viernes, abril 14, 2023

España en el siglo XXI

 Por @ruiz_senior


En los años que siguieron a la muerte del general Francisco Franco (1975), que dejó como heredero del mando del Estado al nieto del último rey (depuesto en 1931), se implantó una monarquía parlamentaria mediante una constitución que fue aprobada por una gran mayoría y que fue resultado del intento de reconciliación entre los bandos que se habían enfrentado en la guerra civil de 1936-1939. Ese proceso, conocido como «la Transición» abrió las puertas a un gran desarrollo institucional y a grandes reformas gracias a las cuales España pasó a ser una democracia muy respetada y a formar parte de la Comunidad Europea en 1986.

En 1982 ganó las elecciones el Partido Socialista (PSOE), que se mantuvo en el poder hasta 1996, cuando la sucesión de graves escándalos de corrupción forzó el cambio por el partido que se había ido consolidando como la oposición hegemónica, el Partido Popular (PP), fundado por un antiguo ministro de Franco pero ya convertido un una organización liberal-conservadora reconocida en toda Europa. Durante su primer mandato, el presidente Aznar necesitó el apoyo parlamentario de los nacionalistas catalanes y vascos, pero en 2000 obtuvo mayoría absoluta en el Congreso de los Diputados.

Ese comienzo del siglo determinaría lo que ocurrió a partir de entonces. Deseseperados por verse fuera del poder, los socialistas y comunistas empezaron una labor de oposición violenta basada en la deslegitimación del gobierno, para lo que no vacilaron en aliarse con los nacionalistas catalanes y vascos, siempre dispuestos a exigir más competencias y a dominar totalmente sus regiones. Esa oposición combinó elementos de propaganda, gracias al dominio de los medios de comunicación, y de movilización callejera violenta. El desastre del buque petrolero Prestige en noviembre de 2002 fue una ocasión que supieron aprovechar, y la guerra de Irak el año siguiente, en la que el presidente Aznar tuvo la mala idea de mostrar apoyo a Estados Unidos y tomarse una foto con Bush y Tony Blair, les sirvió para soliviantar el tradicional antiamericanismo de la población.

No obstante, todas las encuestas anunciaban un triunfo del PP en las elecciones de 2004, que se celebraron el 14 de marzo. Tres días antes se produjeron los atentados de la estación de Atocha, en Madrid, que dejaron casi doscientos muertos. Como si lo tuvieran preparado, los socialistas y comunistas corrieron a rodear las sedes del PP y a responsabilizar al gobierno por su apoyo a Bush. Los atentados fueron atribuidos a unos islamistas a los que se masacró antes de que pudieran declarar. Son muchas las dudas que quedan sobre la verdadera autoría de esos atentados en una fecha tan problemática. La propaganda de esos días y la torpeza del gobierno, que intentó atribuir los atentados a ETA para evitar que se los relacionara con la guerra de Irak, determinaron el triunfo del PSOE, liderado esta vez por José Luis Rodríguez Zapatero.

Hasta entonces el PSOE era considerado un partido socialdemócrata de estilo europeo, y en su triunfo de 1982 se suele hablar de grandes cantidades de dinero estadounidense, invertidos a través de entidades del partido socialdemócrata alemán, para impedir que la facción hegemónica de la «izquierda» fuera el Partido Comunista (PCE). Con Zapatero empezó una deriva bastante parecida al chavismo con el acoso y la deslegitimación de la oposición y la alianza con los comunistas y con los nacionalistas catalanes y vascos. Así se recreaba el Frente Popular que ganó mediante fraude las elecciones de 1936 y dio lugar a la guerra civil tras el asesinato del líder de la oposición de entonces. No en balde Zapatero es hoy, junto con Ernesto Samper, una figura importante del Grupo de Puebla.

Entre las medidas que caracterizaron su gobierno destacan dos leyes que de algún modo representan el fin del periodo de concordia comenzado por la Transición. Una es la Ley de Violencia de Género, que anula la presunción de inocencia y la igualdad ante la ley (en aras de implantar reformas ideológicas de ingeniería social, esta vez con el pretexto feminista), y la Ley de Memoria Histórica, que criminaliza al llamado bando nacional de la guerra civil y al régimen de Franco, con lo que se intenta legitimar al gobierno del Frente Popular y al bando estalinista de la contienda.

En economía, Zapatero también actuó como Chávez, aunque tenía limitaciones por pertenecer a la Unión Europea. La crisis económica de 2008 fue particularmente dura en España y a pesar de la disposición del gobierno a gastar más con tal de seguir ganando elecciones, las autoridades europeas forzaron reformas drásticas como la reducción del sueldo de los funcionarios y la congelación de las pensiones. En medio de un empobrecimiento generalizado, Zapatero convocó elecciones en noviembre de 2011, en las que ganó por mayoría absoluta el PP de Mariano Rajoy.

El efecto de ese mal gobierno fue aniquilador. La actitud de Rajoy consistía en no hacer caso a los problemas en espera de que se resolvieran solos. Ciertas medidas como la reforma laboral y otras favorecieron la recuperación económica de una crisis que en Grecia, con gobierno socialcomunista, llevó a la intervención de las autoridades europeas y a un empobrecimiento drástico. Pero en lo que concierne a las leyes de Zapatero no hubo el menor atisbo de corregirlas, y respecto a los nacionalistas catalanes, cada vez más exaltados, a tal punto que a finales de 2017 dieron un golpe de Estado y declararon la república independiente, el gobierno de Rajoy fue inane y el descontento de las víctimas del secesionismo y de los críticos de Rajoy dio lugar al surgimiento del partido Ciudadanos, que en las elecciones de abril de 2019 se quedó a menos de un punto porcentual del PP.

Las dificultades y la salida del gobierno llevaron a los socialistas y comunistas a buscar de nuevo la agitación callejera, esta vez animada por personajes indistinguibles de los jefes de las FARC, con los que habían vivido en el palacio de Miraflores (Juan Carlos Monedero cinco años y Pablo Iglesias dieciocho meses). La copiosa inversión de dinero chavista le dio a Podemos, el grupo comunista dirigido por estos personajes, un gran protagonismo a partir de 2014. A lo que también ayudó el interés del gobierno de Rajoy por dividir a la «izquierda».

En 2018 una moción de censura del nuevo líder del PSOE, Pedro Sánchez, tumbó al gobierno de Rajoy. En las dos elecciones que hubo en 2019 se formó una mayoría sumando los votos del PSOE, Podemos y los nacionalistas catalanes y vascos. El gobierno llamado «Frankenstein» por estar formado por fragmentos incompatibles ha sido tan letal para España como lo fue el de Chávez para Venezuela, aunque en un país del primer mundo se nota menos: destrucción de la división de poderes, leyes ideológicas contra la mayoría de la población, despilfarro y endeudamiento extremos, sometimiento del Estado al interés del autócrata… La mayoría de los comentaristas dicen que si en las próximas elecciones generales (a más tardar en diciembre de este año) vuelve a ganar Sánchez terminará la democracia en España.

La oposición la forman el PP y Vox,  una escisión del PP que agrupa a sectores conservadores y resueltos respecto de la unidad de España. En las elecciones regionales de Andalucía de diciembre de 2018 Vox obtuvo el 10,5 de los votos y así fue posible el cambio de gobierno tras cuarenta años de hegemonía socialista. En las elecciones generales de diciembre de 2019 obtuvieron 52 diputados (de 350). La mayoría de las encuestas actuales dan una clara mayoría a la suma de PP y Vox, pero el PP no tiene ningunas ganas de entenderse con Vox y teme que una perspectiva de gobierno de coalición aleje a los votantes «centristas».

No parece muy probable que el bipartidismo que ha imperado en varias décadas siga reinando, los errores y deslices de Rajoy dañaron la credibilidad del PP y los votantes de Vox no se pasarán al PP. Se dice que la esperanza de Sánchez es dar a escoger entre la izquierda y la «extrema derecha», pero las dificultades económicas y los abusos de la ingeniería social pueden hacer fallar ese cálculo: tal vez los votantes prefieran buscar soluciones y no responder al resorte de la identidad, que es lo que opera con el cuento de la «izquierda». Tal vez la demagogia de un político generoso que da y da de todo a su pueblo sea demasiado burda para una sociedad que puede ver que aquello que recibe lo paga ella misma con creces.

