sábado, agosto 13, 2022

¿Cuál lucha de clases?

Por @ruiz_senior

En los años del cambio de siglo aparecieron los foros de internet en que podía participar cualquiera, lo que un lustro después fueron los blogs. Por entonces éramos más bien pocos los «espontáneos» (como se llamaba a los que saltaban de las gradas al ruedo a torear) que nos expresábamos por esos medios, tal vez porque a veces había que replicar a párrafos completos y no sólo gritar una consigna. Todo eso cambió con
 Twitter, ocasión en que proliferaron los opinadores aficionados, cada uno luciendo su biografía o autodescripción, y entre éstas la adscripción a la derecha o a la izquierda.

El nivel de ese foro es ínfimo; entre los periodistas profesionales y los opinadores de categoría hay un claro desdén hacia quienes tomamos parte en él. Y esta cuestión del nivel es de la máxima importancia porque si algo hace falta es afinar en la comprensión de lo que sucede. ¿Qué es lo que el ciudadano que comparte opiniones en Twitter entiende por ser de «derecha»? ¿De qué modo concibe la sociedad y con qué parte de ella se identifica? Creo que vale la pena detenerse en estas preguntas porque esas nociones muestran la hegemonía ideológica del totalitarismo en la sociedad.

Ahora que todo se encuentra en internet y nadie quiere leer textos largos, tal vez convenga recomendar un magnífico cuento de Borges llamado El disco, en el que se presenta un objeto de un solo lado. Esa idea es difícil de concebir, la identificación de las tendencias políticas como «izquierda» y «derecha» se ve favorecida por esa limitación que recuerda la manía de nuestros antepasados de atribuirle sexo a los astros. La gente quiere que todo sea así de sencillo, que haya buenos y malos, justos y pecadores, y por lo visto nadie se pregunta cómo es que alguien que no esté loco quiere contarse entre los malos.

Si se piensa en las recientes elecciones, parece claro que el triunfo de Petro es resultado de la votación de clientelas y maquinarias, y de la abundancia de recursos, pero tampoco se puede negar que la mayor parte de la juventud urbana es partidaria de la «izquierda». Se suele atribuir esta disposición a un adoctrinamiento que nadie quiere detenerse a pensar cómo opera. Y es una cuestión importante porque poco futuro tiene un país en el que la juventud vota por personajes como Petro y su vicepresidenta.

La clave de ese adoctrinamiento es la descripción de la sociedad según un mito que tácitamente «compra» el que se describe como «derechista». Es el mito del cambio social, la juventud viene a cambiar las «estructuras» del pasado para construir en palabras del inefable Alejandro Gaviria, «un país más justo, más decente y más digno». Quien se declara «derechista», como hacen casi todos los tuiteros hostiles a Petro y su facción, «compra» ese mito, no porque comparta los adjetivos sino porque admite el sustantivo como cierto. Si bien resulta obsceno que el país que produce cinco o seis veces más cocaína que hace una década sea más decente, en el que los violadores de niños hacen las leyes y nombran a los jueces sea más digno y en el que se piensa subir los impuestos para dedicar los recursos a la propaganda y a los negocios de clientelas ladronas sea más justo, ocurre que ésa no es la mentira que les interesa que se crea. La mentira útil, que comparten los «derechistas», es la del cambio.

¿Qué es ser de «derecha»? Cada uno tiene una noción particular y eso, de por sí monstruoso (como si los pederastas llamaran a sus actos «amar»), resulta más bien cómico en un país en el que hay una mayoría de gente muy pobre y un sistema legal deficitario que ofrece pocas garantías al ciudadano corriente. Cuando yo discutía con adolescentes de mi familia sobre las proezas de las FARC en el Caguán, concluían que yo era «godo». ¿Yo godo? Muchos entienden ser de derecha como ser partidarios del sistema de libre empresa, cosa que poco tiene que ver con ser conservador, muchos entienden que la persona «derechista» es creyente y hostil a la igualdad de sexos. Así, cada uno sabe lo que es hasta que tiene que explicarlo.

La persona que se proclama de «izquierda», en cambio, declara que la sociedad tradicional es injusta y requiere cambiar el rumbo. Digo «declara» porque la injusticia que detecta y el cambio que anhela no corresponden a la realidad. La persona de «izquierda» ve a la de «derecha» como alguien que se aferra a privilegios y valores antiguos, y la persona de «derecha» concede eso: tiene miedo al cambio y se aferra a valores de otra época. En general, las personas conservadoras son las que creen que el mundo era mejor antes y conviene detenerlo.

Y la persona de «izquierda» tiene razón cuando desaprueba las desigualdades de la sociedad tradicional. Sólo que esa desaprobación no es lo que determina su afiliación ideológica al totalitarismo sino el pretexto de esa afiliación. Baste pensar que hacia 1970 la mayoría de los jóvenes colombianos que iban a la universidad simpatizaban con Camilo Torres y el Che Guevara, pese a que prácticamente todos se contarían entre el 10 por ciento de mayor ingreso. No es que fueran idiotas y «tiraran piedras contra su propio tejado» como creen los tontos «derechistas», sino que la «revolución» es sólo resistencia del viejo orden contra el mundo moderno.

¿Quiere la mayoría menesterosa de los colombianos mayor cohesión social y menos abusos de los de arriba? Es el anhelo que explotan los de «izquierda» con la tácita aprobación de los de «derecha». Los primeros esperan puestos «al servicio del Estado», los segundos no ven problema en el racismo o en la miseria de la mayoría. Todos los tuiteros de «derecha» que comentan esta cuestión condenan a la «izquierda» por quejarse de la desigualdad invocando el coeficiente de Gini, en el que Colombia es uno de los peores países del mundo. He leído a alguno que manifiesta que la desigualdad es «natural» y no hay ningún problema en que haya personas condenadas para siempre a los peores trabajos y humillaciones.

La desigualdad colombiana consiste en que las personas de «izquierda» tienen de promedio ingresos mucho más altos que los demás. No los tristes raspachines de Nariño y Putumayo forzados a votar por Petro ni el 91 % de votantes de Bojayá que agradecieron a alias Benkos Biojó el «favor» de hace veinte años, sino las personas que han ido a la universidad. Y, perdón por insistir, NUNCA he leído a ningún tuitero de «derecha» que se queje de los sueldos y pensiones de los jueces y profesores de todo rango. La desigualdad les parece «natural».

El que dude de que sencillamente las personas de «izquierda» que han pasado por la universidad y ocupan cargos públicos son la mayoría del 10 % de colombianos más ricos podría consultar las estadísticas. Pero eso no es nada, ¿cómo pudieron permitirse acceder a esa educación y a esos cargos? Casi siempre porque disfrutaban de ventajas sociales, es decir, porque sus antepasados se contaban entre «los de arriba». La perpetuación del orden social tradicional es lo que buscan estas personas de «izquierda», pero no se puede esperar que ese orden cambie, ¡porque el cambio es lo que desaprueban los demás! Eso es lo que significa en los diccionarios y en la percepción de la inmensa mayoría de la gente, incluidos ellos mismos, ser de «derecha». Para ser de «derecha» ya están los de «izquierda».

Lo que hará Petro, lo que se hizo en Cuba y Venezuela, es reforzar el control del grupo dominante de siempre. En Cuba los blancos acomodados de vocación funcionarial, en Venezuela la casta militar, en Colombia la universidad (según la famosa descripción de Bolívar, así era cada país). La formidable multiplicación del gasto público en educación tras la Constitución de 1991 y durante todos los gobiernos posteriores se debe al interés de proveer rentas a esa casta. Lo mismo ocurre con las instituciones que defiende la «izquierda», como la «acción de tutela», que despoja de contenido a las leyes concretas en aras de actos discrecionales de los jueces, miembros naturalmente de esa casta… Los privilegios pensionales, inimaginables en cualquier país civilizado, se verán reforzados.

Pero en frente no hay nadie, no tiene oposición, no porque los políticos tengan intereses particulares sino porque no se cuestiona ese modelo, y más bien se teme que cambie. En lugar de simplemente querer asimilarse a las democracias de Europa y Norteamérica buscando la cohesión social y reducir la desigualdad combatiendo esos privilegios, se proclama ser de «derecha».

La lucha de clases no fue un invento de Karl Marx, en la sociedad siempre hay grupos con intereses diferentes. La construcción de una sociedad de oportunidades y de reconocimiento al trabajo pasa por reducir el gasto público y los privilegios de los funcionarios. Es decir, por reducir la carga tributaria y defender la vigencia de las leyes. Pero las mayorías a las que convendría ese cambio, realmente las clases oprimidas, no tienen representación política porque su redención, la elevación efectiva del ingreso medio, por poner un ejemplo, no tiene partidarios reales.

En Twitter los que no son matones del lado de Petro y Tornillo son «derechistas», casi siempre se creen de linajes superiores, creen en el estudio para obtener títulos, nunca han leído una obra literaria y, adivinen, no tienen ningún afán de reducir el gasto público.

