(Publicado en el portal IFM el 21 de octubre de 2022.)
miércoles, noviembre 16, 2022
La hora de la reforma urbana
(Publicado en el portal IFM el 21 de octubre de 2022.)
domingo, noviembre 06, 2022
Identidades
Ciertas palabras, como identidad, obran como fetiches cuyo sentido todo el mundo cree entender pero en realidad nadie podría definir. La identidad es un rótulo que se pone a las personas y que éstas aceptan porque así forman parte de un grupo y eso en algunos casos parece que las alivia de su dispersión, aislamiento y desorientación.
(Publicado en el portal IFM el 14 de octubre de 2022.)
martes, noviembre 01, 2022
El síndrome de Laputa
Se trata en efecto de un testimonio contra la humanidad, la Liliput que encuentra el marino en su primer viaje es una caricatura de una corte europea con toda su pompa y solemnidad, que a ojos ajenos resulta grotesca y lamentable. En el segundo viaje, Gulliver llega a un lugar habitado por seres al lado de los cuales el liliputiense es él, cuyo rey lo adopta hasta que lo oye sugerirle que use pólvora en la guerra con sus vecinos. ¿Cómo un ser tan ínfimo podía concebir algo tan monstruoso?
En el tercer viaje el marino llega a Laputa, que es una isla flotante cuyos habitantes dominan al país que tienen debajo, y después a otros destinos igual de fantásticos. En el cuarto llega a un país en el que los que hablan y razonan son los caballos y en el que lo reconocen como un “yahoo” (de ahí viene el nombre de la famosa compañía de internet), una especie de alimañas despreciables que se ven en el país. Los desconcierta que un yahoo hable y use vestidos, y se sorprenden de lo que les cuenta Gulliver sobre nuestro mundo.
Conviene aclarar que tanto “Liliput” como “Laputa” tienen que ver con el sentido de la palabra española puta. Ambos lugares son representativos de la humanidad y del horror que representaba para Swift. En el caso de la isla flotante, que es el que quiero evocar para el tema de este artículo, se trata de una metáfora del gobierno y de lo que significa para la sociedad a la que somete. Gracias a un elemento magnético, la isla se mantiene por encima del país y lo explota mediante impuestos. Sus gentes son ajenas a cualquier consideración práctica, sólo tienen interés por las matemáticas y la música, y por las intrigas del poder.
A pesar de ser una obra publicada en 1726, el relato de Laputa anticipa en gran medida el socialismo. Cuando Gulliver baja al país sometido se entera de que ciertas ideas que se han impuesto desde la isla flotante han impedido a los habitantes disfrutar de cualquier prosperidad, pues se debe hacer lo que se decide arriba, cosa que conoce bien cualquiera que haya leído sobre la historia del comunismo en el antiguo Imperio ruso y en sus colonias. Pero, como ya he señalado, Laputa es una metáfora del gobierno, por una parte algo necesario, pero siempre expuesto a caer en manos de intereses particulares lesivos para los demás.
Lo anterior se agrava cuanto más lejos esté el gobierno del control del ciudadano, que se ve sometido a leyes y disposiciones que no ha escogido ni puede cambiar y que se toman atendiendo a la agenda de camarillas de intrigantes con planes de dominación a menudo bastante siniestros. Por eso las sociedades de los últimos siglos han prosperado menos cuanto mayor fuera el control de una autoridad central.
En el siglo XX el poder del Estado y sus desvaríos llegaron a extremos espantosos, ya antes de la Revolución rusa los franceses, alemanes, británicos, turcos y rusos se vieron forzados a matar y morir en una guerra por intereses de élites que decidían por ellos, de modo que para conciliar esos intereses y limitar esos conflictos se pensó en crear una organización que de algún modo fuera el germen de un gobierno mundial. Así surgió la Sociedad de Naciones, que sirvió de muy poco para impedir la continuación de esa guerra monstruosa. Después de 1945 se creó una nueva organización, a la que pertenecen casi todos los países del mundo, representados por sus gobiernos, y con muchas agencias dedicadas a atender diversos frentes.
Lo malo es que esa organización, a pesar de su limitado poder, representa a los gobiernos, la mayoría de los cuales no son democracias, de modo que Pol Pot, Sadam Husein o Fidel Castro han enviado a sus delegados a representar a sus víctimas. ¿Qué autoridad moral tiene la ONU para tomar decisiones que afectan a las personas en cualquier lugar del mundo?
Si Colombia no fuera el país de los sinsentidos (nadie ha sido capaz de explicar, por ejemplo, cuál es el delito que cometió la señora racista que ofendió a la vicepresidenta) todo el mundo recordaría que durante al menos cuarenta años la ONU y sus agencias han promovido abiertamente a las bandas de asesinos comunistas. ¿Nadie recuerda la negociación del Caguán con los representantes de la organización, Egeland y Lemoyne, presionando al gobierno de Pastrana para que premiara las masacres que cometían cada día espoleados por los citados señores?
