jueves, julio 15, 2004

Todo lo que pasa por culpa de los corruptos

La causa del atraso y la miseria de las naciones, sobre todo de las que pobladas por otra gente serían ricas, es aquello que hace y dice su gente.

Pero cuando se examina eso, siempre resulta que nadie quiere poner en duda sus convicciones, las "ideítas" que se han formado en su mente, que ha oído en la escuela, en la familia, en la iglesia, en la cantina... Paradigmático de esto es el mito que existe alrededor de los políticos del sistema democrático: la opinión generalizada es que son todos unos ladrones y que de no ser por ellos todos tendríamos suficiente.

Da lo mismo que se demuestre de mil maneras que eso no es así, la rutina tradicional es una enfermedad casi orgánica. De todos modos el esquemita maravilloso de que existía un paraíso en el que no hacía falta trabajar y llegaron unos malos, una serpiente tentadora (por eso ni siquiera hay que leer lo que escriben los que no recitan lo que uno sabe, a lo mejor terminan confundiéndolo a uno), un ángel caído y sus agentes, etc., y lo echaron todo a perder, ese mito de cuento de hadas, es una costra pétrea que nadie arranca de ningún cerebro.

Esa convicción es muy profunda en Colombia y la prueba está en que todos los analistas concuerdan en que si Uribe hubiera cerrado el Congreso habría ganado mucho apoyo popular.
Ese cuento sobre la corrupción es falso, procede del predominio de valores predemocráticos y premodernos y termina paralizando a la sociedad. Un país como Italia es riquísimo en comparación con cualquiera de Latinoamérica, pero allí la corrupción nunca ha sido menor que en conjunto en nuestro continente. Un país como Bolivia podría haber estado administrado por ángeles y seguiría siendo miserable, PUES LO QUE HACE LA RIQUEZA DE LAS NACIONES ES SOBRE TODO LA PRODUCTIVIDAD DE SUS POBLADORES.

Para llevar a un país a la miseria no hace falta "robarse" nada: la Argentina de Perón tomó el rumbo de la miseria el día que se crearon más empleos estatales que los necesarios, creando una "canal" por la que se han ido siempre los recursos, y lo mismo ha pasado en la Venezuela de Chávez (eso en cuanto al despilfarro, si se piensa en los cierres de empresas que produjo el aumento de los salarios por decreto, el daño sería mucho peor).

En Colombia todo el mundo se acuerda del robo de Dragacol, pero esa cantidad, unos 10 millones de dólares de entonces, SE GASTA CADA DÍA EN PENSIONES QUE NO SE PAGARÍAN EN EL PRIMER MUNDO. De eso nadie se acuerda, la renta legalizada, segura, cómoda, carente de ingenio o de esfuerzo es el sueño verdadero de casi todos los colombianos.

Las proclamas contra la corrupción son lo que se dice un canto a la bandera, y para saber que un político sólo tiene en mente robar basta con estudiar la frecuencia con que protesta contra la corrupción: lo que se espera de un administrador es que presente un programa riguroso explicando lo que va a hacer, el destino de las inversiones, etc.

Lo que hace el que sólo clama contra la corrupción es halagar la envidia de su público para conseguir su favor y así acceder al puesto, que sólo le interesa por las rentas que le pueda producir. Y es muy difícil contestarle, pues no hay ningún partido que se declare partidario de la corrupción.

En realidad, ese mito procede del rencor de los caudillos y otros gobernantes predemocráticos que aborrecen las urnas y los controles. Si los colombianos no confían en sus representantes en el Congreso, ¿por qué no eligen a personas honradas? Eso resulta imposible: se vota por prebendas, o no se vota porque no hay quien se las ofrezca a uno, y después se condena todo el sistema porque el ladrón del que el votante fue cómplice hace de las suyas. Pero lo gracioso es que si no hubiera políticos buscando votos, ¡ahí sí habría que ver lo que sería la corrupción!
 
La ONG Transparencia Internacional ha publicado la lista de los peores gobernantes ladrones, y en ella sólo figura un presidente de un régimen democrático: Arnoldo Alemán, el heredero de la "piñata" sandinista (Fujimori fue elegido, pero su régimen se convirtió en dictadura dos años después). El mayor corrupto por la cantidad que robó fue el dictador indonesio Suharto, lo sigue el filipino Marcos, el zaireño Mobutu, el nigeriano Abacha, el serbio Milosevich, Fujimori y un ex presidente ucranio. Claro que ahí no figuran Sadam ni Fidel Castro porque nadie controla las cuentas de sus regímenes, y no sería raro que ambos encabezaran la lista. ¿Cuál de todos esos grandes ladrones ha sido castigado por su pueblo? ¡El único, el que presidía un régimen democrático, Arnoldo Alemán, condenado a 20 años de cárcel!

Así pues, debería quedarnos claro que

1. La corrupción no es la causa de todos los males puesto que no todo es del Estado, como desearían los seguidores de Mussolini y de Tirofijo.

2. La única forma efectiva de controlarla y perseguirla es defendiendo las instituciones democráticas, las libertades, los controles institucionales y la transparencia de los gobiernos.

3. Más allá del robo hay formas de despilfarro, por ejemplo por populismo (el cual es complementario de los grandes robos: un ladrón que quiera llevarse muchos millones al exterior es indiferente al futuro del país, perfectamente puede endeudarlo para comprar apoyos), o la mala administración (que no implica mala fe: Mockus podrá ser un santo que no se robe nada, pero sólo es bueno porque no gasta, a la hora de invertir para resolver los problemas no parece ningún genio).

4. El problema está en reducir la parte del Estado, en hacer autónoma a la sociedad: en la medida en que el poder del Estado respecto al ciudadano sea mesurado, el funcionario ladrón tendrá menos posibilidades de cometer abusos. El rutinario clamor contra la corrupción sólo sirve para multiplicar ese mal de impotencia que mantiene a sus víctimas enardecidas por la envidia y al mismo tiempo absurdamente esperanzadas en que algún gobernante llegado de la luna o engendrado por el rencor de las multitudes va a remediarlo todo.

