jueves, octubre 06, 2022

La fuerza del destino

El nombre de esta ópera de Giusseppe Verdi sirve para ilustrar el rumbo que lleva Colombia hacia una tiranía totalitaria como las que oprimen a Cuba, Venezuela y Nicaragua, y parece que si alguien es consciente del peligro se siente impotente para hacer nada mientras que la inmensa mayoría de los que no quieren ese rumbo se aferran a ilusiones que no tienen fundamento o, peor y aún más frecuente, a la suposición de que alguna fuerza cósmica impedirá lo que todos saben que pasará.

La ilusión más funesta y frecuente es la de que dentro de cuatro años el país se habrá empobrecido y habrá una mayoría de descontentos que elijan a un presidente de signo contrario. Eso no es lo que ocurre en los países que caen en manos de los comunistas, y aun si la mayoría fuera tan grande que no pudieran impedirlo, el control de todos los resortes del poder y sobre todo de la educación y los medios les aseguraría el retorno, como ya ocurrió en Nicaragua y Bolivia. Pero esa mayoría no aparecerá, las elecciones en Colombia no dependen de la opinión de la gente sino de las maquinarias que encauzan la compra de votos.

Esas ilusiones parten de una interpretación incorrecta de los datos de la realidad, que a su vez es el resultado de la indigencia intelectual de la mayoría. Por ejemplo, la idea de que Colombia es un Estado de derecho porque tiene supuestamente división de poderes. Al pensar en eso me resulta imposible no acordarme de los Juegos Olímpicos de Barcelona en 1992, en los que un nadador del equipo de Guinea Ecuatorial no sabía nadar: todos los países parecen iguales porque todos tienen bandera, himno, universidades, cortes de justicia y equipo olímpico. Los miembros de las altas cortes colombianas son simplemente malhechores, rábulas que sirven a la mafia de la cocaína y presentan sus abominaciones como textos jurídicos. Cualquiera que conozca los procesos contra Plazas Vega, Arias Cabrales, Uscátegui, Andrés Felipe Arias y muchos otros lo podrá confirmar. Son magistrados como ese muchacho africano era nadador, lo cual deja la duda de si Alfredo Garavito no habrá pensado en doctorarse en cirugía.

Lo mismo ocurre con las demás instituciones de la supuesta democracia colombiana: Santos fue elegido porque prometía seguir combatiendo a las FARC y en cuanto se posesionó hizo lo contrario de lo que prometía, cosa que para ningún periodista o profesor representa ningún problema. ¿Alguna vez ha ocurrido algo parecido en un país democrático? No, la democracia colombiana es tan democrática como la democracia popular de Rumanía en tiempos de Ceaușescu. Otro ejemplo podría ser el plebiscito de 2016, en el que triunfó el NO pero en realidad triunfó el SÍ porque la voluntad popular no significa nada.

Esa escasa exigencia de los colombianos respecto del sentido de las palabras se extiende a todos los ámbitos, por ejemplo, creen que un filósofo es alguien que tiene un diploma de filosofía, y prácticamente todos los colombianos que lo tienen son tan ignorantes y ajenos al pensamiento como los que dicen que la filosofía es algo inútil.

Luego, plantearse el futuro de Colombia evitando ese destino requiere en primer lugar entender que en Colombia no hay democracia ni Estado de derecho, que la Constitución fue redactada por una Asamblea elegida por menos del 20 % de los posibles votantes, convocada violando la ley y evidentemente controlada por las mafias de la cocaína, sin hablar de que no fue refrendada por una votación popular, como en Chile. De lo cual hay que sacar el corolario de que en realidad no hay mucha gente en el país a la que le importe la democracia ni el Estado de derecho porque cuando uno habla de convocar una constituyente lo miran como si propusiera cerrar las universidades públicas, es decir, algo tan inconcebible como asar a la madre a la brasa y comérsela en brochetas.

Y admitiendo que no hay democracia ni Estado de derecho, queda claro que Petro no es un presidente legítimo: su elección es la coronación de una larga carrera criminal en la que la casta oligárquica (heredera directa de la que dominaba el país antes de la independencia) buscó la alianza con los regímenes soviético y cubano, alianza que dio lugar a las guerrillas comunistas, premiadas por los sucesivos gobiernos y dueñas del poder judicial y las universidades. La elección de Petro, a pesar de todo eso, no deriva de una votación libre sino de la compra de votos y aun del fraude, como debería intentar demostrarse al menos ante el público, porque las autoridades que lo podrían evaluar son las mismas que lo cometieron.

La democracia y el Estado de derecho no van a llegar sin una larga lucha por implantarlos, para lo cual hace falta que haya gente que crea en ellos, pero eso se daría en otro plano de la conciencia, ya que ¡todos aman la democracia y el Estado de derecho! Hay que descender a un plano en el que las palabras significan algo, en el que la persona ha madurado lo suficiente para concebir que algo es verdad y no el rótulo que se le pone, como el nadador ecuatoguineano o los magistrados o filósofos colombianos. Habrá democracia y Estado de derecho cuando sea abolida la Constitución de 1991 y sea juzgado el comunismo con todos sus cómplices así como los procesos de paz.

Pero la fuerza necesaria para imponer esas ideas no existe y por tanto la implantación de la misma tiranía que oprime a Cuba Venezuela y Nicaragua es un destino inexorable. La supuesta oposición que ejerce el CD, basada en la aceptación de que hay democracia y Estado de derecho y que por tanto las cortes de justicia —y hasta la JEP y la Comisión de la Verdad— son legítimas, es en realidad reconocimiento al régimen. Discusión sobre lo accesorio que se va volviendo una farsa incentivada para asegurar la continuidad del statu quo.

Pero las cosas son lo que son, el gobierno de Petro es la dominación de una vasta organización criminal y sus efectos son opresión, miseria y violencia para los ciudadanos. De ahí se debe partir para hacerle frente, aunque esa lucha deba emprenderse por muchas décadas. Por una parte, es necesaria la pedagogía para que la gente entienda de qué se trata, por la otra, hay que hacer un gran esfuerzo para denunciar ante los jueces estadounidenses que se ocupan del narcotráfico a los políticos y funcionarios colombianos ligados a esas tramas —como es el caso de Piedad Córdoba—, publicando información obtenida en Colombia y aportándola a los procesos.

Si hay algo fascinante es la incapacidad de los colombianos acomodados de gastar por ejemplo cien dólares en apoyar una tarea como ésa —que podrían llevar a cabo inmigrantes colombianos en ese país— pensando en los cientos de miles o millones de dólares de pérdidas que el colapso del país les ocasionará. En esa mezquindad y en esa ruina segura se puede detectar lo que señalé al principio: la fuerza del destino. Realmente no se hará nada, el que no emigre se acomodará, y la gente sólo intentará sobrevivir, como ya ocurre en los países sometidos.

(Publicado en el portal IFM el 9 de septiembre de 2022.)

sábado, octubre 01, 2022

La secta de Karl Marx

La inmensa mayoría de la gente que vivía en los años noventa en los países del llamado primer mundo tenía la certeza de que el marxismo era una corriente política superada tras la caída del muro de Berlín y la Unión Soviética, pero en Hispanoamérica había habido varias generaciones de marxistas profesionales, es decir, de miembros de camarillas de presuntos intelectuales dedicados a predicar la doctrina comunista desde las universidades públicas o de la Compañía de Jesús, siempre con sueldos equivalentes a los de varias decenas de obreros explotados, de los que pagan impuestos para financiar la educación.

Tras la conquista de Venezuela y de su fabulosa riqueza petrolífera, el control del narcotráfico y la fundación del Foro de Sao Paulo, hechos que permitieron el triunfo de Lula da Silva y otros personajes similares en varios países de la región, el marxismo volvió a ser actualidad, en gran medida porque esa doctrina del siglo xix sirve a los nuevos dominadores (meros bandidos parecidos a los guerrilleros y magistrados colombianos, como de hecho lo fueron los líderes de todos los regímenes comunistas del siglo pasado) como cosmogonía que se impone sobre las restricciones morales y por eso resulta una tecnología de dominación muy eficaz.

Conviene detenerse en el personaje de Marx para entender su doctrina y lo que implica. Por desgracia, la inmensa mayoría de los colombianos que no comparten las ideas comunistas lo conciben como un demonio todopoderoso que trajo la maldad más perfecta a un mundo que hasta entonces parecía equilibrado.