Ese secuestro de esas entidades por agendas particulares se hace patente en la llamada Agenda 20-30 y en muchas actitudes de los “globalistas” que controlan esas instituciones. Y esa especie de conjura global de propaganda “woke” e intereses espurios es una de las mayores amenazas que afronta la humanidad hoy en día. La alta burocracia global es uno de los frentes, junto a los medios, las universidades, las grandes compañías de internet y los partidos totalitarios, de esa conjura que amenaza la libertad en todas partes con su ingeniería social delirante y opresora.
Por desgracia, la respuesta predominante es el patriotismo, que sin remedio comporta la exaltación de la masa de cualquier país que se va convenciendo de ser mejor que el vecino y que reacciona violentamente ante cualquier agravio. No es raro que la mayoría de los patriotas y consumidores de teorías de conspiración hayan visto en el tirano imperialista ruso una especie de salvador que hace frente a los “globalistas” y endereza el mundo.
En ese ensueño “multipatriótico” (porque cada patriota terminaría siendo hostil con el antiglobalista del país vecino) basta con que cada uno se encierre en su país para que deje de haber problemas globales, de los que ni siquiera hay que hablar porque todos son puros inventos de los “globalistas” (que son el espejo de los patriotas, tal como ocurre con la izquierda y la derecha).
La cuestión del gobierno mundial es la misma que la del gobierno nacional: ¿cuánto poder tiene el Estado y hasta qué punto puede determinar el ciudadano concreto su rumbo? No es sólo que haya democracia representativa, pues a fin de cuentas Chávez contó con mayorías abrumadoras, sino que la gente sea dueña de su vida (no para negarse a usar mascarillas ni a quedarse en casa, como querían los exaltados antiglobalistas) y las instituciones estén sólo para coordinar los intereses diversos de la sociedad. La fiebre “gretinista” de las élites actuales (la niña autista, cuya peripecia extrañamente interesó a los medios y así a los ciudadanos en todo el mundo, es miembro de importantes academias) no es tan diferente de los abusos del “gamonal” de una aldea, o de los parásitos de la isla de Swift, y poco se avanzará con el ensueño de Estados-nación a los que los ciudadanos adoran, que ya fue una pesadilla de los siglos anteriores, por mucho que en el ensueño pueril de los patriotas esas patrias no vayan a ser el origen de guerras y destrucción.
(Publicado en el portal IFM el 7 de octubre de 2022.)
martes, octubre 25, 2022
La fracasada guerra contra las drogas
El discurso de Petro en la ONU dio lugar a muchas críticas que circularon por las redes sociales, así me llegó un video en el que Enrique Peñalosa da su opinión al respecto. Las primeras frases de ese video ya disuaden de interesarse por el resto: dice que Petro tiene razón en señalar el completo fracaso de la guerra contra las drogas.
(Publicado en el portal IFM el 30 de septiembre de 2022.)
viernes, octubre 21, 2022
El país de las gentes crueles
(Publicado en el portal IFM el 23 de septiembre de 2022.)
miércoles, octubre 12, 2022
El olvido de la memoria
La conjura totalitaria, lo que se conoce como socialismo, «progresismo» o «izquierda», es una amenaza feroz contra la humanización, un retroceso a la esclavitud y una forma de opresión que echa a perder todo lo que se consiguió en los siglos de esplendor de Europa, desde el Renacimiento. No es raro que tenga como aliados a poderes retrógrados como el clero iraní, la agresiva autocracia rusa, el liberticida régimen chino y muchos otros, incluidas las organizaciones de narcotraficantes que dominan a casi toda Sudamérica.
Un ámbito que permite ver con claridad lo anterior es el de la educación. En España, el gobierno socialcomunista impuso una nueva ley educativa cuyo objetivo declarado es quitar peso a la memoria en la instrucción y reducir las barreras que condenan a muchos estudiantes al abandono o a repetir curso. Sus objetivos declarados son aumentar las oportunidades educativas y formativas de toda la población, contribuir a la mejora de los resultados educativos del alumnado y satisfacer la demanda generalizada de una educación de calidad para todos. La forma que encuentra de satisfacer la demanda y aumentar las oportunidades es mejorar los resultados educativos del alumnado.
Esa «mejora» no debe entenderse como que las personas vayan a saber más sino que se les facilitará obtener resultados satisfactorios. Es decir, se rebaja la exigencia académica, es decir, se impide que la gente aprenda porque si el resultado de esforzarse es el mismo que el de no esforzarse pues nadie se esforzará. Y sin esforzarse es imposible acceder a conocimientos complejos como los que demanda el mundo moderno. El interesado en los efectos de esa mentalidad en España puede orientarse con este artículo de Arturo Pérez-Reverte. https://www.zendalibros.com/perez-reverte-ahora-somos-un-pais-de-genios/
Esa degradación de la tarea educativa está ligada al proyecto totalitario desde siempre y en Hispanoamérica tiene un camino más sencillo porque la forma de vida de la sociedad colonial nunca ha desaparecido. Lo que llaman educación es en realidad una nueva evangelización, es decir, adoctrinamiento, inoculación de propaganda: lo que se pretendía en el siglo xvi no era que los indios aprendieran matemáticas sino que creyeran, so pena de graves consecuencias, en la religión verdadera. En Colombia los jóvenes que ingresan en la universidad no pueden escribir una línea completa sin graves errores de ortografía pero ya van pertrechados del preceptivo odio a Uribe.