Emanuel Swedenborg

Emanuel Swedenborg fue un teólogo sueco del siglo XVIII que concibió el trasmundo (lo que encontraremos tras la muerte) como una simple prolongación de lo que vivimos aquí. Los justos estarán dedicados a escuchar a los ángeles sabios y a edificar sus almas, los condenados seguirán con sus crueldades, intrigas, mentiras, bajezas... ¡Estos últimos ni siquiera se darán cuenta de que están en el infierno, pues de todos modos les parecerá el paraíso!

Esa visión de Swedenborg tiene un gran valor porque nos permite concebir nuestra vida terrenal como eterna, como sagrada y como expresión de nuestro ser (no como cárcel en la que estamos por mala suerte).

Pero ¿por qué me pongo yo a hablar de las teorías de ese señor? Porque para mí tienen que ver con una experiencia personal muy dolorosa. Después de muchos años de ausencia volví a Colombia, y estaba bastante sobrecogido por todas las noticias que oía o leía: se robaban niños, se secuestraba a diez personas cada día, se mataba a casi cien, se llenaban los campos de minas, se desplazaba a millones de campesinos. ¡Esperaba encontrar a las víctimas de semejante tragedia dispuestas a buscar una salida, a remediar tales sufrimientos y a construir un país en paz!

¡QUÉ EQUIVOCADO ESTABA! Casi todas las personas con las que hablé estaban convencidas de que vivían en el paraíso. Uno me dijo que en realidad toda esa gente de Europa y Estados Unidos seguramente vivía llena de envidia y amargada porque a causa de la violencia no se podían venir a vivir aquí. ¿Alguien admitía alguna responsabilidad propia o de algún compatriota en las cosas monstruosas que pasaban? NO, NADIE. Todo era culpa de los estadounidenses que ponían precios bajos para el café, que compraban cocaína y obligaban a los colombianos a vendérsela, a llevársela en el estómago, a obligar a otro pistola en mano a tragarse las bolas de látex... O bien era culpa de los "corruptos", que en lugar de repartirse los recursos con los pobres se los quedaban para ellos solos, o de los militares, que se inventaban el conflicto con la guerrilla para poder seguir aumentando el presupuesto.

¡En esa época la guerrilla todavía era para muchos una esperanza de redención! Ahora se ha convertido en una plaga bíblica, una especie de langosta antropomorfa que descendió misteriosamente de la luna con la increíble intención de amargarle la vida a los colombianos. ¡Todo eso pasó desde que perdieron sus ideales! Antes, cuando tenían ideales, el soldadito que caía, el secuestrado, el niño reclutado..., tenían el alivio de que su sacrificio servía a la historia y generaba buena conciencia entre los colombianos urbanos, llenos de esperanza de que los jóvenes llenos de ideales fueran y construyeran el país justo, un hiperparaíso, porque ¿para qué habrían de mejorar el paraíso?

Pero desde que perdieron sus ideales, ya se volvieron tan malos como los gringos y como los corruptos. Y como les decía, tuve que conocer las teorías de Swedenborg para entender por qué a toda esa gente le parecía tolerable, normal, hasta envidiable la situación del país: les parecía el paraíso porque estaban bien adaptados a él. Como los condenados de Swedenborg, no comprenden que son condenados, que esa vida de atropellos, intrigas, servilismos, maledicencias, crueldades es propiamente el infierno, PORQUE ESA VIDA EXPRESA SU SER. Por eso no les veía ningún descontento ni ninguna vergüenza, la mayoría estaban contentos de la atribución de estrato que les habían hecho, muchísimos se habían acostumbrado a vivir "con servicio" y cuando veían niños mendigando en el semáforo, ¡AY, AY, AY! ¡CON QUÉ ENTUSIASMO SE INFLAMABAN A CONDENAR AL FMI! ¡Qué poco valían antes de encontrarse ese espectáculo que demuestra las maldades del neoliberalismo! Por suerte había algo que los convertía en jueces y maestros de moral.

¿Alguno pensaba en alguna solución? ¿En trabajar? ¿Para qué va a pensar alguien en trabajar si el país está lleno de petróleo y todo el problema es que los gringos paguen un precio "justo", ya que se lo roban? ¡Que repartan las riquezas de los corruptos, de los capitalistas, etc. (ahora también de la guerrilla)! NO ENCONTRÉ A UNA SOLA PERSONA QUE SE INTERESARA POR LAS POSIBILIDADES DEL PAÍS PARA PRODUCIR Y EXPORTAR MANUFACTURAS, PARA EXPLOTAR EL TURISMO, ETC. Los ingresos de la mayoría de esos ángeles del paraíso provienen de puestos públicos y su perfección no se ensucia con sudores y pujos, todo lo que cuenta, eso sí, es presentarle las hermanitas menores al compañero dirigente sindical, inventarle historias sobre la vida sexual a cualquiera que despierte un poco de envidia, salir a gritar cada vez que se negocia la convención colectiva para poderse pensionar a los 10 años de "trabajo", presumir de ser los más "rumberos", ver si hay alguna ocasión de expropiarle algún recurso al Estado burgués opresor.

Ésta es mi experiencia dolorosa: ¿cómo llegar a explicarles a estos condenados o demonios o trolls o subhombres que esa realidad que viven es rigurosamente infernal, que toda la culpa de la miseria, de los millones de muchachas que se prostituyen en el extranjero, de los millones de desplazados, de los millones de niños que no conocen una escuela, ES DE ELLOS, DE SUS MENTIRAS, CRUELDADES, INTRIGAS? Nunca lo admitirán. Perdonen que me repita, pero todo el problema es el profundo DAÑO MORAL que heredaron de la sociedad colonial, la crueldad y la indolencia del esclavista se manifiesta en los líderes guerrilleros, pero también en los lambones urbanos (los primeros sólo aspiran a estar en la situación de los segundos) y en la masa de "intelectuales", que curiosamente no saben ni redactar una frase pero sí se creen parte de una pléyade admirada por todo el mundo.