Marx procedía de una próspera familia de origen judío convertida al protestantismo, lo que ha animado toda clase de habladurías antisemitas. Un primo suyo fue el patriarca de la empresa Philips. Estudió Filosofía en Berlín, donde había enseñado Hegel unas décadas antes y aún se sentía su influencia. La ambición del joven filósofo lo llevó a querer corregir al maestro adaptando su dialéctica al «materialismo» que habían desarrollado otros pensadores del mismo ambiente. Al emigrar a París estableció relaciones con diversos teóricos socialistas y se interesó por la economía política de Adam Smith y David Ricardo.

Ésas son las «tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo», a que aludía Lenin en un texto famoso. A grandes rasgos —según lo explicado en el Manifiesto del partido comunista, encargado por la Liga de los Comunistas, que era antes un grupo cristiano—, la teoría marxista afirma que la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases, que ha pasado por diversas fases desde el comunismo primitivo hasta el capitalismo, que será superado por una nueva sociedad en la que no habrá clases ni Estado (pues éste es un aparato de dominación).

La adaptación que hace Marx de la economía política deja ver las limitaciones de su profesión de filósofo y a la vez su ambición. Parece que ve el mundo del trabajo como los señoritos comunistas colombianos de hace cincuenta años veían a los obreros, material rosado o marrón embutido dentro de un overol, abstracciones ciegas y sordas a la realidad. Según la teoría de la plusvalía, la ganancia del capitalista equivale a las horas que no paga a los trabajadores, siendo que la labor de todos estos vale lo mismo, tanto la del que diseña un zapato como la del que carga los materiales. Es un desarrollo teórico de ideas de Ricardo, que esquematiza hasta hacerlas grotescas. Cualquiera que conozca una fábrica o siquiera un taller podrá comprobar lo disparatado de todo eso.

A pesar de su fama, Marx tiende a simplificaciones más bien burdas y falaces. El hecho de que un grupo de personas posean los «medios de producción» se atribuye a que despojaron de ellos al resto de la sociedad, lo cual es una idea muy tonta: todo el mundo sabe que las máquinas se las inventa alguien y se fabrican con la inversión de alguien. El procedimiento de concebirlas como propiedad de toda la humanidad es un recurso demagógico que define la doctrina marxista y se reproduce en toda la propaganda. El origen del capital, la «acumulación originaria» se atribuye en el caso inglés a un supuesto despojo de tierras que llevaron a cabo algunos aristócratas en el siglo xvii, cosa también absurda porque todo el mundo ha visto gente que se ha enriquecido partiendo casi de cero, gracias a decisiones acertadas y productos que gustan al público.

Tan ajeno es Marx al mundo del trabajo, tan llena de charlatanería profesoral es su doctrina, que no vacila en imaginar un mundo futuro en el que el trabajo «no sea simplemente un medio de vida sino la primera necesidad vital» (es decir, que pudiendo la gente quedarse retozando todo el día y disfrutando de manjares y bebidas, tiene un impulso espiritual superior que la lleva a levantarse a limpiar las alcantarillas). Cuando «corran a chorro los manantiales de la riqueza colectiva […] la sociedad podrá escribir en sus banderas “De cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades”».

Se suele concebir el comunismo como un régimen de despojo y terror a manos de bandas de conspiradores y demagogos que se apropian de todo, y que casi siempre son meros malhechores sin escrúpulos, ansiosos como todo el mundo de riquezas, mando y prestigio. Eso se da porque la revolución socialista es como una operación de conquista; para entender esto basta ponerse en el lugar de los aborígenes americanos antes del siglo xvi. Esa conquista no necesitaría del marxismo, ya había ocurrido con la Revolución francesa, cuyo ejemplo inflamaba muchas cabecitas en todo el siglo xix. Esa subversión y esa tiranía son casi comprensibles y casi corrientes, baste ver la facilidad con que la mayoría de la gente saquea las tiendas si tiene la certeza de quedar impune; por ejemplo, ocurrió en el nazismo, aunque entonces las víctimas directas del despojo y el exterminio eran una minoría étnica.

Lo interesante del marxismo, lo que hace que mucha gente lo haya seguido «de buena fe» y se haya ilusionado con él, es el paraíso en que concluiría la historia de la humanidad dividida en clases. Ese ensueño va más allá de la envidia y el resentimiento, que son pura maldad reactiva, pues para convertirse en mártires, como lo fueron muchos por el ideal comunista, hace falta algo más que concupiscencia. Y sin duda conviene detenerse a pensar en lo que es realmente: ¿cómo será la vida cuando cada uno reciba según sus necesidades y aporte según sus capacidades? ¿Quién evaluará cuáles son esas necesidades y esas capacidades? ¿De qué modo querrán todos trabajar placenteramente para aportar a la riqueza colectiva?

Lo entendí viendo en el canal AMC Crime reportajes sobre sectas «destructivas», que funcionan con base en la supresión de la individualidad. El «hombre nuevo» de la sociedad comunista es el miembro de una secta que ha renunciado a sus fines individuales y termina suprimiendo hasta el instinto de supervivencia. La sociedad sin clases es la sociedad sin individuos libres, conclusión a la que también se podría llegar entendiendo que la libertad individual y la propiedad privada son lo mismo.

Para resumir, la teoría económica de Marx sólo es retórica profesoral, nadie ha contribuido al «avance de las fuerzas productivas» con ella, su proyecto redentor conduce a una vida animalizada y su filosofía es pura charlatanería de líder de secta.

(Publicado en el portal IFM el 2 de septiembre de 2022.)

martes, septiembre 27, 2022

Redimir a Colombia

Los críticos de Petro tienen dos preocupaciones principales: una es que se quede después de 2026, la otra, a veces asociada a la primera, que convoque una Asamblea Constituyente. Esos temores dejan ver lo terriblemente confundidos que están los colombianos respecto a la situación real del país y la resignación que reina respecto a un estado de cosas que sólo puede agravarse, de tal modo que en pocos años Colombia estará como los demás regímenes comunistas de la región.

Petro es un personaje sin mayor relieve en el conjunto de la conjura totalitaria. Su descaro y tal vez su capacidad de despertar atención entre cierto público debió de llamar la atención de los Santos o los Samper o de algún otro oligarca de los que publicaban en los setenta la revista Alternativa, de modo que le consiguieron una beca en la exclusiva Universidad Externado de Colombia. Esa circunstancia se suele pasar por alto, pero en definitiva fue Juan Manuel Santos el que lo hizo alcalde de Bogotá.

De modo que no parece muy probable que Petro vaya a intentar quedarse cuando desde ahora se ve el desastre que será su gobierno y el descontento que generarán el empobrecimiento y la multiplicación de la violencia. Esa clase de cambios legales son peligrosos para la estabilidad del sistema, y ni el régimen cubano ni sus socios iraníes y quizá chinos ni el clan oligárquico y ni siquiera el partido comunista y las demás sectas totalitarias tienen nada que ganar sosteniendo a un tirano al que la gente odia.

La principal misión del gobierno de Petro es alcanzar para sus mentores el control total del Estado, particularmente de las fuerzas armadas y la policía, a las que se someterá a toda clase de persecuciones y sobornos hasta que sean órganos del poder comunista, tal como ya ocurre en Venezuela. También la protección de la industria de la cocaína, de la que dependen los regímenes afines de Venezuela y Centroamérica, y en realidad también de Perú y Bolivia. Las señales son inequívocas.

Otro objetivo de primer orden para el narcogobierno es la propaganda, para la que ya se dispuso el adoctrinamiento escolar con el infame discurso legitimador de la «Comisión de la Verdad», que pronto será parte de la identidad de los colombianos, tal como el cristianismo lo fue para los aborígenes al cabo de pocas décadas de la Conquista, o como los patriotas de ocho generaciones han aplaudido con fervor los asesinatos de españoles llevados a cabo por Bolívar y Santander.

De modo que con un corpus legal favorable a sus intereses, un poder judicial totalmente copado, unas fuerzas armadas sometidas y dirigidas por subalternos de los jefes terroristas, unos medios de comunicación dependientes de la pauta pública e intimidados, un sistema educativo cuya tarea es la peor propaganda, unas empresas públicas en manos del hampa, un narcotráfico a pleno rendimiento y a través de él controlado el resto de la economía, pueden pensar incluso en la alternancia.