¿De qué forma una sociedad se entrega a esa clase de degradación? Lo explicó Ortega y Gasset refiriéndose a la decadencia de Roma: el Estado, la máquina creada para servir a la sociedad, se apropia de todo y la sociedad termina sirviéndole, y la casta que lo domina se interesa exclusivamente por mantener su poder. Por eso todos los que implementan la promoción automática en la escuela evitan que sus hijos «disfruten» de esa ventaja, bien enviándolos a colegios privados en los que sí hay exclusión de los que no aprenden, bien enviándolos a estudiar en el exterior.
La multiplicación de los cupos universitarios o la reducción de los precios —como la indecente matrícula cero del gobierno de Duque, que sólo significa que los sueldos de los profesores y los demás gastos de la educación «superior» no los pagarán los que se benefician de ellos sino todos los demás— van en la misma dirección: millones de personas obtienen un título universitario que es sólo un grado de mamertos, porque o bien consiguen un puesto como profesores recitando la propaganda o bien hacen trabajos ajenos a lo que estudiaron y viven resentidos con el «sistema» que los obliga a trabajar, y siguen así sirviendo a la casta dueña del Estado como víctimas del capitalismo ansiosas de colectivizaciones más drásticas.
Desde hace décadas es mayoritario un rechazo del «aprendizaje memorístico», a veces porque se atribuye la independencia intelectual a factores diferentes a la información con que se cuenta, a veces porque simplemente se odia el conocimiento o la inteligencia y se quiere que los exámenes se puedan aprobar sin poder dar cuenta de que se sabe lo que se pregunta. Es verdad que a veces, aunque es algo de épocas remotas, se daba demasiada importancia a la reproducción de datos sin contexto en niveles en los que la preparación del alumno debería permitirle otras destrezas. Pero sin la memoria no puede haber aprendizaje, y sin evaluación y esfuerzo tampoco. Ya señaló Platón que lo que llamamos saber y aprender no son otra cosa que recordar.
No cabe duda de que la educación de antes se debe adaptar a nuevas realidades ni que medidas como repetir todo un curso por no haber aprendido bien algunas materias pero quizá sí otras conduce a malgastar tiempo, pero esa clase de cosas se podrían discutir si hubiera un consenso sobre el sentido de la educación.
De lo que tratan las políticas «progresistas», como ya se ha dicho, es de la igualdad de resultados, de que para «no dejar atrás» a los que no aprenden se los gradúa a todos. Con eso, por una parte, se impide que los esforzados y talentosos prosperen y resulten rivales de los dueños del Estado, que basan su poder en el voto mayoritario de los que no aprenden nada pero obtienen un reconocimiento que es pura ilusión. Y por otro, se crea una población cuya indigencia intelectual la deja sin defensas frente a la propaganda, como ocurre en Cuba y ocurrió en todos los países comunistas.
A la gente ignorante es fácil convencerla de que poder recitar las capitales de los departamentos o de los países, o las tablas de multiplicar, no sirve para nada y no significa nada, pero es eso que se recuerda de forma automática, y que a menudo se aprende mecánicamente y por repetición, lo que permite al lector entender el contexto de la información que recibe. Una persona que no se sabe las tablas de multiplicar puede averiguar el resultado de cualquier operación con la calculadora del teléfono, pero ¿tiene una noción más precisa de los números o de las cantidades? Yo también puedo traducir con el computador este artículo al coreano pero eso no quiere decir que pueda distinguir una letra de otra. Y de hecho conocer las letras en la propia lengua es un aprendizaje memorístico, repetitivo, mecánico y rutinario porque es difícil que un niño de seis años esté para plantearse el sentido del lenguaje.
Ese desprecio de la memoria tiene un consenso absoluto, todo el mundo suscribe que la educación de antes era peor por centrarse en ella. Lo extraño es que si hubiera que sostener que los jóvenes que llegan a la universidad ahora están mejor formados que los de antes puede que no hubiera tanta unanimidad.
En resumen, lo dicho: el mamerto no puede dar cuenta de las tablas de multiplicar ni de las capitales de los departamentos, pero tiene una profunda convicción de que sabe cómo se debe gobernar un país y a pesar de que ve aumentar la miseria y la violencia, sigue recitando lo que le resultó más fácil aprender porque era sólo halago engañoso, porque su ignorancia es lo que sostiene el poder en la narcocracia.
(Publicado en el portal IFM el 16 de septiembre de 2022.)
jueves, octubre 06, 2022
La fuerza del destino
El nombre de esta ópera de Giusseppe Verdi sirve para ilustrar el rumbo que lleva Colombia hacia una tiranía totalitaria como las que oprimen a Cuba, Venezuela y Nicaragua, y parece que si alguien es consciente del peligro se siente impotente para hacer nada mientras que la inmensa mayoría de los que no quieren ese rumbo se aferran a ilusiones que no tienen fundamento o, peor y aún más frecuente, a la suposición de que alguna fuerza cósmica impedirá lo que todos saben que pasará.
