martes, noviembre 01, 2022

El síndrome de Laputa

Refiriéndose a Los viajes de Gulliver, Rudyard Kipling dijo alguna vez que Swift había querido levantar un testimonio contra la humanidad y había terminado escribiendo un libro para niños. Y es que por tal se ha tomado ese libro poco leído, del que todo el  mundo conoce la imagen de los liliputienses, muchas veces reproducida en ilustraciones, pero casi nadie puede decir nada más de él.

Se trata en efecto de un testimonio contra la humanidad, la Liliput que encuentra el marino en su primer viaje es una caricatura de una corte europea con toda su pompa y solemnidad, que a ojos ajenos resulta grotesca y lamentable. En el segundo viaje, Gulliver llega a un lugar habitado por seres al lado de los cuales el liliputiense es él, cuyo rey lo adopta hasta que lo oye sugerirle que use pólvora en la guerra con sus vecinos. ¿Cómo un ser tan ínfimo podía concebir algo tan monstruoso?

En el tercer viaje el marino llega a Laputa, que es una isla flotante cuyos habitantes dominan al país que tienen debajo, y después a otros destinos igual de fantásticos. En el cuarto llega a un país en el que los que hablan y razonan son los caballos y en el que lo reconocen como un “yahoo” (de ahí viene el nombre de la famosa compañía de internet), una especie de alimañas despreciables que se ven en el país. Los desconcierta que un yahoo hable y use vestidos, y se sorprenden de lo que les cuenta Gulliver sobre nuestro mundo.

Conviene aclarar que tanto “Liliput” como “Laputa” tienen que ver con el sentido de la palabra española puta. Ambos lugares son representativos de la humanidad y del horror que representaba para Swift. En el caso de la isla flotante, que es el que quiero evocar para el tema de este artículo, se trata de una metáfora del gobierno y de lo que significa para la sociedad a la que somete. Gracias a un elemento magnético, la isla se mantiene por encima del país y lo explota mediante impuestos. Sus gentes son ajenas a cualquier consideración práctica, sólo tienen interés por las matemáticas y la música, y por las intrigas del poder.

A pesar de ser una obra publicada en 1726, el relato de Laputa anticipa en gran medida el socialismo. Cuando Gulliver baja al país sometido se entera de que ciertas ideas que se han impuesto desde la isla flotante han impedido a los habitantes disfrutar de cualquier prosperidad, pues se debe hacer lo que se decide arriba, cosa que conoce bien cualquiera que haya leído sobre la historia del comunismo en el antiguo Imperio ruso y en sus colonias. Pero, como ya he señalado, Laputa es una metáfora del gobierno, por una parte algo necesario, pero siempre expuesto a caer en manos de intereses particulares lesivos para los demás.

Lo anterior se agrava cuanto más lejos esté el gobierno del control del ciudadano, que se ve sometido a leyes y disposiciones que no ha escogido ni puede cambiar y que se toman atendiendo a la agenda de camarillas de intrigantes con planes de dominación a menudo bastante siniestros. Por eso las sociedades de los últimos siglos han prosperado menos cuanto mayor fuera el control de una autoridad central.

En el siglo XX el poder del Estado y sus desvaríos llegaron a extremos espantosos, ya antes de la Revolución rusa los franceses, alemanes, británicos, turcos y rusos se vieron forzados a matar y morir en una guerra por intereses de élites que decidían por ellos, de modo que para conciliar esos intereses y limitar esos conflictos se pensó en crear una organización que de algún modo fuera el germen de un gobierno mundial. Así surgió la Sociedad de Naciones, que sirvió de muy poco para impedir la continuación de esa guerra monstruosa. Después de 1945 se creó una nueva organización, a la que pertenecen casi todos los países del mundo, representados por sus gobiernos, y con muchas agencias dedicadas a atender diversos frentes.

Lo malo es que esa organización, a pesar de su limitado poder, representa a los gobiernos, la mayoría de los cuales no son democracias, de modo que Pol Pot, Sadam Husein o Fidel Castro han enviado a sus delegados a representar a sus víctimas. ¿Qué autoridad moral tiene la ONU para tomar decisiones que afectan a las personas en cualquier lugar del mundo?

Si Colombia no fuera el país de los sinsentidos (nadie ha sido capaz de explicar, por ejemplo, cuál es el delito que cometió la señora racista que ofendió a la vicepresidenta) todo el mundo recordaría que durante al menos cuarenta años la ONU y sus agencias han promovido abiertamente a las bandas de asesinos comunistas. ¿Nadie recuerda la negociación del Caguán con los representantes de la organización, Egeland y Lemoyne, presionando al gobierno de Pastrana para que premiara las masacres que cometían cada día espoleados por los citados señores?

Ese secuestro de esas entidades por agendas particulares se hace patente en la llamada Agenda 20-30 y en muchas actitudes de los “globalistas” que controlan esas instituciones. Y esa especie de conjura global de propaganda “woke” e intereses espurios es una de las mayores amenazas que afronta la humanidad hoy en día. La alta burocracia global es uno de los frentes, junto a los medios, las universidades, las grandes compañías de internet y los partidos totalitarios, de esa conjura que amenaza la libertad en todas partes con su ingeniería social delirante y opresora.

 Por desgracia, la respuesta predominante es el patriotismo, que sin remedio comporta la exaltación de la masa de cualquier país que se va convenciendo de ser mejor que el vecino y que reacciona violentamente ante cualquier agravio. No es raro que la mayoría de los patriotas y consumidores de teorías de conspiración hayan visto en el tirano imperialista ruso una especie de salvador que hace frente a los “globalistas” y endereza el mundo.

 En ese ensueño “multipatriótico” (porque cada patriota terminaría siendo hostil con el antiglobalista del país vecino) basta con que cada uno se encierre en su país para que deje de haber problemas globales, de los que ni siquiera hay que hablar porque todos son puros inventos de los “globalistas” (que son el espejo de los patriotas, tal como ocurre con la izquierda y la derecha).

La cuestión del gobierno mundial es la misma que la del gobierno nacional: ¿cuánto poder tiene el Estado y hasta qué punto puede determinar el ciudadano concreto su rumbo? No es sólo que haya democracia representativa, pues a fin de cuentas Chávez contó con mayorías abrumadoras, sino que la gente sea dueña de su vida (no para negarse a usar mascarillas ni a quedarse en casa, como querían los exaltados antiglobalistas) y las instituciones estén sólo para coordinar los intereses diversos de la sociedad. La fiebre “gretinista” de las élites actuales (la niña autista, cuya peripecia extrañamente interesó a los medios y así a los ciudadanos en todo el mundo, es miembro de importantes academias) no es tan diferente de los abusos del “gamonal” de una aldea, o de los parásitos de la isla de Swift, y poco se avanzará con el ensueño de Estados-nación a los que los ciudadanos adoran, que ya fue una pesadilla de los siglos anteriores, por mucho que en el ensueño pueril de los patriotas esas patrias no vayan a ser el origen de guerras y destrucción.

(Publicado en el portal IFM el 7 de octubre de 2022.)

martes, octubre 25, 2022

La fracasada guerra contra las drogas

 El discurso de Petro en la ONU dio lugar a muchas críticas que circularon por las redes sociales, así me llegó un video en el que Enrique Peñalosa da su opinión al respecto. Las primeras frases de ese video ya disuaden de interesarse por el resto: dice que Petro tiene razón en señalar el completo fracaso de la guerra contra las drogas.


No es una rareza del exalcalde de Bogotá sino algo que uno puede oírle decir casi a todos los colombianos educados, incluidos muchos anticomunistas. Hasta el nieto de Laureano Gómez que era candidato presidencial se manifestó durante la campaña a favor de despenalizar el narcotráfico como, dice, quería su tío asesinado. Es una obviedad para la gente de clases acomodadas del país.

Pero ¿hay alguna guerra contra las drogas? ¿En qué consiste? ¿Cómo podría superarse esa “guerra”? Lo que hay en todos los países es la prohibición del narcotráfico, y la idea subyacente en ese discurso repetido sin cesar por los medios de comunicación y el mundo académico locales es que esa prohibición debe cesar.

Es muy peligroso caer en la tentación de entrar en un debate en el que la opinión que cada uno tenga no cuenta: los promotores de esa despenalización, como los de la órbita de las Open Society Fundations de alias George Soros, no prevén que dentro de unos años sea posible comprar heroína en las farmacias, sino que con ese cuento intentan legitimar el negocio en los países productores, buscar apoyo de los usuarios en los países importadores para los grupos políticos afines y favorecer un trato laxo a los capitales que genera, en clara asociación con los gobiernos del imperio comunista iberoamericano.

