen miedo a la presencia en este escenario de una fuerza encabezada por el expresidente Álvaro Uribe. Otros, porque consideran inmodificables las decisiones de la Constituyente de 1991, olvidando que las constituciones son pactos políticos que se renuevan en el tiempo. Habrá que pasar por encima de estas pequeñeces y asumir que esa constituyente debe contar con la participación de todos, que debe ser convocada sin exclusiones y llegar a ella sin armas ni privilegios especiales, expresando de la manera más abierta y transparente la voluntad popular.
¿De qué modo se llega sin armas si las FARC anuncian claramente que no van a desmovilizarse hasta que Colombia no sea el paraíso? A la hora de la verdad se aplicará en términos literales: palparán las ropas de los constituyentes para que no lleven armas a las sesiones. Pero aparte está la reivindicación de la Constitución de 1991, sobre la que el uribismo mantiene la habitual ambigüedad politiquera.
No podemos responder a nuestros opositores con la misma mezquindad con la que atacaron nuestros esfuerzos por desmovilizar a las autodefensas. Olvidémonos por un momento de sus discursos cargados de intolerancia. Alguien tiene que dar un paso adelante y creo que debemos ser nosotros. No nos dejemos encajonar en la maniquea división entre izquierda y derecha, cuando lo que quiere Colombia es un discurso incluyente y fraterno. Y cuando lo que caracteriza al Centro Democrático es superar esa dicotomía entre izquierda y derecha, para defender la democracia en torno a cinco ejes fundamentales: defensa de las libertades, seguridad con espíritu democrático, separación de poderes, transparencia, y políticas de equidad e inclusión social.
Los cinco ejes fundamentales son las habituales palabras bonitas para encubrir el premio de las masacres terroristas, de paso repitiendo una de las típicas falacias de la propaganda de las FARC y sus socios gubernamentales: que también se pactó con las AUC. ¿Cuáles fueron las leyes que se cambiaron para desmovilizar a esos asesinos? El término "incluyente" es la típica falacia de convertir al victimario en equivalente a la víctima, la renuncia total a la justicia, que es la disposición de los agentes del terrorismo que hoy guían la política del gobierno.
Para amigos y opositores debe quedar claro que nuestro norte ideológico es la defensa de una democracia con libertades, descartando para Colombia un modelo de democracia socialista con sesgos totalitarios, como los que se han puesto en marcha en otros países de la región. La defensa de la libre empresa y la iniciativa individual estará complementada con la más exigente responsabilidad social para los empresarios, pero no permitiremos que se nos imponga un discurso de lucha de clases, que en nombre de los oprimidos justifica un clima autoritario, proclive al odio y extraño a la fraternidad cristiana.
¿Y cómo es que "no dejaremos"? Tras el triunfo terrorista certificado por La Habana, con show incluido y puede que hasta Nobel de la Paz para el generoso demiurgo, las decenas de miles de millones de dólares que han acumulado los terroristas serán un poder irresistible en la sociedad. Lo son ya, muchísimos generales se han vuelto, como Restrepo, legitimadores del terrorismo, por no hablar de los jueces o los congresistas. El sentido de este párrafo es sólo ilusionar a los incautos. La negociación de Santos multiplicará los asesinatos y conducirá a una tiranía completa del comunismo porque una vez sometido el ejército la verdadera autoridad serán las FARC, y de nuevo, o este hombre es un estúpido o ya vencido cumple un encargo penoso para sus verdugos.
Colombia debe ser un país abierto al mundo, un especie de puerta de América del Sur donde los inversionistas encuentren seguridades para sus proyectos productivos, más no para aventuras especulativas. Pero ante todo, debe ser Colombia un país soberano, pacifista, con un Estado capaz de defender la dignidad de hasta el más desvalido de sus ciudadanos. Un país capaz de poner en marcha y sostener una política social que haga de su población un auténtico capital humano, que tome la fortaleza de nuestra tradición emprendedora como soporte de una democracia con libertades que ilumine el camino de América Latina.
Hoy mismo leí un artículo de Félix de Azúa sobre las necedades de los políticos españoles en el que se menciona la relación entre las aventuras especulativas y el capitalismo. Merece la pena prestar atención:
Me parece extraordinario que el jefe de un partido europeo con ambiciones de gobierno dijera que él era “un anticapitalista radical”. Al principio, cuando me lo comentaron, no podía creerlo. Luego lo comprobé en Internet, aunque no es el mejor lugar para adquirir seguridades. En efecto, al parecer Rubalcaba dijo ser un anticapitalista radical, como Kim Il Sung, pero luego matizó que se refería “al capitalismo especulativo”. Y eso acabó de hundirme en el desconcierto porque no creo yo que por el momento haya otro capitalismo que el especulativo. De modo que, o bien Rubalcaba no sabe lo que quiere decir la palabra “capitalismo”, o bien pertenece a una etapa arcaica del capitalismo, digamos que a la fisiocracia, y sigue creyendo que la riqueza son las fincas rústicas.
Lo de permitir las inversiones productivas pero no las aventuras especulativas también es perfectamente el programa de las FARC, en la práctica un control sobre la propiedad como el que existe en Cuba. El resto de la desiderata del penúltimo párrafo de la carta de Restrepo también lo podrían suscribir las FARC, y cualquiera. La propuesta importante, la de la constituyente incluyente y la promesa de continuar las negociaciones de La Habana, ya estaba en los párrafos anteriores.
Si logramos avanzar hacia esa meta seremos también capaces de superar la violencia, y de encontrar el camino que nos conduzca a la paz y al fortalecimiento de la democracia.
Otra vez la legitimación: la violencia no es el efecto de una agresión de unos criminales sino una culpa de toda la sociedad. La realidad es otra: el orden de esclavitud se mantiene gracias a las bandas asesinas, que a su vez se mantienen gracias a la disposición a premiar sus hazañas. El atraso, la miseria generalizada y la insignificancia en el mundo son el efecto de ese viejo orden en el que unos lo hacen todo y no tienen nada y otros lo tienen todo y no hacen nada. Es para defender esos privilegios que reparte el Estado para lo que existen las bandas criminales y es el despojo a las mayorías lo que buscan con su dominación. Ahora esa noble causa tiene un líder al que los uribistas no rechazan.

(Publicado en el blog País Bizarro el 1.º de mayo de 2013.)

martes, julio 23, 2013

Candidatos

Ayer hubo una cumbre política en palacio para "calentar motores" con miras a 2014. Está claro que empieza la campaña electoral, con bastante incertidumbre acerca del rumbo que tomará el país después. ¿Se seguirá el plan de Santos de premiar a las FARC y someter al país a las órdenes de la nomenklatura de La Habana o se tomará otro rumbo?

La principal baza del gobierno es el chantaje respecto a la paz: aquellos que se opongan a premiar a las FARC resultarán acusados de ser causantes de sus crímenes posteriores, dado lo mucho que dicen que se ha avanzado en la negociación. Y la gente puesta a escoger entre los socios de los terroristas, descritos por la propaganda como ciudadanos ejemplares, y los que pidan aplicar la ley, descritos como criminales y a menudo perseguidos judicialmente como se hace en Venezuela, optará mayoritariamente por los primeros.