La ilusión más funesta y frecuente es la de que dentro de cuatro años el país se habrá empobrecido y habrá una mayoría de descontentos que elijan a un presidente de signo contrario. Eso no es lo que ocurre en los países que caen en manos de los comunistas, y aun si la mayoría fuera tan grande que no pudieran impedirlo, el control de todos los resortes del poder y sobre todo de la educación y los medios les aseguraría el retorno, como ya ocurrió en Nicaragua y Bolivia. Pero esa mayoría no aparecerá, las elecciones en Colombia no dependen de la opinión de la gente sino de las maquinarias que encauzan la compra de votos.
Esas ilusiones parten de una interpretación incorrecta de los datos de la realidad, que a su vez es el resultado de la indigencia intelectual de la mayoría. Por ejemplo, la idea de que Colombia es un Estado de derecho porque tiene supuestamente división de poderes. Al pensar en eso me resulta imposible no acordarme de los Juegos Olímpicos de Barcelona en 1992, en los que un nadador del equipo de Guinea Ecuatorial no sabía nadar: todos los países parecen iguales porque todos tienen bandera, himno, universidades, cortes de justicia y equipo olímpico. Los miembros de las altas cortes colombianas son simplemente malhechores, rábulas que sirven a la mafia de la cocaína y presentan sus abominaciones como textos jurídicos. Cualquiera que conozca los procesos contra Plazas Vega, Arias Cabrales, Uscátegui, Andrés Felipe Arias y muchos otros lo podrá confirmar. Son magistrados como ese muchacho africano era nadador, lo cual deja la duda de si Alfredo Garavito no habrá pensado en doctorarse en cirugía.
Lo mismo ocurre con las demás instituciones de la supuesta democracia colombiana: Santos fue elegido porque prometía seguir combatiendo a las FARC y en cuanto se posesionó hizo lo contrario de lo que prometía, cosa que para ningún periodista o profesor representa ningún problema. ¿Alguna vez ha ocurrido algo parecido en un país democrático? No, la democracia colombiana es tan democrática como la democracia popular de Rumanía en tiempos de Ceaușescu. Otro ejemplo podría ser el plebiscito de 2016, en el que triunfó el NO pero en realidad triunfó el SÍ porque la voluntad popular no significa nada.
Esa escasa exigencia de los colombianos respecto del sentido de las palabras se extiende a todos los ámbitos, por ejemplo, creen que un filósofo es alguien que tiene un diploma de filosofía, y prácticamente todos los colombianos que lo tienen son tan ignorantes y ajenos al pensamiento como los que dicen que la filosofía es algo inútil.
Luego, plantearse el futuro de Colombia evitando ese destino requiere en primer lugar entender que en Colombia no hay democracia ni Estado de derecho, que la Constitución fue redactada por una Asamblea elegida por menos del 20 % de los posibles votantes, convocada violando la ley y evidentemente controlada por las mafias de la cocaína, sin hablar de que no fue refrendada por una votación popular, como en Chile. De lo cual hay que sacar el corolario de que en realidad no hay mucha gente en el país a la que le importe la democracia ni el Estado de derecho porque cuando uno habla de convocar una constituyente lo miran como si propusiera cerrar las universidades públicas, es decir, algo tan inconcebible como asar a la madre a la brasa y comérsela en brochetas.
Y admitiendo que no hay democracia ni Estado de derecho, queda claro que Petro no es un presidente legítimo: su elección es la coronación de una larga carrera criminal en la que la casta oligárquica (heredera directa de la que dominaba el país antes de la independencia) buscó la alianza con los regímenes soviético y cubano, alianza que dio lugar a las guerrillas comunistas, premiadas por los sucesivos gobiernos y dueñas del poder judicial y las universidades. La elección de Petro, a pesar de todo eso, no deriva de una votación libre sino de la compra de votos y aun del fraude, como debería intentar demostrarse al menos ante el público, porque las autoridades que lo podrían evaluar son las mismas que lo cometieron.
La democracia y el Estado de derecho no van a llegar sin una larga lucha por implantarlos, para lo cual hace falta que haya gente que crea en ellos, pero eso se daría en otro plano de la conciencia, ya que ¡todos aman la democracia y el Estado de derecho! Hay que descender a un plano en el que las palabras significan algo, en el que la persona ha madurado lo suficiente para concebir que algo es verdad y no el rótulo que se le pone, como el nadador ecuatoguineano o los magistrados o filósofos colombianos. Habrá democracia y Estado de derecho cuando sea abolida la Constitución de 1991 y sea juzgado el comunismo con todos sus cómplices así como los procesos de paz.
Pero la fuerza necesaria para imponer esas ideas no existe y por tanto la implantación de la misma tiranía que oprime a Cuba Venezuela y Nicaragua es un destino inexorable. La supuesta oposición que ejerce el CD, basada en la aceptación de que hay democracia y Estado de derecho y que por tanto las cortes de justicia —y hasta la JEP y la Comisión de la Verdad— son legítimas, es en realidad reconocimiento al régimen. Discusión sobre lo accesorio que se va volviendo una farsa incentivada para asegurar la continuidad del statu quo.