Los «derechistas» son simplemente personas de un rango social inferior al de los «izquierdistas». Cuando consigan emparentarse con algún «intelectual» discípulo de Gaviria y admirador de alias Coronell se volverán «izquierdistas». Bueno, es una forma de hablar, ya lo son, pues en el contenido concreto de lo que se entiende en Colombia por ser de «izquierda» ya lo son: valoran el derecho a la educación, que les asegura títulos a sus hijos, y también recurren a tutelas por derechos fundamentales cuando eso les genera alguna ventaja. No ven ningún problema en eso.

Eso es lo que significa ser de «derecha». Para que haya una alternativa a la tiranía, que se hará monstruosa con Petro, hace falta otra cosa. Sobre todo pedagogía para explicar que las políticas de los comunistas no reducen la desigualdad sino que la agravan, no favorecen al pobre sino al rico y no proveen derechos sino que roban recursos.

(Publicado en el portal IFM el 29 de junio de 2022.)

martes, agosto 09, 2022

La segunda parte de la paz

Por @ruiz_senior

Las reacciones al triunfo de Petro son el mejor retrato del país que uno puede encontrar. Alejandro Gaviria se felicitaba por ¡el fin de los odios!, frase maravillosa que parece alegrarse del asesinato de Jesús Montaño y de la campaña de amenazas, difamaciones, insultos y montajes de los partidarios de Petro. Félix de Bedout sacaba pecho por la altísima votación en departamentos como el Chocó, que al parecer era un clamor de justicia que no se había querido escuchar en la capital… Así. En Bojayá la votación fue del 91% a favor de Petro, prueba de la gratitud de esos compatriotas a su líder alias Benkos Biojó.  Los niños bomba y las castraciones de policías con que los compañeros de Petro llegaron a la “paz” son episodios vulgares ante la desfachatez de esta clase de personajes, moralmente inferiores aun a los propios violadores de niños, a los que representan en el periodismo y en la política.

En el bando perdedor las reacciones parecen ejemplos de las reacciones típicas ante el duelo. Sobre todo la etapa inicial de negación, abundan las acusaciones de fraude que hacen pensar en mentes mal maduradas: ¿cómo se demuestra el fraude? Si en unas elecciones hay una autoridad que dice cuántos votos hubo sin que se puedan contar de forma independiente, no tiene sentido convocarlas, se pregunta a esa autoridad quien debe ser el presidente y se ahorran recursos ingentes. Las acusaciones de fraude no se preocupan de probar ningún manejo incorrecto porque quienes las profieren ni siquiera saben nada del proceso de recuento, sólo se ven perdedores y no lo aceptan, tal como harían los de Petro si el resultado les fuera adverso.

Yo no sé si hubo trampas al contar los votos, no puedo saberlo y me sorprende que los mecanismos de vigilancia no conduzcan a denuncias formales (no fotos en las redes sociales). En realidad dudo que las haya habido o que hayan sido significativas, no porque confíe en la honradez del registrador ni de ninguna parte del sistema, sino porque es mucho más sencillo llenar las urnas de votos legítimos e incuestionables. Para eso sólo hace falta poner en marcha una vieja institución nacional, la “maquinaria”. Parece que ya nadie recuerda que hasta hace poco se hablaba de “voto de opinión”, dando por sentado que era sólo una parte del voto y que el resto era el que se conseguía mediante incentivos y presiones convenientemente manejados. Dependía de los recursos para engrasar la maquinaria, eso es lo que define la actual elección.

Antes de ocuparme de esos recursos y esos mecanismos de captación del voto quiero detenerme en lo particular de la segunda vuelta: en contra del cursi y grotesco patán narcocomunista tenían a un señor muy mayor que también termina los verbos reflexivos en “sen” (“abrazarsen”, dice Petro en alguna conmovida deposición) y que se declaraba admirador de Adolf Hitler, perfectamente la clase de personaje que inspira rechazo y que no se esperaba que superara a Federico Gutiérrez, por mucho que éste tampoco convenciera mucho fuera de su región. ¿Cómo pasó el ingeniero a segunda vuelta? ¿Cómo es que la suma de los votos de los candidatos claramente hostiles a Petro en la primera vuelta resultó perdiendo casi 800.000 votos mientras que Petro recaudó más de 2,7 millones más? La única explicación es que muchos votaron por Rodolfo Hernández en primera vuelta y por Petro en la segunda, entonces para sacar de la contienda a Gutiérrez, dado que el paso de Petro se daba por sentado y convenía invertir la grasa de la maquinaria en esa tarea. Después para asegurar el triunfo del increíble “economista”.

El triunfo de Petro es la conclusión del proceso de paz de Santos. Después de que se reconoció a la insurrección comunista como igual de legítima al Estado democrático, se nombraron tribunales acordados entre los asesinos y el gobierno que los premiaba y se nombró una “comisión de la verdad” presidida por Alfredo Molano, un profesor que ordenaba abiertamente masacres desde sus columnas de la prensa, a la vez que se favorecía la multiplicación de los cultivos de coca y el control de ese lucrativo negocio por parte de unas bandas que en 2010 estaban prácticamente extintas, ya la conquista de la presidencia era cosa hecha. (La “disidencia” de la Nueva Marquetalia fue resultado de la persecución a sus líderes por jueces estadounidenses, lo que prueba que seguían implicados en el narcotráfico, no esos disidentes, que lo fueron por ser procesados, sino toda la banda.) A partir de 2017 la producción de cocaína es cercana a mil toneladas anuales, y ese dinero, aparte del que se sustrae a los venezolanos y el que muy probablemente aporta el régimen iraní (muy presente en toda Sudamérica, siempre cerca de los regímenes de la galaxia chavista, como el Brasil de Lula y la Argentina de los Kirchner), es el que explica la copiosa votación por Petro, típicamente en las regiones cocaleras y en aquellas en que la compra de votos está más arraigada.

Pero la paz de Santos fue algo que Colombia aprobó. No hubo el menor gesto de descontento cuando Santos anunció el día de su posesión que Chávez era su “nuevo mejor amigo”, como si en la ceremonia de la boda el novio declara que está enamorado de otra dama, y cuando comenzó el proceso de La Habana no hubo ninguna resistencia. En el plebiscito hubo más votos en contra (extrañamente esa vez el registrador no dijo que el 99% de los votos eran por el sí, cosa inexplicable en el país en el que todos creen que el resultado es el que quiera el que escruta), pero no significó nada porque Uribe dijo que a pesar de eso él honraba la palabra empeñada, y para elegir al sucesor de Santos el rival de Petro era un personaje próximo al golpista y sólo reconocido por los amigos de los terroristas, obviamente poco dispuesto a cambiar nada del acuerdo.

La paz fue una elección moral de los colombianos, como cuando una persona decide cometer un crimen o prostituirse. También en estos casos habría muchas condiciones que favorecieran esa elección, pero el caso es que los mutiladores y violadores de niños se convirtieron en legisladores sin que en la siguiente elección hubiera ningún voto que cuestionara esa novedad. El triunfo de Petro era inevitable porque aparte del dinero de la cocaína los agentes del régimen cubano ensanchaban su control de los resortes del poder.

Los perdedores se hallan en las primeras fases del duelo (negación, ira) y poco a poco irán avanzando a las siguientes (negociación, depresión y aceptación). Abundan los que esperan que no sea tan terrible y que en cuatro años sea posible sacar a Petro, cuando los que votaron por él comprueben lo malo de su gestión, como si no hubiera sido alcalde de Bogotá después de una serie de personajes de su partido a cuál más corrupto e inepto. Como si nadie pudiera contarles lo que ocurrió en Cuba y después en Nicaragua y después en Venezuela y ahora en Bolivia, países en los que no tenían previamente el control del poder judicial ni leyes que justificaban su tiranía.

El triunfo de Chávez comportó el saqueo completo de las arcas venezolanas y el hundimiento del país en los últimos puestos de todos los índices, empezando por el de corrupción, pero su régimen no se va a caer en varias décadas. Eso mismo ocurre ya en Colombia, frente a una conjura bien organizada y bien financiada, sólo hay gente perezosa que realmente cree que Estados Unidos va a intervenir para combatir a Petro (aquí el portavoz del Departamento de Estado muestra su alegría por la elección de Petro) o que los militares van a dar un golpe de Estado.

El final del duelo es la aceptación, la semana pasada -https://ifmnoticias.com/que-fue-de-aquellas-mayorias/- señalaba cómo la Constitución del 91 es ya un rasgo de identidad de los colombianos. La tiranía comunista que perfectamente durará todo el siglo también lo será. Petro y sus sucesores no se irán por las buenas, y nadie los echará. Bueno, no hay que verlo tan mal, los que se quejan de los indigentes venezolanos dejarán de verlos, de hecho, millones de colombianos les devolverán la visita, a pesar de lo miserable que seguirá siendo ese país.

(Publicado en el portal IFM el 23 de junio de 2022.)

viernes, agosto 05, 2022

¿Qué fue de aquellas mayorías?

 Los propagandistas del candidato del régimen cubano acusan al ingeniero Rodolfo Hernández de ser lo mismo que Uribe. “Votar por Rodolfo es votar por Uribe”, claman, y con esa advertencia esperan disuadir a los votantes. Y se podría pensar que perderían su tiempo, de no ser por los magros resultados del candidato al que apoyaba el expresidente y por el claro afán del rival de Petro por mostrarse hostil al uribismo. Es decir, el odio a Uribe ya no es sólo un tema de la propaganda narcocomunista sino algo instalado en la conciencia de la gente, y éste es un fenómeno que desconcierta al que no mantiene un contacto continuo con el país.