¿Cuáles serán los candidatos? Seguramente Santos buscará la reelección, para lo que podría servirle la muy probable obtención del Nobel de la Paz este año y sobre todo el chantaje de la paz prometida, para la que muy probablemente servirán algunos actos de horror en los meses venideros: no se trata de paz sino de miedo, y el resultado será la multiplicación de la violencia, pero no parece que vaya a conjurarse eso con señalarlo: da la impresión de que ocurrirá en un plazo demasiado largo para la capacidad de previsión de los colombianos.

Hay otros candidatos posibles del bando de la "paz", tal vez el actual negociador Óscar Naranjo, que en una encuesta encontraba más aprobación que Santos. En mi opinión, pese a su popularidad no podrá representar a ningún sector significativo y por eso no pasaría a segunda vuelta, salvo que se presentara como candidato de la Unidad Nacional. Sería una opción menos riesgosa para Santos que su propia reelección o la candidatura de Vargas Lleras, pues ambos podrían perder en una segunda vuelta frente a un candidato de oposición.

Otro posible efecto de la candidatura de Naranjo es el que tuvieron las de Parody, Luna y Galán en las elecciones municipales de 2011: dividir a la "derecha", atraer votos que de otro modo irían a la oposición.

Otra candidatura del mismo bando, aunque por fuera de la Unidad Nacional, es la de Clara López, la heredera mejor situada del clan López, que podría representar a la "izquierda" unida, tal vez sin los verdes, que irían a la Unidad Nacional, y pasar a segunda vuelta, si en el uribismo no aparece una candidatura única. Sería la jugada perfecta para que Santos pudiera mostrar la oposición a su infamia como una manía de la extrema derecha, minoritaria, y de paso forzar a la gente que no apoya a las FARC a apoyarlo. El juego de Uribe, al parecer orientado a buscar otra reelección, favorece esa perspectiva.

¿Cuál es el juego de Uribe? Un activismo confuso, que pasa de los reproches al gobierno por la impunidad de las FARC (con lo que tácitamente se reconoce que el gobierno puede negociar las leyes con los criminales) a los gestos generosos hacia algunos de los enanitos que aspiran a sucederlo. Tras el disparate fatal de la segunda reelección, que le abrió el camino a Santos, ha estado tres años tratando de conservar su cuota de poder, criticando algunos nombramientos y aplaudiendo otros y ejerciendo como consejero no deseado de Santos. Las elecciones de 2011 eran la gran ocasión de responder al cambio de rumbo del gobierno pero Uribe no hizo nada de eso, sino que se dedicó a demostrar que atraía votos, con pésimo resultado, dicho sea de paso, sin que ninguno de sus candidatos tuviera que apartarse un milímetro de la disciplina de la Unidad Nacional.

De ese modo, el uribismo, una mayoría natural que responde a aspiraciones de sentido común y que es el único sector político que no se alía con los terroristas, resulta un amortiguador útil al gobierno. No hay acciones de oposición. Cuando se convocó una manifestación contra las FARC no se vio que el presidente la respaldara. Lo mismo cuando se convocó un cacerolazo contra Santos. La única política que se emprende es la que tiene que ver con las elecciones y los apoyos tangibles a líderes de los que Uribe puede esperar lealtad, aunque curiosamente casi todos los congresistas y senadores que hizo elegir en 2010 terminaron apoyando a quienes lo persiguen.

Los precandidatos uribistas tienen el raro atributo de que nadie espera realmente que ganen y hacen recordar un chiste que circulaba cuando en Estados Unidos se enfrentaban Michael Dukakis y George Bush padre: se decía que el primero hacía pensar a las mujeres en su segundo marido, al que tienen que resignarse cuando ya sus encantos menguan y "peor es nada". Ésa es la impresión que dan.

El peor de todos ellos es con mucho Francisco Santos. Ya he dedicado dos entradas de este blog a analizar sus respuestas en septiembre a María Jimena Duzán (1-2), pero la entrevista contiene perlas aún más enternecedoras. Tras quedar claro que aprueba la negociación y cree que si Santos consigue "la paz" será "el rey del universo", y que considera mezquino "conseguir réditos políticos con la paz", resulta que además se considera el instigador de los diálogos.
M.J.D.: ¿Qué opina de las gestiones de su primo Enrique Santos Calderón?
F.S.:
Pues mire: el jugó un papel clave en todo esto porque los conocía, y su presencia generó una gran confianza. Es más, yo le dije al principio de este gobierno esta frase: “ ¡Lo que usted ayudó a armar ahora ayúdelo a desarmar!”, ¡Es que por la revista Altenativa pasaron todos los grupos guerrilleros!.
Ya no es sólo que el líder intelectual del terrorismo quede siempre impune y sea cada vez más poderoso, sino que es quien va a resolver el entuerto gracias al espaldarazo de su primo, que después espera-conseguir-réditos-políticos-con-la-paz usando las famosas vallas, que hacen creer a los admiradores de Angelino Garzón que el precandidato se opone a la negociación que promovió.

Pero es que además la ocurrencia de ampliar el periodo de Santos también se le podría atribuir, pues la propuso mucho antes que Piedad Córdoba:
M.J.D.: ¿Alguna duda de que Santos se quiera reelegir?
F.S.:
Ninguna, aunque yo creo que la reelección es dañina.
M.J.D.: ¿Qué me dice? ¿No fue usted quien más la empuñó y más la impulsó a pesar de todos los males que ella encarnaba?
F.S.: Creo que habría que ampliar al periodo a cinco o seis años y eliminar la reelección. A esa conclusión llegué viendo lo que pasó en la segunda reelección de Uribe. En general he visto que a los presidentes la reelección les genera un desgaste en su gobernabilidad porque les hace perder independencia ante el Congreso. Y no me diga que Santos no ha dado puestos.
M.J.D.: Debo entender que a usted le gusta solo la reelección de Uribe pero no la de Santos.
F.S.: ¡Nooo!. En el proceso de la primera reelección de Uribe se generaron hechos positivos para el país. Pero el proceso político fue desgastador. Si el presidente tiene seis años para gobernar se dedica a eso. Si tiene cuatro con posibilidad de ocho, gobierna dos años y los otros los dedica a su reelección. Colombia no es una democracia madura como para meterse en ese tema todavía. Ahora, si Santos hace la paz y no se reelige, ¡es el presidente del universo!. Y si encima de eso deja el proyecto de la eliminación de la reelección con la ampliación de periodo, sería una jugada magistral, propia de un pokerista.
Es verdad que no propone directamente ampliar el periodo de Santos, pero ¿por qué no hacerlo si ya está puesta la idea sobre la mesa? El par de años para asentar la paz se justifica plenamente.

El hecho de que Uribe participe en actos conjuntos con Francisco Santos muestra hasta qué punto el uribismo no puede apartarse de una concepción vulgar, torpe y mezquina de la política. Al igual que la indiferencia sobre las cuestiones que discute la sociedad, donde el terrorismo tiene una actividad continua y eficaz, como ocurre con el "matrimonio igualitario".

Martha Lucía Ramírez es otra aspirante a la presidencia por el conservatismo que tampoco se opone mucho que se diga a la negociación política con los terroristas, y ni siquiera se aparta de Santos, a cuyo gobierno se limita a hacerle críticas constructivas.