Pero las cosas son lo que son, el gobierno de Petro es la dominación de una vasta organización criminal y sus efectos son opresión, miseria y violencia para los ciudadanos. De ahí se debe partir para hacerle frente, aunque esa lucha deba emprenderse por muchas décadas. Por una parte, es necesaria la pedagogía para que la gente entienda de qué se trata, por la otra, hay que hacer un gran esfuerzo para denunciar ante los jueces estadounidenses que se ocupan del narcotráfico a los políticos y funcionarios colombianos ligados a esas tramas —como es el caso de Piedad Córdoba—, publicando información obtenida en Colombia y aportándola a los procesos.
Si hay algo fascinante es la incapacidad de los colombianos acomodados de gastar por ejemplo cien dólares en apoyar una tarea como ésa —que podrían llevar a cabo inmigrantes colombianos en ese país— pensando en los cientos de miles o millones de dólares de pérdidas que el colapso del país les ocasionará. En esa mezquindad y en esa ruina segura se puede detectar lo que señalé al principio: la fuerza del destino. Realmente no se hará nada, el que no emigre se acomodará, y la gente sólo intentará sobrevivir, como ya ocurre en los países sometidos.
(Publicado en el portal IFM el 9 de septiembre de 2022.)
sábado, octubre 01, 2022
La secta de Karl Marx
Tras la conquista de Venezuela y de su fabulosa riqueza petrolífera, el control del narcotráfico y la fundación del Foro de Sao Paulo, hechos que permitieron el triunfo de Lula da Silva y otros personajes similares en varios países de la región, el marxismo volvió a ser actualidad, en gran medida porque esa doctrina del siglo xix sirve a los nuevos dominadores (meros bandidos parecidos a los guerrilleros y magistrados colombianos, como de hecho lo fueron los líderes de todos los regímenes comunistas del siglo pasado) como cosmogonía que se impone sobre las restricciones morales y por eso resulta una tecnología de dominación muy eficaz.
Conviene detenerse en el personaje de Marx para entender su doctrina y lo que implica. Por desgracia, la inmensa mayoría de los colombianos que no comparten las ideas comunistas lo conciben como un demonio todopoderoso que trajo la maldad más perfecta a un mundo que hasta entonces parecía equilibrado.
Marx procedía de una próspera familia de origen judío convertida al protestantismo, lo que ha animado toda clase de habladurías antisemitas. Un primo suyo fue el patriarca de la empresa Philips. Estudió Filosofía en Berlín, donde había enseñado Hegel unas décadas antes y aún se sentía su influencia. La ambición del joven filósofo lo llevó a querer corregir al maestro adaptando su dialéctica al «materialismo» que habían desarrollado otros pensadores del mismo ambiente. Al emigrar a París estableció relaciones con diversos teóricos socialistas y se interesó por la economía política de Adam Smith y David Ricardo.
Ésas son las «tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo», a que aludía Lenin en un texto famoso. A grandes rasgos —según lo explicado en el Manifiesto del partido comunista, encargado por la Liga de los Comunistas, que era antes un grupo cristiano—, la teoría marxista afirma que la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases, que ha pasado por diversas fases desde el comunismo primitivo hasta el capitalismo, que será superado por una nueva sociedad en la que no habrá clases ni Estado (pues éste es un aparato de dominación).
La adaptación que hace Marx de la economía política deja ver las limitaciones de su profesión de filósofo y a la vez su ambición. Parece que ve el mundo del trabajo como los señoritos comunistas colombianos de hace cincuenta años veían a los obreros, material rosado o marrón embutido dentro de un overol, abstracciones ciegas y sordas a la realidad. Según la teoría de la plusvalía, la ganancia del capitalista equivale a las horas que no paga a los trabajadores, siendo que la labor de todos estos vale lo mismo, tanto la del que diseña un zapato como la del que carga los materiales. Es un desarrollo teórico de ideas de Ricardo, que esquematiza hasta hacerlas grotescas. Cualquiera que conozca una fábrica o siquiera un taller podrá comprobar lo disparatado de todo eso.
A pesar de su fama, Marx tiende a simplificaciones más bien burdas y falaces. El hecho de que un grupo de personas posean los «medios de producción» se atribuye a que despojaron de ellos al resto de la sociedad, lo cual es una idea muy tonta: todo el mundo sabe que las máquinas se las inventa alguien y se fabrican con la inversión de alguien. El procedimiento de concebirlas como propiedad de toda la humanidad es un recurso demagógico que define la doctrina marxista y se reproduce en toda la propaganda. El origen del capital, la «acumulación originaria» se atribuye en el caso inglés a un supuesto despojo de tierras que llevaron a cabo algunos aristócratas en el siglo xvii, cosa también absurda porque todo el mundo ha visto gente que se ha enriquecido partiendo casi de cero, gracias a decisiones acertadas y productos que gustan al público.
Tan ajeno es Marx al mundo del trabajo, tan llena de charlatanería profesoral es su doctrina, que no vacila en imaginar un mundo futuro en el que el trabajo «no sea simplemente un medio de vida sino la primera necesidad vital» (es decir, que pudiendo la gente quedarse retozando todo el día y disfrutando de manjares y bebidas, tiene un impulso espiritual superior que la lleva a levantarse a limpiar las alcantarillas). Cuando «corran a chorro los manantiales de la riqueza colectiva […] la sociedad podrá escribir en sus banderas “De cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades”».