(Publicado en el portal IFM Noticias el 26 de marzo de 2023.)

viernes, abril 07, 2023

La guerra contra la familia

Como es bien sabido, fue el comunista italiano Antonio Gramsci quien se planteó la dificultad de atraer a las masas al proyecto de su partido sin romper las lealtades que éstas heredaban: la patria, la religión, la familia, etc., y la necesidad de alcanzar la hegemonía ideológica en la sociedad. El fracaso de todos los intentos de implantar regímenes comunistas fuera de la Unión Soviética durante el periodo de entreguerras, o incluso de formar mayorías afines ideológicamente, determinó la búsqueda de nuevos conflictos que explotar para alcanzar sus fines. Entre esos conflictos fueron muy importantes los que se producían entre las metrópolis de los antiguos imperios europeos y sus colonias, sobre todo cuando esos imperios decayeron definitivamente tras el fin de la Segunda Guerra Mundial.

Otro elemento decisivo en la actualización del comunismo tras la caída del Imperio soviético en 1989 fue la experiencia aportada por el alemán Willi Münzenberg en los años veinte, con las redes de organizaciones y medios de comunicación que tenían en apariencia objetivos distintos a los de la Komintern pero que en realidad estaban controlados por los respectivos partidos comunistas. Después de 1945 la posibilidad de una insurrección obrera clásica en Europa occidental se alejó por el rechazo mayoritario a la implantación de tiranías en los países conquistados por el Ejército Rojo y porque se iba conociendo la realidad del paraíso soviético. Fue la ocasión para el relevo con modas como el existencialismo, una de cuyas figuras más prominentes, Simone de Beauvoir, estuvo en el origen del feminismo de segunda ola, que ya no buscaba la igualdad respecto de los hombres sino un conflicto permanente con base en elementos identitarios. O como la contracultura, concebida por los profesores de la Escuela de Frankfurt emigrados a Estados Unidos.

Esa contracultura tuvo su gran ocasión con motivo de la guerra de Vietnam: la explicable renuencia de los jóvenes a ser reclutados y tomar parte en ese conflicto les sirvió para alentar una tremenda rebelión basada en el lema “Sex and drugs and rock and roll” y en modas artísticas que a esas nuevas generaciones les podían vender como novedades absolutas. ¿Qué habrá pensado la gente informada de las generaciones anteriores? Parecía que antes el coito no tuviera atractivo para la gente o que las drogas no encontraran quien las consumiera. Como no era posible una insurrección obrera contra el capitalismo, los comunistas de las universidades crearon el Partido del Recreo, que fue decisivo en el triunfo comunista en Indochina (y en el consecuente genocidio de Camboya) al forzar la retirada estadounidense, a la vez que en ese contexto de rebelión generalizada alentaban el radicalismo de minorías negras (como los Black Panters) y feministas.

Era de eso de lo que hablaba el filósofo comunista francés Felix Guattari cuando mencionaba la «revolución molecular», la explotación de toda clase de agravios, sentimientos y causas para generar el caos y destruir la cohesión ideológica de la mayoría. Por eso es tan característico que los más extremistas defensores del transexualismo reciban dinero de Irán y sean indiferentes ante los atropellos que sufren las mujeres y los gais en los países musulmanes. Una sociedad dispersa en la que cada persona vive obsesionada por sus «derechos» y preferencias sexuales o religiosas conviene al fin de implantar una tiranía totalitaria, incluso sin insurrección violenta, basta con ensanchar el Estado y a la vez conquistarlo atrayendo a los votantes y a los funcionarios con móviles como ésos.

Ése es el contexto en el que hay que entender la propaganda del nuevo feminismo y la promoción de las relaciones homosexuales, de la promiscuidad y del transexualismo. No son causas que existieran de por sí (cualquiera que tenga cierta edad recordará que los hombres vestidos de mujer o con atributos femeninos postizos simplemente buscaban ingresos en el mundo de la prostitución y a veces en el del espectáculo), son modas creadas para disolver los nexos familiares y cuyo encanto es el mismo de las drogas y las sectas. En cuanto una persona se incluye en alguna identidad LGTBIQ… ya tiene acceso a gratificación sexual compartida y a compañía y comprensión, y cada vez más a recursos públicos.

El enemigo que se intenta batir con todas esas «causas» de la llamada «izquierda» es la institución familiar, siguiendo el enfoque de Gramsci. La mujer agraviada por la supuesta opresión de su sexo empieza a ver a los hombres como sus enemigos: a sus padres, hermanos, maridos, hijos… Hay una afinidad más importante que la de la consanguinidad o la afinidad personal, que empieza a verse como un error porque la sexualidad masculina empieza a percibirse como una agresión y el hombre de por sí como un violador. El lesbianismo no es la condición por la que una mujer se inscribe en la «izquierda» sino el resultado natural de la asimilación de la propaganda.

En las demás modas se da el mismo fenómeno respecto de la familia, que requiere cierto grado de monogamia: tal como el hippie de los sesenta se encontraba que era mas divertido retozar con varias parejas fumando marihuana que trabajar, lo mismo al joven actual le ofrecen ese caramelo de la promiscuidad y la singularidad, cosas que son más divertidas que el compromiso y el esfuerzo.

El que tenga alguna duda de que se trata del comunismo puede atender a las actuaciones de los partidos y líderes comunistas, incluidos los cubanos, que hasta hace poco encarcelaban a los gais. O fijarse en cómo cuando la propaganda abortista o contra el cambio climático termina en una condena del capitalismo, monstruo cuyo único remedio es la abolición de la propiedad, fenómeno que los comunistas actuales no proponen porque les basta subir sin cesar los impuestos para financiar su propaganda. O evaluar lo que realmente es la educación en todo Occidente, porque nada es tan rentable para los totalitarios como contar con el gremio de funcionarios docentes, a los que ponen a convencer a los niños de «salir del armario» o de cambiarse de sexo.

¿Cómo resistir a esa embestida totalitaria? Los políticos y partidos que se oponen a los comunistas obran en dos direcciones, por ejemplo respecto del feminismo: por una parte el resorte conservador (que supone que el mundo estaba bien hace unas décadas) y por la otra la galantería (apoyar el feminismo con cierta condescendencia, en el fondo el mismo enfoque conservador). En ambos casos se les hace un favor. También cuando la resistencia consiste en el móvil religioso. Un personaje de Dostoyevski decía «Dios no existe, todo está permitido». La verdad es que en Europa occidental las personas que realmente creen en Dios son una minoría, y las que practican alguna religión distinta del islam son más o menos tantas como las que se quieren cambiar de sexo. El retroceso de la religión no se va a parar, al contrario. En Iberoamérica ocurrirá sin la menor duda lo mismo.

El combate debe darse desde la racionalidad: explicando qué es el comunismo, qué resultados tiene su implicación, de qué modo la destrucción de la familia o la disolución de las costumbres favorece a esos tiranos y reivindicando la libertad y el valor de la verdadera educación.

(Publicado en el portal IFM Noticias el 19 de marzo de 2023.)

domingo, abril 02, 2023

Los artistas

Considerable revuelo han producido en Colombia las actuaciones de la diputada Susana Gómez Castaño, alias Susana Boreal, sobre todo su confesión de que diariamente fuma marihuana. Los críticos del gobierno en las redes sociales y en los medios encontraron un filón que explotar hasta que saltaron las denuncias de la exesposa del hijo de Petro. El nivel y las perspectivas de esa oposición se reflejan perfectamente en esos móviles con los que resulta fácil llegar a las grandes audiencias, los vicios y las corruptelas. Parece que hiciera falta mostrar pruebas de que un pícaro se enriquece o de que la gente del gobierno consume drogas para despertar el rechazo que hechos de verdad graves como la renuncia a la explotación de los hidrocarburos o la abierta negativa a combatir el narcotráfico (por ejemplo en el discurso del asno en la Asamblea General de la ONU) no despertaron.

Y ciertamente las costumbres de la diputada Gómez Castaño no deberían suscitar tanto interés, varias generaciones de colombianos han recitado y aprendido de memoria los poemas de Miguel Ángel Osorio (más conocido por su nombre «de combate», Porfirio Barba Jacob), cuyo consumo de marihuana sin duda, habida cuenta de que se jactaba de él, tuvo que haber sido mucho mayor que el de la joven directora de orquesta. Tampoco las extravagancias que lleva a cabo y que forman parte de esa concepción frívola que tienen las clases altas de la política.

Me gustaría no tener que reaccionar a los comentarios que leí sobre ese asunto, pero es que los críticos del gobierno no entienden que el país está en manos de una banda de criminales, cuyo menor pecado es que una de sus representantes fume marihuana. ¿Les cuesta tanto entender que buena parte de los ministros tienen diversa relación con las guerrillas que siguen masacrando policías, militares y campesinos? ¿Qué creen que es el Partido Comunista, a cuya alta dirección pertenece la ministra Gloria Inés Ramírez? ¿Cuál cree que ha sido la labor de Iván Velásquez en la guerra jurídica contra las Fuerzas Armadas y los sectores políticos contrarios al narcocomunismo?