Lo que un colombiano que quiera ver a su país respetado y en paz debe plantearse es si es concebible que unas organizaciones dedicadas a un negocio ilegal operen libremente, como ocurre con el actual gobierno. El que razone que cada cual debería ser libre de tomar lo que quiera y por tanto apruebe esa propaganda debería darse cuenta de que sin la cocaína las guerrillas y demás redes criminales se dedicarían a la prostitución infantil o al tráfico de órganos, aunque a lo mejor podrían simplemente, tras tomar el poder, confiscar todos los bienes y mantener a la población en la miseria extrema, como ocurrió en el antiguo Imperio ruso.

Lo que ocurre es que esa propaganda legitimadora lleva muchas décadas circulando y gracias al bajísimo nivel cultural del país encuentra quien la divulgue. Cuando yo oí por primera vez frases como “nosotros ponemos los muertos” me sentí como delante de alguien que justificara el incesto o la coprofagia. También los atracadores de bancos ponen los muertos. Y claro, los que dicen eso no ponen ningún muerto, sólo se benefician de una riqueza que les llega de diversas maneras aunque no la perciban. Y se identifican con los criminales porque no tienen noción de la ley.

Son los mismos que se reconcilian con los que no les han hecho nada en nombre de víctimas que no les importan, los mismos que aplauden la multiplicación de los narcocultivos y de la degradación física de los indios y demás pobladores de regiones miserables que ejercen de raspachines con el cuento de proteger la salud humana del glifosato. Es una forma de ser del país, el sindicato comunista Fecode se dedica a buscar el premio de los violadores de niños de su mismo partido porque forma parte de la lucha por el derecho a la educación.

Un verdadero líder de las clases altas colombianas, el columnista más valorado, leído e influyente, Antonio Caballero, se dedicó durante mucho tiempo a explicar que la prohibición de las drogas es una estratagema perversa de los bancos y los gobiernos estadounidenses para lucrarse secretamente de ese negocio. Digamos que era la explicación más elegante que los colombianos encontraban de la cuestión del narcotráfico.

El comercio de psicotrópicos está prohibido en todos los países y en algunos incluso se castiga con la pena de muerte. Quien razone que esa prohibición no debería existir o aun quien apruebe el consumo de esos productos, debería tener la honradez de admitir que por mucho tiempo eso no va a cambiar. Tampoco los colombianos educados que reproducen la ideíta que expresó Peñalosa y los cuentos de Caballero tolerarían que sus hijos pudieran comprar heroína fácilmente, sólo es una forma de complicidad con un negocio en el que el clan de Caballero y los Santos, los Samper y los López tienen evidentes intereses. Una mentira que les permite seguir viviendo frívolamente en un país que es como el barrio ruin de la aldea global.

El narcotráfico es un elemento muy importante del proyecto de dominación comunista, ya desde la época de Pablo Escobar era indudable la implicación del gobierno cubano (cuyo embajador consiguió reconciliar al capo con el M-19), pero en Venezuela eso se hizo patente: a pesar de que el país no había estado muy implicado en el negocio, Chávez, seguramente alentado por sus mentores iraníes y cubanos, lo favoreció porque una economía paralela le permitía corromper y controlar a los militares.

También en Colombia la paz de Santos, es decir, el sometimiento al régimen cubano, se basó en la multiplicación de la producción y exportación de cocaína y en el apoyo a las guerrillas comunistas para hacerse con el control del negocio. De esa exuberancia vienen los recursos con los que Petro llegó a la presidencia.

Defender la democracia y la libertad comporta inexorablemente combatir el narcotráfico, para lo cual lo primero es entender que se trata de la ley, como si se pudiera renunciar a combatir el homicidio o el robo. Esa idea del “fracaso de la guerra contra las drogas” es parte del libreto de las mafias, y poco importa si Enrique Peñalosa cumple un encargo diciendo eso o si simplemente es un tonto útil. 

(Publicado en el portal IFM el 30 de septiembre de 2022.)

viernes, octubre 21, 2022

El país de las gentes crueles

Hace muchísimos años leí un libro de Edgar Morin en el que se quejaba de la pérdida de civismo y solidaridad en Europa, decía algo como «Esto ya parece Bogotá, donde puede haber alguien desangrándose y nadie hace nada». Por entonces viajé a Colombia y efectivamente me caí en la calle sin que nadie mostrara la menor voluntad de ayudarme.

Me acordé de eso leyendo en Twitter las reacciones al anuncio del gobierno de pagar una especie de ayuda de medio millón de pesos a las personas mayores que no tienen pensión. Obviamente a esa banda de canallas y asesinos no les preocupan en absoluto los sufrimientos de la gente desvalida sino que, generosos con el dinero ajeno como son siempre, buscan apoyos de los beneficiados y buena imagen internacional.

Pero el rechazo de los uribistas, derechistas, ultraderechistas, libertarios y demás personajes es muy llamativo: les indigna que se gaste dinero en esa gente. El argumento más frecuente era que esas personas no habían ahorrado y ni siquiera trabajado y el hecho de proveerlos para unos gastos mínimos les parece una iniquidad. Bueno, lo que decía Edgar Morin, si esas personas se mueren de hambre a esos demócratas y liberales les da igual.

Esa idea de que las personas mayores indigentes han sido vagas no se sostiene por ninguna parte, presupone que los peones de la construcción o del campo, las empleadas domésticas y miles de dependientes de pequeños comercios contaban con una muy buena protección, lo cual es falso y absurdo. La mayoría de los colombianos mayores de sesenta años no han tenido acceso a empleos con contratos y pensiones.

Pero ¿y si han sido vagos, han delinquido, se han prostituido y emborrachado y drogado? ¿La sociedad debe abandonarlos? Es un rasgo cultural que puede servir para entender al país, en otros países a nadie se le ocurriría quejarse de que la gente desvalida tuviera alguna ayuda. Propiamente, debería haber sido una propuesta de candidatos distintos a los comunistas, y debería haberles servido para cosechar votos.

Pero sencillamente no se les ocurrió porque forman parte de la comunidad de los que ahora se indignan. Por el contrario, el candidato Óscar Iván Zuluaga prometía ampliar la matrícula cero, que fue la causa de la reforma tributaria de Carrasquilla que tanta ira despertó entre los mencionados uribistas y derechistas. Quizá esperaban que se obtuvieran los fondos despojando como siempre a los más pobres.

Porque a esas clases medias y medias altas les conviene la matrícula cero. Realmente son muy pocos los que pueden gastar en una matrícula universitaria sin incomodarse, y si se ha invertido en un buen colegio privado es posible llegar a una universidad pública, no necesariamente para graduarse de mamerto sino quizá de médico o ingeniero. El candidato Federico Gutiérrez también se mostró entusiasta de tan generosa medida.

Bueno, la matrícula cero significa que los impuestos que pagan las personas mayores e indigentes y sus familias se gastan en proveerles ventajas a los que pasan menos penurias, porque buena parte de todo lo que se paga al comprar algo va a parar a las arcas del Estado. Se indignan porque se les dé algo a los ancianos desvalidos y en cambio festejan que se los despoje.

No tiene sentido hablar para el caso de izquierda y derecha, es una cuestión cultural, porque obviamente los comunistas no van a estar en contra de la matrícula cero. Es un rasgo que sólo deja ver la impronta de la esclavitud. Denis Diderot temía que los europeos que habitaban otras regiones adquirieran gracias a la esclavitud hábitos de indolencia y crueldad que darían forma a un daño moral irremediable. Eso es lo que les pasa a los colombianos, no es de ahora sino de siempre.

Una crueldad semejante es casi desconocida en Occidente. Hace medio siglo todo el mundo sabía que Colombia es el país de los gamines, de los pilluelos abandonados que viven en la calle. ¿Por qué no ocurriría eso en otras partes? Pues porque se dispondría de alguna forma de proteger a los niños.

No es que Colombia fuera pobre sino que… ¡adivinen! El dinero se gastaba en educación, sobre todo en educación superior. Los estudiantes de la Universidad Nacional que llegaban de otras regiones disfrutaban de alojamiento casi gratuito y a mediados de los años setenta el almuerzo en el restaurante de la universidad costaba tres pesos, menos de 1.500 de hoy en día. ¿De dónde salían esos estudiantes? Casi la mitad de los habitantes del país eran analfabetos y los que podían ingresar a la universidad no llegarían ni al 5 % de los jóvenes, y créanme que no eran los más pobres.