Se suele concebir el comunismo como un régimen de despojo y terror a manos de bandas de conspiradores y demagogos que se apropian de todo, y que casi siempre son meros malhechores sin escrúpulos, ansiosos como todo el mundo de riquezas, mando y prestigio. Eso se da porque la revolución socialista es como una operación de conquista; para entender esto basta ponerse en el lugar de los aborígenes americanos antes del siglo xvi. Esa conquista no necesitaría del marxismo, ya había ocurrido con la Revolución francesa, cuyo ejemplo inflamaba muchas cabecitas en todo el siglo xix. Esa subversión y esa tiranía son casi comprensibles y casi corrientes, baste ver la facilidad con que la mayoría de la gente saquea las tiendas si tiene la certeza de quedar impune; por ejemplo, ocurrió en el nazismo, aunque entonces las víctimas directas del despojo y el exterminio eran una minoría étnica.
Lo interesante del marxismo, lo que hace que mucha gente lo haya seguido «de buena fe» y se haya ilusionado con él, es el paraíso en que concluiría la historia de la humanidad dividida en clases. Ese ensueño va más allá de la envidia y el resentimiento, que son pura maldad reactiva, pues para convertirse en mártires, como lo fueron muchos por el ideal comunista, hace falta algo más que concupiscencia. Y sin duda conviene detenerse a pensar en lo que es realmente: ¿cómo será la vida cuando cada uno reciba según sus necesidades y aporte según sus capacidades? ¿Quién evaluará cuáles son esas necesidades y esas capacidades? ¿De qué modo querrán todos trabajar placenteramente para aportar a la riqueza colectiva?
Lo entendí viendo en el canal AMC Crime reportajes sobre sectas «destructivas», que funcionan con base en la supresión de la individualidad. El «hombre nuevo» de la sociedad comunista es el miembro de una secta que ha renunciado a sus fines individuales y termina suprimiendo hasta el instinto de supervivencia. La sociedad sin clases es la sociedad sin individuos libres, conclusión a la que también se podría llegar entendiendo que la libertad individual y la propiedad privada son lo mismo.
Para resumir, la teoría económica de Marx sólo es retórica profesoral, nadie ha contribuido al «avance de las fuerzas productivas» con ella, su proyecto redentor conduce a una vida animalizada y su filosofía es pura charlatanería de líder de secta.
(Publicado en el portal IFM el 2 de septiembre de 2022.)
martes, septiembre 27, 2022
Redimir a Colombia
Petro es un personaje sin mayor relieve en el conjunto de la conjura totalitaria. Su descaro y tal vez su capacidad de despertar atención entre cierto público debió de llamar la atención de los Santos o los Samper o de algún otro oligarca de los que publicaban en los setenta la revista Alternativa, de modo que le consiguieron una beca en la exclusiva Universidad Externado de Colombia. Esa circunstancia se suele pasar por alto, pero en definitiva fue Juan Manuel Santos el que lo hizo alcalde de Bogotá.
De modo que no parece muy probable que Petro vaya a intentar quedarse cuando desde ahora se ve el desastre que será su gobierno y el descontento que generarán el empobrecimiento y la multiplicación de la violencia. Esa clase de cambios legales son peligrosos para la estabilidad del sistema, y ni el régimen cubano ni sus socios iraníes y quizá chinos ni el clan oligárquico y ni siquiera el partido comunista y las demás sectas totalitarias tienen nada que ganar sosteniendo a un tirano al que la gente odia.
La principal misión del gobierno de Petro es alcanzar para sus mentores el control total del Estado, particularmente de las fuerzas armadas y la policía, a las que se someterá a toda clase de persecuciones y sobornos hasta que sean órganos del poder comunista, tal como ya ocurre en Venezuela. También la protección de la industria de la cocaína, de la que dependen los regímenes afines de Venezuela y Centroamérica, y en realidad también de Perú y Bolivia. Las señales son inequívocas.
Otro objetivo de primer orden para el narcogobierno es la propaganda, para la que ya se dispuso el adoctrinamiento escolar con el infame discurso legitimador de la «Comisión de la Verdad», que pronto será parte de la identidad de los colombianos, tal como el cristianismo lo fue para los aborígenes al cabo de pocas décadas de la Conquista, o como los patriotas de ocho generaciones han aplaudido con fervor los asesinatos de españoles llevados a cabo por Bolívar y Santander.
De modo que con un corpus legal favorable a sus intereses, un poder judicial totalmente copado, unas fuerzas armadas sometidas y dirigidas por subalternos de los jefes terroristas, unos medios de comunicación dependientes de la pauta pública e intimidados, un sistema educativo cuya tarea es la peor propaganda, unas empresas públicas en manos del hampa, un narcotráfico a pleno rendimiento y a través de él controlado el resto de la economía, pueden pensar incluso en la alternancia.