Óscar Iván Zuluaga ha mostrado en los últimos meses una actitud más firme de rechazo al gobierno, sin que se sepa muy bien si propone no acatar lo que lleguen a acordar los terroristas y el gobierno cómplice en La Habana. Su mayor lastre es la falta de carisma, y su lealtad al gobierno, cuyo primer año aprobaba y al que se declaraba leal en fecha tan reciente como febrero de 2012.
3. Mi posición frente al Gobierno del Presidente Santos es constructiva, reconociendo sus logros y aportando ideas para corregir problemas y equivocaciones. Le apuesto al éxito del Gobierno porque ello representa el éxito del país y del Partido de la U.
Supongamos que en febrero de 2012 no tuviera conocimiento de que el gobierno se proponía negociar con las FARC y que las complacía con atrocidades morales como la Ley de Víctimas, ¿cómo puede aspirar a ser presidente alguien tan distraído? La lealtad al Partido de la U es, si se quiere, aún más grave, porque los congresistas y senadores de ese partido, que son la única razón de su existencia, participaron desde el comienzo del gobierno Santos en la persecución al uribismo.

José Félix Lafaurie es en términos generales más firme y creíble como opositor a la negociación con los terroristas y al plan de Santos. Pero en el supuesto de que Uribe le mostrara su apoyo incondicional, cosa para la que falta mucho, tendría que soportar la presión de las calumnias contra su gremio, además del chantaje de la paz que expliqué al principio. Sencillamente, la inmensa mayoría de la población del país es urbana y tendría grandes resistencias para identificarse con un candidato del gremio ganadero.

Resumiendo lo anterior, mientras el gobierno y el Polo "Democrático" tienen bazas formidables como el chantaje de la negociación, el uribismo ni siquiera tiene claro que la rechaza. Ya no el expresidente o sus precandidatos, sino la mayoría de los activistas y seguidores: es frecuentísima la incapacidad de resistir al embrujo de la paz. La idea de que las leyes no se pueden negociar con los criminales resulta extremista a muchísimos usuarios de Twitter, que se entusiasman protestando por la "impunidad", como si para amnistiar a las FARC hubiera que estarse años discutiendo con ellas o como si no fueran asesinos impunes Angelino Garzón o los anunciados precandidatos que acompañarán a Uribe en las listas al Senado: Rosemberg Pabón y Everth Bustamante.

Esa confusión parte también de la incapacidad de reconocer los errores anteriores: Uribe no fue sólo un defensor durante casi dos décadas de la Constitución de 1991 sino que además fue el ponente de la ley de reindulto del M-19. Está en desventaja para deslegitimar ese orden que está en la base de la expansión terrorista posterior, sobre todo a partir del dominio que alcanzaron en la función pública y en el poder judicial.

Es decir, mientras no se plantee que el M-19 forma parte de la misma conjura que las demás bandas criminales y que desde la legalidad ha estado promoviendo y cobrando, al igual que el Partido Comunista y Arco Iris, el ELN "emergido", los crímenes de las FARC y el resto del ELN, se estarán dando palos de ciego.

Lo cual lleva a cuestionar las negociaciones de paz de los últimos treinta años, porque en todos los casos se trató de someter la voluntad del pueblo a la de unas organizaciones criminales. Proponer eso es complicado porque la mayoría de los colombianos ya se acostumbraron a la absurda solución de resolver el crimen premiándolo, lo cual sólo puede tener la consecuencia de que se multiplica. Pero la verdad es que ni se va a poder presentar Uribe de nuevo ni ninguno de los precandidatos uribistas podría ganarle a Santos en una segunda vuelta, porque aparte del presupuesto y del arraigo de los grandes medios serviles tendría el apoyo de la "izquierda", de la Iglesia, de los grandes partidos y aun el respaldo del probable Premio Nobel.

Mi propuesta es "retomar el rumbo", pero no en el sentido en que emplean el término los miles de consejeros no deseados que tiene Santos en las redes sociales, que todavía esperan que rectifique y se vuelva el continuador del uribismo, sino el rumbo de movilización cívica contra el terrorismo que produjo su mayor derrota histórica, que fue la marcha mundial del 4 de febrero de 2008.

Ojalá se detuviera el lector un minuto a pensar en la imposibilidad de hacer frente al régimen con sus mismas armas, con las verdades a medias, con el burdo marketing de los profesionales de las componendas que ni siquiera se apartan de los fines de la negociación de La Habana. Esa clase de oposición es exactamente la que necesita Santos para su decorado, una minoría confusa y pusilánime a la que puede atribuirle los crímenes que día tras día le inventan a Uribe hasta confundir a millones de personas desinformadas.

Pero para insistir en esa movilización de objetivos simples y claros hay que volver a ellos, dejar claro que de ningún modo se aceptará nada que el gobierno acuerde con los terroristas porque significa la abolición de la democracia. Eso podría convocar a las mayorías urbanas y plantear una elección de reivindicaciones que fuera de Colombia son obvias para todo el mundo: libertad, democracia y justicia, que son las bagatelas que sucumben gracias a la "paz" que busca Santos.

Leyendo hace poco un viejo artículo de Mario Vargas Llosa sobre esa movilización me di cuenta del impacto que tuvo esa marcha y de la fuerza de su mensaje. Invito a leerlo para darse cuenta de que no desvarío sino que hago un llamado a algo muy sensato.

Y entonces "retomar el rumbo" comporta pensar en una candidatura diferente. Yo propongo que el candidato de rechazo al terrorismo y a su premio sea Óscar Morales, que tiene suficientes partidarios para representar una fuerza considerable por sí mismo y que podría significar un revolcón en el juego electoral de 2014.

La sorpresa no tiene sentido. No es muy joven alguien de 39 años, que en cambio sí puede conectar con millones de votantes jóvenes que desprecian la politiquería. No es un político profesional, pero eso puede ser una ventaja, y en varios años de activismo ha mostrado que entiende muy bien de qué se trata, sin hablar de que su única posibilidad dependería del apoyo de Uribe y de los activistas del uribismo. Es decir, que en caso de ganar lo haría como candidato de ese bando y continuador de la gestión del expresidente.

(Perdón por tener que aclararlo: siempre apoyé al gobierno de Uribe y siempre lo he defendido de las calumnias de los cobramasacres, si considero erradas muchas de sus actuaciones políticas no es porque tenga nada en común con sus enemigos.)

(Publicado en el blog País Bizarro el 24 de abril de 2012.)

sábado, julio 20, 2013

El plebiscito


Se reanudan las negociaciones de La Habana y poco a poco van apareciendo datos, no sobre lo que se negocia sino sobre el trámite que la manguala planea. Hay numerosos indicios de que finalmente sacarán un acuerdo, tal como hace tiempo anuncian los columnistas (que conocen datos muy distintos a los que transmiten). El último, Mauricio Vargas, que de paso advierte sobre el descontento que generará algo que no menciona: que las FARC no van a desaparecer sino que los crímenes se multiplicarán con otra marca o incluso como pura delincuencia ligada al tráfico de drogas, cosa que sin duda generará defensores tal como en su día los tuvieron Escobar o los Castaño. A fin de cuentas la adhesión al terrorismo de los profesionales de la política que no proceden de la militancia comunista sólo puede ser amor a los incentivos que gente tan rica provee.

Lo que no se sabe es qué negocian, salvo que en últimas el sistema clientelista tradicional se funde con el PCC para implantar una especie de régimen chavista, con elecciones controladas y el presupuesto estatal dedicado a proteger los negocios de la casta del poder: el país prácticamente sólo produce recursos naturales, por lo que ni siquiera se sentirá el aumento de impuestos. En los planes conjuntos está la legitimación de semejante régimen gracias a los beneficios de la paz, que extrañamente no conducen a gastar menos sino mucho más, según los planes que anuncian Rudolf Hommes y el senador conservador Juan Mario Laserna.