En la famosa novela 1984, George Orwell crea un personaje, Emmanuel Goldstein, contra el que cada día se convocaba a los “cinco minutos de odio”. El relato corresponde a la orgía de intimidación que llevaban a cabo los comunistas en la Unión Soviética contra los partidarios de alias León Trotski. El odio a Uribe es de esa clase, el producto de una gran inversión en propaganda y un aprovechamiento inclemente de la inocencia infantil, y resulta algo absurdo si se cuenta con los datos de lo que ocurrió en Colombia entre 2002 y 2010 y sobre todo con la popularidad que alcanzó el expresidente. Pero funciona, como si la gente que soñaba con tenerlo a perpetuidad en el cargo hubiera experimentado un “lavado de cerebro” de los que hacían los comunistas durante la guerra de Corea y ahora hubiera convertido su “enamoramiento” en rencor furibundo.

Durante el gobierno de Pastrana, la sociedad colombiana “degustó” el poder que habían alcanzado las bandas narcoterroristas y reaccionó a la orgía de crímenes apoyando resueltamente en las elecciones de 2002 al único candidato a la presidencia que prometía una actitud firme. Ni siquiera hizo falta una segunda vuelta. Y la determinación con que el nuevo gobierno hizo frente a las bandas terroristas permitió un renacer del país, casi unánimemente considerado hasta entonces “Estado fallido” en instancias internacionales. Los índices de secuestros, homicidios, extorsiones, atentados contra la infraestructura y demás crímenes terroristas menguaron drásticamente y el PIB del país casi se triplicó en esos años.

La posibilidad de cambiar la ley para permitir la reelección fue el tema de discusión del país durante 2004 y 2005, y tras el triunfo de Uribe con casi dos tercios de los votos en 2006 y plantearse la posibilidad de una segunda reelección, el de los años siguientes. A tal punto que en la campaña de 2010 Santos utilizó a un actor que imitaba la voz del expresidente, y ganó en segunda vuelta con casi el 70% de los votos que habrían sido por Uribe si hubiera podido presentarse.

¿Qué ha ocurrido para que el odio a Uribe se haya hecho mayoritario? No vale decir que es sólo el fruto de la propaganda en las escuelas y en los medios, esa propaganda ya era omnipresente cuando Uribe ni siquiera tenía un 2% de intención de voto y se le atribuía ser el amigo de los “paramilitares” (por su apoyo a las Convivir). Hay que dar un rodeo para entender eso mejor que con la simple atribución a la ventaja del adversario. Un equipo de fútbol siempre pierde porque el otro acierta a meter gol.

Por ejemplo, cuando César Gaviria convocó la Constituyente violando la ley que prometió defender, con claros incentivos perversos como la voluntad de prohibir la extradición y con la presión de los estudiantes universitarios que desde décadas antes siempre tomaban partido por los comunistas, los que querían en Colombia una nueva norma fundamental eran poquísimos, ni siquiera un 20% del censo participó en la elección de la Asamblea, y también los que pensaban que uno tiene un “derecho fundamental a la salud”, cosa que ahora es obvia para prácticamente todos los colombianos. (¿Por qué no a la alimentación? ¿Cómo puede alguien estar tan loco como para ponerse a trabajar cuando sólo tiene que exigir su comida?) Treinta años después ese generoso logro no alcanza a los millones de colombianos que no llegan a ganar el salario mínimo, a las muchachas que se prostituyen en muchos países, a los raspachines, a los niños de la calle, a los indigentes… El derecho fundamental a la salud o a la educación son imposiciones totalitarias que benefician a los que prestan esos servicios, sea directamente en el Estado o en entidades privadas, y a los que pueden pagar abogados o tienen relación con los jueces que los premiarán cuando presenten “tutelas”.

Pero el punto es que si uno cuestiona esos derechos fundamentales o dice que habría que cerrar las universidades públicas los colombianos lo miran como si hubiera propuesto asar a la madre a la brasa antes de comérsela. Esas ideas ya se han hecho hegemónicas porque no tuvieron ninguna resistencia, y no la tuvieron porque los políticos de todos los partidos y los periodistas de todos los medios se contaban entre los que se beneficiarían reclamando esos “derechos” mediante “tutelas”. No hubo nadie que se tomara el trabajo de explicar que esos “derechos” son lo contrario de un objetivo normal del bien común, como la suma de prosperidad y cohesión social, que normalmente van juntas cuando se respetan las leyes de la democracia liberal.

Eso mismo pasó con la paz de Santos. Si uno les sugiriera a los ciudadanos de cualquier país europeo que debían escoger entre tener a los violadores de niños creando las leyes o “prestar a sus hijos para la guerra” (cosa que también es falsa, casi ningún muchacho de la clase media presta servicio militar) lo mirarían como a un monstruo. Y sin embargo eso funcionó en Colombia durante el gobierno de Santos y ya se ha vuelto algo razonable para los colombianos, parte de su identidad, algo que les resulta obvio (como si alguien les reprochara a los chinos comer con palillos y no con tenedor). Todos los candidatos por los que se podía votar el 19 de marzo aprobaban los acuerdos de La Habana, el único que presentaba algún reparo, el señor Gómez Martínez, obtuvo un 0,23% de los votos.

De modo que Uribe pasó en menos de una década de ser el salvador del país y el que recuperó la confianza y un mínimo bienestar al causante de la “guerra” y prácticamente un criminal que oprimió y masacró a los colombianos. ¿Qué les ha pasado a los que lo apoyaban? No es que la propaganda los haya hecho idiotas, es que desistieron porque no tenían quien defendiera el sentido común y la ley.

Porque el triunfo de Santos y las FARC sólo fue posible gracias a la traición del uribismo, primero haciendo elegir al tartamudo fatídico, incluso colaborando en la persecución contra Andrés Felipe Arias, y después negándose a hacerle oposición para no perder las migajas del poder que favorecían a los amigos del expresidente. Hay muchos misterios en esa actitud, el caso cierto es que el apego a Uribe se volvió pura nostalgia porque la implantación de la tiranía comunista no tuvo resistencia. Porque nadie se ocupó de explicar que la paz no eran las negociaciones de paz y que las bandas de asesinos (prácticamente desaparecidas en 2010 y “resucitadas” para firmar la paz) no eran equivalentes al Estado democrático.

Entre los hitos de esa actitud complaciente con el crimen monstruoso de Santos hay que destacar la disposición a negociar el NO del plebiscito después de que el propio presidente dejara claro que ese resultaba dejaba sin valor el acuerdo. ¿Quién está de parte de Uribe si su tarea es impedir que lo que hace Santos tenga resistencia? Para completar esa labor, cuando se convocaron manifestaciones el 1 de abril de 2017 el partido de Uribe desvió su motivo original, que era el rechazo al acuerdo de La Habana, para convertirlas en actos preelectorales contra la “corrupción”. El hecho de pedir que los legisladores fueran elegidos y la verdad no surgiera de la voluntad de los criminales se volvió para Uribe y su sanedrín un rasgo de la “extrema derecha”.

El tener a jueces nombrados por los asesinos y aceptar la verdad que imponen quienes encargaban las masacres ya se ha vuelto un rasgo de identidad de los colombianos, tal como el antiamericanismo y el anticapitalismo lo eran para la mayoría de los cubanos de la segunda mitad del siglo xx. Y es que el gobierno de Uribe también ha sido idealizado. Baste pensar que las personas nacidas en la década de 1990 tuvieron su educación durante los años de Uribe y ahora son casi unánimemente antiuribistas: a nadie se le ocurrió vigilar lo que se hacía en las aulas, ni menos reducir el gasto en universidades, al contrario. Bastaba con el culto a la personalidad del líder que había aprendido de Fujimori y de Chávez a estar a todas horas en la televisión y el fervor fanático que se creaba entre masas poco reflexivas.  

Puede que para enderezar a Colombia y convertirla en un país pacífico y próspero haga falta ir más allá del combate contra el narcoterrorismo, puede que haya que cuestionar el diseño constitucional de 1991, que es el que ahora intentan imponer los totalitarios en Perú y Chile. Para eso, en la fase siguiente, hay que plantear una actuación política que ya no puede ser el uribismo, cuyo fracaso es el dato decisivo de estas elecciones.

 Apuestas seguras y arriesgadas
¿Quién ganará la presidencia este domingo? No es concebible que Petro expanda su votación porque a los votos de Rodolfo Hernández habría que sumar los de Federico Gutiérrez y John Milton Rodríguez. Pero Petro no es el cambio sino la continuidad, lo apoyan Santos y Samper y Vargas Lleras y cuanto “manzanillo” haya prosperado gracias a la compra de votos y el fraude, de modo que el próximo presidente sigue siendo una incógnita.