Otro ejemplo de esa crueldad son las cárceles: hablarles a los colombianos de humanizar la vida de los que están en prisión reduciendo el hacinamiento de la única forma posible, con una gran inversión en recintos más habitables, les parece un disparate. De nada sirve explicarles que muchos de los que están ahí son inocentes porque los jueces son por lo general los peores malhechores o por errores policiales, y aun los que son culpables no tienen por qué dormir unos encima de otros. Parece que el sufrimiento de esas personas se convierte en una especie de regalo para los demás, que parecen vengar así sus agravios con el alivio que les produce contarse entre los buenos.

Toda la destrucción, la miseria, el terror (ya visible en las invasiones de tierras que promueve el crimen organizado reinante) y el sufrimiento que traerá este gobierno de malhechores es el resultado de esa forma de vivir y de pensar. Hace un rato leí en Twitter una protesta de alguien contra los influencers porque ganaban más dinero que una persona que ha hecho dos maestrías. Es esa mentalidad, todos quieren ser doctores para no trabajar y vivir sin riesgos ni esfuerzos a costa de los demás. Es lo que han conseguido en más de medio siglo de guerrillas y movimiento estudiantil y lo que en realidad quieren conseguir los demás.

Para entender hasta qué punto ese rechazo al subsidio a los ancianos pobres es pura barbarie baste recordar que Milton Friedman, que se oponía a las pensiones de jubilación y a que el Estado financiara algo como el Sena, proponía un «impuesto negativo»: las personas cuyos ingresos no llegaran a un mínimo recibirían un subsidio para llegar a ese mínimo.

Decía antes que una forma de razonar así es desconocida en Occidente, pero no por ejemplo en India, donde muchos hindúes se sienten ultrajados ante cualquier gesto de compasión de un extranjero con un «intocable». La sociedad colonial hispanoamericana, y sobre todo la del Tíbet de Sudamérica (como describía López Michelsen a Colombia) era también una sociedad de castas, y en gran medida lo sigue siendo. De ahí viene esa increíble repulsión que despierta entre los adversarios de Petro el subsidio a los ancianos desvalidos: si otro candidato lo hubiera propuesto no habría contado con su voto.

Hay un contraste muy preciso entre los secuestrados por las FARC casi desnudos y recluidos en alambradas y alias El Mono Jojoy con su Rolex de oro. Es exactamente lo mismo que las maestrías y doctorados de los colombianos acomodados, izquierdistas o derechistas, da lo mismo: esperan ostentar una gran calidad pero lo que resalta del país son los presos pudriéndose en sus pocilgas, los niños de la calle y los ancianos famélicos.

(Publicado en el portal IFM el 23 de septiembre de 2022.)

miércoles, octubre 12, 2022

El olvido de la memoria

La conjura totalitaria, lo que se conoce como socialismo, «progresismo» o «izquierda», es una amenaza feroz contra la humanización, un retroceso a la esclavitud y una forma de opresión que echa a perder todo lo que se consiguió en los siglos de esplendor de Europa, desde el Renacimiento. No es raro que tenga como aliados a poderes retrógrados como el clero iraní, la agresiva autocracia rusa, el liberticida régimen chino y muchos otros, incluidas las organizaciones de narcotraficantes que dominan a casi toda Sudamérica.

Un ámbito que permite ver con claridad lo anterior es el de la educación. En España, el gobierno socialcomunista impuso una nueva ley educativa cuyo objetivo declarado es quitar peso a la memoria en la instrucción y reducir las barreras que condenan a muchos estudiantes al abandono o a repetir curso. Sus objetivos declarados son aumentar las oportunidades educativas y formativas de toda la población, contribuir a la mejora de los resultados educativos del alumnado y satisfacer la demanda generalizada de una educación de calidad para todos. La forma que encuentra de satisfacer la demanda y aumentar las oportunidades es mejorar los resultados educativos del alumnado.

Esa «mejora» no debe entenderse como que las personas vayan a saber más sino que se les facilitará obtener resultados satisfactorios. Es decir, se rebaja la exigencia académica, es decir, se impide que la gente aprenda porque si el resultado de esforzarse es el mismo que el de no esforzarse pues nadie se esforzará. Y sin esforzarse es imposible acceder a conocimientos complejos como los que demanda el mundo moderno. El interesado en los efectos de esa mentalidad en España puede orientarse con este artículo de Arturo Pérez-Reverte. https://www.zendalibros.com/perez-reverte-ahora-somos-un-pais-de-genios/

Esa degradación de la tarea educativa está ligada al proyecto totalitario desde siempre y en Hispanoamérica tiene un camino más sencillo porque la forma de vida de la sociedad colonial nunca ha desaparecido. Lo que llaman educación es en realidad una nueva evangelización, es decir, adoctrinamiento, inoculación de propaganda: lo que se pretendía en el siglo xvi no era que los indios aprendieran matemáticas sino que creyeran, so pena de graves consecuencias, en la religión verdadera. En Colombia los jóvenes que ingresan en la universidad no pueden escribir una línea completa sin graves errores de ortografía pero ya van pertrechados del preceptivo odio a Uribe.

¿De qué forma una sociedad se entrega a esa clase de degradación? Lo explicó Ortega y Gasset refiriéndose a la decadencia de Roma: el Estado, la máquina creada para servir a la sociedad, se apropia de todo y la sociedad termina sirviéndole, y la casta que lo domina se interesa exclusivamente por mantener su poder. Por eso todos los que implementan la promoción automática en la escuela evitan que sus hijos «disfruten» de esa ventaja, bien enviándolos a colegios privados en los que sí hay exclusión de los que no aprenden, bien enviándolos a estudiar en el exterior.

De modo que lo que se presenta como acción contra la desigualdad lo que hace es reforzarla impidiendo a las personas ajenas a la casta acceder a conocimientos útiles. Y esa exclusión real de las mayorías se impone mediante la promoción automática, y también el cambio de la evaluación individual de conocimientos porque lo que se evalúa son los proyectos grupales, y esto simplemente quiere decir que algunos trabajarán pero todos obtendrán el reconocimiento. La pérdida de la memoria como referente del conocimiento, a favor de supuestas destrezas o competencias que a la hora de la verdad implican que el estudiante puede completar su ciclo sin haber aprendido nada, es otro recurso de esa estrategia de idiotización.

La multiplicación de los cupos universitarios o la reducción de los precios —como la indecente matrícula cero del gobierno de Duque, que sólo significa que los sueldos de los profesores y los demás gastos de la educación «superior» no los pagarán los que se benefician de ellos sino todos los demás— van en la misma dirección: millones de personas obtienen un título universitario que es sólo un grado de mamertos, porque o bien consiguen un puesto como profesores recitando la propaganda o bien hacen trabajos ajenos a lo que estudiaron y viven resentidos con el «sistema» que los obliga a trabajar, y siguen así sirviendo a la casta dueña del Estado como víctimas del capitalismo ansiosas de colectivizaciones más drásticas.

Desde hace décadas es mayoritario un rechazo del «aprendizaje memorístico», a veces porque se atribuye la independencia intelectual a factores diferentes a la información con que se cuenta, a veces porque simplemente se odia el conocimiento o la inteligencia y se quiere que los exámenes se puedan aprobar sin poder dar cuenta de que se sabe lo que se pregunta. Es verdad que a veces, aunque es algo de épocas remotas, se daba demasiada importancia a la reproducción de datos sin contexto en niveles en los que la preparación del alumno debería permitirle otras destrezas. Pero sin la memoria no puede haber aprendizaje, y sin evaluación y esfuerzo tampoco. Ya señaló Platón que lo que llamamos saber y aprender no son otra cosa que recordar.

No cabe duda de que la educación de antes se debe adaptar a nuevas realidades ni que medidas como repetir todo un curso por no haber aprendido bien algunas materias pero quizá sí otras conduce a malgastar tiempo, pero esa clase de cosas se podrían discutir si hubiera un consenso sobre el sentido de la educación.