Por ejemplo, el continuismo petrista podría venir de algún político joven emparentado casualmente con los Samper, los López, los Santos o incluso los Lleras. De modo que por muy grande que sea el descontento, a la hora de la verdad los votos de las regiones apartadas son casi unánimes en apoyo al candidato oficialista y en las ciudades se movilizan las clientelas o las gentes cooptadas a punta de caricias que creen que los que no se permiten sus prácticas íntimas los han estado oprimiendo.
Incluso podría ganar las elecciones un candidato uribista. Todo se hizo muy mal y ninguno de los candidatos tenía atractivo para ganar unas elecciones, pero se podría suponer que en 2026 habrá un descontento muy grande y la gente votará mayoritariamente por un candidato «de derecha», como Miguel Uribe, por nombrar a uno posible. ¿Nadie recuerda a Óscar Iván Zuluaga y Federico Gutiérrez declarando que respetarían lo negociado con las FARC? Un presidente uribista en un país totalmente dominado por los comunistas sería aún más blando que Duque, y sencillamente sería una pausa para el retorno de los comunistas con algún líder más sólido y más joven que Petro, como ya ocurrió en Nicaragua y Bolivia.
Y el cambio constitucional resulta aún más absurdo: para poderlo imponer necesitan cierta legitimidad, que es alguna clase de apoyo popular. ¿Cómo evitarían que el descontento terminara llevando a una constitución menos favorable a sus intereses que la del 91? Y sobre todo, ¿para qué van a cambiar la norma que impusieron por una asamblea elegida por menos del 20% del censo electoral en medio de graves atentados terroristas? Las constituciones que intentan implantar en Chile y Perú son equivalentes a ese engendro.
Pero los colombianos han adoptado esa situación como irrevocable y ni siquiera sueñan con tener un país decente, ordenado, tranquilo, próspero, cohesionado y justo. Como una familia de delincuentes, ya ven a los de vida normal como privilegiados a los que sería imposible asimilarse, y ni se imaginan que un día no hay narcotráfico ni jueces comunistas ni bandas de asesinos imponiendo las leyes ni centros educativos dedicados a la propaganda del crimen. Esa realidad ya forma parte de la identidad de los colombianos.
Si alguien quisiera otra cosa no debería inquietarse por el dudoso intento de Petro de quedarse en el gobierno sino por la ausencia de alternativa. Para tener otro país habría que empezar por plantearse si los procesos de paz con las guerrillas son legales, legítimos o democráticos. Como es evidente que no lo son, habrá que plantearse desautorizarlos completamente y deslegitimar sus efectos. Abrir un juicio contra los comunistas que incluya todas sus actuaciones desde la primera mitad del siglo pasado.
También habría que plantearse si la Constitución de 1991 es legal, toda vez que se implantó violando la ley y para complacer a los jefes del narcotráfico que no querían ser extraditados y a los estudiantes comunistas que habían forzado la "séptima papeleta" en las elecciones de 1990. Un plebiscito con ese fin se podría convocar y de ahí surgiría la necesidad de convocar una Constituyente verdaderamente democrática con una propuesta que permitiera rechazar la opresión comunista en la norma fundamental.
Y respecto del narcotráfico habría que proceder con el mismo rigor: cualquier persona que tome parte en el cultivo comercial de coca o en la producción o el tráfico de cocaína debería pagar cárcel y para hacer cumplir la ley se dedicarían grandes recursos y se harían grandes esfuerzos. Sencillamente, esa actividad delictiva debe erradicarse y todos los que toman parte en ella deben pagar penas severas como cualquier otro violador de la ley.
Todo eso es muy fácil de decir y muy difícil de hacer, pero ¿alguien cree seriamente que sin eso va a florecer Colombia como un país normal? ¿Alguien entiende que el narcotráfico corrompe todas las instancias de la vida nacional? ¿Alguien se ha dado cuenta de que después de la multiplicación de la producción de cocaína durante el «juhampato», no se redujo en absoluto durante los cuatro años de Duque?
La oposición es un componente necesario de la farsa de democracia que hay en Colombia. Lloriquea y discute en el Congreso y hasta tiene protagonismo en los medios de comunicación, pero no tiene los fines aquí expuestos. Los congresistas tienen sueldos fabulosos y seguramente ingresos irregulares relacionados con su actividad, la continuidad del petrismo no afecta a sus intereses particulares. Si se trata del CD, es algo claro: nunca se opuso al acuerdo de La Habana.
Pero eso corresponde a la disposición de la mayoría de los ciudadanos: ¿cuántos quieren realmente cambiar el país para que todo lo impuesto por los comunistas en cuatro décadas de negociaciones de paz deje de tener validez? ¿Y el esfuerzo ingente que demandaría un combate real al narcotráfico? Cuando el plebiscito de 2016 el NO se impuso por un margen pequeño respecto del SÍ, y la votación estuvo muy por debajo de la mitad del censo. Uribe y sus partidarios entendieron el triunfo del NO como una votación por ellos, mientras que muchos vieron su complacencia como una traición.
Uribe tenía razón en una cosa: la mayoría de los votos por el NO eran votos por él. De otro modo habría habido una poderosa tendencia de rechazo al acuerdo de La Habana. No la hubo, baste ver los resultados de todas las elecciones de este año. Ningún candidato, ni siquiera al Congreso, era partidario de no reconocer ese acuerdo. Los colombianos han asimilado la paz y la Constitución del 91 y no tienen el menor interés en vivir de otra manera.