Entre las diversas trampas de la propaganda están las encuestas, que siempre corresponden a los deseos de quienes las publican y no a las respuestas de los entrevistados, que son sólo un dato de los que se tienen en cuenta. Esto no debe tomarse como una acusación, es inevitable que así ocurra, si se pregunta a mil personas cuyas respuestas deben representar la disposición de 30 millones, bastaría que por casualidad 20 de esas personas quisieran votar por un candidato marginal para que hubiera que vaticinarle 60.000 votos. Los resultados siempre se corrigen y el pronóstico de la empresa encuestadora es una apuesta sobre el resultado que no tiene por qué corresponder a lo que le contestaron sino a los resultados reales. Y en ese punto hay que señalar que en Colombia tienden a “equivocarse” sospechosamente: en 2018 Sergio Fajardo habría pasado a segunda vuelta en lugar de Petro si no se hubiera desanimado a sus votantes mostrando en las encuestas un tercio menos de los votos que obtuvo. El 29 de marzo ninguna encuestadora contaba con el paso a segunda vuelta de Rodolfo Hernández, y el “error” promedio era de unos ocho puntos. Ahora la empresa Yanhaas ha publicado una “encuesta” en la que Petro le saca diez puntos de ventaja a Hernández… La apuesta de esa empresa tiene un éxito seguro, el incentivo que reciben por anunciar resultados.

En contraste, en las casas de apuestas la ventaja de Hernández es de unos 30 puntos (de promedio 65 contra 35). No es lo mismo publicar un resultado probable que alguien paga que arriesgar el propio dinero porque se percibe una ocasión de obtener ganancias fáciles. Para formarse una idea de su fiabilidad, el paso de Hernández a segunda vuelta tenía más apostantes que el de Gutiérrez, lo contrario que en las casas de apuestas, que al parecer querían precisamente animar el voto a Petro explotando el odio a Uribe. Los apostantes sólo ponen su confianza en que el fraude no podrá ser tan monstruoso, pero no sorprendería demasiado en el país en el que los responsables probados de miles de asesinatos y amos de la industria de la cocaína pagan para que se llame “matarife” a quien les impidió seguir matando.

(Publicado en el portal IFM el 17 de junio de 2022.)

domingo, julio 31, 2022

Imprimir dinero, imprimir diplomas

Aristóteles distinguía entre formas legítimas y formas degeneradas de gobierno, las primeras, la monarquía, la aristocracia y la democracia; las segundas, la tiranía, la oligarquía y la demagogia.  El gobierno de uno, de un grupo pequeño o de todos es legítimo cuando su propósito es el bien común.

Esa noción de bien común está ausente en la política iberoamericana, donde la sociedad sigue el patrón de la conquista y el periodo colonial y no hay propiamente una comunidad política en la que todos se reconozcan. La mayoría de los pobladores no cuentan y siempre, aun ahora, se los considera ciudadanos de segunda.

Si se atendiera al bien común se podría pensar, por ejemplo, en una elevación efectiva del nivel de vida, es decir, del ingreso per cápita. Pero ese anhelo entraría en contradicción con los intereses de los detentadores del poder, que a menudo encuentran en la degradación de la moneda una forma de despojar a sus súbditos. Es lo que ha ocurrido, por ejemplo, recientemente en Venezuela, donde un dólar se cambiaba por unos 600 bolívares en 1998 y por varios billones (millones de millones) en la actualidad. La cotización del dólar puede dar una idea de lo que ha ocurrido con los precios. Gracias a la emisión de dinero el gobierno tiene resueltos todos sus problemas y los ciudadanos son cada vez más pobres.

La forma en que opera la inflación es ésta: al aumentar el dinero en circulación, a menudo por efecto del gasto público, aumenta la demanda de bienes cuya oferta no aumenta, de modo que sube el precio. La hacienda pública cobra una parte fija de lo que se compra y se vende y de los ingresos de las empresas y los ciudadanos, luego, el dinero que estos reciben mengua en términos reales, pues alcanza para comprar menos, mientras que el ingreso del Estado aumenta sin dificultad. Por eso a la inflación se la suele llamar «el impuesto de los pobres». Las personas que tienen patrimonio, conexiones, acceso a la información, liquidez o relaciones con el poder pueden salvar su dinero de muy diversas maneras, pero la gente pobre no. Y para compensar la pérdida de poder adquisitivo se suben los salarios, lo cual sólo hace que los precios suban aún más.

Debe entenderse que la inflación en Venezuela no es un accidente ni un error de los gobernantes sino una jugada perversa de unos tiranos que sacan provecho de la miseria de sus ciudadanos, unos tiranos que gracias a esa miseria aseguran su poder, tal como ha ocurrido por varias décadas en Cuba.

Cuando se piensa en el bien común ausente de Hispanoamérica hay otro aspecto en el que se registra el mismo fenómeno que se da en la impresión de billetes: la educación. La desgracia es que ese despojo y ese engaño no tienen quien se les oponga. Voy a tratar de explicar de qué modo la impresión de diplomas es tan empobrecedora como la de billetes.

En primer lugar, los empleos no surgen porque haya personas tituladas que puedan ocuparlos sino porque hay empresas viables que necesitan personas que hagan un trabajo. Resulta que las empresas no son viables por los altos impuestos, que se cobran para formar a los titulados gracias a la demagogia que sirve a la casta oligárquica. De tal modo, muchos candidatos con diplomas de alta denominación van a competir por muy pocos empleos, y el exceso de oferta se traduce en caída de los salarios.

La gente humilde ve en la educación el «ascensor social» que les permitirá a sus hijos entrar a formar parte de la clase media, pero eso no se cumple porque las ofertas de empleo que encontrarán serán poquísimas y las ocuparán las personas de las clases acomodadas de siempre. En realidad la mayor parte de los empleos para egresados de universidades los provee el mismo Estado, y la tarea que éste asume es la educación (todo entra en el patrón del origen de la sociedad, la educación es la moderna evangelización, y en realidad su misión de adoctrinamiento es muy similar). Es decir, la onerosa inversión en educación sirve sobre todo para proveerles empleo a las personas de la clase media y media alta que en una economía productiva estarían en desventaja. Acceden a esos empleos porque antes estudiaron en colegios privados y provienen de familias con más instrucción y refinamiento.

No se debe creer que la educación es una oportunidad para todos, en realidad, la gente más pobre no llega ni a terminar la escuela primaria. Los pobladores de regiones apartadas no se ocupan como «raspachines» por sueldos parecidos a los cubanos porque les dé el capricho. Tampoco los millones de personas marginadas mandan a sus hijos a la universidad, pues si hay millones de muchachas prostituyéndose no es porque les disguste ser doctoras (aunque al paso que va Colombia pronto será como Cuba, donde las prostitutas callejeras tienen títulos).

La educación pública gratuita que tanto gusta a los políticos es para la gente de la clase media baja un sacrificio que se hace persiguiendo un sueño que no la mejorará en nada. Aunque el muchacho no pague nada por estudiar, a menudo no puede hacerlo porque tiene que contribuir al ingreso familiar, no es concebible que en la construcción o en la agricultura sólo se acepten mayores de veinticinco años. Pero el que sí puede hacerlo sencillamente habrá pasado unos años en los que hace gastar dinero a su familia en su manutención y después no encontrará ningún empleo.

Luego, la educación superior gratuita que presentan como un favor a los pobres es un despojo a los pobres que favorece a la gente acomodada, cuyos hijos se ahorran el trabajo en la primera juventud y se aseguran gratis empleos cómodos para el resto de la vida. Lejos de ser la revolución que corregirá las desigualdades es la fórmula perfecta para mantenerlas.

Si en lugar de ese gasto fastuoso se dejara que cada cual se pagara sus estudios los jóvenes se tomarían más en serio el conocimiento, al menguar la carga tributaria crecerían las empresas y se crearían muchas otras, lo que multiplicaría los empleos, en la medida en que el país se fuera insertando en la economía mundial; al final todos accederían a ingresos más altos.

No es inocente ese interés de todos los políticos en prometer diplomas gratuitos, las clases superiores están acostumbradas a su parasitismo y con ese pretexto cometen el mayor despojo sin ninguna resistencia. Corresponde a la condición primitiva de la sociedad, al estado moral de los pobladores, que no se sorprenden de que nunca haya habido recursos para redimir a los niños de la calle pero sí los haya para la cultura, que como he explicado, es sólo las rentas de los descendientes de los criollos. ¿Qué piensan los colombianos del hacinamiento en las cárceles? Si una persona de otro país conoce a un colombiano no lo ve como el doctor que cree ser porque sin mucho esfuerzo obtuvo un diploma, sino como una bestia de un país en cuyas cárceles los presos, que muchas veces son inocentes, duermen unos encima de otros.

La educación que los colombianos entienden consiste en el acceso a la condición de doctores, en un mundo plenamente humanizado alguien se preguntaría por el amor al saber, o por el hábito lector que sólo se puede adquirir cuando está presente ese amor. La cantidad de librerías que hay en Bogotá, excluyendo los expendios de textos escolares y universitarios, es más o menos la misma que en una ciudad alemana o francesa de diez mil habitantes. La ortografía o el cuidado del idioma de los ciudadanos, al menos de los que usan las redes sociales, hace dudar de que hayan hecho la primaria. No importa, no se trata de saber nada sino de disfrutar de un Derecho Fundamental que se puede reclamar mediante acción de tutela.