De lo que tratan las políticas «progresistas», como ya se ha dicho, es de la igualdad de resultados, de que para «no dejar atrás» a los que no aprenden se los gradúa a todos. Con eso, por una parte, se impide que los esforzados y talentosos prosperen y resulten rivales de los dueños del Estado, que basan su poder en el voto mayoritario de los que no aprenden nada pero obtienen un reconocimiento que es pura ilusión. Y por otro, se crea una población cuya indigencia intelectual la deja sin defensas frente a la propaganda, como ocurre en Cuba y ocurrió en todos los países comunistas.

A la gente ignorante es fácil convencerla de que poder recitar las capitales de los departamentos o de los países, o las tablas de multiplicar, no sirve para nada y no significa nada, pero es eso que se recuerda de forma automática, y que a menudo se aprende mecánicamente y por repetición, lo que permite al lector entender el contexto de la información que recibe. Una persona que no se sabe las tablas de multiplicar puede averiguar el resultado de cualquier operación con la calculadora del teléfono, pero ¿tiene una noción más precisa de los números o de las cantidades? Yo también puedo traducir con el computador este artículo al coreano pero eso no quiere decir que pueda distinguir una letra de otra. Y de hecho conocer las letras en la propia lengua es un aprendizaje memorístico, repetitivo, mecánico y rutinario porque es difícil que un niño de seis años esté para plantearse el sentido del lenguaje.

Ese desprecio de la memoria tiene un consenso absoluto, todo el mundo suscribe que la educación de antes era peor por centrarse en ella. Lo extraño es que si hubiera que sostener que los jóvenes que llegan a la universidad ahora están mejor formados que los de antes puede que no hubiera tanta unanimidad.

En resumen, lo dicho: el mamerto no puede dar cuenta de las tablas de multiplicar ni de las capitales de los departamentos, pero tiene una profunda convicción de que sabe cómo se debe gobernar un país y a pesar de que ve aumentar la miseria y la violencia, sigue recitando lo que le resultó más fácil aprender porque era sólo halago engañoso, porque su ignorancia es lo que sostiene el poder en la narcocracia.

(Publicado en el portal IFM el 16 de septiembre de 2022.)

jueves, octubre 06, 2022

La fuerza del destino

El nombre de esta ópera de Giusseppe Verdi sirve para ilustrar el rumbo que lleva Colombia hacia una tiranía totalitaria como las que oprimen a Cuba, Venezuela y Nicaragua, y parece que si alguien es consciente del peligro se siente impotente para hacer nada mientras que la inmensa mayoría de los que no quieren ese rumbo se aferran a ilusiones que no tienen fundamento o, peor y aún más frecuente, a la suposición de que alguna fuerza cósmica impedirá lo que todos saben que pasará.

La ilusión más funesta y frecuente es la de que dentro de cuatro años el país se habrá empobrecido y habrá una mayoría de descontentos que elijan a un presidente de signo contrario. Eso no es lo que ocurre en los países que caen en manos de los comunistas, y aun si la mayoría fuera tan grande que no pudieran impedirlo, el control de todos los resortes del poder y sobre todo de la educación y los medios les aseguraría el retorno, como ya ocurrió en Nicaragua y Bolivia. Pero esa mayoría no aparecerá, las elecciones en Colombia no dependen de la opinión de la gente sino de las maquinarias que encauzan la compra de votos.

Esas ilusiones parten de una interpretación incorrecta de los datos de la realidad, que a su vez es el resultado de la indigencia intelectual de la mayoría. Por ejemplo, la idea de que Colombia es un Estado de derecho porque tiene supuestamente división de poderes. Al pensar en eso me resulta imposible no acordarme de los Juegos Olímpicos de Barcelona en 1992, en los que un nadador del equipo de Guinea Ecuatorial no sabía nadar: todos los países parecen iguales porque todos tienen bandera, himno, universidades, cortes de justicia y equipo olímpico. Los miembros de las altas cortes colombianas son simplemente malhechores, rábulas que sirven a la mafia de la cocaína y presentan sus abominaciones como textos jurídicos. Cualquiera que conozca los procesos contra Plazas Vega, Arias Cabrales, Uscátegui, Andrés Felipe Arias y muchos otros lo podrá confirmar. Son magistrados como ese muchacho africano era nadador, lo cual deja la duda de si Alfredo Garavito no habrá pensado en doctorarse en cirugía.

Lo mismo ocurre con las demás instituciones de la supuesta democracia colombiana: Santos fue elegido porque prometía seguir combatiendo a las FARC y en cuanto se posesionó hizo lo contrario de lo que prometía, cosa que para ningún periodista o profesor representa ningún problema. ¿Alguna vez ha ocurrido algo parecido en un país democrático? No, la democracia colombiana es tan democrática como la democracia popular de Rumanía en tiempos de Ceaușescu. Otro ejemplo podría ser el plebiscito de 2016, en el que triunfó el NO pero en realidad triunfó el SÍ porque la voluntad popular no significa nada.

Esa escasa exigencia de los colombianos respecto del sentido de las palabras se extiende a todos los ámbitos, por ejemplo, creen que un filósofo es alguien que tiene un diploma de filosofía, y prácticamente todos los colombianos que lo tienen son tan ignorantes y ajenos al pensamiento como los que dicen que la filosofía es algo inútil.

Luego, plantearse el futuro de Colombia evitando ese destino requiere en primer lugar entender que en Colombia no hay democracia ni Estado de derecho, que la Constitución fue redactada por una Asamblea elegida por menos del 20 % de los posibles votantes, convocada violando la ley y evidentemente controlada por las mafias de la cocaína, sin hablar de que no fue refrendada por una votación popular, como en Chile. De lo cual hay que sacar el corolario de que en realidad no hay mucha gente en el país a la que le importe la democracia ni el Estado de derecho porque cuando uno habla de convocar una constituyente lo miran como si propusiera cerrar las universidades públicas, es decir, algo tan inconcebible como asar a la madre a la brasa y comérsela en brochetas.

Y admitiendo que no hay democracia ni Estado de derecho, queda claro que Petro no es un presidente legítimo: su elección es la coronación de una larga carrera criminal en la que la casta oligárquica (heredera directa de la que dominaba el país antes de la independencia) buscó la alianza con los regímenes soviético y cubano, alianza que dio lugar a las guerrillas comunistas, premiadas por los sucesivos gobiernos y dueñas del poder judicial y las universidades. La elección de Petro, a pesar de todo eso, no deriva de una votación libre sino de la compra de votos y aun del fraude, como debería intentar demostrarse al menos ante el público, porque las autoridades que lo podrían evaluar son las mismas que lo cometieron.

La democracia y el Estado de derecho no van a llegar sin una larga lucha por implantarlos, para lo cual hace falta que haya gente que crea en ellos, pero eso se daría en otro plano de la conciencia, ya que ¡todos aman la democracia y el Estado de derecho! Hay que descender a un plano en el que las palabras significan algo, en el que la persona ha madurado lo suficiente para concebir que algo es verdad y no el rótulo que se le pone, como el nadador ecuatoguineano o los magistrados o filósofos colombianos. Habrá democracia y Estado de derecho cuando sea abolida la Constitución de 1991 y sea juzgado el comunismo con todos sus cómplices así como los procesos de paz.

Pero la fuerza necesaria para imponer esas ideas no existe y por tanto la implantación de la misma tiranía que oprime a Cuba Venezuela y Nicaragua es un destino inexorable. La supuesta oposición que ejerce el CD, basada en la aceptación de que hay democracia y Estado de derecho y que por tanto las cortes de justicia —y hasta la JEP y la Comisión de la Verdad— son legítimas, es en realidad reconocimiento al régimen. Discusión sobre lo accesorio que se va volviendo una farsa incentivada para asegurar la continuidad del statu quo.

Pero las cosas son lo que son, el gobierno de Petro es la dominación de una vasta organización criminal y sus efectos son opresión, miseria y violencia para los ciudadanos. De ahí se debe partir para hacerle frente, aunque esa lucha deba emprenderse por muchas décadas. Por una parte, es necesaria la pedagogía para que la gente entienda de qué se trata, por la otra, hay que hacer un gran esfuerzo para denunciar ante los jueces estadounidenses que se ocupan del narcotráfico a los políticos y funcionarios colombianos ligados a esas tramas —como es el caso de Piedad Córdoba—, publicando información obtenida en Colombia y aportándola a los procesos.