Están muy equivocados quienes creen que un acuerdo semejante tendrá un rechazo en las urnas y que un candidato de oposición podrá sacarlos. Previsiones de ese tipo son el resultado de la falta de previsión y de cierta soberbia: parece que el gobierno y los terroristas fueran tontos y no hubieran planeado una hoja de ruta de sus actuaciones conjuntas. Bien es verdad que la primera parte de ese plan falló estruendosamente, por mucho que lo tapen declarando que salieron millones a apoyar la "paz" el 9 de abril, cuando en ciudades de varios millones de habitantes no se pasó de unos cientos de manifestantes pese a las presiones e incentivos.

No obstante, su gran baza es la propaganda de la "paz", que hará que la mayoría de la gente prefiera someterse y no correr el riesgo de volar en un atentado terrorista (obviamente, si no hay acuerdo las FARC volverán a matar, por esa esperanza de alivio la gente se someterá). Es lo que define a los pueblos, los que no se someten a la barbarie sobreviven, y en la antigüedad lo normal es que el guerrero aventajado esclavizara a los pusilánimes. Con otro disfraz será lo que ocurrirá en Colombia, pues ¿qué esperan que hagan los terroristas tras su triunfo? Naturalmente perseguir a quienes les incomodan, por ejemplo en forma de asesinatos anónimos, aunque es probable que sólo en el caso de rebelión o de riesgo para la hegemonía que alcanzan aliados con los políticos corruptos.

(Sobre ese tema de la determinación para hacer frente a un enemigo escribí un artículo hace unos años, cuando la presión por el "intercambio humanitario" recordando al noble español Alonso Pérez de Guzmán.)

De tal modo, el plan evidente es presentar para noviembre, tal como anunciaba en mi artículo de hace dos semanas, un acuerdo de paz que redefine al país y que brinda toda clase de ventajas a los terroristas. Obviamente, el Congreso lo aprobará por unanimidad, que para eso está la ley de bancadas, y luego se presentará un plebiscito que estará previsto en el acuerdo. Lo anunciaba hace poco el alto comisionado de paz Sergio Jaramillo.
Sergio Jaramillo, alto comisionado para la paz, explicó que todos los acuerdos a los que se llegue con la guerrilla en Cuba serán puestos a disposición del Congreso y la ciudadanía para su escrutinio y aprobación.
No, no vaya a pensar el lector que perderán el plebiscito que anuncian: la gente escogerá entre la paz y la guerra, entre entregar poder a los que han cometido infinidad de atrocidades o exponerse a sufrirlas. Ya explicó Thomas Hobbes que la paz ofrecida a un agresor que no pide perdón no es paz sino miedo. Pero el recurso es muy eficaz, sobre todo porque no hay ningún rechazo al hecho de que se negocien las leyes con los criminales. La única desavenencia que se oye es el lloriqueo de los uribistas por la impunidad, como si no hubieran estado durante años haciéndole la corte al asesino impune Angelino Garzón.

El lloriqueo por la impunidad atrae a descontentos que no se dan cuenta de que al discutir los puntos de la negociación se la acepta, cosa que han hecho todos los precandidatos uribistas desde que se conoció la noticia. Y el plebiscito puede contener la prolongación del periodo de Santos, de momento aplazada por la inconveniencia de simplemente aprobarla en el Congreso. En todo caso, unas condiciones que aseguran el triunfo del candidato del frente de la paz, o como llamen a la manguala. No en balde el colombiano por la paz John Sudarsky promueve una reforma política para impedir que haya una representación significativa del uribismo en el Congreso elegido en 2014.

Nadie debe esperar que se reduzcan los crímenes, y, como se puede comprobar leyendo el texto citado de Mauricio Vargas, nadie que no sea un incauto lo espera. Sólo que los políticos elegidos gracias a la genialidad política de Uribe podrán prosperar como funcionarios del régimen futuro, incluso encarnando corrientes de crítica constructiva aliados con los políticos uribistas actuales: también en la Polonia comunista había un partido democristiano y otro campesino, obviamente decorativos. La memoria de la primera década del siglo empezará a construirse a partir de todas las calumnias que los sicarios publican en internet.

Bueno, no recuerdo a nadie que tenga ninguna duda sobre el acierto de todo lo que hace Uribe, salvo los partidarios de la paz de Santos y en definitiva de las FARC (¿o seguirán negando que era lo que movía a Mockus y a Kalmanovitz, por no hablar del antiguo jefe del PCC en Barancabermeja, Luis Eduardo Garzón?). Oponerse habría sido fácil en 2011, crear un partido distinto a los de la Unidad Nacional, cuestionar la negociación que anunciaban explícitamente en agosto de 2010... Cada nación tiene el gobierno que se busca. Los colombianos han tolerado tres años de infamia del régimen gracias a que cuando no son criminales, pusilánimes o totalitarios creyeron que bastaba el aplauso al Gran Timonel para hacerle frente a la catástrofe.

El éxito del atraco es casi inevitable y uno sólo lo registra como quien ve caer un alud de nieve.

(Publicado en el blog País Bizarro el 24 de abril de 2013.)

martes, julio 16, 2013

"Paz" o democracia


Como en Colombia las palabras andan divorciadas de su significado, nadie parece darse cuenta de que la negociación del gobierno con las FARC es sencillamente la abolición de la democracia: lo que determina el rumbo del país no es la voluntad del pueblo sino la disposición de una banda criminal. A muy poca gente le importa eso, los representantes populares venden su voto a cambio de favores del gobierno empeñado en complacer a la organización terrorista y puede que de otros incentivos menos visibles; los que pueden entender la importancia del hecho son en su mayoría las clientelas de las FARC y los demás están acostumbrados a someterse y andan interesados en otras cosas.

De tal modo, la perspectiva de negociar las leyes con quienes las transgreden no indigna más que a unos pocos y los mismos políticos afines al expresidente perseguido no vacilan en mostrar entusiasmo por lo que en la jerga de la propaganda empieza a describirse como la "paz" a la peor manera de la propaganda totalitaria de la peor época estalinista. Los mueve a ello su ineptitud de todo tipo y su ceguera moral: sólo saben que si no aprueban la graciosa actitud de Santos serán descritos como "enemigos de la paz" y que no pueden enfrentarse a la formidable máquina de propaganda en que el gobierno se gasta los recursos comunes para promover su aventura.

Pero la dichosa "paz" llevaba mucho tiempo tramitándose en secreto y es el objetivo de todas las disposiciones importantes del gobierno: tanto la adhesión perruna al castrismo como disposiciones del tipo de la Ley de Víctimas son actuaciones que tienen por objeto complacer a la organización terrorista. Dicha ley es casi un compendio del gobierno Santos: se desvía una parte enorme del presupuesto a pagar pensiones de jubilación a los milicianos y a proveerles recursos a las redes de abogados y ONG dedicadas a rentabilizar las masacres, todo en manos de los jueces que hoy por hoy son uno de los gremios más característicamente controlados por el Partido Comunista a través de sus redes sindicales. No es ninguna sorpresa que se nombrara como jefe del reparto al hijo de Ernesto Samper (que con un millón de pesos de cada colombiano puede ir gestando su propia clientela con vistas a una carrera presidencial) ni que al aprobarse la ley el ínclito Germán Vargas Lleras estallara en carcajadas de satisfacción.