Woody Allen cuenta en una película que un hombre va al médico y le comenta que su hermano cree ser una gallina. «¿Por qué no lo mete en un manicomio?» «Lo haría, pero necesito los huevos». Los colombianos obtienen de muy diversas maneras réditos del narcotráfico y el hecho de combatirlo en serio les plantearía muchos problemas, que es el mismo caso de cualquier persona que delinque o se prostituye.
(Publicado en el portal IFM el 26 de agosto de 2022.)
jueves, septiembre 22, 2022
Todo lo que les dan a los indios
A la hora de explicar las causas del éxito de la propaganda comunista en Iberoamérica prácticamente nadie diría que se debe a que encaja en un orden social antiguo que constituye la base de nuestras sociedades. Por el contrario, casi todos los contradictores de esa propaganda consideran que la revolución es un trastorno que viene a cambiar una situación que no era tan mala y no faltan los que la justifican en la corrupción de los gobiernos anteriores, como si esas condiciones morales de los gobernantes fueran el fruto de algún capricho de una deidad y no el modo de vida de siempre, y como si la tiranía comunista viniera a traer menos latrocinios y abusos.
Ese anclaje en el orden antiguo de la hoy triunfante ideología se evidencia en las disposiciones relativas a los pueblos amerindios de la Constitución Política de Colombia de 1991, que fue una imposición de un gobierno aliado del narcotráfico y la guerrilla comunista del M-19, la cual obtenía ese logro a cambio de su desmovilización. Un avance del proyecto totalitario recién fundado por Lula da Silva y Fidel Castro para resistir al retroceso del comunismo en Europa.
De lo que se trata es de mantener el orden de castas colonial y a una parte de población desprovista de una ciudadanía plena, debido a que no forma parte del conjunto social sino de otras comunidades a las que se «protege» en sus especificidades, según el discurso oficial. En la realidad esos ciudadanos de segunda son meros esclavos de los dueños del Estado, que combinan la dialéctica del palo y la zanahoria, aunque el palo lo reciben los pobladores, amenazados por los narcotraficantes y guerrilleros, valga la redundancia, y la zanahoria es sólo para los jefes de las comunidades, meros capataces de la mafia.
De modo que cuando se habla de las hectáreas que poseen los indios y que se les conceden habría que pensar en la vasta corporación de parásitos dueños del Estado y en las ONG que hacen de intermediarias entre las bandas de asesinos y narcotraficantes y los que controlan en el terreno a las comunidades. Esas hectáreas que se sustraen a la agricultura y a la ganadería no van a beneficiar a los pobladores sino a servir para la industria de la cocaína, que es el fundamento de los regímenes totalitarios de la región, como es bien sabido con el caso venezolano.
Pero al final todo lleva a la visión de la mayoría de los ciudadanos: todas las protestas que he leído en Twitter van acompañadas de hostilidad racista contra una parte de la población tradicionalmente excluida. Parece que la inmensa mayoría de los colombianos encuentran un motivo de orgullo en ostentar desprecio por estos compatriotas y asocian el tener ese origen étnico con los desmanes de los matones asociados a los guerrilleros («guardia indígena»). Así se favorece la labor de la mafia reinante que intenta enfrentar a los indios con los demás colombianos. Esa hostilidad recuerda a la misoginia con que muchos replican al feminismo, como si esta propaganda totalitaria favoreciera realmente a las mujeres.
Poco contribuye a reducir esa hostilidad la corrección política, manifiesta por ejemplo en la reticencia a llamarlos «indios», como los llamaron los conquistadores españoles después de que los viajes de Colón tuvieran por objeto llegar a la India. Debido a que por el racismo tradicional «indio» ha llegado a ser un insulto, se ha generalizado llamarlos «indígenas», para no ofenderlos, tal como los que dicen «afroamericano» o «moreno» para aludir a los negros. Lo que se evidencia en esa manía es la persistencia del racismo como rasgo ideológico predominante, y en fin lo que hace que los narcotraficantes que explotan a las comunidades puedan mantener su ventaja: realmente la mayoría no ve problema en la persistencia del viejo orden de castas, sólo en el inconveniente de no contarse entre los favorecidos. Indígena es un término de origen latino presente en todas las lenguas de Europa occidental con el mismo sentido de «natural del país», el alemán es el indígena en Alemania y el chino en China.
Los indios son las principales víctimas del orden reinante, son la mano de obra barata de los narcocultivos, tal como lo eran de las industrias milagrosas de la época colonial, como la quina. Quien pensara en su redención no debería quejarse de que se les concedan hectáreas sino que esto no se haga a favor de cada familia o de cada individuo, sino de unas organizaciones que sólo son las instituciones de la esclavitud. ¿Que esas tierras serían más productivas en otras manos? Quizá, pero nadie debería impedir al indio propietario asociarse con emprendedores o venderles sus tierras. O mejor, intentar prosperar como cualquier otro ciudadano favorecido por una reforma agraria efectuada sobre terrenos que ahora están en manos de redes criminales.
(Publicado en el portal IFM el 19 de agosto de 2022.)