Lo interesante de esa diputada no son sus costumbres sino el hecho de que dirige las agrupaciones de músicos del país, que colaboraron masivamente en el Paro Nacional de 2021, con el que a punta de terror, mentira y destrucción las bandas de asesinos le abrieron el camino a Petro. ¿Qué clase de gente degenerada no se horroriza por ese hecho y por la adhesión de la dama en cuestión y la inmensa mayoría de los músicos profesionales a un partido como el «Pacto Histórico» fundado por alias Iván Márquez sino porque declara que sus vicios le proveen placer?

Pero el personaje es muy representativo, porque al lado de la infame «paz» de Juan Manuel Santos y de su corolario, el ascenso a la presidencia de un representante del crimen organizado, no sólo estuvieron los músicos sino también los actores y los pintores y los literatos y los periodistas y los profesores… ¿Qué son propiamente esas personas y qué las mueve a estar de parte de los asesinos y secuestradores?

Eso no se puede ni pensar porque la mente de los ciudadanos está condicionada por la dualidad «izquierda/derecha». Los artistas e intelectuales son de izquierda y en realidad nadie está para explicar qué significa eso. Como un chiste que contaban sobre alguien que toleraba que los franceses dijeran pain en lugar de «pan» y vin en lugar de «vino», pero el queso, ¡se ve tan claro que es queso!, la gente intoxicada por la propaganda «sabe» ¡tan claramente! lo que significan las palabras izquierda y derecha en política.

¿Quiénes son los artistas y por qué son unánimemente partidarios de los mutiladores y violadores de niños? Ante todo hay que entender que son las personas de las clases altas, pero ¿qué son las clases altas? Cada uno tiene su definición, de modo que si uno piensa que hacia 1970 la proporción de jóvenes colombianos que estudiaban en la universidad difícilmente superaría el 2 %, debería sorprenderse de que la propaganda comunista hablara de «obreros, campesinos y estudiantes», pero al parecer nadie nunca se ha sorprendido.

Las clases altas son las que mandan a sus hijos a la universidad. Ahora van muchos más que antes, de modo que las clases altas son las que estudian para artistas o los que obtienen doctorados y másteres y estudios en el extranjero. Ese proceso por el que las personas que gozan de privilegios sociales y cuentan con recursos prefieren las profesiones en las que no hay grandes riesgos ni grandes responsabilidades ha ocurrido siempre en todo el mundo. Lo particular de Colombia es que las ventajas de esos grupos derivan del crimen, y así los jóvenes universitarios de los años setenta que aplaudieron el asesinato de José Raquel Mercado y muchos otros crímenes del M-19 se vieron favorecidos con la expansión de los puestos estatales tras la Constitución de 1991 y los privilegios asociados a diversas disposiciones de esa norma.

Desconozco la labor de la diputada Gómez Castaño como directora de orquesta, me resulta evidente que las orquestas colombianas no viven llenando las grandes salas de Europa y Norteamérica ni sus grabaciones son las que primero aparecen en YouTube, y que los aportes del país a la música clásica son más o menos comparables a los que se registran la industria o en las ciencias, en las letras (aunque la gente ignorante todavía cree que García Márquez es un autor de gran trascendencia). A los artistas les ocurre lo que ocurre con todo, que gracias a esa vocación parasitaria de las clases altas, la forma correcta de prosperar es la política, y la política real desde hace medio siglo en Colombia está marcada por el crimen del comunismo y sus cómplices. Su arte es basura desconocida, salvo por casos como el de Doris Salcedo, con gran figuración en una época en la que arte y basura son más o menos lo mismo.

La frivolidad de la diputada y en general de los artistas colombianos, que se ganan la vida y conservan los privilegios de sus familias gracias a que se integran en alguna camarilla («rosca») próxima al poder, permite entender en qué consiste la llamada «izquierda»: la forman las viejas clases parasitarias, los descendientes de los encomenderos, que usan el pretexto de la cultura o la educación como antes lo hacían con el pretexto de la religión. La retórica comunista, ahora actualizada para la guerra contra la familia, es sólo la máscara de ese orden perpetuo. La rebelde radical que saca de quicio a los biempensantes es sólo un atavismo porque, a fin de cuentas, para explicar lo que significa «la izquierda» de modo que corresponda al diccionario habría que decir «la derecha», tal como «progresista» es en realidad «retrocesista», y precisamente gracias al parasitismo de esos revolucionarios las oportunidades de los colombianos de conocer la gran tradición artística y literaria en lugar de crecer menguan.

(Publicado en el portal IFM Noticias el 12 de marzo de 2023.)

domingo, marzo 26, 2023

La oposición necesaria

La historia reciente de Colombia es la del triunfo del bando de la casta oligárquica liberal como final de la bicentenaria querella bipartidista. Lo que pasa es que ese triunfo no traerá paz sino más crueldad y mentira porque para obtenerlo esa casta le vendió su alma al diablo, que es por una parte el imperio narcocomunista (que hasta participó abiertamente en el proceso de paz, en medio de la indiferencia, cuando no la alegre complicidad, de toda la intelectualidad hispánica) y por la otra el arte comunista.

Antes de continuar intentaré explicar qué entiendo por «arte comunista». En el principio hubo mentes atávicas cristianas que se veían desplazadas por el mundo moderno y formaron la Liga de los Proscritos, luego Liga de los Justos, luego Liga de los Comunistas, la cual encargó al filósofo alemán Karl Marx el Manifiesto comunista. En la audacia de ese texto, hijo de los absolutos de Hegel y del trastorno de 1789, se cifra el destino de Europa. Si ésta no se hubiera suicidado en 1914 y todo el mundo se hubiera hecho capitalista, la Tierra sería un Edén. El Manifiesto propone una tiranía que espera tener el apoyo de las clases mayoritarias para dominar al conjunto de la sociedad de forma violenta. Sin la certeza de que tal ensueño sanguinario era posible y deseable, certeza que obraba como el software del golpe de Estado bolchevique, no habría habido un imperio comunista dominando la mitad del planeta. La tecnología de terror que pusieron en práctica los comunistas y la imposición de la mentira a través de la propaganda les permitieron quedarse setenta años en el poder, y al cabo seguir dominando en el Estado mafioso actual, ya no unidos por la ideología sino por las redes de influencia heredadas del antiguo régimen. No hay aspirante a tirano que se resista a esa entente, ahora comandada por China, Rusia e Irán como enemigos de la sociedad abierta. Ni sobre todo a ese arte de dominación mediante el engaño y la intimidación. Chávez, por ejemplo, fue un militar golpista sudamericano típico, pero el régimen que impuso se mantiene gracias a esas alianzas y a ese arte.

Lo que siempre han querido los Santos, los López y los Samper es no tener rivales que no sean impotentes, apenas decorativos para que las redes de intereses de las castas norteamericanas y europeas acojan con simpatía al régimen y lo hagan reconocer universalmente. Pero ¿hasta dónde quieren llegar? Con la disolución acelerada que busca y consigue el gobierno de Petro, los oligarcas podrían quedar como los tontos útiles que crearon al monstruo que los devoraría. Puede que el Partido Comunista tenga planes en los que el poder de esos clanes sea mínimo, y aun de eliminarlos para no verse expuestos a conjuras de oposición. Gloria Inés Ramírez no tiene tanto interés en que los ricos de Londres vean con simpatía al gobierno colombiano. Puede que haya cambios en Cuba en los que pierdan a sus protectores, o que el PCC se sienta capaz de alzarles la voz a los cubanos y aun de someter a Venezuela. ¿Y qué pensarán las esposas de esos ínclitos señores cuando resulten criando a una mujer trans? La reverencia de los comunistas de la base no es muy sincera, son gente llena de resentimiento que estaría feliz de desollarlos.

Hechos como los de esta semana en San Vicente del Caguán dejan ver que en aras de someter a las Fuerzas Armadas y a la Policía los comunistas no vacilan en ejercer la violencia de masas, sean éstas estudiantiles, indigenistas o cocaleras. Eso aumentará sin cesar, salvo que a Velásquez le resulte fácil comprar oficiales y encarcelar o expulsar a los desafectos, caso en el que sembrar el territorio de campos de concentración o reeducación o como quieran llamarlos será el siguiente paso.

Todo eso termina siendo ominoso incluso para los que protegieron a las guerrillas comunistas y financiaron desde el poder el adoctrinamiento en las universidades. El resto de la sociedad debería plantearse cómo impedir que acaben de implantar esa tiranía. Y para esa tarea falta una oposición que tenga una identidad definida, que sepa qué quiere, que tenga un programa político y mueva todos los resortes de influencia para triunfar. No hay una oposición semejante, sólo lloriqueo de vagos grupos de influencia y tuiteros que lamentan cada desmán del gobierno, casi siempre pasando por alto los aspectos más lesivos de la propaganda.