Esa ley, entre muchas otras actuaciones como el Marco Legal para la Paz o la legalización del partido armado, muestra simplemente al gobierno convertido en un apéndice de la organización terrorista, a cuyo servicio se pone el Estado. Es el precio de una negociación de paz concebida en esos términos y eso simplemente porque la única función del Estado es aplicar las leyes y al plantearse la alianza de sus dirigentes con quienes las transgreden se lo deja sin función, convertido en una máquina que sirve a quien la controla, que a su vez no puede imponerse sobre sus aliados porque ya admitió premiar las fechorías que inevitablemente multiplicarán.

Luego, se debe inferir que la abolición de la democracia interesa a muy poca gente, a nadie entre los profesionales de la política, que últimamente andan dedicados a mejorar la negociación, sin la menor duda en busca de un sitio en la mesa (por eso se proclama Francisco Santos defensor de las víctimas de las FARC). Los pretextos de esa oposición son ridículos: la impunidad de los jefes terroristas no es el problema primero porque ya están a salvo en Cuba y segundo porque se ha ido mucho más lejos que eso, promoviendo los crímenes y asegurando su premio. Pero hay otro motivo: ¿cómo es que los grupos terroristas supuestamente desmovilizados en los ochenta y noventa si quedaron impunes sin que esos políticos lo cuestionaran? El M-19 no sólo se libró de cualquier castigo por las atrocidades que cometió, sino que sus jefes ocuparon ministerios y embajadas.

Lo mismo ocurre con la elegibilidad: el escándalo porque Timochenko pueda ser elegido congresista pasa por alto que el propio vicepresidente actual, aliado intermitente de Uribe y su combo, era su superior en la organización terrorista en los años ochenta (pues las FARC eran abiertamente el brazo armado del Partido Comunista, de cuyo Comité Ejecutivo Central, el órgano que dirigía las actividades del brazo armado, formaba parte el vicepresidente de la Unión Patriótica), o que agentes abiertos del terrorismo como Iván Cepeda o Gloria Inés Ramírez sean representantes y senadores.

Como ya he explicado muchas veces, lo que buscan esos políticos uribistas es encauzar el descontento en favor de sus propios intereses, que no son ciertamente el principio de no premiar el crimen sino la proporción de poder que obtendrían accediendo a premiarlo. Protestando por la impunidad le hacen creer a la gente que se oponen a una negociación que en realidad aprueban. Matizando una "paz" cuyo sentido de lenguaje pervertido y perverso comparten con los terroristas y con el gobierno pro-terrorista.

El gran obstáculo al que se enfrenta quien quiera plantear la restauración de la democracia es el éxito anterior de los terroristas, y en el fondo el sentido mismo de sus acciones, que es sólo la preservación de las diferencias jerárquicas de la sociedad tradicional y la provisión de rentas para las castas superiores, a salvo de la competencia o la equidad (es decir, lo que tiene delante la democracia no es una usurpación sino la forma de vida tradicional). Si una sociedad no puede premiar a los terroristas no tiene sentido que se haya hecho precisamente eso con el M-19 y los demás, cuyos intereses quedaron garantizados por la Constitución de 1991. Por tanto, esa constitución y esos procesos de paz deben ser cuestionados si se quiere que haya democracia, porque en gran medida la expansión terrorista posterior es su resultado: desde el Estado y gracias al éxito alcanzado por la suma del interés de las clientelas del terrorismo y la indiferencia del resto, los criminales impunes se dedicaron a cobrar los crímenes de los que persistían y a impedir a toda costa que se los combatiera. No otra cosa han hecho desde entonces el Partido Comunista y el M-19, socios junto con las FARC y el ELN del Foro de Sao Paulo. Todo el mundo puede comprobarlo examinando las actuaciones del Polo Democrático, que es la suma de ambas formaciones.

Del mismo modo, todas las disposiciones de este gobierno y de este legislativo que tienen por objeto legitimar y promover a las FARC deben ser derogadas. (El supuesto fundamental de la Ley de Víctimas es la igual legitimidad del Estado y los terroristas.) Los representantes elegidos y los funcionarios que se han pronunciado a favor de la renuncia de la ley deben ser denunciados por prevaricato, y en todo caso repudiados públicamente (por ejemplo, los que dicen que es preferible que los jefes terroristas estén haciendo leyes y no matando gente: Alfredo Garavito de ministro de Educación y no violando niños y matándolos para quedar impune).

Esos objetivos son obviedades para cualquier demócrata pero no tienen nada que ver con los designios de los uribistas (aunque en todo caso la acusación de Semana de que Uribe intentaba negociar con las FARC es otra burda falacia: no necesariamente se plantearía poner el Estado a su servicio, podría ofrecerles condiciones para que se acogieran a la Ley de Justicia y Paz, por ejemplo). Puede que hoy en día plantear esos objetivos sea una actitud minoritaria, pero renunciando a ellos no se puede hablar de democracia sino compartiendo el lenguaje corrompido del régimen y sus socios terroristas.

No se trata de encarcelar a los criminales de las diversas bandas supuestamente desmovilizadas en el siglo pasado, sino de arrancarles la legitimidad que unos corruptos les dieron y sobre todo el control sobre el poder judicial.

Y así como nunca ha sido lícito negociar las leyes por encima de las urnas y este gobierno lo hace además contrariando el mandato ciudadano, también ha de ser un objetivo irrenunciable desconocer lo que Santos y sus socios puedan acordar en La Habana: ¿qué pueden hacer si se forma una mayoría que se opone a aceptarlo? El único camino de Santos es la implantación de una dictadura como la que avanza en Venezuela, pero a eso se contribuye negándose a denunciar el rumbo que ha tomado.

El papel del uribismo queda resumido en eso: encauzar el descontento hacia una componenda en la que sus dirigentes pueden resultar beneficiados de él, exactamente a la manera de Santos, que también ganó las elecciones encarnando el anhelo continuista y después ha obtenido gobernabilidad y aprobación por parte de los medios internacionales gracias a que produce la impresión de ser hostil a Uribe, a quien identifican con Bush (amén de otros intereses menos confesables, como los del grupo Prisa, editor de El País, antiguo socio de los clanes oligárquicos y dueño de Caracol Radio).

Por eso es evidente que ningún líder uribista se comprometerá a derogar esas leyes y a desconocer todo lo que el gobierno acuerde con las FARC en La Habana, ni siquiera el mismo expresidente, cuyos fines reeleccionistas siguen siendo una sospecha muy verosímil (por eso el silencio respecto a la última arremetida del dóberman Silva Luján).

Esa actitud no sólo debilita y falsea la resistencia a la infamia de la negociación, que a fin de cuentas es el objetivo de los crímenes y que alienta a la organización terrorista y a sus patrocinadores cubanos y venezolanos a multiplicar el reclutamiento y la extorsión, sino que incluso afecta a la aspiración de los candidatos uribistas: de ningún modo pueden encarnar realmente el descontento si al final sólo encarnan una crítica constructiva (esta expresión era la corriente en personajes como Óscar Iván Zuluaga o Marta Lucía Ramírez hasta bien entrado 2012) y un interés mezquino en el reparto del ganado que tiene lugar en La Habana: el original es siempre preferible a la copia, si es por negociar las leyes, la gente aceptará lo que hace Santos, o en todo caso se abstendrá (es lo que ocurrirá, lo que da lugar a la alegría de Vargas Lleras: el dinero repartido entre las clientelas para comprar votos le asegurará la elección a él o a su socio mientras que la mayoría quedará apática y confundida, tal como lo estaba en 1991 tras los carros bomba del M-19 y Pablo Escobar).