(Publicado en el portal IFM el 10 de junio de 2022.)

martes, julio 26, 2022

Patanes, pícaros, payasos

Me llamó la atención este trozo de la novela Sobre los acantilados de mármol del escritor alemán Ernst Jünger: «Cuando desaparece el sentimiento del derecho y del bien, cuando el miedo nubla los entendimientos, es cuando las fuerzas del hombre de la calle son fácilmente vencidas. Pero el sentido de lo que es verdadero y legítimo permanece despierto en la vieja aristocracia, y de ella brotan los nuevos retoños del espíritu de equidad. Ésta es la razón por la que todos los pueblos honran la nobleza de sangre».

Yo leí otra traducción seguramente mejor, pero a fin de cuentas lo que interesa de la idea de Jünger es que en todas partes hay «privilegios de cuna» y que los hay porque los pueblos los aprueban. Lo cual hace recordar al filósofo español José Ortega y Gasset, que entendía que todas las sociedades contaban con una “minoría rectora” que determinaba su forma de obrar y su futuro.

Precisamente respecto de Ortega tengo que mencionar a alguien que me dijo una vez que era un «señorito madrileño», y pensándolo después me he dado cuenta de que ese origen social privilegiado es común a casi todas las figuras intelectuales de Hispanoamérica: Borges era un patricio porteño, Octavio Paz era un patricio del Distrito Federal, Vargas Llosa es un patricio arequipeño, Savater es un patricio de San Sebastián… Incluso los dos únicos colombianos que «sacan la cara» por el país en ese ámbito, Rufino José Cuervo y Nicolás Gómez Dávila, procedían de familias de la clase más alta.

El sentimiento de agravio de las personas de condición más modesta es un error moral e intelectual que convendría, como dicen en España, «hacerse mirar»: el odio rencoroso al que está arriba es directamente proporcional a la crueldad con que se trata al que está abajo. Mientras no consigan destacar por nada, todos tienen «sed de justicia», que en última instancia consiste en la posibilidad de cada uno de ascender. El ensueño de una igualdad plena es característico de alguien que no ha leído ni viajado ni alcanzado ningún refinamiento o placer. Por eso cree, por ejemplo, que la incultura es un producto de la falta de oportunidades, como si hoy no fuera sencillísimo encontrar miles de libros en internet.

Los intentos de corregir la supuesta injusticia de esos privilegios y esas jerarquías sólo dan lugar a nuevas castas que tendrán que volver a aprender a usar los cubiertos. La hija de Chávez, paradigma de esa clase de redentores, tiene un patrimonio de miles de millones de dólares que no obtuvo precisamente trabajando, por poner un ejemplo típico. En contraste, la familia real japonesa es la misma desde hace varios miles de años, y en los países escandinavos, en los que ya llevan casi un siglo de políticas socialistas, no guillotinaron al rey ni quitaron sus títulos a los nobles.

Todo lo anterior debe servir para que el objeto de este artículo no se entienda mal: los miembros de la llamada oligarquía colombiana no son condenables porque hayan nacido en familias más ricas o más poderosas o más refinadas que las nuestras, sino porque obran como lamentables patanes, no sólo haciendo daño al país sino a la memoria de sus propias familias. Sus incesantes atropellos sólo los dejan ver como provincianos que se han librado de sus rivales matándolos, y que no han asimilado las más elementales normas de urbanidad. El episodio de Germán Vargas Lleras golpeando a un subalterno es paradigmático.

Si uno mira la biografía de Ernesto Samper descubre que muchísimas personas importantes de la Bogotá del siglo XIX son sus antepasados. Cuando se lo ve como valedor del régimen criminal de Maduro o cuando se evidencia su relación con los carteles de la cocaína y con el asesinato de Álvaro Gómez Hurtado, de cuya responsabilidad intentan librarlo los secuestradores y violadores de niños de las FARC, el fruto de tanto talento y tanta distinción resulta ser simplemente un personaje del bajo mundo.

El de los hermanos Santos es un caso parecido. El mayor escogió desde la juventud el crimen como forma de mantener el poder, por lo que junto con García Márquez se dedicó a maquinar la creación de una banda de asesinos que satisficiera las ambiciones del régimen cubano. A lo mejor algún día se sabe el papel que tuvo este hombre en el asesinato de José Raquel Mercado o en el asalto al Palacio de Justicia. Obviamente no podía desconocer que su banda obraba de consuno con el cartel de Medellín tras un acuerdo que logró el embajador cubano. El pretexto ideológico puede convencer a los adolescentes de clases modestas, para cualquiera menos torpe es evidente que se trata de tener poder gracias a que se manda matar gente. Otro patán, otro pícaro.

Juan Manuel Santos tomó otro rumbo, el de aprovechar los privilegios para acceder a puestos de poder y extender una red de influencias que serviría de base a su ambición. Como cualquier matón no tuvo ningún pudor en engañar a los votantes para hacerse elegir y el día de su posesión declarar que haría lo contrario: sería buenísimo que alguien mostrara un político destacado de un país importante que haya hecho algo así. De nuevo son los modales, el cuchillero más despiadado no teme que nadie le reproche sus engaños y cuenta con el temor ajeno. Y el objeto: gracias a sus actuaciones la producción de cocaína se multiplicó por cinco en pocos años y el país llegó a ser más dependiente de esa industria criminal que nunca antes.

No está de más mencionar entre los patanes más notorios al ministro Gaviria, otro privilegiado social, que prohibió el glifosato y ayudó a llenar los suelos de agroquímicos al multiplicarse los narcocultivos. En su mundo de servilismos, deformidad moral, ignorancia y miedo parece concebible que se pueda decir que todo eso se hizo a favor de la salud humana y ambiental. El primitivismo del país produce a la clase de personas que esperan ser tomadas en serio al fingir que creen eso.

Todos estos personajes acompañan la campaña presidencial de un tipo que dice «abrazarsen» y nadie espera que se sonrojen: el país es como es porque ésta es su «minoría rectora».

Esas importantes castas desembocan en el último ejemplar, el humorista chabacano que no vacila en buscar la risa de su audiencia haciendo mención a la mutilación que sufrió Vargas Lleras en un atentado terrorista, o alegrándola con fotos de niñas de dieciséis años desnudas.

El daño que esa clase de «minoría rectora» le hace al país es estremecedor. Baste pensar en la educación para entender que la hegemonía de esos personajes es lo que impide alcanzar la libertad y la prosperidad, pero es algo que explicaré mejor en otro escrito.

(Publicado en el portal IFM el 3 de junio de 2022.)

jueves, julio 21, 2022

Emergencia nacional

Muchos factores determinan la posibilidad de que finalmente Petro resulte siendo presidente de Colombia, no tanto porque haya un riesgo de que la mayoría de los votantes lo apoyen sino por el fraude más que anunciado, innegable respecto de las pasadas elecciones legislativas y seguro para las próximas.

Nadie tiene un control preciso de la compra de votos que se efectúa alrededor de las llamadas «maquinarias», pero la adhesión al candidato narcocomunista de los más señalados urdidores de esas trampas hace pensar que será abundante. Al respecto será útil comparar la participación en regiones como La Guajira o los antiguos territorios nacionales con la registrada en otras elecciones presidenciales.

La toma del poder ejecutivo por comunistas explícitos, no porque Petro se describa como tal sino porque a fin de cuentas gobiernos como los de Ernesto Samper o Juan Manuel Santos servían al mismo fin sin proclamarse «de izquierda», es la coronación de un proceso que lleva cien años gestándose, desde las primeras incursiones de agentes de la Komintern en los primeros años veinte hasta la fundación del M-19 y la revista Alternativa a comienzos de los setenta, que fue la ocasión en que los clanes oligárquicos buscaron en el comunismo promovido por el régimen cubano la ocasión de ganar la sempiterna guerra civil, en tregua durante los dieciséis años del Frente Nacional.

En esta segunda fase del proceso, todo fueron avances. Tras la confluencia de intereses con el Cartel de Medellín, acuerdo impulsado por el embajador cubano Fernando Ravelo, se llegó a la toma del Palacio de Justicia en 1985, acción que seguía una operación semejante del sandinismo que había merecido una crónica entusiasta de García Márquez. En esos años gobernaba Belisario Betancur, que en aras de la paz permitió a esas bandas expandirse por todo el país.

El segundo gran logro fue la Constitución de 1991, impulsada por una plataforma de estudiantes y curiosamente obstinada en salvar a los compatriotas de la extradición, el mismo móvil de la citada toma del palacio en 1985. Se puede decir que tras la implantación de esa nueva norma fundamental —creada por una asamblea elegida por menos del 20 por ciento del censo electoral y convocada en abierta violación de la ley—, la toma definitiva del poder por los comunistas era cuestión de tiempo. En esa década tuvo lugar la conquista de la función pública a través de los sindicatos de funcionarios, entre los que no era menor el papel de Asonal Judicial, que complementaba a los magistrados escogidos por la Asamblea. Las actuaciones de personajes como Carlos Gaviria tras dejar la judicatura, o Eduardo Montealegre, también presidente de la Corte Constitucional, después fiscal general, en abierta adhesión a la conjura totalitaria dejan pensando a quién sirve realmente el poder judicial colombiano.