La primera bandera de esa oposición debería ser una reducción drástica del gasto público que permita bajar los impuestos y alentar el desarrollo empresarial. Gastar menos permitiría desactivar el mecanismo de la educación, que no forma personas para el capitalismo, como reconocía un profesor de la Universidad Nacional. Sin hacer frente a esa cuestión, todo será en vano. La segunda divisa, la convocatoria de una Asamblea Nacional Constituyente que suprima la de 1991 y todas las leyes derivadas de ella, destituya a las cúpulas judiciales y prohíba aplicar nada de lo acordado con los regímenes de Cuba y Venezuela a través de la rendición a sus bandas de asesinos activas en Colombia. La tercera, la prohibición constitucional de la producción y el tráfico de drogas ilícitas, planteando incluir en el código penal el castigo a todos los que produzcan y cultiven insumos necesarios en esa industria. La cuarta, la supresión de todas las leyes ideológicas impuestas por las sectas narcocomunistas.

Todo eso implica pensar en el largo plazo, es evidente que la idea de cerrar las universidades públicas no será popular, y que cuando la gente entienda que su «ascenso» social gracias a los diplomas sólo le permitirá ganar algunas decenas de dólares al mes, como en Cuba, Venezuela y Nicaragua porque en el resto del mundo esos diplomas no valen nada, ya el régimen de terror estará instaurado, pero cuanto más se tarde en sacar del engaño a las mayorías peor será.

El cortoplacismo es el peor vicio de la política colombiana, y los que buscan acceso a cargos y prebendas deben más bien incluirse en el régimen. Es famosa la frase atribuida a Keynes de «en el largo plazo, todos muertos». Pero una persona de cincuenta años puede contar con que probablemente no llegará a cien y no por eso querrá que sus nietos vivan en la miseria, aterrorizados y sin esperanza. En 2026, aun si ganara la oposición, no se cambiaría nada, tal como en lo esencial del régimen no cambió nada Duque.

(Publicado en el portal IFM Noticias el 5 de marzo de 2023.)

domingo, marzo 19, 2023

Desigualdad

La igualdad entre las personas es un fundamento de la ley, un fundamento reforzado desde que surgieron las instituciones liberales y democráticas en los siglos XVIII y XIX. Al respecto hay muchos malentendidos porque la propaganda totalitaria denuncia las sociedades libres con el argumento de que son desiguales porque «unos tienen tanto y otros tan poco». Una igualdad en la que todos tuvieran lo mismo, cosa que nunca ha ocurrido en ninguna parte, sería la mayor injusticia porque querría decir que los que trabajaran mantendrían a los demás y así nadie trabajaría. Y si para evitar eso se forzara a alguien a trabajar, ya tendría una ventaja objetiva el que ejerciera la autoridad.

De lo que trata la igualdad del liberalismo es de la igual dignidad de las personas, por ejemplo si un potentado mata a un mendigo la ley no puede castigarlo de forma distinta que a un mendigo que matara a un potentado. Ni se puede concebir, por ejemplo, que el voto de una persona valiera más que el de otra o que una persona pudieran ser la propiedad de otra.

Puestos a pensar en el acceso a los bienes, por ejemplo a la atención sanitaria, lo deseable es que las oportunidades de todos aumenten. Pero no se puede ni imaginar que las oportunidades de todos vayan a ser iguales, y ciertamente nunca ha ocurrido nada parecido. Si un ciudadano humilde enferma no tendrá la misma atención que el presidente, pero en los países libres la mayoría tiene acceso a una atención razonablemente buena. Eso depende de la riqueza del país, y los países prosperan en la medida en que rijan en ellos las instituciones liberales.

El odio a la libertad, cuyo otro nombre es «anticapitalismo», en realidad es resistencia contra esa igualdad en aras de un orden jerárquico en declive. No hay mejor ejemplo de lo anterior que Colombia, donde ciertamente no ha habido nunca ninguna igualdad ni la hay ahora, sino que una minoría lo tiene todo sin producir nada mientras que la mayoría lo produce todo sin tener nada. Aunque ahora se oculte, el rasgo idiosincrásico más marcado de Hispanoamérica es el racismo, por eso «indio» es un insulto y a los indios les dicen «indígenas» para no ofenderlos recordándoles lo que son.

Esa persistencia de la esclavitud es lo que permite el dominio de los totalitarios, tal como ocurre en Cuba, donde los negros y mulatos son los pobladores de los campos de concentración y los puestos de poder son para los blancos. En Colombia el programa comunista impuesto en 1991 produjo un espantoso aumento de la desigualdad económica durante esa década (el coeficiente de Gini estaba por debajo de 0,55 en 1991 y llegó a más de 0,60 en 1999, los ricos al despuntar el siglo eran mucho más ricos y los pobres mucho más pobres): los generosos derechos a la educación y la salud se tradujeron en privilegios para los «educadores» y médicos, y en general para todos los miembros de las castas superiores, que tienen modo de hacer valer esos «derechos fundamentales» y viven del Estado.

Conviene aclarar que la masa de los ricos que mide el coeficiente de Gini no tiene que ver con los grandes propietarios sino con la mitad más rica de la población respecto de la más pobre, y ciertamente en Colombia la mitad más rica la forman principalmente los empleados estatales y los titulados universitarios, es decir, los votantes del narcocomunismo.

El origen de esa desigualdad no es por supuesto la mayor productividad de la mitad más rica, sino la violencia que le ha permitido implantar leyes inicuas a costa de la mitad más pobre. Por eso es tan despreciable todo el que habla de izquierda y derecha. Cada vez más, la definición más exacta de la izquierda es «la derecha». Los votantes de Petro que no son clientes de maquinarias o de gamonales no son tanto enamorados de la épica guerrillera cuanto gentes de clase media absolutamente convencionales que encuentran acomodo en el parasitismo tradicional o en todo caso se identifican con él aunque de momento no puedan disfrutarlo. Los que se sienten «de derecha» son gente de un nivel social parecido que creen que la demagogia los amenaza y ven la amenaza de vivir sin servicio doméstico (como la mayor parte de las gentes acomodadas en los países ricos).

Pero suponiendo que rige la ley y hay juego limpio, la desigualdad como aumento de la riqueza de algunos sería deseable, pues correspondería al premio a una mayor productividad. Si un médico encuentra un tratamiento que cura el cáncer se hará mucho más rico que las demás personas, lo cual no debe entenderse como que alguien sea más pobre por su culpa, al contrario. Los pioneros de la informática e internet han acumulado grandes fortunas, que son una parte ínfima de la riqueza que esos desarrollos tecnológicos nos han traído a todos.

Hay un ámbito en el que el igualitarismo de los comunistas y afines es genuino: el de la educación. Todos los responsables educativos de todos los gobiernos colombianos proceden de colegios selectos y envían a sus hijos a esa clase de colegios, pero la misión de su vida es lamentar la desigualdad educativa, para lo que comparan lo mucho que saben ellos con lo poco que aprenden las personas marginales del último rincón de la selva. Eso sí, a cambio de un ingreso mensual que es varios cientos de veces el de esas personas. No se debe creer que hay alguna diferencia entre esos funcionarios y los comunistas, porque la ideología es un pretexto del parasitismo y ciertamente ningún gobierno colombiano de los últimos cuarenta años ha resistido a esa presión ideológica.

¿De qué modo es genuino ese igualitarismo? Esa clase de personas disfrutan de privilegios y les aseguran privilegios a sus hijos, pero esos privilegios consisten en los contactos que adquieren juntándose con los de arriba, no en ningún conocimiento. Esos privilegios e iniquidades serían casi tolerables si gracias a ellos se formara un parnaso de sabios. A lo sumo los hijos de esa clase de personas van a colegios que imparten las clases en inglés con la esperanza de que terminen adquiriendo un buen acento en esa lengua, a pesar de que estarán en clara desventaja para cualquier otro conocimiento.

El siniestro gobierno de Pedro Sánchez impuso en España una ley educativa que rebaja drásticamente la exigencia para los estudiantes, de modo que todos tienen la ocasión de graduarse sin haber aprendido nada. Esa clase de medidas también se llevan aplicando en Colombia al menos desde el gobierno de Andrés Pastrana.

La desigualdad educativa también sería lo deseable, pues cada vez que alguien aprende algo aumenta esa desigualdad respecto de los que no aprenden nada. Y es lo que no hay en Colombia. Si el país tuviera media docena de personas que produjeran patentes importantes o se ganaran premios Nobel en Física, Química o Fisiología, eso mejoraría al país más que varios millones de cupos universitarios. Las pruebas PISA, en las que Colombia es el último país de la OCDE, reflejan una situación general, ojalá se pudiera decir que los hijos de los ricos sí han aprendido algo. Bueno, a nadie le interesa ni le hace falta aprender nada, a fin de cuentas, el país no produce nada que requiera patentes o conocimientos.