Si hay algo fascinante es la incapacidad de los colombianos acomodados de gastar por ejemplo cien dólares en apoyar una tarea como ésa —que podrían llevar a cabo inmigrantes colombianos en ese país— pensando en los cientos de miles o millones de dólares de pérdidas que el colapso del país les ocasionará. En esa mezquindad y en esa ruina segura se puede detectar lo que señalé al principio: la fuerza del destino. Realmente no se hará nada, el que no emigre se acomodará, y la gente sólo intentará sobrevivir, como ya ocurre en los países sometidos.

(Publicado en el portal IFM el 9 de septiembre de 2022.)

sábado, octubre 01, 2022

La secta de Karl Marx

La inmensa mayoría de la gente que vivía en los años noventa en los países del llamado primer mundo tenía la certeza de que el marxismo era una corriente política superada tras la caída del muro de Berlín y la Unión Soviética, pero en Hispanoamérica había habido varias generaciones de marxistas profesionales, es decir, de miembros de camarillas de presuntos intelectuales dedicados a predicar la doctrina comunista desde las universidades públicas o de la Compañía de Jesús, siempre con sueldos equivalentes a los de varias decenas de obreros explotados, de los que pagan impuestos para financiar la educación.

Tras la conquista de Venezuela y de su fabulosa riqueza petrolífera, el control del narcotráfico y la fundación del Foro de Sao Paulo, hechos que permitieron el triunfo de Lula da Silva y otros personajes similares en varios países de la región, el marxismo volvió a ser actualidad, en gran medida porque esa doctrina del siglo xix sirve a los nuevos dominadores (meros bandidos parecidos a los guerrilleros y magistrados colombianos, como de hecho lo fueron los líderes de todos los regímenes comunistas del siglo pasado) como cosmogonía que se impone sobre las restricciones morales y por eso resulta una tecnología de dominación muy eficaz.

Conviene detenerse en el personaje de Marx para entender su doctrina y lo que implica. Por desgracia, la inmensa mayoría de los colombianos que no comparten las ideas comunistas lo conciben como un demonio todopoderoso que trajo la maldad más perfecta a un mundo que hasta entonces parecía equilibrado.

Marx procedía de una próspera familia de origen judío convertida al protestantismo, lo que ha animado toda clase de habladurías antisemitas. Un primo suyo fue el patriarca de la empresa Philips. Estudió Filosofía en Berlín, donde había enseñado Hegel unas décadas antes y aún se sentía su influencia. La ambición del joven filósofo lo llevó a querer corregir al maestro adaptando su dialéctica al «materialismo» que habían desarrollado otros pensadores del mismo ambiente. Al emigrar a París estableció relaciones con diversos teóricos socialistas y se interesó por la economía política de Adam Smith y David Ricardo.

Ésas son las «tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo», a que aludía Lenin en un texto famoso. A grandes rasgos —según lo explicado en el Manifiesto del partido comunista, encargado por la Liga de los Comunistas, que era antes un grupo cristiano—, la teoría marxista afirma que la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases, que ha pasado por diversas fases desde el comunismo primitivo hasta el capitalismo, que será superado por una nueva sociedad en la que no habrá clases ni Estado (pues éste es un aparato de dominación).

La adaptación que hace Marx de la economía política deja ver las limitaciones de su profesión de filósofo y a la vez su ambición. Parece que ve el mundo del trabajo como los señoritos comunistas colombianos de hace cincuenta años veían a los obreros, material rosado o marrón embutido dentro de un overol, abstracciones ciegas y sordas a la realidad. Según la teoría de la plusvalía, la ganancia del capitalista equivale a las horas que no paga a los trabajadores, siendo que la labor de todos estos vale lo mismo, tanto la del que diseña un zapato como la del que carga los materiales. Es un desarrollo teórico de ideas de Ricardo, que esquematiza hasta hacerlas grotescas. Cualquiera que conozca una fábrica o siquiera un taller podrá comprobar lo disparatado de todo eso.

A pesar de su fama, Marx tiende a simplificaciones más bien burdas y falaces. El hecho de que un grupo de personas posean los «medios de producción» se atribuye a que despojaron de ellos al resto de la sociedad, lo cual es una idea muy tonta: todo el mundo sabe que las máquinas se las inventa alguien y se fabrican con la inversión de alguien. El procedimiento de concebirlas como propiedad de toda la humanidad es un recurso demagógico que define la doctrina marxista y se reproduce en toda la propaganda. El origen del capital, la «acumulación originaria» se atribuye en el caso inglés a un supuesto despojo de tierras que llevaron a cabo algunos aristócratas en el siglo xvii, cosa también absurda porque todo el mundo ha visto gente que se ha enriquecido partiendo casi de cero, gracias a decisiones acertadas y productos que gustan al público.

Tan ajeno es Marx al mundo del trabajo, tan llena de charlatanería profesoral es su doctrina, que no vacila en imaginar un mundo futuro en el que el trabajo «no sea simplemente un medio de vida sino la primera necesidad vital» (es decir, que pudiendo la gente quedarse retozando todo el día y disfrutando de manjares y bebidas, tiene un impulso espiritual superior que la lleva a levantarse a limpiar las alcantarillas). Cuando «corran a chorro los manantiales de la riqueza colectiva […] la sociedad podrá escribir en sus banderas “De cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades”».

Se suele concebir el comunismo como un régimen de despojo y terror a manos de bandas de conspiradores y demagogos que se apropian de todo, y que casi siempre son meros malhechores sin escrúpulos, ansiosos como todo el mundo de riquezas, mando y prestigio. Eso se da porque la revolución socialista es como una operación de conquista; para entender esto basta ponerse en el lugar de los aborígenes americanos antes del siglo xvi. Esa conquista no necesitaría del marxismo, ya había ocurrido con la Revolución francesa, cuyo ejemplo inflamaba muchas cabecitas en todo el siglo xix. Esa subversión y esa tiranía son casi comprensibles y casi corrientes, baste ver la facilidad con que la mayoría de la gente saquea las tiendas si tiene la certeza de quedar impune; por ejemplo, ocurrió en el nazismo, aunque entonces las víctimas directas del despojo y el exterminio eran una minoría étnica.

Lo interesante del marxismo, lo que hace que mucha gente lo haya seguido «de buena fe» y se haya ilusionado con él, es el paraíso en que concluiría la historia de la humanidad dividida en clases. Ese ensueño va más allá de la envidia y el resentimiento, que son pura maldad reactiva, pues para convertirse en mártires, como lo fueron muchos por el ideal comunista, hace falta algo más que concupiscencia. Y sin duda conviene detenerse a pensar en lo que es realmente: ¿cómo será la vida cuando cada uno reciba según sus necesidades y aporte según sus capacidades? ¿Quién evaluará cuáles son esas necesidades y esas capacidades? ¿De qué modo querrán todos trabajar placenteramente para aportar a la riqueza colectiva?

Lo entendí viendo en el canal AMC Crime reportajes sobre sectas «destructivas», que funcionan con base en la supresión de la individualidad. El «hombre nuevo» de la sociedad comunista es el miembro de una secta que ha renunciado a sus fines individuales y termina suprimiendo hasta el instinto de supervivencia. La sociedad sin clases es la sociedad sin individuos libres, conclusión a la que también se podría llegar entendiendo que la libertad individual y la propiedad privada son lo mismo.

Para resumir, la teoría económica de Marx sólo es retórica profesoral, nadie ha contribuido al «avance de las fuerzas productivas» con ella, su proyecto redentor conduce a una vida animalizada y su filosofía es pura charlatanería de líder de secta.

(Publicado en el portal IFM el 2 de septiembre de 2022.)

martes, septiembre 27, 2022

Redimir a Colombia

Los críticos de Petro tienen dos preocupaciones principales: una es que se quede después de 2026, la otra, a veces asociada a la primera, que convoque una Asamblea Constituyente. Esos temores dejan ver lo terriblemente confundidos que están los colombianos respecto a la situación real del país y la resignación que reina respecto a un estado de cosas que sólo puede agravarse, de tal modo que en pocos años Colombia estará como los demás regímenes comunistas de la región.

Petro es un personaje sin mayor relieve en el conjunto de la conjura totalitaria. Su descaro y tal vez su capacidad de despertar atención entre cierto público debió de llamar la atención de los Santos o los Samper o de algún otro oligarca de los que publicaban en los setenta la revista Alternativa, de modo que le consiguieron una beca en la exclusiva Universidad Externado de Colombia. Esa circunstancia se suele pasar por alto, pero en definitiva fue Juan Manuel Santos el que lo hizo alcalde de Bogotá.

