domingo, noviembre 06, 2022

Identidades

Ciertas palabras, como identidad, obran como fetiches cuyo sentido todo el mundo cree entender pero en realidad nadie podría definir. La identidad es un rótulo que se pone a las personas y que éstas aceptan porque así forman parte de un grupo y eso en algunos casos parece que las alivia de su dispersión, aislamiento y desorientación.

En lo que puede aproximarse a esos rótulos, las definiciones que da el diccionario normativo de «identidad» son éstas: «2. f. Conjunto de rasgos propios de un individuo o de una colectividad que los caracterizan frente a los demás» y «3. f. Conciencia que una persona o colectividad tiene de ser ella misma y distinta a las demás». En esa distinción se basan las políticas de identidad que marcan el discurso totalitario del presente siglo.

En su origen hay problemas reales, como el racismo o la tradicional discriminación de la mujer, pero la propaganda reduce la identidad a una pertenencia de esa clase, tal como en otros contextos lo hacen el nacionalismo o la religión. Cuando las personas relegadas por su origen étnico reducen su existencia a una obsesión están por una parte aceptando las definiciones racistas, que no ven en ellas seres humanos diversos y complejos sino que las reducen a un estereotipo.

Esa clase de identidades y la sensación de agravio dan lugar al continuo enfrentamiento en la sociedad con el que los comunistas pretenden continuar el juego ya desgastado de la lucha de clases. Las mujeres son la nueva mayoría a la que buscan mantener en guerra con sus padres, hermanos, hijos, maridos y con el resto de los varones. Según la disponibilidad de la persona a atender al halago de la propaganda, su respuesta a ella va a ser útil para que se expanda el gasto público y los políticos desagraviadores tengan poder. Cuanto más poder alcancen esos políticos, la obsesión por remediar los males del patriarcado se vuelve más y más delirante, como ya ocurre en España con el partido hermano de las FARC, ahora en el gobierno, y como ocurrirá en Colombia con los recursos públicos dedicados a esa propaganda a medida que Petro se afiance en el poder.

A esa tarea de «desagravio» se dedica la actual ingeniería social. Dado que hay una «masa crítica» de personas susceptibles de asimilar la doctrina woke y grandes recursos para financiar la intimidación, además de intereses turbios, se van viendo en los productos de ficción o históricos toda clase de disparates orientados a complacer esa demanda inventada, de ahí que en la serie Troya de la BBC el actor que encarna a Aquiles sea un negro, o que incluso en una serie de Netflix la reina inglesa Ana Bolena sea también negra, o aun que en la serie Vikingos haya una guerrera ansiosa de hacer tríos con su marido y un esclavo, y que mata a un compañero de correrías por violar a una mujer.

El caso de las «personas LGBTI» es aún más chocante, más empobrecedor para la persona que asume la «identidad» y más asentado en falsedades. Todas las grandes tradiciones culturales prohíben las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo y es posible que el peso de ese tabú en la conciencia de la mayoría de los habitantes del Imperio romano influyera de forma determinante en el triunfo del cristianismo. En la tradición de la Iglesia, heredera de las nociones judías, el transgresor era un réprobo, alguien condenado al infierno para la eternidad, y su crimen se consideraba de los más abominables. De ahí viene el que las personas «homosexuales» de los últimos siglos se definan como otro pueblo perseguido con rasgos tan distintos de los demás como el color de la piel o la pertenencia a uno de los dos sexos.

Tal como el machista ve a la mujer como un ser inferior que no podrá aprender matemáticas o el racista ve al negro o al indio como un esclavo sin redención, así el intolerante ve al «homosexual» como un monstruo, percepción en el fondo movida por la envidia. Y en respuesta la mujer renuncia a aprender matemáticas por estar todo el día reivindicando derechos, el negro a emprender y prosperar, por estar esperando la compensación que le darán los redentores, el indio colombiano a ver el mundo más allá del gueto o bantustán en que el golpe de Estado de 1991 encerró a su gente y el gay a ser otra cosa que una persona que se permite placeres que los demás se prohíben y a tener otra vida que su vida sexual.

Porque es lo que pasa con la persona que «sale del armario», que ya nadie la puede ver como alguien más sino que en todo momento tendrá presentes sus prácticas sexuales, a lo que se va reduciendo su persona primero ante los demás y después objetivamente. Cuando la reivindicación y la celebración de la identidad sean las misiones de su vida, y la oferta de gratificación (mucho más difícil para el “heterosexual”) sea continua, será muy difícil esperar cualquier logro de esa persona, salvo una carrera política como representante de su gente. La identidad se vuelve así un recurso por el que las personas empiezan a formar parte de sectas en las que su experiencia vital se degrada.

El transexualismo, que se verá en Colombia cada vez más porque su promoción será una tarea a la que el gobierno narcocomunista dedicará grandes recursos y se hará una tarea central de Fecode, es ya un caso extremo en el que la dominación llega a los niños a partir de un disparate creado por la propaganda. Pero el primer paso de esa dominación es la seducción de las identidades, la supresión de la base de la sociedad liberal, que es el estar fundada sobre individuos libres e iguales.

Esas identidades son trampas de los nuevos tiranos, conviene abrir los ojos sobre su sentido. La disposición de los agraviados profesionales a armar escándalos y persecuciones penales por cualquier motivo es un elemento clave de la dominación de las mentes que se proponen los ingenieros sociales. Es la llamada «corrección política» por la que no compartir las opiniones obligatorias conduce a la «cancelación» y a la persecución penal por «delito de odio». El reciente hostigamiento, encabezado por la propia policía, contra la señora que usó expresiones ofensivas contra la vicepresidenta es un ejemplo de ello: ahora gracias al dudoso triunfo de Petro las opiniones corrientes son delito, y si bien esas opiniones son sin duda condenables, el Estado no está para obligar a la gente a pensar de determinada manera.

(Publicado en el portal IFM el 14 de octubre de 2022.)