En paralelo, las distintas guerrillas avanzaron en control territorial y acopio de recursos, de modo que al final del gobierno de Samper el Estado no podía imponerse, y Pastrana llegó a negociar la paz con las FARC haciéndoles concesiones que a la larga generaron un profundo descontento popular. Los gobiernos de Uribe trajeron la derrota de la banda en el ámbito militar, pero de ninguna manera en el político. El control de la función pública, de la universidad y de los medios de comunicación siguió y fue decisivo para que el sucesor de Uribe obrara ya abiertamente como ejecutor del viejo plan que había empezado su hermano mayor cuarenta años antes.

De modo que la presidencia es el último reducto de la democracia y la libertad que hay que defender antes de que Colombia siga el camino de Nicaragua y Venezuela, y eso será muy difícil habida cuenta de la impotencia de la sociedad frente al fraude descarado, que se evidenció, como ya he dicho, en las elecciones de marzo.

La tarea más urgente al pensar en las elecciones es lograr una alta participación que permita demostrar el fraude. Es decir, la principal baza de los totalitarios es la habitual abstención, que es un fracaso de los políticos de «derecha», que corren prestos a conceder que Petro es de algún modo un candidato de los humildes y no precisamente de los que despojan a los humildes y a competir en demagogia, como con las promesas de cupos universitarios para todos (sólo en Cuba se llega a esa proeza, y en países como Suiza la proporción de jóvenes que van a la universidad es muy inferior a la colombiana). Los que no votan son sobre todo los pobres, y nadie les explica que con Petro el salario mínimo será parecido al de Venezuela, ahora unos 29 dólares, pronto menos por la galopante inflación, mientras que con una economía libre se podría alcanzar el de Ecuador, 425 dólares.

Esa rutina demagógica es una de las causas de la abstención pero no la única, también la ausencia de denuncia respecto a las conexiones de Petro con el hampa narcoterrorista, manifiesta en la insurrección conocida como Paro Nacional de los últimos años. O en la identidad de su movimiento con la corrupción política, evidente en datos como la conexión de sus socios con Álex Saab.

Es decir, se combatiría la abstención advirtiendo la emergencia nacional que significa la elección del domingo: si la ventaja de Petro es considerable y consiguen introducir una cantidad significativa de votos fraudulentos, será mucho más difícil impedir que gane la segunda vuelta y que Colombia deje de ser una democracia relativa para convertirse en una dictadura abierta, como Cuba, Nicaragua, Venezuela y también Bolivia a estas alturas.

(Publicado en el portal IFM Noticias el 27 de mayo de 2022.)

miércoles, julio 13, 2022

Misterios uribistas


La actuación del expresidente Uribe y quienes lo rodean desde 2010, y aun desde antes, y después del partido Centro Democrático, genera toda clase de dudas sobre su verdadero propósito, y a veces da la impresión de que en última instancia busca impedir que los designios de Juan Manuel Santos y sus socios del narcorrégimen cubano encuentren resistencia. ¿Cuáles son los móviles de esa conducta? Es lo que de algún modo se debería esclarecer.

Misterios y evidencias
La historia no es un complot, aunque está llena de complots y componendas que horrorizarían a quien concibe el mundo con ojos piadosos, de ahí la famosa frase atribuida al canciller del Reich prusiano Otto von Bismarck: "Las leyes son como las salchichas, mejor no saber cómo se hacen" (idea que el patán Juan Manuel Santos intentó alguna vez presentar como "la morcilla nacional", tal como otra vez salió a hablar de "Sangre, sudor y lágrimas"). La historia se va haciendo con elementos muy complejos pero por lo general manifiestos: para evaluar la actuación del uribismo, antes de pensar en los móviles ocultos hay que prestar atención a lo evidente, aquello que incluso el más resuelto "derechista" acoge sin cuestionamientos. Por ejemplo, la Constitución de 1991, surgida de un golpe de Estado, en abierta violación de la ley vigente y elaborada por una asamblea en cuya selección no participó siquiera el veinte por ciento del censo electoral, en medio de carros bomba y asesinatos incesantes.

¿Alguna vez ha habido en el uribismo la menor tentación de sustituirla por una norma liberal que delimite claramente las atribuciones de las cortes y corrija los desmanes totalitarios de esa norma? NUNCA. Lo mismo se podría decir de todo el entramado legal que la acompaña y que no es compatible con ninguna noción de democracia, como el delito político, la "acción de tutela" o la relación entre el PIB y la financiación de la Universidad Nacional: sencillamente se implanta un régimen socialista que congela el orden social de siempre y no surge ninguna oposición porque los paganos no cuentan, y tampoco entienden.

El pasado de Uribe
El descontento de la mayoría de los colombianos con la infamia del Caguán que determinó el fracaso y el desprestigio del gobierno de Andrés Pastrana se encauzó en la figura de Uribe en gran medida gracias a la persecución de los medios, obstinados en asociarlo con el "paramilitarismo" a causa de su apoyo a las Convivir, autorizadas por el gobierno de César Gaviria. De ese descontento surge el triunfo en primera vuelta en 2002, que dio lugar al exitoso gobierno que terminaría en 2006. Se suele decir que el efecto de los atentados del 11-S se tradujo en un apoyo estadounidense más claro que el de la era Clinton, y que los avances en seguridad y el aumento del precio de los hidrocarburos favorecieron el milagro, pero eso forma parte de otra historia.

Lo que me interesa señalar aquí es el hecho de que Uribe no era el adalid de la justicia que vieron millones de colombianos en él. Era uno de los autores de la Constitución del 91 y había hecho carrera al lado de Ernesto Samper. De hecho, su papel promoviendo una ley que reforzaba la impunidad del M-19 forma parte de lo que hacía todo su partido. Antes de ser senador en esos años, durante los ochenta, había dirigido la Aerocivil y había sido alcalde de Medellín. Eran los años en que Pablo Escobar y sus socios se contaban entre los hombres más ricos del mundo y su poder en la región era abrumador. ¿Cuál fue el papel de Uribe en esos años? De eso nadie habla y siempre queda la duda de si por hechos de esa época es rehén del clan oligárquico, que dirige las actuaciones de las cortes. Lo cierto es que su popularidad, relacionada —como la de Fujimori o Chávez— con su continua presencia en la televisión, pasa por alto esa trayectoria como figura destacada del muy corrupto y muy afín al comunismo Partido Liberal. ¿Alguien recuerda cuál fue su papel durante el proceso 8000?

Con la venia de sus majestades los Santos
A finales de 2001 ya era evidente que Uribe sería el favorito para ganar las elecciones, pues los conservadores eran extremadamente impopulares por los atropellos que el gobierno había tolerado a las FARC, y Serpa resultaba poco creíble como líder de la restitución de la ley. ¿Qué sentido tenía poner a un personaje como Francisco Santos como candidato a la vicepresidencia? Ese periodista había sido un entusiasta defensor del "despeje" y del proceso que llevaba adelante Pastrana, y ciertamente no tenía ningún liderazgo en ningún sector. Uribe le dio el cargo quizá en aras de alguna benevolencia de los medios que controlaba la familia. De hecho, el propio virrey cubano, el creador del M-19, Enrique Santos Calderón, se proclamaba uribista.

Pero fue el segundo gobierno, en el que perdieron peso personajes como Fernando Londoño en favor de José Obdulio Gaviria, el que dejó claro que Uribe no era ningún reformista sino un jugador más de la vieja partida oligárquica. ¿Realmente corría algún riesgo de perder la reelección por el que tenía que buscar la alianza con Juan Manuel Santos? ¿O sencillamente la reforma que le permitía volverse a presentar fue tolerada por la Corte Constitucional con la condición de que le daría un importante ministerio al tartamudo y haría elegir a sus "fichas" al Congreso?

Es muy probable que la presidencia de Santos a partir de 2010 ya estuviera negociada antes de 2006, no hay que olvidar el apego de Uribe a la palabra empeñada. La actuación del sanedrín de Uribe, con singular protagonismo de José Obdulio Gaviria, cuando empezó la grotesca persecución contra Andrés Felipe Arias es muy llamativa. Bueno, en esos mismos años se produjo el también grotesco encarcelamiento, en medio de la indiferencia del gobierno, de Plazas Vega, otro que podría haber representado a esa mayoría que se manifestó en febrero de 2008 contra los terroristas.

El maoísmo, Firmes y el mundo de Pablo Escobar
En alguna ocasión Gaviria ha dicho que el origen del uribismo era la persistencia en Antioquia del movimiento Firmes, que era la marca electoral del M-19, organizada por el grupo de Alternativa para capitalizar en votos el poder alcanzado por la banda a punta de secuestros y colaboración con el narcotráfico. Pero León Valencia señalaba que en un periodo anterior Gaviria había formado parte del Partido Comunista de Colombia Marxista-Leninista, la organización creada tras la ruptura chino-soviética con el pretexto de la ortodoxia estalinista contra el "revisionismo" que habían emprendido los soviéticos tras el XX Congreso del PCUS en que Jruschov denunció los crímenes de Stalin.