Por ejemplo, el continuismo petrista podría venir de algún político joven emparentado casualmente con los Samper, los López, los Santos o incluso los Lleras. De modo que por muy grande que sea el descontento, a la hora de la verdad los votos de las regiones apartadas son casi unánimes en apoyo al candidato oficialista y en las ciudades se movilizan las clientelas o las gentes cooptadas a punta de caricias que creen que los que no se permiten sus prácticas íntimas los han estado oprimiendo.

Incluso podría ganar las elecciones un candidato uribista. Todo se hizo muy mal y ninguno de los candidatos tenía atractivo para ganar unas elecciones, pero se podría suponer que en 2026 habrá un descontento muy grande y la gente votará mayoritariamente por un candidato «de derecha», como Miguel Uribe, por nombrar a uno posible. ¿Nadie recuerda a Óscar Iván Zuluaga y Federico Gutiérrez declarando que respetarían lo negociado con las FARC? Un presidente uribista en un país totalmente dominado por los comunistas sería aún más blando que Duque, y sencillamente sería una pausa para el retorno de los comunistas con algún líder más sólido y más joven que Petro, como ya ocurrió en Nicaragua y Bolivia.

Y el cambio constitucional resulta aún más absurdo: para poderlo imponer necesitan cierta legitimidad, que es alguna clase de apoyo popular. ¿Cómo evitarían que el descontento terminara llevando a una constitución menos favorable a sus intereses que la del 91? Y sobre todo, ¿para qué van a cambiar la norma que impusieron por una asamblea elegida por menos del 20% del censo electoral en medio de graves atentados terroristas? Las constituciones que intentan implantar en Chile y Perú son equivalentes a ese engendro.

Pero los colombianos han adoptado esa situación como irrevocable y ni siquiera sueñan con tener un país decente, ordenado, tranquilo, próspero, cohesionado y justo. Como una familia de delincuentes, ya ven a los de vida normal como privilegiados a los que sería imposible asimilarse, y ni se imaginan que un día no hay narcotráfico ni jueces comunistas ni bandas de asesinos imponiendo las leyes ni centros educativos dedicados a la propaganda del crimen. Esa realidad ya forma parte de la identidad de los colombianos.

Si alguien quisiera otra cosa no debería inquietarse por el dudoso intento de Petro de quedarse en el gobierno sino por la ausencia de alternativa. Para tener otro país habría que empezar por plantearse si los procesos de paz con las guerrillas son legales, legítimos o democráticos. Como es evidente que no lo son, habrá que plantearse desautorizarlos completamente y deslegitimar sus efectos. Abrir un juicio contra los comunistas que incluya todas sus actuaciones desde la primera mitad del siglo pasado.

También habría que plantearse si la Constitución de 1991 es legal, toda vez que se implantó violando la ley y para complacer a los jefes del narcotráfico que no querían ser extraditados y a los estudiantes comunistas que habían forzado la "séptima papeleta" en las elecciones de 1990. Un plebiscito con ese fin se podría convocar y de ahí surgiría la necesidad de convocar una Constituyente verdaderamente democrática con una propuesta que permitiera rechazar la opresión comunista en la norma fundamental.

Y respecto del narcotráfico habría que proceder con el mismo rigor: cualquier persona que tome parte en el cultivo comercial de coca o en la producción o el tráfico de cocaína debería pagar cárcel y para hacer cumplir la ley se dedicarían grandes recursos y se harían grandes esfuerzos. Sencillamente, esa actividad delictiva debe erradicarse y todos los que toman parte en ella deben pagar penas severas como cualquier otro violador de la ley.

Todo eso es muy fácil de decir y muy difícil de hacer, pero ¿alguien cree seriamente que sin eso va a florecer Colombia como un país normal? ¿Alguien entiende que el narcotráfico corrompe todas las instancias de la vida nacional? ¿Alguien se ha dado cuenta de que después de la multiplicación de la producción de cocaína durante el «juhampato», no se redujo en absoluto durante los cuatro años de Duque?

La oposición es un componente necesario de la farsa de democracia que hay en Colombia. Lloriquea y discute en el Congreso y hasta tiene protagonismo en los medios de comunicación, pero no tiene los fines aquí expuestos. Los congresistas tienen sueldos fabulosos y seguramente ingresos irregulares relacionados con su actividad, la continuidad del petrismo no afecta a sus intereses particulares. Si se trata del CD, es algo claro: nunca se opuso al acuerdo de La Habana. 

Pero eso corresponde a la disposición de la mayoría de los ciudadanos: ¿cuántos quieren realmente cambiar el país para que todo lo impuesto por los comunistas en cuatro décadas de negociaciones de paz deje de tener validez? ¿Y el esfuerzo ingente que demandaría un combate real al narcotráfico? Cuando el plebiscito de 2016 el NO se impuso por un margen pequeño respecto del SÍ, y la votación estuvo muy por debajo de la mitad del censo. Uribe y sus partidarios entendieron el triunfo del NO como una votación por ellos, mientras que muchos vieron su complacencia como una traición.

Uribe tenía razón en una cosa: la mayoría de los votos por el NO eran votos por él. De otro modo habría habido una poderosa tendencia de rechazo al acuerdo de La Habana. No la hubo, baste ver los resultados de todas las elecciones de este año. Ningún candidato, ni siquiera al Congreso, era partidario de no reconocer ese acuerdo. Los colombianos han asimilado la paz y la Constitución del 91 y no tienen el menor interés en vivir de otra manera.

Woody Allen cuenta en una película que un hombre va al médico y le comenta que su hermano cree ser una gallina. «¿Por qué no lo mete en un manicomio?» «Lo haría, pero necesito los huevos». Los colombianos obtienen de muy diversas maneras réditos del narcotráfico y el hecho de combatirlo en serio les plantearía muchos problemas, que es el mismo caso de cualquier persona que delinque o se prostituye. 

(Publicado en el portal IFM el 26 de agosto de 2022.)

jueves, septiembre 22, 2022

Todo lo que les dan a los indios

 A la hora de explicar las causas del éxito de la propaganda comunista en Iberoamérica prácticamente nadie diría que se debe a que encaja en un orden social antiguo que constituye la base de nuestras sociedades. Por el contrario, casi todos los contradictores de esa propaganda consideran que la revolución es un trastorno que viene a cambiar una situación que no era tan mala y no faltan los que la justifican en la corrupción de los gobiernos anteriores, como si esas condiciones morales de los gobernantes fueran el fruto de algún capricho de una deidad y no el modo de vida de siempre, y como si la tiranía comunista viniera a traer menos latrocinios y abusos.

Ese anclaje en el orden antiguo de la hoy triunfante ideología se evidencia en las disposiciones relativas a los pueblos amerindios de la Constitución Política de Colombia de 1991, que fue una imposición de un gobierno aliado del narcotráfico y la guerrilla comunista del M-19, la cual obtenía ese logro a cambio de su desmovilización. Un avance del proyecto totalitario recién fundado por Lula da Silva y Fidel Castro para resistir al retroceso del comunismo en Europa.

De lo que se trata es de mantener el orden de castas colonial y a una parte de población desprovista de una ciudadanía plena, debido a que no forma parte del conjunto social sino de otras comunidades a las que se «protege» en sus especificidades, según el discurso oficial. En la realidad esos ciudadanos de segunda son meros esclavos de los dueños del Estado, que combinan la dialéctica del palo y la zanahoria, aunque el palo lo reciben los pobladores, amenazados por los narcotraficantes y guerrilleros, valga la redundancia, y la zanahoria es sólo para los jefes de las comunidades, meros capataces de la mafia.

De modo que cuando se habla de las hectáreas que poseen los indios y que se les conceden habría que pensar en la vasta corporación de parásitos dueños del Estado y en las ONG que hacen de intermediarias entre las bandas de asesinos y narcotraficantes y los que controlan en el terreno a las comunidades. Esas hectáreas que se sustraen a la agricultura y a la ganadería no van a beneficiar a los pobladores sino a servir para la industria de la cocaína, que es el fundamento de los regímenes totalitarios de la región, como es bien sabido con el caso venezolano.