Esa indolencia, otro rasgo que delata los hábitos de la esclavitud, es lo que permite el triunfo de una facción política tan grotesca como la de Petro. Son los inútiles agrupados los que mantienen el orden de esclavitud dirigidos por los descendientes de los encomenderos y criollos, sazonando su dominación y parasitismo con dosis de demagogia y cebo a clientelas miserables, a la vez que lucrándose de mil maneras del narcotráfico.
(Publicado en el portal IFM Noticias el 26 de marzo de 2023.)

jueves, marzo 09, 2023

¿Cuándo van a entender que se trata del comunismo?

Las recientes declaraciones de la vicepresidenta en contra de la presencia del régimen cubano en la lista de amigos del terrorismo y elogiando su sistema de salud despejan cualquier duda que se pudiera albergar sobre los designios del gobierno de Petro. No es nada nuevo para quien conoce a la llamada izquierda colombiana, pero precisamente el problema es que parece que nadie los conociera. En los comentarios que siguieron a las manifestaciones del 15 de febrero y entre los propios lemas de los manifestantes no había ninguna alusión al comunismo, como si los hubieran convencido de que éste terminó en 1989.

Claro que los colombianos están preparados para asimilar el comunismo porque de algún modo sufren el llamado «síndrome de la rana hervida» (una rana a la que se mete en agua hirviendo salta, pero si el agua fría se va calentando paulatinamente hasta la ebullición, la rana se va acostumbrando). Ya muchos puntos clave del comunismo son creencias arraigadas de los colombianos, como la idea de que las personas tienen un «derecho fundamental» a la salud o a la educación y hasta pueden ir al juez a reclamarlos. A ninguno se le ocurre que no hay un derecho fundamental al alimento, al vestido o a la vivienda, por no hablar de las caricias de otra persona, que suelen ser más necesarios que la educación y la salud.

¿Es concebible esa noción de los «derechos fundamentales» en países que no sean socialistas? Pues no, parecen ocurrencias desastrosas, pero es difícil que un colombiano se lo plantee. Al respecto recuerdo mi sorpresa leyendo hace varias décadas la parte de La democracia en América en que Tocqueville pone a las leyes en el origen de las costumbres. Por extraño que nos resulte, el origen de las costumbres son las leyes tal como el origen del pueblo es el Estado, y no al revés. Los descendientes de los aborígenes americanos creen sinceramente en los dogmas de la religión cristiana, que no fue propiamente un descubrimiento al que llegaron libremente sus antepasados. Los colombianos de hace sesenta años no creían que uno tenía derecho a la educación, pero el poder de la conjura oligárquica lo impuso en 1991. Ahora sugerirles que la gente no debería pagar impuestos para que otros adquieran diplomas les resulta tan inconcebible como espetar a la mamá y asarla a la brasa.
Otro gran avance en la conquista del país por parte del comunismo fue la paz de Santos, que no fue el alivio de la violencia guerrillera sino la entrega del país al narcorrégimen cubano, y que sencillamente determina el dominio comunista sobre el Estado.

El descontento actual y las protestas contra Petro adolecen, en mi opinión, de esa falta de visión de conjunto, congruente con el generalizado cortoplacismo con que se emprende todo en el país. Los que consiguen reunir a muchas decenas de miles de personas descontentas deberían prestar más atención a la historia de Venezuela durante la primera década de chavismo. También había multitudes oponiéndose al tirano pero a la hora de entender que simplemente estaba creando otra Cuba ya no había mucha cohesión.

Se observa una candidez generalizada en la oposición a Petro, también marcada por el apego a Uribe y su partido. Los comentaristas en las redes sociales vuelven con la queja de que las ONG de derechos humanos son complacientes con el gobierno, como si fueran autoridades legítimas y no activistas ligados a intereses particulares.

Se saca pecho por el comportamiento cívico de los manifestantes como si los de la Primera Línea fueran violentos por capricho y no porque la intimidación es rentable y da poder.

Abundan los que proclaman que Petro yerra al imponer su reforma a la salud como si su propósito fuera mejorar la salud de los colombianos o como si un deterioro de ésta lo fuera a perjudicar. Es al contrario, cuanto más enfermos y pobres sean los ciudadanos más seguro es el poder del tirano comunista, de otro modo los cubanos se habrían rebelado para mejorar sus salarios de veinte dólares al mes. Se acusa al gobierno de querer volver al funesto Instituto Colombiano de Seguros Sociales, pero en realidad sólo quiere nacionalizar todos los sectores que pueda.

La reforma a la salud es el conflicto actual gracias al cual ya se olvidó la reforma tributaria. Cuando haya sido aprobada vendrá otra reforma legal que generará descontento y la hará olvidar. Poco a poco la gente se acostumbra a vivir en un país semejante como ya les ocurre a los venezolanos.

Se depositan esperanzas en los legisladores de partidos distintos al de Petro, la inmensa mayoría de los cuales aprobarán todo lo que les pongan siempre y cuando puedan lucrarse haciéndolo…

En fin, Petro es un patán ignorante y de muy corta visión que simplemente aplica el libreto que le dictan los Santos y sus socios cubanos. No hay que olvidar que en plena pandemia viajó a la isla a recibir instrucciones y asegurarse el favor de los jefes, los mismos que pusieron al español Enrique Santiago, dirigente del Partido Comunista de España, a negociar en nombre de las FARC. Ese libreto conduce a la destrucción de la democracia tal como ya ocurrió en Nicaragua y Venezuela y pronto en Bolivia. Petro no es un mal gobernante que perderá las elecciones (ni siquiera sería sorprendente que los cubanos lo mataran, como hicieron con Allende y probablemente con Chávez, para poner a uno más controlable) sino el títere cubano al que reemplazará uno que confirmará sus reformas, tal como Duque confirmó las de Santos.

Sencillamente, desde los años de Uribe, con Juan Manuel Santos en el ministerio de Defensa, y hasta ahora, han ido controlando las Fuerzas Armadas y la policía, que en pocos años serán completamente afines a las FARC. Éstas no han desaparecido sino que controlan extensas zonas rurales sin que ya les haga falta matar soldados ni cometer secuestros. A la par irán conquistando totalmente las instituciones y así las elecciones que haya a partir de ahora serán una farsa en la que siempre ganarán ellos porque cuentan con el narcotráfico para comprar votos y con el soborno a los políticos de la oposición o con el asesinato si hace falta. Ya controlan el poder judicial desde hace décadas, ahora tendrán de su parte a las Fuerzas Armadas y la policía.

La oposición no puede vivir centrada en el último exceso o en el último atropello del régimen, ni creer que en 2026 se cambia el gobierno y se empieza a arreglar todo. Es necesario partir de entender que el régimen narcocomunista es ya una realidad y que para combatirlo hay que deslegitimar todos los golpes de Estado que han traído hasta aquí y toda la trayectoria del comunismo en el país, tanto la Constitución del 91 como los acuerdos de La Habana deben ser llevados a juicio, y es natural que quien piense en algo así esté en minoría y en el corto plazo no vaya a ganar elecciones. Pero sin esa perspectiva el descontento no servirá para nada, a lo sumo para la carrera de algún demagogo que prosperará lloriqueando en el Congreso.

Restaurar la democracia sólo es posible si se entiende que ya la abolieron. No es que las manifestaciones y protestas sean inútiles, pero para que no lo sean hace falta un proyecto que atienda a la realidad antes que a los intereses de candidatos a curules en las que vivirán bastante cómodos prestando reconocimiento tácito al narcorrégimen. Un proyecto coherente es lo imprescindible si se quiere evitar que el narcorrégimen comunista que llevan medio siglo implantando se quede hasta el siglo XXII.

(Publicado en el portal IFM Noticias el 19 de febrero de 2023.)

domingo, marzo 05, 2023

El ocaso del país del ocaso

 Por @ruiz_senior

En una ocasión Borges comentaba que el libro traducido como La decadencia de Occidente podría haberse llamado en español «La ida hacia abajo de la tierra de la tarde», debido a que en alemán se llama Der Untergang des Abendlandes (unter = abajo, Gang = paso, Abend = tarde, Land = país). También podría ser «El declive del país del crepúsculo» o «El ocaso del país del ocaso».