De modo que no parece muy probable que Petro vaya a intentar quedarse cuando desde ahora se ve el desastre que será su gobierno y el descontento que generarán el empobrecimiento y la multiplicación de la violencia. Esa clase de cambios legales son peligrosos para la estabilidad del sistema, y ni el régimen cubano ni sus socios iraníes y quizá chinos ni el clan oligárquico y ni siquiera el partido comunista y las demás sectas totalitarias tienen nada que ganar sosteniendo a un tirano al que la gente odia.

La principal misión del gobierno de Petro es alcanzar para sus mentores el control total del Estado, particularmente de las fuerzas armadas y la policía, a las que se someterá a toda clase de persecuciones y sobornos hasta que sean órganos del poder comunista, tal como ya ocurre en Venezuela. También la protección de la industria de la cocaína, de la que dependen los regímenes afines de Venezuela y Centroamérica, y en realidad también de Perú y Bolivia. Las señales son inequívocas.

Otro objetivo de primer orden para el narcogobierno es la propaganda, para la que ya se dispuso el adoctrinamiento escolar con el infame discurso legitimador de la «Comisión de la Verdad», que pronto será parte de la identidad de los colombianos, tal como el cristianismo lo fue para los aborígenes al cabo de pocas décadas de la Conquista, o como los patriotas de ocho generaciones han aplaudido con fervor los asesinatos de españoles llevados a cabo por Bolívar y Santander.

De modo que con un corpus legal favorable a sus intereses, un poder judicial totalmente copado, unas fuerzas armadas sometidas y dirigidas por subalternos de los jefes terroristas, unos medios de comunicación dependientes de la pauta pública e intimidados, un sistema educativo cuya tarea es la peor propaganda, unas empresas públicas en manos del hampa, un narcotráfico a pleno rendimiento y a través de él controlado el resto de la economía, pueden pensar incluso en la alternancia.

Por ejemplo, el continuismo petrista podría venir de algún político joven emparentado casualmente con los Samper, los López, los Santos o incluso los Lleras. De modo que por muy grande que sea el descontento, a la hora de la verdad los votos de las regiones apartadas son casi unánimes en apoyo al candidato oficialista y en las ciudades se movilizan las clientelas o las gentes cooptadas a punta de caricias que creen que los que no se permiten sus prácticas íntimas los han estado oprimiendo.

Incluso podría ganar las elecciones un candidato uribista. Todo se hizo muy mal y ninguno de los candidatos tenía atractivo para ganar unas elecciones, pero se podría suponer que en 2026 habrá un descontento muy grande y la gente votará mayoritariamente por un candidato «de derecha», como Miguel Uribe, por nombrar a uno posible. ¿Nadie recuerda a Óscar Iván Zuluaga y Federico Gutiérrez declarando que respetarían lo negociado con las FARC? Un presidente uribista en un país totalmente dominado por los comunistas sería aún más blando que Duque, y sencillamente sería una pausa para el retorno de los comunistas con algún líder más sólido y más joven que Petro, como ya ocurrió en Nicaragua y Bolivia.

Y el cambio constitucional resulta aún más absurdo: para poderlo imponer necesitan cierta legitimidad, que es alguna clase de apoyo popular. ¿Cómo evitarían que el descontento terminara llevando a una constitución menos favorable a sus intereses que la del 91? Y sobre todo, ¿para qué van a cambiar la norma que impusieron por una asamblea elegida por menos del 20% del censo electoral en medio de graves atentados terroristas? Las constituciones que intentan implantar en Chile y Perú son equivalentes a ese engendro.

Pero los colombianos han adoptado esa situación como irrevocable y ni siquiera sueñan con tener un país decente, ordenado, tranquilo, próspero, cohesionado y justo. Como una familia de delincuentes, ya ven a los de vida normal como privilegiados a los que sería imposible asimilarse, y ni se imaginan que un día no hay narcotráfico ni jueces comunistas ni bandas de asesinos imponiendo las leyes ni centros educativos dedicados a la propaganda del crimen. Esa realidad ya forma parte de la identidad de los colombianos.

Si alguien quisiera otra cosa no debería inquietarse por el dudoso intento de Petro de quedarse en el gobierno sino por la ausencia de alternativa. Para tener otro país habría que empezar por plantearse si los procesos de paz con las guerrillas son legales, legítimos o democráticos. Como es evidente que no lo son, habrá que plantearse desautorizarlos completamente y deslegitimar sus efectos. Abrir un juicio contra los comunistas que incluya todas sus actuaciones desde la primera mitad del siglo pasado.

También habría que plantearse si la Constitución de 1991 es legal, toda vez que se implantó violando la ley y para complacer a los jefes del narcotráfico que no querían ser extraditados y a los estudiantes comunistas que habían forzado la "séptima papeleta" en las elecciones de 1990. Un plebiscito con ese fin se podría convocar y de ahí surgiría la necesidad de convocar una Constituyente verdaderamente democrática con una propuesta que permitiera rechazar la opresión comunista en la norma fundamental.

Y respecto del narcotráfico habría que proceder con el mismo rigor: cualquier persona que tome parte en el cultivo comercial de coca o en la producción o el tráfico de cocaína debería pagar cárcel y para hacer cumplir la ley se dedicarían grandes recursos y se harían grandes esfuerzos. Sencillamente, esa actividad delictiva debe erradicarse y todos los que toman parte en ella deben pagar penas severas como cualquier otro violador de la ley.

Todo eso es muy fácil de decir y muy difícil de hacer, pero ¿alguien cree seriamente que sin eso va a florecer Colombia como un país normal? ¿Alguien entiende que el narcotráfico corrompe todas las instancias de la vida nacional? ¿Alguien se ha dado cuenta de que después de la multiplicación de la producción de cocaína durante el «juhampato», no se redujo en absoluto durante los cuatro años de Duque?

La oposición es un componente necesario de la farsa de democracia que hay en Colombia. Lloriquea y discute en el Congreso y hasta tiene protagonismo en los medios de comunicación, pero no tiene los fines aquí expuestos. Los congresistas tienen sueldos fabulosos y seguramente ingresos irregulares relacionados con su actividad, la continuidad del petrismo no afecta a sus intereses particulares. Si se trata del CD, es algo claro: nunca se opuso al acuerdo de La Habana. 

Pero eso corresponde a la disposición de la mayoría de los ciudadanos: ¿cuántos quieren realmente cambiar el país para que todo lo impuesto por los comunistas en cuatro décadas de negociaciones de paz deje de tener validez? ¿Y el esfuerzo ingente que demandaría un combate real al narcotráfico? Cuando el plebiscito de 2016 el NO se impuso por un margen pequeño respecto del SÍ, y la votación estuvo muy por debajo de la mitad del censo. Uribe y sus partidarios entendieron el triunfo del NO como una votación por ellos, mientras que muchos vieron su complacencia como una traición.

Uribe tenía razón en una cosa: la mayoría de los votos por el NO eran votos por él. De otro modo habría habido una poderosa tendencia de rechazo al acuerdo de La Habana. No la hubo, baste ver los resultados de todas las elecciones de este año. Ningún candidato, ni siquiera al Congreso, era partidario de no reconocer ese acuerdo. Los colombianos han asimilado la paz y la Constitución del 91 y no tienen el menor interés en vivir de otra manera.

Woody Allen cuenta en una película que un hombre va al médico y le comenta que su hermano cree ser una gallina. «¿Por qué no lo mete en un manicomio?» «Lo haría, pero necesito los huevos». Los colombianos obtienen de muy diversas maneras réditos del narcotráfico y el hecho de combatirlo en serio les plantearía muchos problemas, que es el mismo caso de cualquier persona que delinque o se prostituye. 

(Publicado en el portal IFM el 26 de agosto de 2022.)

jueves, septiembre 22, 2022

Todo lo que les dan a los indios

 A la hora de explicar las causas del éxito de la propaganda comunista en Iberoamérica prácticamente nadie diría que se debe a que encaja en un orden social antiguo que constituye la base de nuestras sociedades. Por el contrario, casi todos los contradictores de esa propaganda consideran que la revolución es un trastorno que viene a cambiar una situación que no era tan mala y no faltan los que la justifican en la corrupción de los gobiernos anteriores, como si esas condiciones morales de los gobernantes fueran el fruto de algún capricho de una deidad y no el modo de vida de siempre, y como si la tiranía comunista viniera a traer menos latrocinios y abusos.

