Un país en el que la vociferación contra la desigualdad se premia con los ingresos de varias decenas de personas y es lo que define a los privilegiados es peor que bizarro, peor que freaky: es un muladar.
Para que la gente deje de matarse hay que matar a los demonios que la habitan, y que no son más que artificios verbales creados y divulgados por desaprensivos ambiciosos que no matan a nadie directamente, y a los que nadie mata.
Quien quiere que se premien las masacres quiere las masacres, y quiere medrar gracias a ellas.
El escritor debe ser un detector de mentiras que exponga las falacias en las palabras y los ideales antes de que maten a medio mundo.
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