El que quiera la democracia tiene que entender que está en minoría y que la vieja política no puede ser una salida, tal como los gobiernos de Uribe fueron reemplazados tranquilamente, con los votos de la gente bienintencionada, por los más descarados promotores y socios del terrorismo. Lo que se acuerde en La Habana no se debe acatar, no representa a los ciudadanos, y el poder obtenido por asesinos, secuestradores y traficantes de drogas debe ser cuestionado, tanto sus capitales (que es uno de los principales aspectos de la negociación de paz, lo que seguramente despierta tantos entusiasmos en el Congreso, en el poder judicial y en la prensa) como su control sobre instituciones. Eso comporta sin alternativa derogar también la Constitución de 1991.

Bueno: tiene razón el que diga que eso no es realista. El realismo en Colombia consiste en la disposición a mentir. Con ese orden de partido armado, pues efectivamente el Polo Democrático y en realidad el propio Partido Liberal siguen combinando las formas de lucha con las FARC, cobrando sus crímenes, no hay democracia, ni la hay si los criminales imponen su ley. ¿Es arduo el camino para conseguirla? Seguramente, lo que no es realista, salvo en los cálculos "profesionales" de los lambones, es que vaya a remediarse algo adhiriendo a los viejos politiqueros que ni siquiera fingen oponerse a que los niños bomba sean la fuente del derecho.

(Publicado en el blog País Bizarro el 17 de abril de 2013.)

sábado, julio 13, 2013

Interpretaciones


Uno de los efectos de la obsesiva campaña de propaganda oficial contra el expresidente Uribe es la distracción acerca de las cuestiones esenciales que están en juego hoy en día: la gente que de algún modo, siquiera vagamente, se siente amenazada por el ascenso terrorista se pone de parte de Uribe, que ya no puede ser reelegido y ejerce un protagonismo confuso, en parte tratando de defender su gobierno de las calumnias incesantes de la prensa oficial, en parte buscando la recuperación de su sector político en las elecciones de 2014.

Gracias a ese recurso, el gobierno da por sobreentendido todo lo que el uribismo tiene de conformismo con los supuestos del gobierno: al haber una facción uribista y otra santista, formada esta última por la gente que no votó por Santos, resulta inconcebible que alguien ponga en duda la Constitución de 1991 y los procesos de paz de los ochenta y noventa, toda vez que el expresidente y sus seguidores más próximos jamás los han cuestionado.

Y también el estilo de hacer política de Uribe favorece el interés del gobierno: nunca creó un partido basado en idearios ni en programas sino que aceptó la adhesión fingida del conservatismo y de los políticos liberales que formaron el PSUN, los mismos que después acogerían en masa la entrega del país a los terroristas a cambio de negocios que algún día se esclarecerán. (El mundo es un poco más ancho que Colombia y el conjunto de la humanidad es bastante diferente al conjunto de los colombianos.) Es decir, Santos puede exhibir legitimidad a pesar de que traiciona todas sus promesas de campaña: lo apoyan todos los congresistas y senadores elegidos como continuadores de Uribe.

Pero el primitivismo moral, intelectual, ideológico y político de los colombianos hace que a nadie, y lo digo literalmente, se le ocurra pensar que el expresidente pudo hacer algo mal. Esa literalidad llega a un extremo doloroso: él mismo está convencido del acierto de su actuación, a tal punto que a pesar de todas las infamias de los partidos "uribistas" en febrero de 2012 seguía haciendo componendas con Roy Barreras o defendiendo a Angelino Garzón y alentando a sus seguidores a hacerlo. Y todavía mantiene sin la menor duda nexos con personajes como Juan Lozano.

Esa disposición a servir de figura necesaria para conseguir votos a tales personajes determina su actuación desde que salió del poder: durante mucho tiempo negó querer hacerle oposición a Santos y cuando era evidente que el candidato de Santos a la Alcaldía de Bogotá era Petro, no cuestionó de ninguna manera las candidaturas de distracción que le abrieron camino al terrorista ascendido con apenas un 15% del censo electoral.

Eso mismo ocurre con la negociación de La Habana: no es verdad que el sentido de dicha negociación fuera un misterio porque Santos desde el principio puso el Estado al servicio de las FARC, y medidas como la Ley de Víctimas, para poner un ejemplo, sólo tienen por objeto dedicar ingentes recursos públicos a proveer a los milicianos pensiones de jubilación y a las clientelas judiciales y de ONG rentas fabulosas.

Todos los aliados políticos de Uribe apoyaron dicha negociación cuando se declaró, en parte porque son personajes ligados a los valores de los partidos de que proceden (sin ir más lejos, Francisco Santos apoyó la negociación del Caguán hasta el final), en parte porque no le veían futuro a una causa a la que la prensa apoya con fervor y en parte porque veían el mismo resultado en las encuestas.

Ante esa carencia de valores y nociones claras, Uribe y sus aliados se dedicaron a buscar pretextos de oposición: que si la reforma tributaria, que si los tres ceros del peso, que si el fallo de la CIJ sobre el mar de San Andrés... La confusión acerca de la negociación conduce a que se trate de pasiones relacionadas con caudillos sin que nadie sepa qué es lo que quieren respecto de la mesa de La Habana. Curiosamente, y tal vez ése fue su suicidio político, aceptaron cabizbajos la inverosímil decisión de la Fiscalía de dejar impune al dulce san Sigifredo.

En una entrevista que ya comenté antes, Francisco Santos se muestra entusiasta de la negociación y señala que Uribe podría estar en la mesa de no ser por su descontento por nombramientos, admitiendo incluso que las motivaciones del expresidente son "mezquinas". Uribe no le replicó, admitiendo tácitamente todo eso. (Aunque podría incluso desconocerla.)

Sin que se explique muy bien por qué, últimamente el exvicepresidente anda en campaña, para lo que se presenta como un crítico furibundo del proceso de La Habana, como es bien sabido por las vallas en las que se compara a Pablo Escobar e Iván Márquez. ¿Hasta dónde llega ese descontento? Mejor preguntar por qué empecé hablando de las ambigüedades de Uribe.

Es decir, ¿el lector tiene una idea propia sobre el proceso de La Habana? ¿Está a favor o en contra de esa negociación? Por mi experiencia de leer en Twitter toda clase de opiniones sé con absoluta certeza que la mayoría de los uribistas están a la vez a favor y en contra, pues lo único que distinguen es la lealtad a sus líderes.

Con muchísima frecuencia hemos denunciado desde este blog esa negociación, en textos y en videos, y en esas denuncias nos han apoyado muchísimos uribistas, que no obstante después resultan identificados con figuras que la aplauden. Y esa ambigüedad afecta al propio expresidente, que no ha dicho claramente que las leyes promovidas por el gobierno como resultado de su alianza con los terroristas tendrán que ser reemplazadas por otras ni que lo que puedan acordar en La Habana no será acatado por un gobierno democrático. (Este adjetivo es muy importante aquí, porque negociar con los terroristas no es "paz" sino "abolición de la democracia".)