Pero al final todo lleva a la visión de la mayoría de los ciudadanos: todas las protestas que he leído en Twitter van acompañadas de hostilidad racista contra una parte de la población tradicionalmente excluida. Parece que la inmensa mayoría de los colombianos encuentran un motivo de orgullo en ostentar desprecio por estos compatriotas y asocian el tener ese origen étnico con los desmanes de los matones asociados a los guerrilleros («guardia indígena»). Así se favorece la labor de la mafia reinante que intenta enfrentar a los indios con los demás colombianos. Esa hostilidad recuerda a la misoginia con que muchos replican al feminismo, como si esta propaganda totalitaria favoreciera realmente a las mujeres.

Poco contribuye a reducir esa hostilidad la corrección política, manifiesta por ejemplo en la reticencia a llamarlos «indios», como los llamaron los conquistadores españoles después de que los viajes de Colón tuvieran por objeto llegar a la India. Debido a que por el racismo tradicional «indio» ha llegado a ser un insulto, se ha generalizado llamarlos «indígenas», para no ofenderlos, tal como los que dicen «afroamericano» o «moreno» para aludir a los negros. Lo que se evidencia en esa manía es la persistencia del racismo como rasgo ideológico predominante, y en fin lo que hace que los narcotraficantes que explotan a las comunidades puedan mantener su ventaja: realmente la mayoría no ve problema en la persistencia del viejo orden de castas, sólo en el inconveniente de no contarse entre los favorecidos. Indígena es un término de origen latino presente en todas las lenguas de Europa occidental con el mismo sentido de «natural del país», el alemán es el indígena en Alemania y el chino en China.

Los indios son las principales víctimas del orden reinante, son la mano de obra barata de los narcocultivos, tal como lo eran de las industrias milagrosas de la época colonial, como la quina. Quien pensara en su redención no debería quejarse de que se les concedan hectáreas sino que esto no se haga a favor de cada familia o de cada individuo, sino de unas organizaciones que sólo son las instituciones de la esclavitud. ¿Que esas tierras serían más productivas en otras manos? Quizá, pero nadie debería impedir al indio propietario asociarse con emprendedores o venderles sus tierras. O mejor, intentar prosperar como cualquier otro ciudadano favorecido por una reforma agraria efectuada sobre terrenos que ahora están en manos de redes criminales.

(Publicado en el portal IFM el 19 de agosto de 2022.)

viernes, septiembre 16, 2022

¿Qué es la verdad?

Esta pregunta es famosa porque según el Evangelio se la formuló el prefecto romano Poncio Pilatos a Jesucristo, y en Colombia es muy pertinente porque hoy 12 de agosto de 2022 empieza la implantación en las mentes infantiles de una «verdad» de la que el Ministerio de la Verdad de la novela 1984 de George Orwell es un tímido precursor.

La verdad es que el «conflicto armado» es una forma mentirosa de hacer referencia a lo que ha ocurrido con las guerrillas comunistas. Ciertamente se trata de un conflicto, tal como lo hay en una violación, pues sin conflicto sería un apareamiento ordinario y no un crimen, o en un atraco, que sin conflicto sería una obra de caridad. Pero esa expresión pretende suprimir la noción de la ley porque la persona poco avisada —como los niños a los que se va a embutir la propaganda—, llega a creer que cometer un secuestro —un asesinato, una violación…— es equivalente a impedirlo. Es un viejo tema de la propaganda de las bandas narcoterroristas, necesitadas de legitimarse y satisfechas tras haberlo conseguido gracias al engaño de Juan Manuel Santos y a la pasividad de los colombianos, en gran medida manipulados por Álvaro Uribe y su partido, pero no por ello menos responsables del monstruoso resultado.

La verdad es que nada puede ser más mentiroso que el informe de la llamada «Comisión de la Verdad», constituida por acuerdo de los asesinos y sus amigos en el gobierno. Esa comisión dedicada a evaluar los hechos tiene un evidente objetivo de legitimar los crímenes gracias a los cuales se hicieron poderosos y reclutaron a miles de niños y adolescentes campesinos y consiguieron, en la fase final con ayuda del gobierno de Santos y con el apoyo del régimen criminal que oprime a Venezuela, controlar el negocio de la cocaína. Las personas designadas para dirigir esa comisión, el sacerdote jesuita Francisco de Roux y el sociólogo Alfredo Molano, eran sencillamente líderes ideológicos del bando terrorista, como cualquiera puede comprobar evaluando la historia del CINEP, o leyendo con atención las columnas de Molano, en las que no era raro que alentara a las bandas narcoterroristas a persistir en sus crímenes.

La verdad es que esas bandas criminales tienen su origen en la Komintern, la Internacional Comunista, que fue la organización creada tras la caída del Imperio ruso en manos de los bolcheviques para imponer regímenes totalitarios en todo el mundo, y que con los recursos del país más grande de la Tierra financió a miles de profesionales dedicados a crear partidos satélites. De esa inversión y de la perpetua guerra civil por el control de los puestos públicos en Colombia surgieron las primeras guerrillas en los años cuarenta y cincuenta, en las que se formaron los sicarios que después formarían las FARC. El ELN fue creado en Cuba, cuando ese país cayó en manos de la URSS, y el M-19 lo organizó el clan oligárquico para acabar con la Anapo, siempre con los recursos, las armas y la dirección del régimen que desde 1959 mantiene a la antaño opulenta Cuba en la hambruna y el terror.

La verdad es que los comunistas en Colombia han tenido como aliados a los líderes del Partido Liberal desde los años treinta, cuando los recursos soviéticos y la actividad de los agentes de la Komintern proveían ventajas a Alfonso López Pumarejo, Eduardo Santos y sus respectivas familias y aliados para conservar el poder a costa del partido rival. El ELN surgió de un grupo de jóvenes del Movimiento Revolucionario Liberal de Alfonso López Michelsen que fueron a recibir adoctrinamiento en Cuba. Como ya he explicado, el M-19 surgió de la actividad de Enrique Santos Calderón, Gabriel García Márquez, Daniel Samper Pizano y otro grupo de próceres que buscaban a la vez destruir a la Anapo del general Rojas Pinilla y copiar el ejemplo de guerrilla urbana de los Tupamaros uruguayos. Juan Manuel Santos llegó a la presidencia a completar ese antiguo designio.

La verdad es que las bandas narcoterroristas no representan a los colombianos humildes sino que los oprimen y despojan. El acuerdo de «paz» a que llegan con el «Estado» es simplemente una imposición de la casta oligárquica que usa a esos criminales y el terror que inspiran como pretexto para asegurar el control del Estado. Si a alguien representan en el conjunto de la sociedad es a la minoría más rica, constituida por los empleados públicos y los profesores y estudiantes de universidad. El activismo de los reclutadores y propagandistas determinó que esos sectores hallaran en el mentiroso sueño de un paraíso igualitario el pretexto de unos privilegios que no tienen los empleados públicos y universitarios en ningún otro país del mundo. Y esos grupos son simplemente los herederos de las castas superiores de la sociedad antigua, en una sucesión que remite a la misma época colonial.

La verdad es que como garantes de ese orden social inicuo los criminales narcoterroristas sí representan a la sociedad porque si bien benefician a una minoría parasitaria no hay en el resto de los ciudadanos un rechazo de ese orden sino a lo sumo la aspiración a incluirse en él, cosa evidente en la unánime aprobación de atrocidades como la matrícula cero (con la que se despoja a los pobres para proveerles ventajas a los ricos) o la acción de tutela (con la que se suprime la ley para que el privilegio esté asegurado gracias al arbitrio de los funcionarios). La persistencia de ese orden, cuyo nombre es esclavitud, caracteriza a toda Hispanoamérica y explica su perpetuo atraso y su perpetua miseria. El que en Colombia exista algo tan obsceno como la «Comisión de la Verdad» y que las mentiras que produce sean lo que se enseña en lugar de la historia en las escuelas es prueba de esa condición.

La verdad es que por mucho que uno se indigne y crea que los criminales comunistas son extraños al país, lo que se puede comprobar es que no tienen alternativa. Los propagandistas de esa «verdad» criminal son los colombianos más admirados, como el escritor Héctor Abad Faciolince, o el ministro de Educación, el mismo que favoreció la multiplicación de los cultivos de coca (y los pesares de los raspachines, en su mayoría niños y jóvenes indios) para defender la salud. ¿Qué clase de doctores y científicos comparten esa «verdad» a pesar de tener acceso a toda la información?: la clase de gentuza que reina en una sociedad bárbara y padece un daño moral incurable gracias a los hábitos de crueldad e indolencia que adquirieron sus antepasados gracias a la esclavitud. La infame mentira que sale de la «Comisión de la Verdad» no tendrá mucha respuesta porque a la mayoría no es algo que le importe mucho.