¿Por qué no voy a estar en minoría? Yo me limito a expresar lo que veo, el necesario CAMBIO DE MENTALIDAD puede que tarde siglos, porque lo que impulsa a los canallas a ser canallas es algo más profundo que una lectura mejor o peor interpretada.

¿Como se podría financiar la educación superior?

Lo que se debería hacer con las universidades públicas es privatizarlas y reformar drásticamente su forma de financiación. En principio habría que mantener el gasto actual, pero en lugar de una formación por un precio simbólico habría que conceder créditos a todos los estudiantes que accedan a la universidad. Así el que estudia se hace responsable de pagar en 10 o 15 años su formación, y el que no piensa trabajar no pierde el tiempo en la universidad.

Si se empezara a aplicar eso ahora, dentro de diez años habría por una parte los recursos del gasto ordinario más los pagos que harían los egresados de sus créditos. Naturalmente contra esto se levantarían todos los actuales estudiantes de esos centros, y todos los sectores sociales significativos: es de los pocos reductos que quedan del sistema de apartheid de la Colonia, no faltaría más sino que los recursos de los pobres dejaran de gastarse en el lustre de los ricos.

Pero una persona honrada tendría que admitir que eso serviría para ampliar la cantidad de cupos y también para exigir más productividad a profesores y alumnos. En la medida en que aumente el acceso a la universidad y la competencia entre unos centros y otros, se iría acabando con el predominio ideológico totalitario, PUES NO SE TRATA DE UN CAPRICHO NI UN DELIRIO NI EL RESULTADO DE LA FALTA DE INTELIGENCIA: la ideología guevarista y afines es lo que garantiza la continuidad de esa forma de vida en la que el doctor (que sólo es el reemplazo del cura del mismo modo que la universidad es el reemplazo del seminario) es incuestionable, improductivo y poderoso por definición.

Otra cosa que se podría hacer sería permitir que las empresas, también las extranjeras, patrocinaran algunas carreras y contrataran a tiempo parcial a los estudiantes, así la inversión en educación revertiría rápidamente en creación de riqueza.

¿Cuándo se empieza a ser un criminal?

Siempre me he preguntado qué sentirá un revolucionario que negocia con una madre angustiada para apropiarse por ese medio de todo el patrimonio de una familia, mientras apunta a la cabeza de un niño. Conocí a muchos izquierdistas de hace 25 años y soy consciente de que muchos de ellos no eran decididamente unos canallas, aunque creo que la obstinación y el oficio de guerreros los puede haber convertido literalmente en eso.

En los últimos meses he tenido ocasión de leer muchas intervenciones en diversos foros de personas que se identifican con ese discurso de las guerrillas y de los movimientos afines, y creo que he descubierto, ya con la perspectiva de la edad y de la distancia, la forma en que un adolescente rebelde, ambicioso y parlanchín termina organizando masacres y aterrorizando a los campesinos.

En el principio siempre están los intereses políticos de gentes de familias influyentes y poderosas. Esas personas tomaron el discurso de la moda revolucionaria que caracterizó al siglo XX y lo aprovecharon para crear un movimiento que los llevara a ocupar posiciones de poder. La forma en que convencieron a miles de personas pobres o débiles de carácter o carentes de convicciones firmes fue ésta: convirtiéndolos en agraviados, fomentando la envidia y el resentimiento. Por eso, cuando uno lee lo que escriben los partidarios de los guerrilleros, siempre se encuentran los razonamientos del tipo "queremos la paz con justicia social, de otro modo no hay paz". No se les ocurre que la primera "justicia social" que puede haber en el mundo es el derecho universal a la vida. Les parece obvio que todo el mundo está enemistado, o debe estarlo, con las personas que tienen más dinero. Eso es muy extraño, yo toda la vida he sido muy pobre y jamás he sentido que alguien por el hecho de tener más recursos sea mi enemigo.

Esa convicción de la lucha de clases tiene una especial acogida entre gente envidiosa y malvada. Pero no se dan cuenta, los ambiciosos fabrican monstruos que la gente sencilla no puede entender y los ponen a encarnar el "agente del mal" que antes el catolicismo había creado para justificar el dominio de los sacerdotes. Así a Tamaris la mandaron a luchar contra la burocracia, los muchachitos de la selva se van contra el imperialismo norteamericano, contra el neoliberalismo, etcétera.

La cosa se mantiene por las técnicas de secta y también porque en el mundo hay más envidiosos que personas conformes con lo que tienen. Después consiguen como aliados a todos los mediocres, los que tienen miedo de una sociedad competitiva. El que conozca el medio universitario habrá comprobado que son los profesores más rutinarios y perezosos los que siguen repitiendo la letanía izquierdista; y lo mismo pasa con los funcionarios públicos, ineptos y corruptos en su gran mayoría, pero afiliados a sindicatos cuyo discurso es ése.

Por eso una persona medianamente informada pierde el tiempo explicándoles que esas ideas sólo trajeron hambre y miseria en todos los lugares donde se han aplicado, que en Cuba la gente se gana cuatro mil pesos al mes y la principal actividad del país es el turismo sexual, sobre todo por los servicios que prestan las menores de edad, que en 1960 la renta cubana era el doble de la española y hoy es 20 veces menor, que en la misma época se vivía mucho mejor en Colombia que en Italia, que toda Latinoamérica está abandonando las mentiras totalitarias, terroristas y criminales para vivir en paz en sociedades productivas... Todo el mundo.