El segundo volumen de ese libro se publicó en 1923, hace un siglo exactamente. Su tesis es que la civilización occidental entraría hacia el año 2000 en una crisis que sería el comienzo de su final. ¿Es consciente la población de estar experimentando esa catástrofe? No, y para la inmensa mayoría los signos evidentes de esa decadencia definitiva son buenas noticias.

¿Qué es Occidente? Se podría definir como las naciones que heredaron la antigua civilización grecolatina y adoptaron el cristianismo como su religión. Spengler incluía en esa categoría a Rusia, a toda Europa, a toda América y a Australia. Para entender lo que significa esa decadencia conviene mirar los datos.

Antes de 1914 Europa tenía una población cercana a los 450 millones de habitantes, una cuarta parte de una población mundial que llegaba a 1.850 millones. En 2020 con 746 millones no llegaba a ser una décima parte de los casi ocho mil millones de seres humanos del planeta. Claro que entre esos 746 millones hay que contar a una buena parte de personas provenientes del resto del globo, situación casi inconcebible para la gente de esa época, en la que eran los europeos los que colonizaban África y diversas regiones de Asia.

El periodo anterior al comienzo de la Primera Guerra Mundial, que era el de la hegemonía del Reich alemán en Europa central y occidental y la expansión de los imperios coloniales se recuerda como la «época bella». Pero entonces también se cumplía un siglo del final de las guerras napoleónicas, y en el Imperio británico, la principal potencia de ese siglo, la mayor parte de ese periodo es la llamada «época victoriana». Tal vez no haya habido en toda la historia humana un periodo de mayores avances en todos los terrenos. Todos los adelantos tecnológicos que definen al siglo XX se inventaron o se desarrollaron en esas cuatro décadas: el cine, la radio, el teléfono, el motor de explosión, la aviación. Incluso la comunicación telegráfica entre Europa y América a través de un cable submarino.

También es una época gloriosa para las cuestiones del espíritu, la pintura francesa, la música alemana, las grandes novelas rusas. O el conocimiento del universo y la naturaleza, con logros como la tabla periódica de los elementos o la teoría de la relatividad, además de la mecánica cuántica.

Era la época de los grandes imperios que se repartían el mundo, cosa que la gente de ahora ve con absoluta reprobación. En las repúblicas de la América española y portuguesa el odio al colonialismo es un rasgo derivado de la propaganda legitimadora de los que llevaron a cabo la separación de España, la cual fue promovida y financiada por el Imperio británico, el viejo rival. Después ese odio sirvió al comunismo y se instaló en las conciencias como la cosa más natural del mundo. En una ocasión oí a un profesor de la Universidad Nacional de clarísimos ojos azules decir que los españoles «nos» conquistaron.

El imperialismo, que es como se podría definir esa tendencia, tenía un ideólogo muy explícito en el gran escritor Rudyard Kipling, que veía la conquista de territorios como un servicio a pueblos que eran «mitad demonios y mitad niños». Es comprensible que prácticamente ningún colombiano apruebe esa visión. ¿Alguno sabe cómo se puso fin al tráfico de esclavos entre África y América y quién lo hizo? Tal como con toda la propaganda comunista, parece que las fábricas se construyeran solas y los inventos fueran regalos de los dioses.

El tráfico de esclavos fue abolido por el Imperio británico en 1807 y la aplicación efectiva de esa prohibición conllevó grandes costos y conflictos. Pero es sólo un ejemplo, también en la India se acabó con la horrible costumbre de poner a la viuda en la pira funeraria. La colonización de África dio lugar a horribles crímenes por parte de los alemanes y belgas, pero no particularmente de los británicos.

¿Trajo algún beneficio la destrucción de los imperios? Ciertamente no para los africanos, asiáticos y oceánicos que con ella vieron surgir nuevos Estados. Éstos cayeron pronto en manos de «élites extractivas» que destruyeron toda actividad económica productiva y se dedicaron a saquear las riquezas de los países. El caso de la agricultura en Zimbabue, la antigua Rodesia, podría servir de ejemplo. Pero hay uno mucho más cercano: antes de la revuelta que dio lugar a la independencia, Haití era una de las regiones más productivas del Imperio francés, hoy es la más miserable del hemisferio occidental.
 
Por supuesto que hacía falta abolir la esclavitud y favorecer la prosperidad de los antiguos esclavos, pero la expulsión de los europeos no ha traído a ningún país ningún desarrollo. La historia de Haití es la de Argelia y muchos otros países, también la de Vietnam o Camboya, aunque en estos casos cuenta también en gran medida la injerencia comunista. La descolonización sólo trajo a África y otras regiones hambre, violencia y desorden.

Tampoco en Europa la caída de los imperios fue una buena noticia: ni Viena ni Praga ni Budapest volvieron a ser las espléndidas capitales que habían sido. Y Rusia tiene hoy menos población que en 1914, tras más de un siglo de hambre, frío, miseria, terror y genocidio.

Esa caída fue el resultado de la guerra de 1914 y la culpa de quienes la promovieron, que pagaron cara esa actuación. Si entonces se hubiera buscado la concordia, otra sería la historia de Europa y del mundo y quizá no habría tenido lugar el monstruoso crimen que fue el comunismo, ahora renacido y dueño de toda Sudamérica y otras regiones, además de hegemónico entre las clases medias europeas.

Lo que vemos hoy en día con atrocidades ideológicas como la doctrina woke, el veganismo, la «teoría crítica de la raza», la guerra contra la familia en sus diversos frentes, la censura y la degradación de las instituciones educativas (no es sólo en Colombia) es la prueba de aquello que anunció Spengler. Baste comprobar que los elementos principales de las nuevas industrias ya sólo se producen en Extremo Oriente y que la economía de esa región ya es más importante que la de toda Europa para entender que el mundo se encuentra en un nuevo ciclo y que probablemente será esa región la que domine en los próximos siglos.

(Publicado en el portal IFM noticias el 12 de febrero de 2023.)

domingo, febrero 26, 2023

Raquel y tú

 Si algo merece atención a la hora de tratar de entender la mentalidad de los pueblos iberoamericanos es la manía de ponerles a los niños nombres singulares para distinguirse, desde los de personajes mitológicos o de próceres griegos y romanos en el siglo XIX hasta los actuales engendros formados a partir de la adición de sílabas o de la búsqueda de cualquier combinación de sonidos que suenen como un nombre inglés. El origen de esa manía casi siempre es el complejo de inferioridad: parece que la persona rústica espera tapar lo rústico haciendo exactamente lo que la delata, como el que lleva una camiseta con la leyenda «No soy paranoico» o un tatuaje que reza «Doctor en Sánscrito».

Pocas cosas contrastan tan rotundamente con las costumbres de los europeos y angloamericanos, que mayoritariamente repiten los mismos nombres de generación en generación, de modo que los más diabólicos y toxicómanos rockeros o raperos tienen nombres de personajes bíblicos o de la tradición germánica. Lo mismo ocurre con las clases altas en Hispanoamérica, cuyo esnobismo las arrastra siempre en la dirección de «mejorar la raza» adquiriendo apellidos británicos, alemanes o de otros países de la región. Así se crean dos «colores» (como los cuatro varna de India): los que tienen apellidos raros y los que tienen nombres raros.

Un caso aparte es el de José Raquel Mercado. No recuerdo ningún otro nombre de mujer como parte de uno de hombre, salvo, claro, María, habitual en «José María» porque son los padres de Jesús (el fundador del Opus Dei está canonizado como «san Josemaría»). En fin, el de ese sindicalista es un nombre muy presente en la memoria de los colombianos, que de tanto oírlo ya no se sorprenden de su originalidad, y evoca el origen popular de ese dirigente sindical mulato y de provincias.

En Colombia se han cometido muchos crímenes, sobre todo los han cometido los comunistas, aliados de la casta oligárquica, pero ninguno define tanto al país, ninguno muestra tan claramente el daño moral generalizado que sufre la población como ése. La banda que lo cometió para forzar a los demás sindicalistas a obedecer a la CSTC, después llamada CUT, y castigar la traición al Partido Comunista en una huelga anterior, se jactaba de su proeza, y contó con el respaldo explícito, en la mayoría de los casos, de las clases altas.

De ningún modo puedes pasar por alto la sutileza, la elegancia, la altura de miras y la sinceridad del revolucionario Jaime Bateman Cayón cuando se refiere a ese hecho: «La decisión de ajusticiarlo la sometimos al veredicto popular. La gente escribió en las calles sí; escribió no; la CTC hizo una gran campaña de carteles para que no lo fusiláramos; los sindicatos discutieron el asunto; algunos miembros de la CTC dijeron incluso, públicamente, que a Mercado había que ajusticiarlo... Él estaba entregado totalmente al imperialismo. En el interrogatorio que le hicimos reconoció que trabajaba para los norteamericanos, que recibía de ellos cuantiosos cheques. Nosotros editamos quinientos mil ejemplares de un folleto en el que presentábamos las pruebas en su contra».