Ese anclaje en el orden antiguo de la hoy triunfante ideología se evidencia en las disposiciones relativas a los pueblos amerindios de la Constitución Política de Colombia de 1991, que fue una imposición de un gobierno aliado del narcotráfico y la guerrilla comunista del M-19, la cual obtenía ese logro a cambio de su desmovilización. Un avance del proyecto totalitario recién fundado por Lula da Silva y Fidel Castro para resistir al retroceso del comunismo en Europa.

De lo que se trata es de mantener el orden de castas colonial y a una parte de población desprovista de una ciudadanía plena, debido a que no forma parte del conjunto social sino de otras comunidades a las que se «protege» en sus especificidades, según el discurso oficial. En la realidad esos ciudadanos de segunda son meros esclavos de los dueños del Estado, que combinan la dialéctica del palo y la zanahoria, aunque el palo lo reciben los pobladores, amenazados por los narcotraficantes y guerrilleros, valga la redundancia, y la zanahoria es sólo para los jefes de las comunidades, meros capataces de la mafia.

De modo que cuando se habla de las hectáreas que poseen los indios y que se les conceden habría que pensar en la vasta corporación de parásitos dueños del Estado y en las ONG que hacen de intermediarias entre las bandas de asesinos y narcotraficantes y los que controlan en el terreno a las comunidades. Esas hectáreas que se sustraen a la agricultura y a la ganadería no van a beneficiar a los pobladores sino a servir para la industria de la cocaína, que es el fundamento de los regímenes totalitarios de la región, como es bien sabido con el caso venezolano.

Pero al final todo lleva a la visión de la mayoría de los ciudadanos: todas las protestas que he leído en Twitter van acompañadas de hostilidad racista contra una parte de la población tradicionalmente excluida. Parece que la inmensa mayoría de los colombianos encuentran un motivo de orgullo en ostentar desprecio por estos compatriotas y asocian el tener ese origen étnico con los desmanes de los matones asociados a los guerrilleros («guardia indígena»). Así se favorece la labor de la mafia reinante que intenta enfrentar a los indios con los demás colombianos. Esa hostilidad recuerda a la misoginia con que muchos replican al feminismo, como si esta propaganda totalitaria favoreciera realmente a las mujeres.

Poco contribuye a reducir esa hostilidad la corrección política, manifiesta por ejemplo en la reticencia a llamarlos «indios», como los llamaron los conquistadores españoles después de que los viajes de Colón tuvieran por objeto llegar a la India. Debido a que por el racismo tradicional «indio» ha llegado a ser un insulto, se ha generalizado llamarlos «indígenas», para no ofenderlos, tal como los que dicen «afroamericano» o «moreno» para aludir a los negros. Lo que se evidencia en esa manía es la persistencia del racismo como rasgo ideológico predominante, y en fin lo que hace que los narcotraficantes que explotan a las comunidades puedan mantener su ventaja: realmente la mayoría no ve problema en la persistencia del viejo orden de castas, sólo en el inconveniente de no contarse entre los favorecidos. Indígena es un término de origen latino presente en todas las lenguas de Europa occidental con el mismo sentido de «natural del país», el alemán es el indígena en Alemania y el chino en China.

Los indios son las principales víctimas del orden reinante, son la mano de obra barata de los narcocultivos, tal como lo eran de las industrias milagrosas de la época colonial, como la quina. Quien pensara en su redención no debería quejarse de que se les concedan hectáreas sino que esto no se haga a favor de cada familia o de cada individuo, sino de unas organizaciones que sólo son las instituciones de la esclavitud. ¿Que esas tierras serían más productivas en otras manos? Quizá, pero nadie debería impedir al indio propietario asociarse con emprendedores o venderles sus tierras. O mejor, intentar prosperar como cualquier otro ciudadano favorecido por una reforma agraria efectuada sobre terrenos que ahora están en manos de redes criminales.

(Publicado en el portal IFM el 19 de agosto de 2022.)

viernes, septiembre 16, 2022

¿Qué es la verdad?

Esta pregunta es famosa porque según el Evangelio se la formuló el prefecto romano Poncio Pilatos a Jesucristo, y en Colombia es muy pertinente porque hoy 12 de agosto de 2022 empieza la implantación en las mentes infantiles de una «verdad» de la que el Ministerio de la Verdad de la novela 1984 de George Orwell es un tímido precursor.

La verdad es que el «conflicto armado» es una forma mentirosa de hacer referencia a lo que ha ocurrido con las guerrillas comunistas. Ciertamente se trata de un conflicto, tal como lo hay en una violación, pues sin conflicto sería un apareamiento ordinario y no un crimen, o en un atraco, que sin conflicto sería una obra de caridad. Pero esa expresión pretende suprimir la noción de la ley porque la persona poco avisada —como los niños a los que se va a embutir la propaganda—, llega a creer que cometer un secuestro —un asesinato, una violación…— es equivalente a impedirlo. Es un viejo tema de la propaganda de las bandas narcoterroristas, necesitadas de legitimarse y satisfechas tras haberlo conseguido gracias al engaño de Juan Manuel Santos y a la pasividad de los colombianos, en gran medida manipulados por Álvaro Uribe y su partido, pero no por ello menos responsables del monstruoso resultado.

La verdad es que nada puede ser más mentiroso que el informe de la llamada «Comisión de la Verdad», constituida por acuerdo de los asesinos y sus amigos en el gobierno. Esa comisión dedicada a evaluar los hechos tiene un evidente objetivo de legitimar los crímenes gracias a los cuales se hicieron poderosos y reclutaron a miles de niños y adolescentes campesinos y consiguieron, en la fase final con ayuda del gobierno de Santos y con el apoyo del régimen criminal que oprime a Venezuela, controlar el negocio de la cocaína. Las personas designadas para dirigir esa comisión, el sacerdote jesuita Francisco de Roux y el sociólogo Alfredo Molano, eran sencillamente líderes ideológicos del bando terrorista, como cualquiera puede comprobar evaluando la historia del CINEP, o leyendo con atención las columnas de Molano, en las que no era raro que alentara a las bandas narcoterroristas a persistir en sus crímenes.

La verdad es que esas bandas criminales tienen su origen en la Komintern, la Internacional Comunista, que fue la organización creada tras la caída del Imperio ruso en manos de los bolcheviques para imponer regímenes totalitarios en todo el mundo, y que con los recursos del país más grande de la Tierra financió a miles de profesionales dedicados a crear partidos satélites. De esa inversión y de la perpetua guerra civil por el control de los puestos públicos en Colombia surgieron las primeras guerrillas en los años cuarenta y cincuenta, en las que se formaron los sicarios que después formarían las FARC. El ELN fue creado en Cuba, cuando ese país cayó en manos de la URSS, y el M-19 lo organizó el clan oligárquico para acabar con la Anapo, siempre con los recursos, las armas y la dirección del régimen que desde 1959 mantiene a la antaño opulenta Cuba en la hambruna y el terror.

La verdad es que los comunistas en Colombia han tenido como aliados a los líderes del Partido Liberal desde los años treinta, cuando los recursos soviéticos y la actividad de los agentes de la Komintern proveían ventajas a Alfonso López Pumarejo, Eduardo Santos y sus respectivas familias y aliados para conservar el poder a costa del partido rival. El ELN surgió de un grupo de jóvenes del Movimiento Revolucionario Liberal de Alfonso López Michelsen que fueron a recibir adoctrinamiento en Cuba. Como ya he explicado, el M-19 surgió de la actividad de Enrique Santos Calderón, Gabriel García Márquez, Daniel Samper Pizano y otro grupo de próceres que buscaban a la vez destruir a la Anapo del general Rojas Pinilla y copiar el ejemplo de guerrilla urbana de los Tupamaros uruguayos. Juan Manuel Santos llegó a la presidencia a completar ese antiguo designio.

La verdad es que las bandas narcoterroristas no representan a los colombianos humildes sino que los oprimen y despojan. El acuerdo de «paz» a que llegan con el «Estado» es simplemente una imposición de la casta oligárquica que usa a esos criminales y el terror que inspiran como pretexto para asegurar el control del Estado. Si a alguien representan en el conjunto de la sociedad es a la minoría más rica, constituida por los empleados públicos y los profesores y estudiantes de universidad. El activismo de los reclutadores y propagandistas determinó que esos sectores hallaran en el mentiroso sueño de un paraíso igualitario el pretexto de unos privilegios que no tienen los empleados públicos y universitarios en ningún otro país del mundo. Y esos grupos son simplemente los herederos de las castas superiores de la sociedad antigua, en una sucesión que remite a la misma época colonial.