La verdad es una tarea íntima, una búsqueda incesante que constituye el núcleo moral de una persona. Lo explicado arriba sobre el «conflicto» es sencillamente innegable, pero no habrá quien lo divulgue porque para eso haría falta una sociedad menos bárbara.

(Publicado en el portal IFM el 12 de agosto de 2022.)

viernes, septiembre 09, 2022

El nuevo gobierno y su oposición

Ya quedan pocos días para que Petro se posesione como presidente y tanto los nombramientos como las medidas que ha anunciado hacen temer un rumbo catastrófico para Colombia. Vista la experiencia de los países vecinos y el innegable control por parte de los sectores afines a los Santos y los Samper de todos los resortes del poder, es de temer que no se trate sólo de un gobierno aniquilador sino de un régimen que durará muchas décadas. ¿A estas alturas alguien espera un cambio en Cuba, Nicaragua o Venezuela?

Este sombrío vaticinio se ve reforzado por la absoluta desorientación de los que se oponen a Petro y a su régimen. Abundan los que creen que habrá un golpe militar a una rebelión cívica, o incluso una intervención estadounidense, lo cual hace recordar la época del Caguán, con la diferencia de que ahora los comunistas controlan todo el Estado y además el negocio de la cocaína.

Los comunistas se quedarán muchas décadas en el poder en Colombia porque no tienen oposición. El hecho de que ninguno de los precandidatos de las pasadas elecciones cuestionara el acuerdo de La Habana y las “instituciones” surgidas de él deja ver hasta qué punto nadie se plantea hacer frente a un régimen criminal porque a los políticos les resulta más rentable acomodarse y los ciudadanos particulares no ven otra alternativa que tratar de sobrevivir en el nuevo orden o emigrar.

Respecto al expresidente Álvaro Uribe y su partido no se trata de ningún vaticinio sino de la comprobación de lo que ha ocurrido en los últimos doce años. En cualquier país en el que el presidente anunciara el día de su posesión que piensa hacer lo contrario de lo que prometió, aquello por lo que los ciudadanos votaron por él, daría lugar a una rebelión cívica rotunda porque si el funcionario elegido no está atado por sus compromisos con los electores sencillamente no hay democracia. Pero en Colombia Santos hizo exactamente eso y la única preocupación de Uribe y su entorno fue conservar alguna influencia en los nombramientos, alguna cuota de poder, por mezquina que fuera.

Eso mismo siguió con todos los desmanes de Santos, y cuando éste se planteó refrendar su infame acuerdo con los terroristas con un plebiscito tramposo, Uribe y los suyos trataron de evitarlo negociando una constituyente que complaciera a las FARC. Calculaban que perderían un plebiscito, de modo que se planteaban la abstención (el voto afirmativo, que era su verdadera opción, les habría hecho perder el apoyo de sus partidarios), hasta que se vio que los descontentos con Santos votarían NO y tuvieron que sumarse a esa opción. Ante la derrota del gobierno, corrieron a «cumplir la palabra empeñada» y evitar que el acuerdo se cayera.

Sencillamente, el que quiera oponerse a un régimen comunista que amenaza con quedarse todo el siglo (en Cuba ya llevan 63 años) tiene que contar con el uribismo como una parte del sistema, un grupo menguante de vividores cínicos y de hinchas fanáticos y resignados que no van a hacer frente a la tiranía sino a legitimarla como perdedores en elecciones sucesivas. En la Polonia comunista había un partido católico y otro campesino, cuyos líderes y representantes parlamentarios eran simplemente funcionarios del régimen. Eso es el uribismo desde 2010 y lo será más patéticamente ahora.

Una oposición real debe ante todo denunciar la ilegitimidad del gobierno. En mi opinión, las alegaciones sobre fraude en el escrutinio son difíciles de demostrar y quien podría evaluarlas son las propias autoridades a las que se acusa. Pero nadie puede negar la multiplicación de la producción de cocaína a partir de la negociación de paz (ahora se exporta más de cinco veces la cocaína que se exportaba hace diez años) ni la implicación de los grupos comunistas asociados a las guerrillas activas y desmovilizadas en ese negocio. También el grupo de Petro y sus aliados internacionales son claramente parte de la mafia y si se atendiera al proceso contra Álex Saab se comprobarían muchas conexiones problemáticas de la senadora Piedad Córdoba y otros miembros del grupo gobernante.

La influencia del tráfico de drogas ilícitas en la elección de Petro también es fácilmente demostrable, por ejemplo comparando los resultados electorales de las regiones en que se cultiva coca con los de las demás, o el apoyo de todos los políticos ligados a ese negocio, como Ernesto Samper, al patán de oratoria de guiñol de títeres.

Pero además, más allá de lo que haga o deje de hacer el nuevo gobierno, el acuerdo de La Habana se sigue aplicando y a todas luces fue un crimen y un golpe de Estado. Un rasgo característico de los colombianos es la ligereza conceptual, la incapacidad de seguir fielmente un enunciado: si se convoca un plebiscito y la mayoría vota no pero no se hace caso a esa mayoría, no hay democracia, lo que el pueblo diga no cuenta. Una verdadera oposición no puede renunciar a denunciar esa infamia ni a deshacer lo acordado.

Y en definitiva la presidencia de Petro y el acuerdo de La Habana son sólo la continuación de un proceso que comenzó con el golpe de Estado de 1991 y la Constitución aprobada por una Asamblea elegida por menos del 20 % del censo electoral en medio de carros bomba y asesinatos y secuestros generalizados. Es decir, una verdadera oposición tendría que plantearse una Asamblea Constituyente que diera lugar a un orden liberal.

Lo anterior quiere decir que una verdadera oposición sería una minoría tal vez por mucho tiempo, pero nadie sabe qué puede pasar en el orden geopolítico y qué puede hacer un gobierno estadounidense futuro respecto del narcoimperio cubano y sus satélites. Para que haya un cambio hay que deshacer lo que hizo Santos, y el uribismo renunció a eso hace muchos años.

En definitiva lo que ha ocurrido durante los últimos doce años ha sido una resignación de la mayoría de la sociedad colombiana al narcotráfico, que ciertamente no menguó en absoluto durante la presidencia de Duque. Puede que ese conformismo explique el inagotable fervor uribista, muy característico de la clase de gente que apreciaba la munificencia de Pablo Escobar.

Sea como sea, esa minoría que se opone efectivamente al narcotráfico y al orden impuesto por los comunistas es la única oposición posible. Quien no cuente a Uribe y los suyos en el bando enemigo no puede ser un verdadero opositor al narcorrégimen.

(Publicada en el portal IFM el 5 de agosto de 2022.)

viernes, septiembre 02, 2022

La guerra de las ranas y los ratones


En un famoso cuento de Borges se atribuye a Homero el consejo de construir la absurda ciudad de los inmortales y se arguye como prueba de que podría cometer desvaríos el hecho de que después de la Ilíada contara la guerra de las ranas y los ratones. Cuando uno averigua, descubre que en efecto hay una epopeya cómica con ese nombre, la Batracomiomaquia, que los romanos atribuían a Homero, aunque los estudiosos actuales suponen que fue compuesta unos diez siglos después de la época del aeda ciego. 

No puedo librarme de recordar ese nombre si pienso en la polémica actual entre feministas y promotores del transexualismo y la moda queer. Me impresiona muchísimo que haya críticos del llamado progresismo que divulgan y apoyan los reproches de las feministas «de tercera ola» a sus nuevos rivales, reconociendo tácitamente la validez de su ideología. Parece que hallaran una fisura en las filas enemigas, que se estarían dividiendo, cuando en realidad en esa polémica ambos salen ganando porque el espacio de quien no apoya ese feminismo ni el transexualismo se encoge y el público de las feministas se amplía.

Es una guerra falsa y ridícula, es como una nueva guerra de las ranas y los ratones. En general el feminismo que va más allá de la simple reivindicación de la igualdad entre las personas se vuelve otro frente de las políticas de identidad, que son un recurso de los comunistas para reemplazar al proletariado, que en los países industrializados no se dejó seducir y prefirió la libertad.