Ahí lo tienes, un hombre indefenso, secuestrado y asesinado por unos canallas a los que las clases altas admiraban y defendían. ¿Se te ha pasado por la cabeza dudar de lo anterior? Podrías recordar un nombre muy conocido en Colombia, el de Gabriel García Márquez, que ciertamente nunca reprochó a los asesinos ese crimen, y que fácilmente pudo contarse entre quienes lo encargaron. En 1983 publicó un reportaje sobre la muerte de ese asesino que es una verdadera hagiografía. 

Te preguntarás cómo es que el título de este artículo te interpela a ti. ¿Cuántos colombianos ven a García Márquez como un criminal? Muy pocos. Por el contrario, el Nobel de Literatura que recibió (como decenas de autores menores afines a la causa comunista, como la última, Annie Ernaux, cuyo premio según Alain Finkielkraut no es de literatura sino de resentimiento) fue para los colombianos como un triunfo de la selección de fútbol en el mundial. Y todos los intelectuales respetados lo aplauden y admiran, a tal punto que Héctor Abad Faciolince se jactaba de haberle dicho a Susan Sontag que no le reprochaba su adhesión al tirano Castro por deberle muchos favores personales.

Pero también puedes pensar en Enrique Santos Calderón, director durante mucho tiempo del único periódico de circulación nacional y hermano mayor del hombre que llegó a presidente ungido por Uribe. ¿Es tan difícil enterarse de que Enrique Santos fue uno de los fundadores de esa banda y que la dirigía a control remoto junto con sus socios cubanos? No se debe pensar que fue algo que hizo en su juventud: El Tiempo promovía y hasta publicaba fragmentos del libro de Vera Grabe (apellido alemán que quiere decir «tumba») Razones de vida, en el que sacaba pecho por las hazañas del M-19, incluido el asesinato de Mercado, con argumentos idénticos a los de Bateman.

O en Gustavo Petro Urrego, joven de origen costeño y más remotamente italiano (lo que en parte explica su afición al calzado fabricado en ese país) que ya en la adolescencia se afilió a la banda de Bateman y obtuvo una beca en la prestigiosa Universidad Externado de Colombia, dicen que por la influencia en las autoridades de esa alma máter de Santos Calderón o alguno de sus compañeros de la revista Alternativa. Les hacía falta un líder de origen popular. Bueno, no es sólo que toda su carrera consista en su relación con esa banda, sino que abiertamente la reivindica.

No, no es cuestión de ese bando de la política colombiana. Conviene recordar que José Obdulio Gaviria, después de formar parte del PCC-ML, una escisión prochina del PCC, fue uno de los fundadores del movimiento Firmes, el brazo político del M-19, y que como tal apoyó a Uribe en las elecciones de 1986, ni que mucho tiempo después, en 2014, con Santos en el poder y el infame proceso de paz con las FARC en marcha, el «Gran Colombiano» incluyó a un miembro de esa banda en las listas cerradas al Senado, no porque le aportara ningún voto sino por mostrar su respeto a ese pasado glorioso.

A ver, ¿qué quieres que ocurra en tu país? Mientras no haya ciudadanos con un mínimo de coherencia, mientras sea minoritario y más bien excéntrico condenar un crimen como ése, mientras los asesinos no sean vistos como lo que son y el ministro de Educación proclame como su tarea la «verdad» que surge de la comisión presidida por Alfredo Molano (uno que alentaba abiertamente los asesinatos y secuestros desde sus columnas), ¿qué clase de progreso quieres que haya?

Y no lo dudes, un mínimo de firmeza al respecto es algo rarísimo.

(Publicado en el portal IFM Noticias el 3 de febrero de 2023.)

jueves, febrero 23, 2023

La naturaleza mafiosa de la "izquierda"

Ortega y Gasset decía en 1930 que ser de la izquierda era como ser de la derecha «una de las infinitas formas que el hombre puede elegir para ser un imbécil» y, en el mismo fragmento, que «se ha rizado el rizo de las experiencias políticas a que corresponden, como lo demuestra el hecho de que las derechas prometan revoluciones y las izquierdas propongan tiranías». En honor a la verdad, lo de «imbécil» es más apropiado para el que se define como de derecha, porque casi siempre es una persona que ha «comprado» el marco mental que imponen los tiranos y llega a creer que algo tan diverso como las opiniones, los intereses, las identidades y los sueños que entran en juego en la política se puede representar por una línea horizontal, que cierto punto de sal o azúcar define el conjunto de tomas de partido de una persona sobre infinidad de asuntos con implicaciones morales, estéticas y de interés personal. El que se llama de «izquierda» no es un imbécil sino un bellaco que se legitima con esa falacia.

Margaret Thatcher no podría estar en el mismo bando que Adolf Hitler, los del mismo bando de Hitler, como los justicialistas argentinos, son los socios de los antisemitas Chávez y Ahmadineyad, cuyos partidarios son descritos por la prensa como «la izquierda». La clase de dispersión moral que sufre alguien capaz de meter en un mismo saco una cosa y su contraria sólo es el efecto de la propaganda: tras la toma del poder por los bolcheviques en Rusia, el eje de la política pasó a ser simplemente el de la adhesión o la resistencia al comunismo. Esa resistencia podía ser tradicionalista, nacionalista, liberal, socialcristiana, etc. Pero para los comunistas todos eran enemigos y por eso se los definió como «derecha». En los años en que tuvo vigencia el pacto germano-soviético la «derecha» era el rechazo a la invasión de Polonia, tal como hoy los gobiernos de «izquierda» como el de Maduro son los defensores de Putin, personaje que es a la vez de izquierda y de derecha porque sencillamente la izquierda es la derecha (las castas que viven del Estado y expolian a los que producen).

En el conflicto ideológico del siglo xviii resultaba clara una oposición entre los partidarios del viejo orden jerárquico, de la Inquisición y el oscurantismo, del absolutismo y la esclavitud, y quienes pretendían la soberanía de la nación (que no es sólo el Estado que ocupa un territorio sino el conjunto de los pobladores de ese Estado). Esa oposición fue la que definió la «izquierda» y la «derecha» en la Asamblea francesa.

Ciertamente es muy minoritario el que no usa ese lenguaje, tal como sólo un niño (o un esclavo en otras versiones del cuento) se atrevió a decir que el emperador estaba desnudo. Y ese consenso es de por sí una tragedia, porque la disyuntiva entre el comunismo y el no comunismo legitima el comunismo y convierte el rechazo en una opción, como si se rompiera el tabú de la antropofagia y la gente pusiera en sus redes sociales «no-caníbal». Sencillamente, el comunismo es como lo definió Octavio Paz, un crimen colectivo, algo que nunca debió ocurrir y que se debe condenar y castigar sin vacilación. El ejemplo del canibalismo se podría aplicar a la propiedad, pero es que ya ha habido un siglo entero de propaganda y quien se escandalice por la idea de abolir el derecho de propiedad, no quien simplemente se oponga a hacerlo sino quien lo considere monstruoso, es un personaje incomprensible para la mayoría.

Un ejemplo ilustrará lo anterior: una persona mayor de cincuenta años se puede imaginar que le cuenta a su padre o abuelo que las instituciones educativas dedican gran parte de su tiempo a persuadir a los chicos para que se declaren «homosexuales» o para que se cambien de sexo. Eso ocurre hoy en gran parte de Norteamérica y de Europa occidental, ¿qué pensaría la persona antigua? Del mismo modo, los colombianos entienden la propiedad como algo de lo que puede disponer quien tenga el dominio del Estado, lo aprueban o bien se oponen, pero no como algo inconcebible sino como una mala opción. Es decir, no son de «izquierda» sino de «derecha».

Quitando la ideología, que es sólo el pretexto legitimador, lo que sucedió en Rusia fue todo lo contrario de lo que la «izquierda» del siglo xix buscaba. Una minoría ínfima financiada y promovida por las potencias enemigas obra con determinación y audacia y así accede al control del Estado y a punta de terror se impone sobre toda la sociedad, generando una hambruna, un declive demográfico y un genocidio incesantes. Se trata claramente de la supresión de los derechos de los ciudadanos que llega a ser posible a punta de asesinatos. Los autores de esa revolución obran exactamente como los guerrilleros cuando se toman un pueblo, y el despojo al que se somete a la sociedad no es el fruto de una «ideología» sino del terror de unos criminales.