Colombia ya es sólo comparable a Angola, al Chad, a la República Centroafricana, a Sierra Leona, etcétera, países en guerra eterna en los que cualquier mentira mantiene el poder de unos criminales. Siguen y siguen porque no pueden figurarse que la sociedad sólo es jerárquica en Colombia, que la democracia moderna significa la apertura de las oportunidades para muchos y garantías REALES para todos. No les importa y no quieren entender porque psíquicamente los sigue dominando la noción de estar descendiendo de estrato y el rencor contra los que aciertan y viven mejor.

No se dan cuenta de que su odio no es contra los que han robado o hecho sufrir, sino contra los mejores, los que son como a ellos les habría gustado ser. Ese sordo resentimiento es generalizado en Colombia, he conocido a personas de cientos de países y los únicos que sienten eso son los colombianos (a veces se encuentran otros latinoamericanos con ideas semejantes, pero son pocos).

En ese sentido, el izquierdista de siempre es ya un criminal, porque su "revolución" significa el despojo violento de otros, porque su proyecto de vida y de política es el fomento del odio y porque sus ideas sólo se pueden aplicar mediante el terror. Que nadie se engañe a ese respecto: los secuestros y el boleteo son la revolución; el que proclama el derecho a quitarle a alguien su patrimonio por la fuerza está echando a rodar una idea que más temprano que tarde se aplica. Conocí a la izquierda de 1975 y entonces éramos jóvenes estudiantes que gritábamos lo que hoy hacen el Negro Antonio y Romaña. Y sé que en las ciudades tienen muchos aliados en los estudiantes de entonces... ¡En los peores, claro está, en los que nunca destacaron por saber ni por ayudar a los demás ni por tener ideas eficaces! ¿Qué les parece que va a pensar un profesional mediocre que sólo tiene el empleo gracias a que el gobierno tiene miedo de despedirlo porque se arma una huelga que termina en el despido del alto funcionario que está ahí sólo por unos añitos para hacerse un capital? Cuanto más indolente, egoísta, inepto es un funcionario público, más izquierdista.

Pero en Colombia contra ellos no hay nadie, porque el resto de la sociedad carece de visión y de moral: frente al resentido sólo hay tetas de silicona y pretensiones ridículas de lujo. En realidad, también lo conozco en decenas de casos, esos izquierdistas rutinarios son también los peores arribistas, los lujos que se van consiguiendo los justifican como derechos de todos y se combina una increíble arrogancia de estrato 5 con la arrogancia de superioridad moral por estar en contra del neoliberalismo (o sea, de la productividad).

ESA GENTE ESTÁ BIEN EN LA COLOMBIA DE HOY Y SABOTEARÁ TODO INTENTO DE CONSTRUIR UN PAÍS LIBRE, CULTO, AMABLE Y PRODUCTIVO. Pero ¿habrá quien lea esto? ¿Habrá quien comprenda que es necesario LLENAR DE MORAL la causa de la democracia, denunciar la vileza de los revolucionarios y lo monstruoso de sus intenciones? Es muy difícil ser optimistas.

El vicio de aparentar

Tal vez la cosa que más me ha parecido admirable de los países civilizados y maduros es el contraste que hay entre el cuantioso patrimonio de sus ciudadanos y la sencillez con que viven. Sobre todo en Suiza y en los estados fundadores de EE UU se ve a personas riquísimas vestidas como cualquier parroquiano y comportándose con absoluta modestia. El complemento de eso es la honda dignidad que se percibe en la persona de condición humilde, en la que es muy raro ver amargura o resentimiento.

¡Qué comparación con nuestro pobre país! Aquí la mayor aspiración de cada persona es PARECER alguien del estrato superior. En una ocasión una persona extranjera que vive en Colombia me dijo que a un colombiano bastaba con verlo para saber cuál era su condición social. El que no va vestido con ropa de Armani es sólo porque no tiene con qué pagarla. Y para la inmensa mayoría la mayor aspiración de esta vida es bajarse de un carro de lujo, llevar un Rólex de oro como el comandante Jojoy, beber "leche de la mujer amada" (así dicen, qué asco), etcétera. Darse como sea aires de persona prestante, pudiente e importante (valga la cacofonía) es lo que cuenta, mucho más que tener con que comer al día siguiente.

Pero cuando uno conoce a las personas que tienen todas esas cosas y se pavonean ante un auditorio famélico, se encuentra con que a menudo roban hasta a sus propios familiares, le prestan la esposa al superior jerárquico, halagan indignamente a todo el que está arriba y tratan con una crueldad y un irrespeto intolerable a todo el que esté abajo y para colmo es frecuente que no tengan ni para pagar el arriendo.

Bueno: eso pasa con el consumo, que la gente se pone un disfraz principesco y cree que no se le nota su condición innoble, pero es que LO MISMO, LO MISMO, LO MISMO pasa con las instituciones, con la política y el derecho. ¿Nadie les ha contado que somos un Estado Social de Derecho? ¿No saben que según la Corte Constitucional se deben respetar a rajatabla los derechos básicos a la vida, a la salud, a la educación, etc.? ESE MISMO VICIO DE APARENTAR LLEVA A ESOS ORANGUTANES CON PELUCA A DECLARAR QUE TODOS TENEMOS DERECHO A VIVIR BIEN.

Pero ¿tiene eso que ver con la realidad? Cuando uno tiene un trabajo y tiene amigos abogados o jueces, sobre todo si están bien relacionados con la Corte Constitucional, es posible que acceda a una EPS a la cual la Corte la obliga pagar cosas que no figuraban en el Contrato, pero la inmensa mayoría de la gente no tiene nunca nada parecido, de modo que ni siquiera acaba la primaria ni tiene un servicio médico y ni siquiera puede salir tranquila a la calle. Pero eso sí, el poder de los jueces no lo puede tocar nadie.