 Al final el feminismo presenta un pueblo elegido y agraviado, que curiosamente tiene representantes en todas las familias. Gracias a la copiosa inversión en propaganda, las mujeres resultan de por sí enemigas de sus padres, hermanos, hijos, amantes y amigos. Esa propaganda se paga con el dinero de todos y en definitiva hay una clase social de funcionarios, educadores, periodistas, etc., que forma mayorías contando con las personas a las que arrastran a votar prometiéndoles privilegios por su sexo, además de otras minorías oprimidas por otras causas y muy necesitadas de tener representantes que viven del dinero público.

Un ejemplo muy interesante de esa discusión es la feminista española Lidia Falcón (86 años) que publica un artículo en el que tras señalar muy acertadamente los problemas del transexualismo llega a la conclusión de que es ¡otra agresión del patriarcado a las mujeres!

Hija extramatrimonial del comunista peruano César Falcón, la escritora feminista ha estado siempre ligada al comunismo y en los años de la Transición a la democracia dirigió un partido feminista que formaba parte de Izquierda Unida, la coalición que enmascaraba al Partido Comunista. Ella no puede estar para ver que feminismo y moda queer son recursos de la misma trama de dominación y supresión de la libertad que se conoce como «progresismo» o «izquierda». En realidad, mientras el gobierno español (dirigido por un personaje más joven y más apuesto que Gustavo Petro, que además se defiende hablando inglés, pero cuya calidad intelectual y moral es idéntica a la del narcoterrorista colombiano) dedique todo el tiempo de la radio pública a hablar de la exclusión que sufren las mujeres o de los méritos no reconocidos de algunas mujeres del pasado.

 Ya en el siglo XIX se hablaba de la «cuestión femenina», por ejemplo, en las novelas de Dostoievski, y el malicioso filósofo alemán Friedrich Nietzsche temía que la rebeldía y afán reivindicativo de algunas mujeres era como un adorno más, otra joya u otro tipo de escote. Sería espantoso e intolerable que cayéramos en una consideración ultrajante de las mujeres o en la nostalgia de tiempos en los que efectivamente no podían tener propiedades ni votar ni ejercer el mando en los negocios o en el gobierno (de hecho, en las sociedades avanzadas eso se superó hace tiempo, por ejemplo, la primera versión de la película Primera plana se llamaba Luna nueva (1940) y la protagonizaron Cary Grant y Rosalind Russell, siendo ésta una importante periodista).

Pero esa consideración de Nietzsche es válida en otro sentido: la disposición de los comunistas a volverse los valedores de las mujeres es una especie de galantería. No es que las mujeres dejen de estar sometidas y sean personas con tantos derechos y responsabilidades como los hombres, sino que se las halaga para que apoyen la causa de esos mejoradores del mundo cuya principal tarea es despojar a los demás de sus bienes y con el dinero obtenido pagar la intimidación y el adoctrinamiento. Por eso las feministas no dicen nada de las proezas de los asesinos de las FARC, responsables de decenas de miles de violaciones, sino que los cuentan entre sus partidarios, cosas que los malhechores acogen con la más delicada cortesía de rufianes de tango.

En un artículo sobre la historia de las mujeres del rock llamaba la atención que aquellas que complacían al público masculino con actitudes y vestimentas sexis estaban justificadas porque siendo mujeres se las obligaba a ello, pero si no lo hacían, también estaban justificadas, y ningún éxito que hubieran alcanzado sería suficiente, ya que lo habían alcanzado a pesar de no explotar su belleza. Hicieran lo que hicieran estaba bien porque eran mujeres. Y la cruel realidad es que la inmensa mayoría de las estrellas del rock eran hombres, entre otras cosas porque complacían con su sexualidad explícita al público femenino.

La galantería que degrada a las mujeres también es evidente cuando se trata de los “derechos reproductivos”. ¿Es la penalización del aborto una restricción a los derechos de las mujeres? ¿De por sí quieren las mujeres que sea posible abortar? Es el sobreentendido que “venden” con la propaganda. La idea de fondo es que el «sexo débil» no está para ser responsable de nada sino para obrar a capricho. En la realidad siempre ha habido más mujeres partidarias de castigar el aborto que de despenalizarlo, porque son más conscientes de la gravedad del asunto, aunque puede que en los últimos años esas mayorías hayan menguado gracias a la propaganda (tal como ya hay una clara mayoría de jóvenes colombianos que odian a Uribe).

En definitiva, no hay una oposición entre feminismo y transexualismo, ambos son frentes de la propaganda totalitaria que pretende destruir la familia y todo vestigio de libertad individual. Ambos son banderas que explotan los «progresistas», que en Occidente casi siempre tienen alguna relación con el narcorrégimen cubano y su constelación de tiranías. Su oposición es un engaño para atraer incautos. Una guerra de ranas y ratones.

Puede que en Colombia muchos piensen que es una cuestión secundaria o ajena, pero es porque Petro no se ha posesionado: el populismo feminista, junto con el ambientalista, serán los temas preferidos de la propaganda de ese régimen criminal. Las alharacas de los camanduleros les vendrán de perlas para «venderse» como modernizadores y tapar su clara relación con las bandas de asesinos, secuestradores y violadores de niños de cuyo dominio del negocio de la cocaína viene su poder.

 (Publicado en el portal IFM el 27 de julio de 2022.)

viernes, agosto 26, 2022

¿Cuándo habrá liberalismo en Colombia?

 Alguien que quiera ver una Colombia próspera, pacífica, respetada y libre tiene que admitir que eso no es posible sin una mínima conciencia de la realidad, lo que implica una comprensión clara del lenguaje y un mínimo consenso semántico. No hay que ir muy lejos para mostrar hasta qué punto los colombianos padecen un atroz déficit en ese ámbito, baste preguntarle a la primera persona a la que uno encuentre qué es «liberalismo»: prácticamente todos entenderán que es el partido de César Gaviria y Ernesto Samper.

Es lo mismo que entender «izquierda» como el bando de los que se pensionan a los cuarenta años —con el sueldo de diez o más personas— tras veinte de vociferaciones e intrigas de las que lo menos feo que se puede decir es que son parasitarias, y falta poco para que «decencia» sea una palabra que remite al narcotráfico, la prostitución y el asesinato, pues la «Lista de la Decencia» era la de Gustavo Bolívar y Aída Avella.

Esa desidia respecto del lenguaje, visible también en el desinterés por la corrección a la hora de expresarse, es señal de un escaso interés por la verdad, y sin ese interés es inconcebible cualquier conocimiento, lo que se reemplaza por la asignación de un rótulo, no hay que saber nada sino ponerse un rótulo porque es lo que los demás valoran. El interés por la educación expresa esa situación: sólo en la ciudad de Bogotá viven más titulados universitarios de los que hubo en toda la historia de la humanidad antes de 1900, lo cual no se debe entender como que una milésima parte de esos doctores sean capaces de escribir una frase correcta. Puede que cualquiera, uno solo, de los titulados del resto del planeta antes de la fecha señalada haya hecho más aportes al conocimiento que ese millón de doctores.

Por eso alguien que quiera invitar a pensar a los colombianos tiene que guardar muchas reservas porque ¿qué podrán entender cuando todo su lenguaje es mentira? ¿Alguien se ha planteado alguna vez que una banda de asesinos al servicio de una tiranía extranjera no se puede llamar «Ejército de Liberación Nacional»? Por favor, que nadie crea que eso es demasiado evidente, casi todos los tuiteros que se oponen a Petro y a las guerrillas se describen como de «derecha», cosa que entienden como el bando de las personas que se oponen a los privilegios.

Y respecto a esas reservas sobre el lenguaje de los colombianos, la forma correcta de definir el «liberalismo» de las familias López, Santos, Samper y Lleras es exactamente ANTILIBERALISMO. Desde la época en la que el bisabuelo de Alfonso López Michelsen, Ambrosio López, dirigía a los artesanos que exigían aranceles para no tener competencia de productos extranjeros hasta el presente siglo, en que López Caballero dirigía desde las páginas de Semana la propaganda de las guerrillas comunistas, pasando por los dos presidentes de esa familia, el primero de los cuales llegó a hacer la revolución e introdujo el primer «Estado social de derecho» con todas las nociones totalitarias de la época, como «la función social de la propiedad», además de la intervención del Estado en la economía.
Para formarse una idea de lo que los colombianos llaman «liberalismo» baste esta cita de la Wikipedia acerca del primer gobierno de López Pumarejo: «El cuatrienio de 1934 a 1938 fue una controversia de principio a fin. Cada una de las reformas propuestas por el presidente suscitó la reacción alarmada de un sector acomodado de la población que veía vulnerada la libertad individual». 