La mafia siciliana siempre ha sido sobre todo un negocio de extorsión. Las guerrillas comunistas dominaron algunas regiones colombianas con base en el mismo negocio, y gracias a su afinidad con la casta oligárquica y sus clientelas pudieron someter a la nación a una extorsión generalizada, que es de donde viene el gobierno de Petro. El narcotráfico ha sido un maná que les ha caído del cielo y sus recursos ingentes les permiten sobornar a todos los que pueden estorbarles y comprar millones de votos, pero al final no son más que un esquema mafioso.

No debería argüirse que no toda la «izquierda» es comunista: cuando alguien tiene valores opuestos a los de los comunistas ya nadie lo describe como de izquierda. ¿Cuál podría ser esa «izquierda» no comunista? Trátese de la llamada ecolatría o del feminismo, por no hablar de la moda «woke», la «teoría crítica de la raza» o movimientos como Black Lives Matter o el transexualismo, cuando se hurga en las ideas de sus impulsores siempre se encuentra la tradición que comenzó con Antonio Gramsci y siguió con la Escuela de Frankfurt, la contracultura y el posestructuralismo: el intento de destruir el orden social a partir de la supresión de los tabúes, de modo que sólo queden personas desesperadas por su identidad parcial y dispuestas a apoyar a los partidos afines al régimen cubano y sus satrapías.

El llamado progresismo de la «izquierda» teóricamente no comunista no practica el mismo terror de las primeras décadas del régimen soviético, pero en España se puede ir a la cárcel por defender el régimen de Franco o por promover terapias que corrijan la «homosexualidad», y en todo Occidente son muchísimos los casos de personas amenazadas con el mismo castigo por el delito de odio que puede ser por ejemplo decir que los niños tienen pene y las niñas tienen vulva, o como una cineasta noruega que puede ir a prisión por decir que las mujeres trans no pueden ser lesbianas.

Al igual que los personajes de la serie El cartel de los sapos, los comunistas se viven traicionando y matando, Stalin mató a Lenin y después a todos los demás dirigentes de la revolución de Octubre, Beria mató a Stalin, y si se piensa en los regímenes de los demás países comunistas, las purgas mafiosas siempre ocurrieron.

Se puede argüir que el comunismo o la «izquierda» tienen un gran apoyo social en muchos sitios, pero es exactamente el mismo caso que el apoyo que tuvo Hitler entre los alemanes no judíos, en cuanto se propone robar siempre habrá gente que quiera sumarse, el hecho de que las personas imbuidas de la ideología no se vean como criminales hace recordar esos tangos en los que matar a la amante infiel es un motivo de orgullo, o la adhesión casi unánime de los bogotanos de clase acomodada al M-19 tras el asesinato de José Raquel Mercado. El crimen siempre tiene partidarios.

(Publicado en el portal IFM Noticias el 27 de enero de 2023.)


sábado, febrero 18, 2023

El Ministerio de la Oposición

Es frecuente encontrar en las redes sociales comentarios de personas que se preguntan dónde está hoy la oposición venezolana. El dictamen casi unánime es que en realidad toda ha sido absorbida por el régimen, que ahora no parece tan a punto de caer como hace algunos años. Sencillamente, la tiranía se impuso y arrolló toda posibilidad de hacer política en términos democráticos, de modo que los que quieran vivir del Estado tienen dos opciones: plata o plomo, o servir a la tiranía legitimándola con una oposición decorativa o desistir de hacer política y emigrar porque los ingresos de los que no ordeñan el botín estatal ni se benefician del narcotráfico son miserables.

Lo que desconcierta de esas protestas es la inconsciencia de tanta gente: ¿nadie les ha contado qué es el comunismo? La tiranía venezolana nunca se irá por las buenas —al contrario, cada vez se hará más opresiva— porque aplica un libreto comunista. Antes de Venezuela ya cayeron dos países americanos en regímenes de ese estilo, Cuba y Nicaragua. Nadie espera que la satrapía cubana caiga, menos ahora que gobiernan sus aliados en Estados Unidos (el que quiera entender lo que significa el gobierno de Partido Demócrata haría bien en prestar atención a personajes como Alexandria Ocasio-Cortés o el presidente del distrito de Queens que recibió a Petro: indistinguibles de Aída Avella o Tornillo, o a gestos muy curiosos del gobierno de Biden, como devolver a los sobrinos de Maduro que serían letales para el tirano en un juicio por narcotráfico.)

Ese proceso de cierre de los regímenes que caen en manos de los comunistas lo experimenta ahora Bolivia, donde la última presidenta está presa en condiciones infames. Pero es generalizado en todos los países en que el narcocomunismo ha triunfado, y la atroz persecución que emprendió Lula, por ejemplo capturando al exministro de Justicia o tratando de involucrar a Bolsonaro en la extraña insurrección de hace dos semanas, deja ver que será una constante en todos esos países.

En Colombia no se puede hablar de grandes persecuciones contra la oposición por parte del gobierno de Petro, y eso tiene mucha causas. La principal es que no hay una oposición que deslegitime al régimen o amenace su permanencia. Las persecuciones ya tuvieron lugar durante los gobiernos de Uribe, gracias al dominio que los comunistas tienen desde 1991 del poder judicial, y aparte de los personajes que podrían amenazar el triunfo de Santos se encarceló a miles de militares de muy diverso rango, siempre en procesos oscuros y sesgados, para lo que se contó con la complicidad del gobierno y de los medios.

Pero claramente la vocación de Petro es instaurar un régimen como el venezolano, cosa que parecen no detectar la inmensa mayoría de los críticos que escriben comentarios en las redes sociales: les parece que se puede combatir a Petro como a cualquier otro gobernante y así dicen que «le quedó grande» gobernar el país, como si intentara administrarlo bien pero fuera incapaz, o que fracasó en algunos campos de la gestión del Estado, como si su propósito no fuera implantar la tiranía.

Lo mismo ocurre con los reproches incesantes por los abusos de la primera dama o de la vicepresidenta: creen que en 2026 habrá una elecciones en las que será posible ganarles a los narcocomunistas. Y la triste verdad es que ni siquiera hay atisbos de una resistencia ideológica al narcotráfico al comunismo, baste pensar en el apoyo unánime a la matrícula cero o en la indignación con el aumento de la edad de retiro para ver que la vocación de los colombianos es la de ser funcionarios y disfrutar de privilegios que a la larga sólo aseguran la miseria generalizada, pero le proveen ventajas inmediatas al que consigue estar dentro.

Realmente la implantación de un régimen comunista ha tenido lugar en dos etapas, primero con la Constitución de 1991, cuando accedieron al control del poder judicial y a un aumento drástico del gasto público que permitió asegurar una clientela leal, y después con la negociación de paz de Santos, cuando se legalizó a las FARC y se las proveyó de recursos, amplio control territorial e impunidad para el narcotráfico. ¿Es que alguien cree que las FARC ya no existen? ¿Por pasar de los cambuches a las casas suntuosas han dejado de ser criminales?

La complacencia actual de la mayoría de los políticos venezolanos con el régimen ya la experimentó Colombia durante los años del proceso de paz, con la diferencia de que los venezolanos han avanzado un poco más en el camino de la tiranía. Los colombianos no están descontentos de sus líderes políticos porque no entienden qué significó la paz de Santos ni cuál era la función del gobierno de Duque. Siguen defendiendo a Uribe, que fue la pieza clave de esa negociación porque desactivó cualquier amago de resistencia, y sólo temen que Petro intente reelegirse o que cambie la constitución. No faltan los que creen que la inflación y la devaluación generarán suficiente descontento, como si no pudieran darse cuenta de que cuanta más pobreza haya más seguros estarán los tiranos, o que ni siquiera hay propuestas de candidatos viables que intenten ganarles a los narcocomunistas las alcaldías y gobernaciones.

Así las cosas, Petro no necesita encarcelar a nadie ni crear un ambiente de terror, calmadamente va cooptando militares y policías, continuando algo que ya ocurría cuando Santos, en una versión colombiana del Cartel de los Soles, y asegurando todos los resortes del poder. Si será candidato en 2026 o lo reemplaza otro personaje es algo que se decide en La Habana, que fue donde lo designaron candidato cuando se desplazó hasta allá en plena pandemia.

La tiranía comunista se quedará muchas décadas, no tiene resistencia. No quiere decir que no habrá críticos lloriqueantes salvando sus curules y tratando de lucrarse de ellas, como es la tradición del país, pero la mayoría de los que esperaban prosperar con Uribe se acomodarán al nuevo orden. Bueno, todos se acomodarán, o más bien se acomodaron durante el juhampato. Son parte del régimen y quien quiera instaurar una democracia no puede contar con ellos. Son desde 2010 la burocracia del Ministerio de la Oposición, aunque con Duque estuvieron el en gobierno, daba lo mismo.

(Publicado en el portal IFM Noticias el 20 de enero de 2023.)