Pero como se trata del medio colombiano antes que cualquier realidad reina la mala fe. Francisco Santos aplaude la negociación, dice que Uribe la habría firmado, pero cuando uno señala que no se puede a la vez aplaudir y condenar algo, resulta que uno hace "interpretaciones".

Insisto: ese estilo de política consiste en engañar al elector y es exactamente lo que hace Francisco Santos y todos los demás precandidatos cuando hacen tal alharaca por la impunidad y la elegibilidad. No van a ponerse contra la prensa denunciando la negociación como traición a la patria y alianza con criminales, sino que pretenden mejorarla, tal vez introduciendo representantes distintos en la mesa: ya lamentaba Marta Lucía Ramírez que faltara representación femenina.

De modo que no me queda otra opción que preguntar al lector si puede ser objeto de interpretación algo como esto:
M.J.D.: ¿O sea que usted, a diferencia del expresidente Uribe, sí apoya el proceso de paz? 
F.S.: Si esto le sale muy bien al presidente Santos triunfa, si le sale mal es el fin de su gobierno. Está en juego el todo por el todo. Sin embargo, creo que es una apuesta que vale la pena hacer así no sea la solución a todos los problemas del país, como se le ha hecho creer a la gente.
¿Se entiende? Lo que pongo en duda es la rectitud moral del lector porque la experiencia me ha enseñado que en todo momento asoma la bajeza y deformidad moral de los colombianos. ¿Le parece al lector que el entrevistado dice que la negociación hay que hacerla? Ayer un tuitero me acusaba de estar haciendo "interpretaciones".
M.J.D.: Pero si es cierto que Uribe también quería la paz, ¿por qué él se opone al proceso de manera tan integral?

F.S.: Es que eso tiene que ver con que la pelea entre Juan Manuel Santos y Álvaro Uribe no es una pelea por la paz, sino una disputa política.
Con la elegancia conceptual de los pensadores patrios, esa matemática precisa y a la vez fantástica, el hombre ya creó la oposición entre "paz" y "política". Ningún creador de falacias de Semana lo habría dicho mejor, y no por cuestión de talento sino de inocencia: así es como ven esas cuestiones esa clase de personajes.

Pero mi punto es la mala fe del lector: ¿le parece que dice que Uribe no mostraba entusiasmo por la negociación por cuestiones de sus diferencias personales con el presidente Santos?
M.J.D.: ¿Pero no es un poco mezquino que el expresidente Uribe esté utilizando la paz para conseguir réditos políticos?
F.S.: ¿Y cuándo la política no ha sido mezquina? Pero además le digo: Santos también ha sido inmensamente mezquino con el expresidente Uribe. Pudo haber construido su gobierno sobre lo construido, pero no quiso. Si no hubiera tenido la mezquindad en varios nombramientos en los que no vale la pena entrar, Uribe estaba montado en la paz al lado del presidente Santos. Le aseguro. Pero no: Santos decidió romper de una manera sutil pero brusca y le hizo un daño irreparable a esa relación. Ese es un error grave del presidente.
Aquí ya me da pereza entrar. El colombiano que se opone a las guerrillas no tiene el menor respeto de sí mismo y seguirá lloriqueando porque habrá impunidad (¿no la hubo para el M-19 y la parte emergida del ELN? ¿Qué puede representar la impunidad al lado de la Ley de Víctimas con la que se premia el terrorismo? ¿Esperan que al cabo de la negociación, tras quien sabe cuántas decenas de millones de dólares recaudados en extorsión, cocaína y minería ilegal, Iván Márquez acepte tomar un avión para pasar varios años en la Picota? ¿Piensan procesar a Santos y a su gobierno por aliarse con el terrorismo?).

No, el lector es deshonesto pero no es idiota: sabe muy bien que ni Uribe ni sus precandidatos pedirán nada de eso y no necesita un esfuerzo muy grande para entender que se trata de mejorar la negociación. Que nada ha cambiado desde septiembre para que ahora Francisco Santos (y Uribe tácitamente) le vean tantos defectos a la negociación, y sobre todo para ver que, a diferencia del lenguaje del flamante precandidato, la negociación es sólo un concierto para delinquir y no tiene nada que ver con la paz, que empezaría porque los asesinos desistieran.

Al menos espero que les quede clara una cosa: la gente deshonesta es un lastre para hacer frente a los criminales. La negociación de Santos seguirá avanzando porque Uribe y sus amigos encauzan el descontento hacia objetivos mezquinos, engañando a los votantes que no leen blogs, haciéndolos creer que condenan una negociación que en realidad aprueban salvo por la parte que les toca de nombramientos y parcelas de poder, como tan lindamente lo expresa el principal candidato presidencial uribista.

(Publicado en el blog País Bizarro el 15 de abril de 2013.)

miércoles, julio 10, 2013

El aquelarre del 11 de noviembre

Uno de los recursos característicos de los comunistas es la manipulación de la historia, la creación de un relato sobre los hechos que convenga a su plan. Así, hicieron coincidir la muerte de Chávez con el 60 aniversario de la de Stalin, seguros de que en Hispanoamérica hay todavía gente a la que se la puede ilusionar con el comunismo. Así, convocaron para el 65 aniversario del bogotazo la marcha de legitimación del terrorismo, un fracaso tan rotundo que movería a risa de no ser por la desfachatez de la prensa, que no vacila en convertir 50.000 personas en un millón, escudándose en la Alcaldía de Bogotá.

Así, según rumores publicados, piensan montar el gran show el 11 de noviembre, aniversario de la independencia de Cartagena, un acto en el que invitarán a la ciudad a cuanto figurón internacional haya para dar legitimidad a lo acordado en la negociación, que sólo será la fuente de nuevas violencias una vez que se demuestre que encargar niños bomba es la forma correcta de hacer carrera política, y con las FARC enseñoreadas sin ningún control sobre el 40% del territorio.

Lo cierto es que la negociación avanza, cuanto más maten más motivos tendrán para hacer presión a favor del premio del crimen y más irán acostumbrando a la gente a someterse. Es el arte del miedo, tan eficaz siempre. Ya lo dejó dicho el líder bolchevique Krylenko:
No debemos ejecutar sólo a los culpables. La ejecución de los inocentes impresionará aún más a las masas. 
Cosa que traducida a la lógica colombiana está perfectamente explicada en este prodigio moral de cuatro minutos del presidente del Senado (que respondía a Uribe, que había estado cabildeando con él para buscar un trato favorable a los militares).
Entiendo la preocupación de algunas voces que piensan que con los actos terroristas hay que echar atrás esas iniciativas, pero no será el terrorismo cobarde de las FARC el que le dicte la agenda ni al gobierno ni al Congreso.
Es decir, son tan libres del terrorismo que ninguna atrocidad los hará cambiar de su determinación de premiarlo. Los llama cobardes para invitarlos a masacrar más. Me recuerda una historia del comienzo de las elecciones en el siglo XVIII en Inglaterra, donde un hombre se ponía a la puerta del colegio electoral y desafiaba a una apuesta a los que acudían a votar. No serían capaces de votar por su candidato.