También López Michelsen es todo un astro del antiliberalismo, inscribió a su partido en la Internacional socialista, y tras una larga carrera de alianzas con los comunistas y corruptelas, impidió la aniquilación del ELN, claramente al alcance del ejército tras la «Operación Anorí».

No es que los contradictores del Partido Liberal sí fueran liberales, sencillamente el liberalismo presupone un mínimo de cohesión social, no sólo respecto de la renta sino sobre todo de la percepción de las demás personas. La sociedad de castas esclavista es como un molde en el que se puede verter resina, barro, plástico o metal y siempre termina con la misma forma. En un país en el que nadie quiere aceptar que «indígena» es «el del país» y puede ser rubio o negro porque los descendientes de los aborígenes americanos se llaman indios, o que los negros no son «afrocolombianos» tal como los blancos no son «eurocolombianos», sencillamente porque a todos les parece obvio que «indio» o «negro» son de por sí términos peyorativos, ¿quién va a entender que la libertad individual presupone   que todos los seres humanos tienen el mismo estatus moral y no puede haber diferencias entre ellos?

El Partido Liberal es socialista a pesar de su nombre porque la «configuración de inicio» de la sociedad es la del Estado todopoderoso en manos de familias que lo convierten en su patrimonio y se aseguran rentas a costa de la exacción a que someten al resto (el activista de los artesanos Ambrosio López le aseguró a su hijo una carrera magnífica como exportador de café y banquero, en asociación con otra familia de patricios de toda la vida, los Samper). Esa ventaja natural de verdaderos «dueños del país» los define como antiliberales porque la esencia del liberalismo es la competencia, que esos magnates impiden a toda costa (lo que explica en buena medida su perpetua alianza con los comunistas).

Y el bando político que dirigen es antiliberal porque la clave de su poder es la asimilación al orden de siempre: al cura lo reemplazó el maestro y en lugar de imponer rezos de rodillas promueve el cambio de sexo y la asunción de la «homosexualidad», pero las rentas públicas siguen llegando y dependiendo del trabajo esclavo, por mucho que a la milagrosa quina del siglo xviii la haya reemplazado la mata que mata. Al virrey lo reemplazó su sastre (el padre de Ambrosio López era el sastre del virrey) tal como muchas familias de criados de casas reales se hacían con el poder en cuanto podían. La retórica comunista, ya olvidada, contra la «explotación del hombre por el hombre» sirvió para que los mismos descendientes de los criollos de hace tres siglos tengan sueldos y prebendas fabulosos y se pensionen a edades tempranísimas…

Se puede decir que aparte de la «restitución de los nombres» que fue como llamó Confucio a su reforma, Colombia necesita liberalismo: reducción drástica del gasto público, sobre todo de los privilegios salariales y pensionales de los funcionarios y de la educación superior, que es otra vía para asegurar parasitismo y privilegios, neutralidad ideológica de las instituciones, que es un presupuesto de cualquier noción de libertad individual, y la supresión de todas las leyes que sirven de pretexto al despojo y al abuso por parte de los funcionarios.

Todo eso es inconcebible si no impera la ley, cosa que no es posible mientras el tráfico de cocaína sea la actividad económica principal, pero el lector que haya llegado hasta aquí, ¿podría decir que hay hoy en día en Colombia algún sector político que represente esos valores liberales y quiera una sociedad moderna, competitiva y equilibrada? No lo hay, si finalmente las camarillas de juerguistas que rodean a los funcionarios coloniales cubanos —que es lo que han llegado a ser los descendientes de los criollos que dominan el Partido Liberal y sus muchas ramificaciones— han recuperado el poder en alianza con los narcocomunistas de un Estado mucho más grande y mucho más despótico es porque esa visión nunca ha imperado y es en realidad contraria a la naturaleza de los colombianos.

Petro y sus sucesores anuncian una opresión que casi seguro durará muchas décadas, tal como se puede comprobar con Cuba, Nicaragua y Venezuela, pero eso no quiere decir que si finalmente un día caen van a llegar la libertad y la prosperidad. Para eso hará falta que en el país hubiera una masa crítica de demócratas y liberales, y de eso nunca ha habido.

 (Publicado en el portal IFM el 22 de julio de 2022.)

domingo, agosto 21, 2022

El partido del recreo

Por @ruiz_senior


A la marcha del orgullo gay de Madrid acudieron más de 700
.000 personas (más de un millón según los organizadores). Ciertamente fue mucha gente de fuera pero aun así es más de un veinte por ciento de la población total de la ciudad. Es un dato que puede orientar sobre el peso que tiene hoy en día la cuestión de la «diversidad sexual» y sobre lo que significa para el bando político al que está asociada.

Los desfiles del «pride» son ocasiones reivindicativas y a la vez festivas que reúnen en el mes más caluroso de la primavera a toda clase de activistas y personas que han hecho de sus prácticas sexuales el centro de sus vidas. Esa doble vertiente (reivindicativa-festiva) explica en gran medida el atractivo que tienen esos actos: en España se dice «chollo», algo como una guaca, un negocio milagroso y fácil. Eso es lo que vive la persona joven que se entrega a la épica de mejorar el mundo dejándose acariciar bajo el efecto de alcohol y drogas y a menudo ganando dinero por ello, situación que la inscribe en el censo de víctimas de persecución y valerosos luchadores justicieros, y a la vez le permite estar a la moda.

En Colombia deben estar preparados porque las víctimas de Fecode nacidas en este siglo no tendrán la intoxicación de propaganda centrada en el odio a los ricos y la lucha contra el imperialismo norteamericano, sino las banderas de la inclusión y la lucha contra la homofobia, la transfobia, la bifobia y la LGBTIfobia, además de los ya habituales feminismo y ambientalismo.

En España, los abanderados más resueltos de estas causas son los del partido Podemos, que es sólo la sucursal española de la multinacional del crimen con sede en La Habana, que acaba de hacer elegir presidente de Colombia al lamentable Gustavo Petro.

Lo más seguro es que el lector razone que eso ya pasa y que Colombia es un país modernísimo porque tiene a una alcaldesa lesbiana en la capital y a una «rectora» transexual. No se imagina lo que será a partir de ahora. Por ejemplo, si uno entra a un instituto de educación secundaria en España la única propaganda que encuentra son invitaciones a «salir del armario», y la radio pública está todo el día dedicada a hablar de la opresión de las mujeres por el patriarcado y de la exclusión de las personas trans. En Colombia el gobierno de Petro hará lo mismo, lo que se agravará porque al ensanchar el peso del gasto público como parte del PIB hará más dependientes que nunca de la pauta pública a los medios de comunicación.

Y esa propaganda tendrá mucho éxito por mucho que las personas «camanduleras» hagan aspavientos apocalípticos: siempre es más fácil convocar a la gente, sobre todo a la gente joven, a la diversión que al esfuerzo, y siendo algo tan ventajoso, incluso premiado en el ámbito «educativo», de poco servirán los gemidos desesperados de los mayores. De hecho, la obsesión de mucha gente contra esas prácticas (también contra el consumo de drogas) a menudo está más movida por la envidia que por un criterio moral equilibrado.

Esa «homofobia» no va a contrarrestar la corrupción de los jóvenes por sus maestros, los medios y el gobierno, al contrario, le será útil: el «homófobo» o machista será el objeto de odio al que todos vilipendiarán, como ha ocurrido con los uribistas, en un fenómeno de adoctrinamiento e intimidación tan increíble que resulta verdaderamente fascinante.

De modo que lo más urgente es entender que la típica indignación de las personas conservadoras no representa ninguna resistencia sino que forma parte del paisaje en que el fenómeno florece. No es que el mundo antes estuviera bien ni que a los comunistas, hasta hace poco los peores perseguidores de los «homosexuales» les haya dado por volverse libertinos, sino que esa corrupción sirve a su agenda de dominación.

Las personas mayores están seguras de sus certezas, pero la mayoría de ellas admiten la existencia de personas «homosexuales» siguiendo la rutina dualista por la que hay buenos y malos, izquierda y derecha. etc. ¿Hay personas con una constitución genética diferente por la que en lugar del anhelo de yacer con las del otro sexo sienten ese impulso respecto del propio? ¿Alguien ha aislado ese gen? ¿Cómo es que en las generaciones anteriores no se veían tantas?