La verdad es que como garantes de ese orden social inicuo los criminales narcoterroristas sí representan a la sociedad porque si bien benefician a una minoría parasitaria no hay en el resto de los ciudadanos un rechazo de ese orden sino a lo sumo la aspiración a incluirse en él, cosa evidente en la unánime aprobación de atrocidades como la matrícula cero (con la que se despoja a los pobres para proveerles ventajas a los ricos) o la acción de tutela (con la que se suprime la ley para que el privilegio esté asegurado gracias al arbitrio de los funcionarios). La persistencia de ese orden, cuyo nombre es esclavitud, caracteriza a toda Hispanoamérica y explica su perpetuo atraso y su perpetua miseria. El que en Colombia exista algo tan obsceno como la «Comisión de la Verdad» y que las mentiras que produce sean lo que se enseña en lugar de la historia en las escuelas es prueba de esa condición.

La verdad es que por mucho que uno se indigne y crea que los criminales comunistas son extraños al país, lo que se puede comprobar es que no tienen alternativa. Los propagandistas de esa «verdad» criminal son los colombianos más admirados, como el escritor Héctor Abad Faciolince, o el ministro de Educación, el mismo que favoreció la multiplicación de los cultivos de coca (y los pesares de los raspachines, en su mayoría niños y jóvenes indios) para defender la salud. ¿Qué clase de doctores y científicos comparten esa «verdad» a pesar de tener acceso a toda la información?: la clase de gentuza que reina en una sociedad bárbara y padece un daño moral incurable gracias a los hábitos de crueldad e indolencia que adquirieron sus antepasados gracias a la esclavitud. La infame mentira que sale de la «Comisión de la Verdad» no tendrá mucha respuesta porque a la mayoría no es algo que le importe mucho.

La verdad es una tarea íntima, una búsqueda incesante que constituye el núcleo moral de una persona. Lo explicado arriba sobre el «conflicto» es sencillamente innegable, pero no habrá quien lo divulgue porque para eso haría falta una sociedad menos bárbara.

(Publicado en el portal IFM el 12 de agosto de 2022.)

viernes, septiembre 09, 2022

El nuevo gobierno y su oposición

Ya quedan pocos días para que Petro se posesione como presidente y tanto los nombramientos como las medidas que ha anunciado hacen temer un rumbo catastrófico para Colombia. Vista la experiencia de los países vecinos y el innegable control por parte de los sectores afines a los Santos y los Samper de todos los resortes del poder, es de temer que no se trate sólo de un gobierno aniquilador sino de un régimen que durará muchas décadas. ¿A estas alturas alguien espera un cambio en Cuba, Nicaragua o Venezuela?

Este sombrío vaticinio se ve reforzado por la absoluta desorientación de los que se oponen a Petro y a su régimen. Abundan los que creen que habrá un golpe militar a una rebelión cívica, o incluso una intervención estadounidense, lo cual hace recordar la época del Caguán, con la diferencia de que ahora los comunistas controlan todo el Estado y además el negocio de la cocaína.

Los comunistas se quedarán muchas décadas en el poder en Colombia porque no tienen oposición. El hecho de que ninguno de los precandidatos de las pasadas elecciones cuestionara el acuerdo de La Habana y las “instituciones” surgidas de él deja ver hasta qué punto nadie se plantea hacer frente a un régimen criminal porque a los políticos les resulta más rentable acomodarse y los ciudadanos particulares no ven otra alternativa que tratar de sobrevivir en el nuevo orden o emigrar.

Respecto al expresidente Álvaro Uribe y su partido no se trata de ningún vaticinio sino de la comprobación de lo que ha ocurrido en los últimos doce años. En cualquier país en el que el presidente anunciara el día de su posesión que piensa hacer lo contrario de lo que prometió, aquello por lo que los ciudadanos votaron por él, daría lugar a una rebelión cívica rotunda porque si el funcionario elegido no está atado por sus compromisos con los electores sencillamente no hay democracia. Pero en Colombia Santos hizo exactamente eso y la única preocupación de Uribe y su entorno fue conservar alguna influencia en los nombramientos, alguna cuota de poder, por mezquina que fuera.

Eso mismo siguió con todos los desmanes de Santos, y cuando éste se planteó refrendar su infame acuerdo con los terroristas con un plebiscito tramposo, Uribe y los suyos trataron de evitarlo negociando una constituyente que complaciera a las FARC. Calculaban que perderían un plebiscito, de modo que se planteaban la abstención (el voto afirmativo, que era su verdadera opción, les habría hecho perder el apoyo de sus partidarios), hasta que se vio que los descontentos con Santos votarían NO y tuvieron que sumarse a esa opción. Ante la derrota del gobierno, corrieron a «cumplir la palabra empeñada» y evitar que el acuerdo se cayera.

Sencillamente, el que quiera oponerse a un régimen comunista que amenaza con quedarse todo el siglo (en Cuba ya llevan 63 años) tiene que contar con el uribismo como una parte del sistema, un grupo menguante de vividores cínicos y de hinchas fanáticos y resignados que no van a hacer frente a la tiranía sino a legitimarla como perdedores en elecciones sucesivas. En la Polonia comunista había un partido católico y otro campesino, cuyos líderes y representantes parlamentarios eran simplemente funcionarios del régimen. Eso es el uribismo desde 2010 y lo será más patéticamente ahora.

Una oposición real debe ante todo denunciar la ilegitimidad del gobierno. En mi opinión, las alegaciones sobre fraude en el escrutinio son difíciles de demostrar y quien podría evaluarlas son las propias autoridades a las que se acusa. Pero nadie puede negar la multiplicación de la producción de cocaína a partir de la negociación de paz (ahora se exporta más de cinco veces la cocaína que se exportaba hace diez años) ni la implicación de los grupos comunistas asociados a las guerrillas activas y desmovilizadas en ese negocio. También el grupo de Petro y sus aliados internacionales son claramente parte de la mafia y si se atendiera al proceso contra Álex Saab se comprobarían muchas conexiones problemáticas de la senadora Piedad Córdoba y otros miembros del grupo gobernante.

La influencia del tráfico de drogas ilícitas en la elección de Petro también es fácilmente demostrable, por ejemplo comparando los resultados electorales de las regiones en que se cultiva coca con los de las demás, o el apoyo de todos los políticos ligados a ese negocio, como Ernesto Samper, al patán de oratoria de guiñol de títeres.

Pero además, más allá de lo que haga o deje de hacer el nuevo gobierno, el acuerdo de La Habana se sigue aplicando y a todas luces fue un crimen y un golpe de Estado. Un rasgo característico de los colombianos es la ligereza conceptual, la incapacidad de seguir fielmente un enunciado: si se convoca un plebiscito y la mayoría vota no pero no se hace caso a esa mayoría, no hay democracia, lo que el pueblo diga no cuenta. Una verdadera oposición no puede renunciar a denunciar esa infamia ni a deshacer lo acordado.

Y en definitiva la presidencia de Petro y el acuerdo de La Habana son sólo la continuación de un proceso que comenzó con el golpe de Estado de 1991 y la Constitución aprobada por una Asamblea elegida por menos del 20 % del censo electoral en medio de carros bomba y asesinatos y secuestros generalizados. Es decir, una verdadera oposición tendría que plantearse una Asamblea Constituyente que diera lugar a un orden liberal.

Lo anterior quiere decir que una verdadera oposición sería una minoría tal vez por mucho tiempo, pero nadie sabe qué puede pasar en el orden geopolítico y qué puede hacer un gobierno estadounidense futuro respecto del narcoimperio cubano y sus satélites. Para que haya un cambio hay que deshacer lo que hizo Santos, y el uribismo renunció a eso hace muchos años.

En definitiva lo que ha ocurrido durante los últimos doce años ha sido una resignación de la mayoría de la sociedad colombiana al narcotráfico, que ciertamente no menguó en absoluto durante la presidencia de Duque. Puede que ese conformismo explique el inagotable fervor uribista, muy característico de la clase de gente que apreciaba la munificencia de Pablo Escobar.

Sea como sea, esa minoría que se opone efectivamente al narcotráfico y al orden impuesto por los comunistas es la única oposición posible. Quien no cuente a Uribe y los suyos en el bando enemigo no puede ser un verdadero opositor al narcorrégimen.

(Publicada en el portal IFM el 5 de agosto de 2022.)