¡Es que con el cuento de las tutelas se corrigen la pensión hasta ganar más que el sueldo! (El atropello espantoso de Foncolpuertos se perpetúa gracias a las tutelas.) De modo que un magistrado que llegó a los 50 años y empezó a cobrar su pensión y le van a pagar sólo 35 salarios mínimos elabora una tutela muy bien redactada y muy bien "sustentada en derecho" y la presenta ante sus antiguos compañeros, a los cuales ayudó a ocupar el sitio, y éstos descubren que una pensión de 35 salarios mínimos atenta contra el sagrado derecho a la vida de ese magistrado y decretan que gane una pensión de 60 salarios mínimos. ¿No es lo que pasa? Todo el Estado Social de Derecho es la palabrería en la que se sustenta el poder omnímodo de unos señores que con tanta palabrería y tanto lirismo veintejuliero sólo defienden sus privilegios inicuos.

Como la prostituta que se casa con un mafioso y compra ropa de alta costura en París y se siente una gran dama, así la iniquidad sustentada en el poder latente del terrorismo se proclama guardiana del paraíso. Pero todo eso es muy difícil de cambiar. Es muy saludable la reforma de la justicia que pretende el gobierno, pero no es muy seguro que vaya a salir adelante: la gente que saca provecho de la iniquidad es muy poderosa y muy hábil, y la mayoría vive de espaldas a esas realidades.

¿Por qué es Colombia como es?

Cuando nos preguntamos por las causas de que nuestra sociedad sea como es, todo el mundo tiene una explicación y por lo general tiende a contentarse con ella evitando complicaciones que pueden resultarle fatigosas. Pero vale la pena que confrontemos las explicaciones que tenemos unos y otros de forma que nuestra visión se enriquezca.

Yo diría que hay una serie de causas, que enumeraré más adelante, y que obviamente están relacionadas y se determinan mutuamente. Y creo que si acertamos a definir esas causas podremos comprender mejor lo que hace falta para conseguir que nuestros descendientes tengan una vida más plena y armónica.

Las principales causas de la violencia, la miseria, el atraso y la chabacanería de nuestro pueblo, desde mi punto de vista y en orden de importancia, son éstas:

1. Desarraigo. En pocos lugares del globo la población es tan reciente como en algunas regiones de Colombia. Y son esas regiones las más azotadas por la violencia. El motivo es que los vínculos que forman una comunidad no han tenido tiempo de afianzarse, así como los prestigios, las jerarquías, las convenciones... Por el contrario, en las zonas de frontera, de colonización, la gente tiende a "asilvestrarse" y pierde los escrúpulos ante una violencia que difícilmente resulta evitable y pocas veces se castiga. Recuerdo un relato que publicaron en El Malpensante sobre un hombre que contrajo la leshmaniasis en la zona selvática: el patrón que tenía llevaba a los trabajadores a "pagarles" a una zona apartada y allí los mataba. En las regiones del globo en las que hay menos violencia, la misma gente lleva viviendo a veces miles de años: se recuerdan conflictos de hace varios siglos y se acepta el orden que surgió de ellos. En nuestras zonas de colonización nada definitivo ha ocurrido, y lo único claro es que conviene imponerse. De ahí surge, en buena medida, la violencia. Cualquier análisis histórico de las zonas de violencia, trátese de la de 1950 como de la del narcotráfico como del actual narcoterrorismo, siempre son las mismas regiones. Y son las que tienen menos arraigo de población.

2. Aislamiento. Colombia ha vivido mucho tiempo apartada del resto del mundo, encerrada en sus rutinas y en sus valores e ideas renacentistas. El clima tórrido y la falta de grandes riquezas aleja a los emigrantes de nuestras costas y la complicada orografía desalienta a quien quiera llegar a nuestros valles altos y mesetas. Sencillamente, Colombia está lejos de todos los centros de cultura y civilización. Eso determina que las cosas tarden más en llegar y que el modelo de sociedad semi esclavista de la Colonia se mantenga inalterado. Alguien que haya vivido algún tiempo lejos descubre al colombiano como alguien aislado de las corrientes de pensamiento del resto del mundo, como alguien que lo traduce todo a un código antiguo y estrecho. El aislamiento multiplica las consecuencias del desarraigo e impide que las nuevas concepciones morales, históricas, religiosas, estéticas o políticas permitan salir del atraso.

3. Explosión demográfica. La población colombiana hace cien años no excedía en mucho los tres millones de personas. ¡En un siglo esa población se ha multiplicado por doce! Eso quiere decir que en cada generación hay una amplia mayoría de personas menores de veinte años, sobre todo teniendo en cuenta que la esperanza de vida a principios del siglo XX no llegaba a los cincuenta años. Esa mayoría de personas jóvenes siempre terminaba imponiéndose, y de ahí la fe que se tiene en la fuerza y el desapego a la propia vida. Muchos elementos de la miseria colombiana tienen que ver con este desmesurado crecimiento de la población: por mucho que aumenten los productos y servicios, nunca se llega a satisfacer las necesidades de tanta gente. El crecimiento desordenado de las ciudades y las exclusiones, violencias, desarraigos y penalidades que conlleva, son sólo la consecuencia natural de este fenómeno, que, no hace falta decirlo, multiplica los anteriores.