Lo que hay detrás de esa moda es la ruptura del tabú de la sodomía, del mismo modo que el aborto y la eutanasia, «derechos» que defienden con llamativo fervor todos los que obtienen rentas de la educación en Colombia, son la ruptura del tabú del homicidio. La sodomía es mucho más antigua que el tabú y es muy llamativo que casi todas las sociedades tradicionales la persigan. Romper tabúes es algo muy útil a los fines de los totalitarios porque así surge una población vacía moralmente a la que es más fácil dominar.

El gran escritor ruso León Tolstói escribió una novela, La sonata a Kreuzer, centrada en ese temor suyo de que las personas de las clases altas de su tiempo, que ingerían grandes cantidades de comida y no hacían nada, fueran entregándose a una sensualidad sin objeto y en última instancia degradante. Ése es el drama de la juventud del nuevo siglo, más cuando el tradicional impulso reproductivo tiene toda clase de frenos. Las modas LGBTI no sólo afectan a los ricos, pero los jóvenes de clases humildes más bien encuentran en ser gais una forma de ganar dinero, además de divertirse.

La cuestión de las «personas trans», inventadas en las universidades estadounidenses, otro ejemplo terrible de engaño y manipulación de los totalitarios sobre las mentes de los niños, requeriría muchos más párrafos. Al respecto les recomiendo este artículo.

Tras la alegría de no sufrir por encontrar quien los complazca está el plan de dominación de los comunistas, que cada día matan y torturan en Venezuela, que tienen en Cuba a muchos miles de personas en campos de concentración y que en Colombia por supuesto matarán y torturarán mucho más que cuando eran «la guerrilla». Los jóvenes atraídos por el recreo sólo son idiotas útiles a los que usarán para intimidar, y también agredir, a cualquiera que les estorbe.

(Publicado en el portal IFM el 15 de julio de 2022.)

miércoles, agosto 17, 2022

Petro y la "República liberal"

Me inquietó leer la advertencia de Daniel Samper Pizano sobre el riesgo de que después de Petro llegara un nuevo presidente que intentara deshacer su obra. Parecía una amenaza a la noción básica de democracia, que es la alternancia en el gobierno de distintos partidos, pero me tranquilizó saber que el sonriente patricio esperaba un largo periodo de gobiernos progresistas con base en elecciones limpias, como prometió Petro.

Bueno, esto de «me tranquilizó» es sarcasmo. Las elecciones que ganó Petro ciertamente no fueron limpias. No he querido prestar atención a las denuncias de fraude porque las pruebas requerirían una instancia formal que mostrara los hechos a autoridades creíbles, y la verdad es que los supuestos adversarios del candidato «progresista» más bien parecían colaborar en su ascenso. Y sobre todo porque el fraude en el recuento es innecesario cuando hay una forma mucho más sencilla y habitual de ganar de forma fraudulenta las elecciones, que es la compra de votos mediante las llamadas «maquinarias»: baste contar los votos en las regiones de narcocultivos o en aquellas en que es tradicional la compra de votos para saber cómo ganó Petro.

Pero el cuento de Samper Pizano es muy llamativo por un rasgo de esta gente que es en últimas la esencia del llamado realismo mágico: la desfachatez. Ellos, los descendientes de las castas más antiguas y funestas, son los representantes de sus víctimas, a las que proveen de «derechos» que se interpretan como exacción para cebar a sus clientelas —es decir, llaman «dar» al «quitar»— y después de alcanzar la presidencia gracias a la orgía de atrocidades de las guerrillas y al engaño de Santos a sus votantes, ¡resultan los más exigentes valedores de la democracia! Esa desfachatez impregna a la sociedad que la tolera. Siguiendo a sus modelos cultos y linajudos, uno encuentra todos los días a subalternos como Roy Barreras convertido en adalid de la lucha contra la corrupción o como León Valencia ejerciendo de veedor de la democracia y de la moral.

Pero el ejemplo más claro de desfachatez es la idea de que vienen a renovar un país que ha estado doscientos años en manos de la «derecha». Si uno piensa en el último siglo, resulta que la mayor parte del tiempo el Estado lo han dominado los miembros de los clanes ligados a la llamada «república liberal» que, curiosamente siempre tuvieron afinidad con los comunistas y relación con la violencia. Haciendo un breve repaso, baste pensar que el escándalo propagandístico por la falsa «masacre de las bananeras» determinó el triunfo de Olaya Herrera en 1930 y que durante los dieciséis años siguientes las persecuciones contra los conservadores fueron continuas. La hoy olvidada «masacre de Gachetá» es un ejemplo.

El segundo periodo de López Pumarejo terminó abruptamente en medio de graves escándalos de corrupción, hoy olvidados, y la división del partido liberal favoreció el triunfo conservador, como es bien sabido. En contra de la casta de ladrones se había levantado un ambicioso abogado de verbo encendido que se había doctorado en Roma con Enrico Ferri, uno de los más conspicuos ideólogos del fascismo. Gaitán no tenía una marcada obsesión anticomunista porque el comunismo tenía poco peso en el país, ni católica o afín al Eje, como el fascismo español, porque eso ya lo hacía el Partido Conservador, pero era el típico caudillo «nacionalpopulista», que floreció en esa época en medio mundo.

La afinidad de la «oligarquía» del Partido Liberal y los comunistas se acentuó durante los gobiernos conservadores que siguieron, y fue el dinero soviético y el fanatismo marxista lo que mantuvo las guerrillas de la época. A pesar de que la mayoría de los jefes de la «república liberal» tomaron parte en el Frente Nacional, Alfonso López Michelsen, el principal heredero, se levantó y formó un nuevo movimiento, el MRL, que tuvo parte en la fundación tanto de las FARC como del ELN. Y cuando terminó el Frente Nacional, a pesar de que López había sido ministro del gobierno de Lleras, los cachorros de las demás familias, como el propio Samper Pizano, fundaron el M-19 antes de su acceso a la presidencia.

Es peligroso caer en la simplificación de una lucha entre liberales y conservadores a la cual traducir la necedad de la izquierda y la derecha o los buenos y los malos. Samper y los suyos son «liberales» porque su partido se llama así a raíz de su oposición con los conservadores, una característica de la «república liberal» fue la intervención estatal en la economía, siguiendo la moda socialista de la época, lo cual es lo contrario de cualquier ideario liberal. Y lo mismo ha ocurrido con todos los gobiernos dominados por ellos. De hecho, ese partido forma parte de la Internacional Socialista.

La dependencia de esas castas de la Komintern, después de los comunistas locales, financiados por los soviéticos, después del régimen cubano y finalmente del narcotráfico es ahora peor que nunca, aunque también es mayor que nunca el dominio de ese contubernio sobre el Estado. Quienes se preguntan qué ocurrirá con la presidencia de Petro tienen toda la razón en temer que se convierta en una dictadura abierta como en Cuba, Nicaragua, Venezuela y ahora Bolivia, aunque en ella se mantendrá el dominio de esos clanes, dueños sempiternos del país (el patriarca de la familia López era un criollo que fungía de sastre del virrey). La llamada de Samper Pizano a preparar la sucesión tiene que ver con ese plan, pero el dominio comunista siempre termina en una dictadura sanguinaria, y cuando los cubanos tengan asegurado el control podrían prescindir de quienes les entregaron el país.

De modo que suponiendo que Petro y algún sucesor de su banda permanezcan hasta 2030 habrá pasado un siglo en el que sesenta años habrán dominado el ejecutivo esas familias, sin contar que gobiernos como los de Belisario Betancur y Andrés Pastrana fueron complacientes con las guerrillas comunistas o que el de Iván Duque depende de Juan Manuel Santos. Lo cual es poca cosa ante otro hecho más grave: que ningún gobierno posterior a 1991 ha cuestionado la Constitución impuesta entonces. Bah, casi ningún ciudadano, ya la firmó el heredero del conservatismo y la defienden todos los que temen que Petro la cambie, como si no fuera el modelo de las que intentan imponer en Chile y Perú.

Las momias del nuevo gobierno son parte de esa vieja manguala de asesinos y desfalcadores, con un guerrillero en el poder el saqueo se agravará, y también las dificultades económicas para la mayoría, ya evidentes con la subida del dólar, pero no será un cambio sino el dominio total de la misma mafia de siempre.

(Publicado en el portal IFM el 7 de julio de 2022.)