Los recientes despejes para enviar a Cuba a líderes terroristas que podrían ser capturados son prueba de que la negociación avanza, pero no se sabe lo que estarán negociando y con toda certeza el resultado no será que las FARC se disuelvan, se desmovilicen y entreguen las armas. Es decir, se les garantizarán ventajas para seguir produciendo cocaína, extorsionando y explotando la minería ilegal, además del acceso a más presupuestos y a más control del Estado para los frentes burocráticos a cambio de que se dejen tomar la foto con Santos.

Todo iría perfectamente porque el control casi absoluto de los medios de comunicación permite engañar sin cesar a la gente, y la resistencia del uribismo es casi un chiste (elaboraron un cartel que empieza "Sí a la paz", pero cuando uno piensa qué puede significar "paz" resulta que es la negociación, a la que se le ponen condiciones), mientras que la alta oficialidad de las Fuerzas Armadas parece dichosa de integrarse en el Cartel de los Soles. Pero en realidad surgen problemas para hacer tragar a la gente la infamia del triunfo terrorista.

El rotundo fracaso de la "marcha por la paz" mostró que no son muchos los convencidos, pues ni siquiera sumando universitarios, estudiantes de secundaria, empleados estatales, paniaguados de ONG y gente traída de las más remotas regiones llegaron a superar otras manifestaciones comunistas. Muchos calculan que no habría mucho más de cincuenta mil personas en Bogotá. Cualquier encuesta rigurosa debería mostrar una caída drástica de la popularidad de Santos, cuya actitud y cuyo discurso son hoy por hoy completamente indistinguibles de los de Piedad Córdoba.

Otro problema son los intereses de las FARC. Si ya están todos sus principales dirigentes a salvo de ser encarcelados, ¿qué prisa tienen en dejar de expandir la extorsión (cosa que ha ocurrido de forma drástica en los últimos meses) y de exportar cocaína? Por el contrario, las demandas de transformación de la ley van en aumento porque el gobierno se acabaría de hundir si retrocediera y animara a hacer cumplir la ley a los militares a los que ahora pone a marchar al lado de quienes apenas el día anterior habían matado a sus compañeros.

Es decir, a más crímenes más desprestigio de Santos y más dificultad para "vender" su "paz". Pero la única forma de evitarlos sería asegurando aún más el poder de la guerrilla, pagando por adelantado la extorsión, lo cual a su vez hace multiplicar sus exigencias y su altanería. Buen ejemplo de eso es esta belleza de Lisandro Duque, cineasta que formaba parte de la dirección de la Juventud Comunista junto con alias Alfonso Cano y portavoz oficioso de los frentes "estratosos".
Yo, sin embargo, no le veo a Juan Manuel Santos madera para zanjar esos diálogos por las buenas. En su estructura mental parece no tener cabida la posguerra. Y menos con ese empeño suyo de no asustar a las tías uribistas. Él vio muy mamey el asunto, pues arrancó las conversaciones bajo el equívoco de que su contrario estaba con urgencia de rendirse, lo que supuestamente haría en agradecimiento por unas curules. Pero no pintan así las cosas, y no porque esa organización esté atrincherada en posiciones maximalistas. Aun así, cuanta propuesta plantea —y no obstante no parecerle extrema a enormes sectores de opinión ni a los propios negociadores del Gobierno—, le resulta demasiado transgresora a una clase dirigente premoderna y confesional.
Es decir, Santos escoge entre el forcejeo y la rendición total, que podría hacerlo impopular hasta el escándalo y abrirle el camino a una dictadura, pues en ninguna elección limpia ganarían las FARC. Y lo único que conseguirá será la multiplicación de las atrocidades y el caos, por mucho que los altos oficiales, evidentemente sobornados, aplaudan su fomento del terrorismo. (No estoy suponiendo que deban participar en política sino quejándome de que lo hagan, y precisamente de la forma más perversa, alentando a matar a sus hombres y aplaudiendo lo que los libra de trabajar.)

El otro problema son los Estados Unidos: el control del alcahuete Obama sobre su país no es como el de Santos en Colombia. Muchas personas estarán preocupadas por la relación entre las FARC y Al Qaeda, evidenciada tras la reciente detención de agentes de la banda colombiana en África cuando intercambiaban cocaína por armas. O por la posesión por parte de la banda de misiles tierra-aire, que podrían derribar aviones y helicópteros de los que EE UU dio a Colombia. La disposición pusilánime de Obama, que envalentona hasta el ultraje al comunista norcoreano y sin duda alentará otro 11-S, generará una desmoralización y una reacción que podría acabar con su popularidad. A medida que el gobierno de Santos se convierte en el gobierno de las FARC, los nexos del castrismo con Ahmadineyad y Al Qaeda generarán inquietud en EE UU, y por tanto menos apoyo a la rendición de Santos.

Y queda la cuestión de la actitud de la gente y el futuro electoral. A su pesar, Santos ha despertado una corriente cívica que no está formada por los habituales seguidores de algún candidato sino de personas preocupadas por el ascenso de los terroristas. A medida que aumenten las atrocidades y el desprestigio de los medios, esa corriente se hará más fuerte y puede atraer a una mayoría, como ocurrió con Uribe en 2001 (tras la obstinada campaña de calumnias en los medios, que no era menor que ahora). Ese despertar cívico es la única esperanza.

Ojalá se empezara a entender que las FARC no son un insecto adherido a la piel de la sociedad sino su producto más típico, que la prensa no hace propaganda del terrorismo por el soborno estatal sino por corresponder a un público formado por los usufructuarios de un orden de iniquidad reforzado en 1991 (el índice Gini era en ese año de 51,3 y llegó en 2002 a 60,7, resultado de la acción de tutela y de la expansión del gasto público a favor de las clientelas sindicales de las bandas criminales). Que no hace falta un presidente vitalicio "con pantalones" sino un partido que interprete el anhelo de la gente de vivir en un país democrático normal...

El aquelarre del 11 de noviembre es la consumación del gobierno de Santos. Una determinación de quienes lo rechazamos para denunciar las mentiras de su propaganda y su "manguala" con los terroristas, cuyos crímenes legitima y en últimas alienta, podría incluso disuadir al parlamento noruego de darle el Nobel. Pero hace falta claridad: ante todo, que no es alguna circunstancia de la negociación o de su resultado lo que se cuestiona sino el hecho mismo de negociar, que lleva implícita la abolición de la democracia (manda el poder de fuego obtenido secuestrando y aterrorizando y no las urnas), que no se acatará lo acordado en La Habana y se juzgará a todos los que tomen parte en esa negociación como cómplices del terrorismo, y que se buscará una constitución que no incluya el reconocimiento al "delito político", entre muchas otras disposiciones.

Bueno: ésta es la conclusión: creo que el aquelarre del 11 de noviembre le funcionará a Santos porque las personas que piensan así se cuentan con los dedos de una mano, y aun entre los que se oponen al gobierno hay una mayoría que no entiende que al negociar se pone al Estado al servicio del crimen y se alienta a los terroristas a reagruparse y multiplicar sus atrocidades. El lloriqueo diario por la "inoperancia" de la justicia lleva implícita la creencia de que podría ser de otra manera con la constitución existente y con las autoridades judiciales que abiertamente promueven y justifican a la secta totalitaria de la que procede su poder, que es la misma que dirige a las FARC como quien mueve un imán debajo de una mesa metálica.

(Publicado en el blog País Bizarro el 10 de abril de 2013.)