4. Deformación moral. La palabra "moral" procede del latín y en su origen alude a las costumbres. La moral de los individuos y de los pueblos no es algo natural, sino una sedimentación de la experiencia histórica y una respuesta a esa experiencia. Los pueblos anteriores a la Conquista no habían alcanzado un gran desarrollo espiritual ni religioso y por eso sus normas de conducta y sus valores tenían poco desarrollo, por decirlo de algún modo. El hecho de que mirar al cacique a la cara se castigara entre los chibchas con la pena de muerte y al mismo tiempo hubiera frecuentes levantamientos de autoridades menores muestra hasta qué punto las relaciones sociales no estaban basadas en una gran legitimidad mutuamente aceptada, sino en el terror y la fuerza. Los conquistadores, guerreros a fin de cuentas, obtuvieron el dominio a costa de dosis extraordinarias de crueldad. Esa crueldad se afianzó durante los siglos de esclavismo y encomienda, y determina muchos rasgos de los colombianos actuales, como la picardía, que en última instancia significa que despojar o hacer sufrir a otro son motivos de orgullo. Para mí, toda forma de delito es ante todo un ejercicio de crueldad. Las personas compasivas y bondadosas jamás delinquen. Otro fenómeno moral es la indolencia, que también procede del ejemplo de quienes se enriquecieron rápidamente robando a los indios y a partir de entonces se dedicaron a vivir cómodamente sin trabajar. Son los antepasados de nuestras clases altas, y su ejemplo determina la conducta habitualmente deshonesta de los funcionarios públicos.

El peor aspecto de este daño moral es la incapacidad de valorar la verdad. Sabido es que quien miente por hábito termina engañándose a sí mismo. Y en Colombia las palabras tienden a valorarse más por su utilidad que por su precisión. El resultado es que a muy poca gente le interesa entender las causas verdaderas de las cosas, y cada cual se afirma en la interpretación que conviene a su interés momentáneo: por ejemplo, el atracador se apoya en supuestos agravios porque la rabia y el afán de venganza son un poderoso estímulo para el despojo brutal de otros. Y lo mismo hacen los abogados, los comerciantes, los políticos, los maestros (éstos especialmente, con consecuencias monstruosas). Como la veracidad no es un valor que dé prestigio, ya que éste procede de la riqueza y de la fuerza, y como al mismo tiempo la crueldad es una forma de ser muy arraigada, en realidad mentir es otra forma de afirmarse y de mostrar el propio rango.

Por causa de ese desapego a la verdad es imposible hacer cambiar a cualquier fanático estalinista o camandulero: ceder sería para ellos una pérdida de poder. No importa lo absurdo de aquello que se dice, lo que cuenta es la fuerza con que se respalda. Eso explica que esos tristes alcohólicos del narcoterrorismo (incluidos los de Redepaz y afines) sigan explicando el mundo con el ladrillo soviético de 1950. Y que se nieguen a entender que su orgía de sangre jamás les dará ningún poder duradero.

Se podrían encontrar miles de causas diversas a éstas de que Colombia sea como es, pero creo que casi todas serán derivadas de la combinación de estos factores. ¡No he dicho que el desarraigo, el aislamiento, la explosión demográfica y hasta el daño moral son también particularidades llenas de promesas! Yo no creo que los colombianos tengamos en general un terrible déficit de autoestima. Creo que nuestro desarraigo y nuestro aislamiento nos permiten inventarnos de una forma que es imposible para un pueblo antiguo, que nuestro crecimiento acelerado de población nos presenta de repente una sociedad grande (lo que influye mucho en la creación de determinantes culturales propios, como la fama de Shakira o Juanes) y que hasta el daño moral nos permite, al ser capaces de comprenderlo y analizarlo, ser más sabios.

¿Qué hacer para reducir significativamente la violencia y la miseria en Colombia? Ante todo debemos ser honrados, no ceder a las mentiras que nos "dan puntos" con personas poderosas y desenmascarar todo aquello que se vuelve incitador de la violencia. La cuestión del desarrollo económico es de primer orden, ya que la miseria multiplica los estragos del desarraigo, y que la única forma en que la gente se acostumbra a plantearse la vida a largo plazo es gozando de cierto bienestar. En la medida en que desautoricemos a los malhechores de alto rango (narcotraficantes, políticos corruptos, socios del secuestro, demagogos, etc.) iremos proponiendo otros modelos.

Pero tal vez las propuestas que nos ayudarían a salir de nuestra triste situación aparezcan debajo de este mensaje.

miércoles, julio 14, 2004

Revolución o civismo

Uno de los errores más frecuentes entre quienes se oponen al poderío de las guerrillas es la suposición de que se trata de una conjura de 30.000 bandidos que han encontrado en el terror y el narcotráfico un rentabilísimo negocio. Ni siquiera se podría decir que se trate del medio millón de colombianos que los aplauden ni de los dos o tres millones que simpatizan con sus fines y en cierta medida se sienten representados por los "izquierdistas".
 
La cuestión, como decía alguien hace poco, es la confusión moral y política de la mayoría, la falta de claridad sobre el país que se quiere construir, sobre los valores que se quieren defender, sobre la forma en que debemos evaluar nuestra historia y sobre lo que queremos ser y que sean nuestros descendientes. Muy poca resistencia ofrecerían 30.000 asesinos a un país que mostrara una voluntad clara de resistir a su arremetida y de imponer una convivencia basada en leyes justas y en el respeto a los derechos de todos.
 
La primera percepción falsa es que esa sociedad ha existido alguna vez en Colombia y vino a ser alterada por la subversión. En realidad, lo que ha existido siempre en Colombia es la arbitrariedad, el ejercicio despótico del poder por parte de quienes pueden concentrar la fuerza, y la mentira asociada a ese poder. Si algo impresiona de Colombia al que vive fuera por mucho tiempo y vuelve es el servilismo, la disposición de la gente a humillarse ante los poderosos y a adularlos. Los poderosos pueden ser para el portero de un edificio los vecinos, para el funcionario de bajo rango cualquier superior jerárquico o cualquier dirigente sindical, para el campesino cualquier armado o cualquier abogado.

El concepto de dignidad humana no ha arraigado mucho en estas tierras, sobre todo porque quienes desaprueban el poder despótico existente sólo aspiran a encontrarse entre los nuevos poderosos. Los colombianos de cierta edad, que conocieran la propaganda de los antiguos países comunistas, o los que pudieron viajar a alguno de esos países, sabrán de qué hablo, de la insignificancia del ciudadano corriente ante el poder y de su rebajamiento continuo causado por el miedo y por la impotencia. Lo que distingue a la persona servil del ciudadano libre no es que deje de sentir deseos de venganza por su humillación, sino que renuncia a creer en lo ilegítimo de esa situación: su aspiración secreta es destruir a su superior y ocupar su puesto.
 
