martes, noviembre 01, 2022

El síndrome de Laputa

Refiriéndose a Los viajes de Gulliver, Rudyard Kipling dijo alguna vez que Swift había querido levantar un testimonio contra la humanidad y había terminado escribiendo un libro para niños. Y es que por tal se ha tomado ese libro poco leído, del que todo el  mundo conoce la imagen de los liliputienses, muchas veces reproducida en ilustraciones, pero casi nadie puede decir nada más de él.

Se trata en efecto de un testimonio contra la humanidad, la Liliput que encuentra el marino en su primer viaje es una caricatura de una corte europea con toda su pompa y solemnidad, que a ojos ajenos resulta grotesca y lamentable. En el segundo viaje, Gulliver llega a un lugar habitado por seres al lado de los cuales el liliputiense es él, cuyo rey lo adopta hasta que lo oye sugerirle que use pólvora en la guerra con sus vecinos. ¿Cómo un ser tan ínfimo podía concebir algo tan monstruoso?

En el tercer viaje el marino llega a Laputa, que es una isla flotante cuyos habitantes dominan al país que tienen debajo, y después a otros destinos igual de fantásticos. En el cuarto llega a un país en el que los que hablan y razonan son los caballos y en el que lo reconocen como un “yahoo” (de ahí viene el nombre de la famosa compañía de internet), una especie de alimañas despreciables que se ven en el país. Los desconcierta que un yahoo hable y use vestidos, y se sorprenden de lo que les cuenta Gulliver sobre nuestro mundo.

Conviene aclarar que tanto “Liliput” como “Laputa” tienen que ver con el sentido de la palabra española puta. Ambos lugares son representativos de la humanidad y del horror que representaba para Swift. En el caso de la isla flotante, que es el que quiero evocar para el tema de este artículo, se trata de una metáfora del gobierno y de lo que significa para la sociedad a la que somete. Gracias a un elemento magnético, la isla se mantiene por encima del país y lo explota mediante impuestos. Sus gentes son ajenas a cualquier consideración práctica, sólo tienen interés por las matemáticas y la música, y por las intrigas del poder.

A pesar de ser una obra publicada en 1726, el relato de Laputa anticipa en gran medida el socialismo. Cuando Gulliver baja al país sometido se entera de que ciertas ideas que se han impuesto desde la isla flotante han impedido a los habitantes disfrutar de cualquier prosperidad, pues se debe hacer lo que se decide arriba, cosa que conoce bien cualquiera que haya leído sobre la historia del comunismo en el antiguo Imperio ruso y en sus colonias. Pero, como ya he señalado, Laputa es una metáfora del gobierno, por una parte algo necesario, pero siempre expuesto a caer en manos de intereses particulares lesivos para los demás.

Lo anterior se agrava cuanto más lejos esté el gobierno del control del ciudadano, que se ve sometido a leyes y disposiciones que no ha escogido ni puede cambiar y que se toman atendiendo a la agenda de camarillas de intrigantes con planes de dominación a menudo bastante siniestros. Por eso las sociedades de los últimos siglos han prosperado menos cuanto mayor fuera el control de una autoridad central.

En el siglo XX el poder del Estado y sus desvaríos llegaron a extremos espantosos, ya antes de la Revolución rusa los franceses, alemanes, británicos, turcos y rusos se vieron forzados a matar y morir en una guerra por intereses de élites que decidían por ellos, de modo que para conciliar esos intereses y limitar esos conflictos se pensó en crear una organización que de algún modo fuera el germen de un gobierno mundial. Así surgió la Sociedad de Naciones, que sirvió de muy poco para impedir la continuación de esa guerra monstruosa. Después de 1945 se creó una nueva organización, a la que pertenecen casi todos los países del mundo, representados por sus gobiernos, y con muchas agencias dedicadas a atender diversos frentes.

Lo malo es que esa organización, a pesar de su limitado poder, representa a los gobiernos, la mayoría de los cuales no son democracias, de modo que Pol Pot, Sadam Husein o Fidel Castro han enviado a sus delegados a representar a sus víctimas. ¿Qué autoridad moral tiene la ONU para tomar decisiones que afectan a las personas en cualquier lugar del mundo?

Si Colombia no fuera el país de los sinsentidos (nadie ha sido capaz de explicar, por ejemplo, cuál es el delito que cometió la señora racista que ofendió a la vicepresidenta) todo el mundo recordaría que durante al menos cuarenta años la ONU y sus agencias han promovido abiertamente a las bandas de asesinos comunistas. ¿Nadie recuerda la negociación del Caguán con los representantes de la organización, Egeland y Lemoyne, presionando al gobierno de Pastrana para que premiara las masacres que cometían cada día espoleados por los citados señores?

Ese secuestro de esas entidades por agendas particulares se hace patente en la llamada Agenda 20-30 y en muchas actitudes de los “globalistas” que controlan esas instituciones. Y esa especie de conjura global de propaganda “woke” e intereses espurios es una de las mayores amenazas que afronta la humanidad hoy en día. La alta burocracia global es uno de los frentes, junto a los medios, las universidades, las grandes compañías de internet y los partidos totalitarios, de esa conjura que amenaza la libertad en todas partes con su ingeniería social delirante y opresora.

 Por desgracia, la respuesta predominante es el patriotismo, que sin remedio comporta la exaltación de la masa de cualquier país que se va convenciendo de ser mejor que el vecino y que reacciona violentamente ante cualquier agravio. No es raro que la mayoría de los patriotas y consumidores de teorías de conspiración hayan visto en el tirano imperialista ruso una especie de salvador que hace frente a los “globalistas” y endereza el mundo.

 En ese ensueño “multipatriótico” (porque cada patriota terminaría siendo hostil con el antiglobalista del país vecino) basta con que cada uno se encierre en su país para que deje de haber problemas globales, de los que ni siquiera hay que hablar porque todos son puros inventos de los “globalistas” (que son el espejo de los patriotas, tal como ocurre con la izquierda y la derecha).

La cuestión del gobierno mundial es la misma que la del gobierno nacional: ¿cuánto poder tiene el Estado y hasta qué punto puede determinar el ciudadano concreto su rumbo? No es sólo que haya democracia representativa, pues a fin de cuentas Chávez contó con mayorías abrumadoras, sino que la gente sea dueña de su vida (no para negarse a usar mascarillas ni a quedarse en casa, como querían los exaltados antiglobalistas) y las instituciones estén sólo para coordinar los intereses diversos de la sociedad. La fiebre “gretinista” de las élites actuales (la niña autista, cuya peripecia extrañamente interesó a los medios y así a los ciudadanos en todo el mundo, es miembro de importantes academias) no es tan diferente de los abusos del “gamonal” de una aldea, o de los parásitos de la isla de Swift, y poco se avanzará con el ensueño de Estados-nación a los que los ciudadanos adoran, que ya fue una pesadilla de los siglos anteriores, por mucho que en el ensueño pueril de los patriotas esas patrias no vayan a ser el origen de guerras y destrucción.

(Publicado en el portal IFM el 7 de octubre de 2022.)