El motivo real era el anhelo chino de tener la bomba atómica y la rivalidad imperial con la URSS. El maoísmo surgió en Colombia en dos versiones, una era ese partido, con su guerrilla llamada igual que el ejército chino "Ejército Popular de Liberación", la otra era el Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario, promovido por un antiguo político liberal, Francisco Mosquera, y que buscaba ser un frente de masas menos doctrinario y sectario que el PCC-ML. De más está decir que ambos grupos contaban con abundante financiación china: en esos años morían en el Chung-Kuo millones de personas de hambre, pero en todos los colegios en Colombia se veían ejemplares de China Reconstruye, una revista en papel satinado con fotos de los logros de la revolución, así como las Obras escogidas de Mao Tse-Tung y por supuesto el Libro rojo del "Gran Timonel".

Es muy llamativo que, tras el ascenso de Santos, la segunda vez que hubo ocasión de hacerle frente electoralmente aparecieran en las listas uribistas personajes ligados a ese mundo criminal, como Everth Bustamante o Rosemberg Pabón, pero pronto también se formó una poderosa camarilla alrededor de Gaviria, formada por "violentólogos" de pasado comunista y por dirigentes del MOIR. ¿Qué falta hacía llevar al Congreso a esa clase de personajes? Propiamente, ¿qué es lo que realmente representa Gaviria? ¿Por qué Uribe no se apoya en personajes más claramente afines a las mayorías que lo eligieron y lo siguen apoyando? La camarilla de antiguos maoístas define las actuaciones del CD, y el hecho de que resulten juntos a pesar de su diverso origen hace pensar que los nexos con el régimen de Pekín de los tiempos del "revisionismo" siguen animando las actuaciones de estos próceres.

Sospechosa "oposición"
Santos llegó a hacer lo contrario de lo que esperaba la gente que lo eligió, pero nunca tuvo oposición de Uribe ni de su combo, por mucho que el ambiente de sus primeros meses de presidencia fue de verdadero terror, con hechos tan desconcertantes como la bomba de Caracol. La popularidad de Uribe seguía siendo altísima y el país vivía unos años de optimismo, pero curiosamente no hubo candidatos significativos o de oposición a Santos en las elecciones locales de 2011. Petro llegó a alcalde porque el dinero público pagó las campañas de Parody, Luna y Galán, que le "pisaban" el terreno a Peñalosa. ¿Hubo alguna denuncia por parte de Uribe y su comparsa? No, no presentaron candidatos, Uribe se sumó a la campaña de Peñalosa, candidato del M-19 o Partido Verde, y cuando fracasó (porque había cuatro candidatos con el mismo perfil ideológico) se dijo que era por culpa de Uribe. 

Antes de comenzar el proceso de La Habana era evidente que Santos tomaría ese camino, y ciertamente no hubo la menor oposición. El lloriqueo del uribismo en esos años parecía tener más relación con el anhelo de tomar parte en la negociación. Para las elecciones de 2014 pusieron como candidato a un personaje absolutamente carente de atractivo para el votante, que para colmo de males había estado elogiando al gobierno de Santos. Sencillamente, nunca quisieron hacerle frente a Santos, a quien le habían dado la presidencia. La traición fue aún más grave tras el plebiscito, en el que la camarilla de Gaviria llamaba a abstenerse hasta que la presión de la gente les hizo poco recomendable insistir. Cuando, contra todo pronóstico, resultó vencedor el NO, corrieron a salvar el acuerdo por motivos inexplicables para quien no piense en móviles oscuros. Bueno, Uribe dijo que era por la "palabra empeñada". La voluntad popular cuenta menos que sus compromisos. 

Más extraña es la carrera de Iván Duque: era un antiguo protegido de Santos que llegó al Senado por inclusión en una lista cerrada. Después fue promovido por Semana y por personajes como León Valencia, Ariel Ávila y Rodrigo Uprimny, hasta que resultó candidato presidencial. Antes de 2014 era un completo desconocido, y de no ser por el fraude que se cometió con las encuestas para que Petro pasara a segunda vuelta, habría perdido en 2018 ante Fajardo. Duque siempre ha sido un subalterno de Santos y su elección tenía por objeto salvar el acuerdo de La Habana de cualquier tentación de echarlo atrás. ¿Por qué era el candidato de Uribe? Porque lo que hace el CD es lo que le conviene a los Santos. Algunos políticos del CD se quejan del acuerdo, pero al final su lloriqueo se queda en nada, salvo por el aplauso de los votantes, entre los que la mayoría son hinchas sin el menor discernimiento, que creen que la política es una cuestión de sentimientos y en veinte años no han visto nada raro en todo lo que ha ocurrido.

Petro presidente
Para mí es evidente la colusión del uribismo con Santos y su refrendo tácito a la infamia de La Habana, pero si alguien tuviera alguna duda bastaría con pensar en la candidatura de María Fernanda Cabal. ¿Por qué el CD no llevó la cuestión a una consulta como las que designaron a Petro y a Gutiérrez como candidatos de su sector? Incluso habrían ganado dinero, pero de lo que se trataba era de impedir que prosperara una candidatura hostil a Santos y su mundo. Nada más, en cuanto pasaron las elecciones legislativas el flamante candidato salido de la extraña encuesta renunció para apoyar al exalcalde santista, que es como él, un seguro perdedor. Puede tener mucho atractivo popular en su región, pero en el resto del país parece más bien un "ñero" de los que acuden a los actos electorales de Petro.

Petro es un personaje cómico que ejerce alguna seducción sobre las víctimas de Fecode y causa mucha risa entre los extranjeros que curiosean acerca de la política colombiana. Toda su vida ha sido un subalterno de los Santos, desde que en la adolescencia se unió a la banda de asesinos del clan. Ellos le consiguieron una beca para estudiar Economía en el Externado y después, como he explicado, le abrieron el camino a la Alcaldía de Bogotá. Ganará las elecciones porque cuenta con el dinero de la cocaína, que controlan sus compañeros de las FARC (la Unión Patriótica es abiertamente una marca política de la banda y forma parte con la Colombia Humana del "Pacto Histórico"), de modo que, si la propaganda y la compra de votos llegaran a ser insuficientes, siempre les quedará el fraude electoral, para lo que cuentan con el registrador. Que eso ocurrirá así es evidente después de que aparecieran un millón de votos que cambiaron drásticamente la composición del Congreso y de que se demostrara que hubo 300.000 votos repetidos.

¿Qué se puede hacer ante ese fraude? NADA, para impedir que alguien haga algo están Uribe y el CD, como parte de la conjura de Santos, están para asegurar el triunfo de Petro. El que lo dude puede preguntarse cómo es que no han sacado a millones de personas a protestar por un fraude tan patente. ¿Cómo es que no le piden cuentas al gobierno? ¿Cómo es que no presentan denuncias penales? Mientras se va implantando la tiranía comunista que domina casi toda Hispanoamérica, con intervención clara de Irán, China, Rusia y Cuba, los supuestos defensores de la democracia siguen con su habitual lloriqueo quejándose del fraude en algún tuit aislado.

Ojalá el sufrimiento que causará a los colombianos el triunfo del siniestro asno Petro permitiera a algunos despertar del embrujo caudillista y darse cuenta del papel que Uribe y Gaviria han estado desempeñando mientras Santos le abría el camino a esa tiranía. En cierta medida, el agente de esa destrucción es el ciudadano indolente que no ha querido ver tan misteriosas actuaciones de su ídolo y de quienes lo rodean.

(Publicado en el blog País Bizarro el 16 de mayo de 2022.)

jueves, julio 07, 2022

Del patriarcado al totalitarismo


La vida cotidiana en Occidente se ha vuelto una batalla continua entre la visión liberal del mundo, que intenta resistir a la embestida totalitaria, y el proyecto de dominación que se pretende imponer a punta de ingeniería social, intimidación ideológica, propaganda y control de los resortes de la economía y el poder político. Acerca de los agentes de ese proyecto ya escribí una entrada de este blog hace unos meses, esta vez quisiera acercarme a las claves de su discurso.

Los siglos del liberalismo

Voy a atreverme a plantear una línea central de la historia humana que parte de la confluencia de las civilizaciones de Mesopotamia y Egipto en el Mediterráneo oriental y después en la parte europea de ese mar. El resto de Europa heredó esa historia en forma de cristianismo. Los pueblos indoeuropeos, entre los que hay que incluir a los griegos y romanos, se hicieron con los siglos amos de la mayor parte del planeta y determinaron la civilización actual. El liberalismo tenía antecedentes en la Antigüedad mediterránea y en forma dispersa en la Edad Media, pero sólo se conformó como forma de vida predominante tras la Reforma protestante y el declive de los imperios continentales. Los holandeses y británicos experimentaron un formidable desarrollo económico y abrieron el camino a las ideas que tomarían forma en el siglo XVIII con la Ilustración, la Revolución industrial y las revoluciones norteamericana y francesa. Al vencido absolutismo lo reemplazó a partir de entonces la democracia, cuyo fundamento es la igualdad: no se puede hablar de "derechos humanos" sin admitir que son de todos. ¿Es posible que esa "bella época" esté llegando a su fin?