Ese proceso se llama "revolución", o para expresarlo con una canción de mi época, "que la tortilla se vuelva, que los pobres coman pan y los ricos mierda mierda". Porque es que junto con el servilismo lo que distingue a Colombia es la cantidad de personas imbuidas de un sentimiento de agravio y de un anhelo de "justicia" que curiosamente sólo se alivia cometiendo injusticias y provocando agravios a otros. Esta clase de personas descontentas con el orden social y misteriosamente hostiles a cualquier noción de equilibrio y consenso son los revolucionarios, espécimen que es el predominante en Colombia, tal vez sólo superado por el de los pasivos, que existen en todas partes y que se adaptan a lo que sea, a un gobierno de Bin Laden o a uno de Al Capone.
 
Hace poco un periodista preguntaba a un candidato de la "izquierda" si los "izquierdistas" no se destrozarían entre ellos antes de tener siquiera una parcela de poder. El motivo por el que esa amplia franja de los revolucionarios nunca se pone de acuerdo es porque el sentido profundo de su rebeldía es éste: "Quítate tú pa' ponerme yo", y no hay ministerios para tantos. En resumen, la revolución en Colombia es lo de siempre, cada vez que un grupo consigue imponerse por la fuerza, desde la Conquista, crea su propia jerarquía excluyendo a los otros, y siempre tiene la excusa de un agravio anterior.
 
Los empleados públicos de hoy en día siempre se quejan de los partidos tradicionales y de los políticos que los nombraron, pero no se dan cuenta de que son sus atropellos, sus perpetuos paros, sus prebendas imposibles lo que empobrece al país, mucho más que la corrupción y que la misma guerrilla. En realidad, son los agentes actuales de esa arbitrariedad, opresión y exclusión que siempre ha caracterizado al país. En Colombia la revolución es una rutina, pero también es una forma de resistencia a la integración en el mundo civilizado: una resistencia que encarna en los sectores sociales privilegiados precisamente porque en una sociedad verdaderamente democrática perderían su rango. Eso explica que la "izquierda" nunca consiga una cantidad significativa de votos: el pueblo llano no se siente representado en absoluto en los proyectos comunistas, y para cualquiera resulta evidente que la forma de aumentar el bienestar de todos no puede ser la llamada "épica del bochinche".

La forma en que ese apego a la costumbre de estar haciendo la revolución y creando agravios para justificar una posterior revolución se manifiesta es el odio a los Estados Unidos. No es que los colombianos no tengamos intereses distintos a los de los norteamericanos, el problema es si la forma de defender nuestros intereses y tener algún poder en el mundo es mediante la destrucción continua, las huelgas, las prebendas desproporcionadas, el parasitismo, la arbitrariedad (todas las huelgas de empleados públicos son imposiciones violentas y arbitrarias de una minoría: si fueran derechos compartidos, los gobernantes elegidos los satisfarían). Pero las personas del pueblo llano puede sentirse identificado con alguna revolución en la que personalmente puedan sacar algún provecho o mejorar de estrato, por eso hay tantos enemigos del "neoliberalismo" y tantas versiones de la "justicia social": el serpismo, la "izquierda democrática", el ELN, las FARC...

Una mayoría partidaria del imperio de la ley todavía no se ha formado en Colombia, y todo el problema es lo que tarde en formarse. Por esa misma experiencia han pasado otros países de Latinoamérica, con sus particularidades, como Chile y México. Pero en realidad en periodos anteriores también fue una elección que hicieron los países hoy desarrollados. Sencillamente se trata de pasar del "estado de naturaleza" a la sociedad civilizada. Ese salto es muy difícil en Colombia porque los revolucionarios no son sólo los organizados políticamente en proyectos de reparto de los cargos públicos, sino los millones de personas que sienten que las convenciones de propiedad, prohibición del comercio de drogas, legitimidad de los documentos, derecho a la vida, etcétera son arbitrarias y extranjeras.

Volviendo al principio: hay una mayoría confundida moral y políticamente que no puede convencerse de que vale la pena vivir en un mundo basado en la defensa de la propia dignidad, en el respeto de las leyes y en la necesidad de una armonía y un equilibrio entre el Estado y los ciudadanos. La forma en que se manifiesta el carácter de esa mayoría es mediante el servilismo, el crimen y el apego a la revolución.
 
Para cambiar eso tenemos que ir formando poco a poco el bando del civismo, por ejemplo, apoyando a los candidatos que prometen aplicar las leyes (la única garantía de que no nos podrán traicionar es que haya mucha gente dispuesta a exigirles que cumplan y a castigarlos aunque sea mediante el voto. Hasta ahora NUNCA se ha votado así en Colombia. Aplicar las leyes no es darnos casa, carro y beca, sino esforzarse en serio por reducir la tasa de homicidios, por defender la propiedad, por aumentar la renta y reducir el desempleo. Los que prometen casa, carro y beca a menudo no mienten: darían todo eso y más con mucho gusto si hubiera plata para todos, pero sólo pueden satisfacer a los que tienen más cerca.) También se podría aumentar el bando del civismo en la conducta privada, apoyando a quienes crean empresas y dan empleo y desaprobando a quienes cometen estafas y viven del cuento (¿ven que el bando del civismo sí es minoritario?), informándonos y renunciando a repetir las mentiras que promueven nuestros conocidos, desconfiando de toda queja y toda impotencia.

En realidad, vista la situación colombiana en un contexto mundial, es una crisis normal: los beneficiarios de la ley del más fuerte, los acostumbrados a vivir sin trabajar, los herederos de la pacífica y católica colonia española (que vivía del robo y la esclavitud), de la república esclavista de los próceres del siglo XIX, de las mil revoluciones que ha habido desde entonces, los maestros y abogados del Estado que se pensionan a los cuarenta años y reciben el sueldo de 15 personas por gritar y amenazar, se sienten en peligro e imponen su fuerza. No se puede saber cuándo podrá la mayoría librarse de esa opresión. En cambio, sí se puede saber cómo: MEDIANTE EL CIVISMO.



viernes, julio 09, 2004

Los pecados de nuestros antepasados

Una de las cosas que yo oigo desde niño y que cada vez soporto menos es que la inmoralidad del latinoamericano procede de que la población que emigró de España en los siglos XVI y XVII estaba constituida por presidiarios, enfermos, delincuentes, etc.

Por una parte eso no significaría nada: ¿qué dirán los australianos, que en buena medida descienden de verdaderos reos, pues la gigantesca isla fue prisión en una época? Deberían ser todos pistoleros y secuestradores. ¿Acaso el delito se transmite en los genes? Es una idea que tal vez la mayoría de los colombianos admite y que forma parte del acervo racista que llena los vacíos de las mentes ignaras. No hace falta saber ni siquiera generalidades de biología para desconfiar de semejante hipótesis, bastaría con imaginarse a los alemanes según la descripción de Tácito o de Madame de Staël, para la cual eran la gente menos dispuesta a la guerra que podría haber en el planeta.

Ese mito absurdo complementa a los demás prejuicios racistas sobre nuestros antepasados indios y negros. ¿Cómo explicarle a esta gente que en ambientes civilizados esas nociones sólo pasarían por muestras de ignorancia? NO hay diferencias genéticas entre los seres humanos que marquen a muchas generaciones en su conducta, como no sean realidades culturales o climáticas. No hay aptitudes que tengan o dejen de tener grandes grupos humanos por su patrimonio genético y que los diferencien de otros.

Pero es que aparte de ser vulgar, racista y ahistórico, el mito sobre la baja condición de nuestros antepasados españoles es falso. Ocurrió más bien al contrario: LO MEJOR DE ESPAÑA SE VINO A AMÉRICA. Políticos geniales como Cortés, exploradores esforzados, como Cabeza de Vaca, literatos brillantes, como Ercilla, etc., se cuentan entre los millones de españoles que se atrevieron a conquistar y colonizar nuevas tierras.

El hecho de que en última instancia su labor fuera robar no es especialmente significativo: ¿qué otra cosa había sido la Reconquista española?, ¿qué hacían los vikingos, antepasados de los pueblos escandinavos de hoy en día?

Entonces cabe preguntarse por qué esa inmoralidad, que nadie honrado niega.

Hay dos elementos que conforman esa inmoralidad, por una parte la esclavitud, que hace a sus beneficiarios crueles e indolentes y llena de resentimiento a sus víctimas. Con el tiempo toda la sociedad hereda ambos rasgos. En lugar de buscar determinados vicios morales en gente de hace 500 años, habría que ver en la sociedad actual todos los rasgos del esclavismo que sigue predominando bajo un barniz de civilidad. Y por otra parte, además de la crueldad y la indolencia, la mentira. Ésta se asocia con la prohibición de pensar que impuso la Iglesia mediante el terror. Al despojo, exterminio y esclavitud de los habitantes nativos se lo encubrió como evangelización al tiempo que durante siglos se vivía en un mundo de castidad generalizada que en la realidad sólo era una excusa del terror de los poderosos sobre las mujeres y sobre los esclavos. ¿Cuántos millones de católicos de tantos siglos eran en realidad violadores y polígamos?

Esa incapacidad de reconocer la realidad se traslada a todo lo que el latinoamericano hace, y así es normal que el negociante haga trampas o se niegue a pagar: por encima de los códigos legales hay un orden social en el que un inferior no puede castigar a un superior. Lo que hace que un negociante cumpla o pague no es que las leyes lo obliguen, sino que carezca de poder ante su acreedor. En el conocido y actualísimo recurso al pariente que es capitán de la policía sigue viva esa mentalidad. ¿Cuántas veces tendré que decir que el desprecio del trabajo es algo mucho más antiguo, algo que pervivía en España desde la Antigüedad y que en Colombia en particular se quedó por el aislamiento del país?

En Grecia había una "democracia", pero los ciudadanos de esa democracia eran los que no trabajaban. El pintor Diego Velázquez pasó toda su vida tratando de demostrar que ninguno de sus antepasados había trabajado, pues de otro modo no sería nombrado caballero de una orden por mucho que el rey y todo el mundo admirara su obra. En esa tradición robar no es mal visto, es lo que se ha hecho siempre desde el mismo día en que llegaron los españoles a América.





Y en cambio trabajar sí es despreciable, es lo propio de los esclavos o de los judíos que no tienen otra honra que las riquezas que atesoren (y no el pariente obispo). Espero no tener que explicar que con semejantes valores la miseria está garantizada, salvo para los que tengan las influencias decisivas con el poder que controla las tropas que saquean, el acceso a las minas, los ejércitos de esclavos que buscan la quina o el guano o la coca...

Nuestra desgracia no es proceder de gente de baja condición sino haber degenerado en un mundo remoto al del origen, en el que los valores y mitos fundadores de la sociedad se adaptan a las conveniencias del momento y en el que por estar lejos de todo ese orden se queda congelado por siglos y siglos. Y a partir de ahí la obstinación en creer que podemos seguir viviendo así, que una cosmología hechiza nos convierte en esclavos a todos y enemigos de una potencia extranjera que precisamente lo que exhibe es una sociedad más desarrollada.

¿No recuerdan haber oído hablar a personas de piel blanca y ojos claros de que los españoles "nos" conquistaron? En esa tontería se expresa el deseo de las clases poderosas de mantener al país aislado e inmutable. Y la forma más segura de que eso continúe es difundir mentiras que convienen a esa preservación de la jerarquía.<