Los valores liberales

Lo que el siglo XIX entendió como "izquierda" era el liberalismo. Aunque se cuenta que los padres de la Independencia de Estados Unidos tenían esclavos, el fin de la esclavitud era inevitable por el enunciado en que se basaba la nueva nación. También la conquista de la igualdad por parte de las mujeres. Y el afán de cohesión social intrínseco a la democracia. Y también el anhelo de igualdad económica y de protección a los débiles. Todas esas cosas que se consideran rasgos del socialismo lo son en esencia del liberalismo, incluido el Estado gigante que construyó la burguesía para asegurar el cumplimiento de la ley, que es la garantía de los derechos de todos. Lo que surge con el totalitarismo comunista no es el logro de esos valores sino su destrucción: la máquina intenta apropiarse del dueño, los supuestos garantes de la ley igualitaria se convierten en una casta todopoderosa que despoja a los demás de sus derechos. En realidad, el retorno de la esclavitud con otro formato. En Iberoamérica ese retorno resultó más fácil porque los esclavistas nunca se fueron y nunca hubo sociedades liberales, los descendientes de los encomenderos son los señores de la guerra comunista. Por eso yerra cómicamente el que cree que ellos defienden esos valores, valores que él desaprueba por ilusa adhesión a un mundo ya desaparecido. En el fondo se trata de la misma pereza del señorito comunista pero manifiesta en forma de triste e inepta gesticulación.

La herencia comunista

Las ideas de Marx como proyecto político nunca han tenido ninguna posibilidad en países acostumbrados a la libertad, como los anglosajones, pero sí en sociedades menos maduras moralmente, como Rusia o Hispanoamérica. Son un pretexto para mantener el orden de castas presentándolo como un paso más adelante del liberalismo. Pero una vez que controlaron el país más grande y con más riquezas naturales del mundo, los comunistas alcanzaron mucha influencia en diversas regiones, como Asia sudoriental, el sur de Europa, algunas zonas de África e Iberoamérica. Con ocasión de la Segunda Guerra Mundial, muchos comunistas europeos emigraron a Estados Unidos y conquistaron entornos académicos y culturales influyentes. El viejo sueño de la sociedad sin clases, convertido en grotesca tiranía de una nomenklatura sobre una masa humana sin derechos, no podía encontrar un público significativo en ese país, pero para reemplazar a la burguesía encontraron a los blancos, a los varones, a los heterosexuales, a los cristianos... Las políticas de identidad son el reemplazo de la vieja lucha de clases con un sucedáneo amorfo del proletariado. Una vez que el crecimiento del Estado y la multiplicación de los cupos universitarios crearon la base social del nuevo proyecto y se produjo la concentración de los recursos en manos de los magnates de las nuevas tecnologías, el nuevo discurso se exportó y sirve a los comunistas en Europa e Iberoamérica, además del resto del mundo anglosajón.

Feminismo y patriarcado

En la bellísima película Sunset Boulevard se dice que la gente nunca piensa que las películas antes de filmarlas hay que escribirlas: ¡se imaginan que la historia se la van inventando los actores! Ese error es el mismo de todas las concepciones creacionistas, y un elemento decisivo de su propaganda. Baste pensar en López Obrador exigiendo al gobierno español que pida perdón por la Conquista. Cualquiera que lea los periódicos ve un espectáculo grotesco, pero ciertamente la mayoría de los mexicanos sienten eso porque cada uno tiene sus motivos para sentirse agraviado y poco le importa que López Obrador pertenezca a la clase de los agraviadores. Se imaginan el mundo recién creado y con los bienes y encantos al alcance de otros. Eso mismo pasa con el "patriarcado". A la gente ignorante la convencen de que se trata de una injusticia sin sentido como si se pudiera entender la humanidad sin su historia, o como si ésta fuera la aplicación del plan de Dios (no lo duden, "el tiempo de Dios es perfecto"). Aprovechando su fuerza física, los varones se las arreglaron para no dejar a las mujeres sacar carbón de pozos profundos, arriesgar la vida en combates continuos con asesinos bien pertrechados y echarse encima la responsabilidad de dirigir la tripulación de un barco. Y ese atributo se convierte en la forma de "mal" a que se enfrentan las huestes justicieras que no tienen que atender a ninguna consideración superior, sino sólo a su tarea de destruir esa ventaja de los machos.

¿A qué llamamos "libertad"?

Me he dado cuenta de que a la gente le gusta creer que la noción que tiene de algo es la única y que resulta absolutamente clara. De ahí que la mayoría de los tuiteros anticomunistas se declaren de "derecha" porque están persuadidos de que "derecha" quiere decir "libertad económica", cosa que no corresponde en absoluto a ningún diccionario. Eso mismo pasa con "libertad". Si la concebimos como la disposición de la voluntad del individuo autónomo y consciente, esa libertad tiene poco que ver con la permisividad de los padres o la falta de control de los jóvenes: "Ella es libre de llegar a la hora que quiera" se puede entender como que una persona dependiente resulta despojada de su responsabilidad porque a quienes deben educarla les resulta más cómodo desentenderse. La libertad de un individuo que no es siervo de otro ni está sometido a otros fines que los propios, eso es algo que sólo pudo surgir con el patriarcado. Es inconcebible ese individuo autónomo sin la existencia de la familia (que es menos natural de lo que se cree, por ejemplo, en muchas tribus amazónicas no hay familias sino una comunidad más amplia con una sola autoridad). Y la familia presupone un padre, sobre todo porque tiene la tarea de defender a la mujer y a la prole. La inseguridad de la vida en la Antigüedad es difícilmente imaginable para nosotros. Las casas de Ampurias, en la costa catalana, no llegarían a los veinte metros cuadrados, pero los muros eran de más de 50 cm de grosor. También era responsabilidad del varón, por ejemplo, en la época romana, el trabajo más duro si era agricultor o ganadero, marino o albañil. En general, el dominio patriarcal era lo contrario de la libertad de una persona que no tiene responsabilidades, más una carga que un privilegio.

El origen de la virtud

Volviendo a la cuestión de las palabras, es muy raro que alguien se pregunte por qué una palabra como virtud empieza igual que virilidad. Y es que en latín la palabra vir significaba "varón". La virtud era la condición del varón como la juventud es la condición del joven. Entonces no era lo contrario del pecado o del vicio, sino el aplomo y la gravedad que acompañaban a la carga que arrastraba el varón como jefe de la familia, y ésta en Roma incluía a los esclavos. Esa autonomía caracterizaba a Grecia y Roma y tuvo su versión en la Europa medieval en la forma de pequeños señores cuya existencia era un continuo forcejeo para ganar independencia respecto a otros señores más poderosos. Ortega y Gasset dice que es de ese espíritu de donde viene el liberalismo, y no hay que confundirse al respecto con la idiotez de la guerra de los sexos; la liberación de la mujer, el logro de su autonomía y "empoderamiento" sólo han sido posibles en las sociedades herederas de Europa, ni en el mundo musulmán ni en el indio ni en Extremo Oriente ni en África se ha producido algo parecido. Se podrá argumentar que el cristianismo tuvo un gran papel ahí, pero al fin la materialización jurídica de la igualdad sólo ocurrió a partir de la Revolución americana. La transformación que llevó al sufragio femenino y a la apertura de oportunidades para las mujeres fue simplemente maduración de los principios liberales y no fruto de una guerra contra todos los varones. Ése es un mito de la propaganda totalitaria que encuentra público porque la gente cree que el argumento de las películas se lo van inventando los actores y que el mundo es como es porque así fue creado.

El festín de las identidades


Las identidades en que se basan los comunistas para agrupar a su público funcionan porque mucha gente cae en la trampa: no sólo la lesbiana que se siente más libre con un caramelo que le dan y un poder de escandalizar tremendo (antes a los adolescentes solitarios los acosaban hombres mayores, cosa que los indignaba, ahora ceden y resultan diplomados en liberación sexual, rebeldía y diversidad), o la abortista (que no es alguien que hace algo horrible, sino una valiente que conquista un hermoso derecho), sino también la gente conservadora, que realmente cree que alrededor de ese "feminismo" hay algún interés de las mujeres (extrañamente más afines a las personas de su sexo que a sus padres, hermanos, hijos o amantes). Lo mismo pasa con las resistencias a los logros femeninos, es un regalo que les dan los tradicionalistas a los totalitarios porque, siendo como son personas muy tontas las que creen esa propaganda, fácilmente suponen que algún hombre se resistirá a que sus hijas sean científicas, compositoras o directoras de cine. O que para serlo sólo hace falta que se abran cuotas.

Un mundo menos libre

En realidad, las personas que siguen a los totalitarios son más víctimas que criminales, entre los negros de Estados Unidos predomina la intimidación sobre la convicción y las personas "diversas" de todo tipo son tristemente unánimes en su condición de víctimas ansiosas de quejarse. Lo que la conjura totalitaria amenaza no son prerrogativas masculinas, que desaparecieron hace tiempo, sino la libertad de todos. Y lo que puede vencerlo es la recuperación clara de los valores liberales. La denuncia de la pérdida de libertad que esa moda representa para todos, más que el apego a un mundo de ayer que por suerte ya no existe.

(Publicado en el blog País Bizarro el 20 de abril de 2022.)