domingo, noviembre 07, 2010

Las inadmisibles formas de lucha de la ex guerrilla

Cada vez más es evidente el aserto de que la política en las sociedades democráticas se acerca al marketing: lo más importante es establecer cuál es el target al que va dirigido cada eslogan, cada declaración o cada performance, en cuanto esto se tiene claro, se trata ante todo de satisfacer las motivaciones de ese público, como cuando se contratan azafatas casi adolescentes para los anuncios de automóviles.

Buen ejemplo de eso fue la alusión del candidato Mockus a la "ex guerrilla" durante la pasada campaña electoral. Complace una idea generalizada, hegemónica, entre el sector social que apoyó su aspiración. La nostalgia de una guerrilla verdadera que corresponda a las exigencias de estilo y altruismo que definen a ese medio social. El viejo reproche a las FARC de haber perdido sus ideales por dedicarse a secuestrar gente y a traficar con drogas, como si fuera posible sobrevivir para una organización armada de sus dimensiones sin fuentes de ingresos semejantes.

El objetivo de este escrito es denunciar esa nostalgia, pese a que cualquier lector que me conozca se habrá encontrado muchas veces con la misma idea. ¿Qué hacer? El hecho fundamental de la vida colombiana moderna es ese olvido sobre el origen de las guerrillas, ese enmascaramiento de quienes deben su poder y su hegemonía social y económica a la actividad de esas organizaciones. Esa distracción de la mayoría, que parece embrujada preguntándose por qué el dedo del pistolero se cierra sobre el gatillo, sin relacionarlo con el brazo al que está ligado.

Hace ya casi cinco años saltó el escándalo de que las directivas de la Universidad Nacional pretendían borrar las efigies del Che Guevara y Camilo Torres de los edificios de dicho centro, con respuestas airadas del editorialista de El Tiempo y hasta del ex rector Marco Palacio. Dicho escrito es absolutamente recomendable para quienes creen que las FARC son algo distinto de la Universidad Nacional.

La cuestión no es la consideración que se haga de las guerrillas, y ni siquiera la adhesión de la parte "decente" del país al guevarismo-camilismo, sino la absoluta ceguera de la mayoría respecto a la historia reciente de Colombia, y en realidad el interés de los socios de las FARC y el ELN de seguir dominando el país después del fracaso de su servicio doméstico armado. En diversas ocasiones, como en las alusiones de Mockus citadas arriba o en las perlas de su sanedrín que copié la semana pasada, resulta evidente ese designio.

Ante todo, las guerrillas fueron desde mucho antes de llamarse así, desde la "colonización armada comunista" de los años cuarenta, la principal baza del comunismo local, la principal inversión del régimen soviético en Colombia y la principal esperanza de hacer la revolución. Pero la revolución era el objetivo compartido por la mayoría de los grupos sociales dominantes, desde los patricios multimillonarios de Firmes y Alternativa hasta las sectas de "intelectuales" que pretendían hacerles competencia.

En realidad la condena a la "ex guerrilla" es el reproche por su fracaso, excusándose en la condena de sus métodos, se deja pasar la legitimación de sus fines, que son como una seña de identidad de esos grupos sociales. En ese avance de la revolución, es decir, de las guerrillas, fue fundamental el dominio, gracias a la violencia, de las universidades públicas, después de las empresas públicas, de las escuelas y finalmente de toda la función pública. La presencia de activistas armados y muy violentos en Barrancabermeja fue la base del dominio del PCC sobre el sindicato de Ecopetrol y después sobre todo el funcionariado.

Esa clientela poderosa de los sindicatos reforzados con la guerrilla fue determinante en el avance del M-19 al final de los ochenta y en la composición de la Asamblea Constituyente convocada por César Gaviria para asegurarle a Escobar la no extradición y repartirse el poder con los terroristas: la votación no llegó al 20 % del censo electoral, pero es seguro que los afiliados sindicales sí participaron.

El mayor error que podrían cometer los colombianos que durante tanto tiempo han estado sometidos a la opresión de esa casta y sus tropas de niños sería permitir que la dominación se perpetuara con el pretexto de que los peones no hicieron bien el trabajo. Cuanto más se piensa en la reacción de los poderes fácticos ante el triunfo de Uribe sobre las bandas terroristas más resulta evidente que las FARC y el ELN son una especie de garantes de la Constitución del 91 y su derrota amenaza el socialismo impuesto en ese engendro.

Pero para entender eso hay que volver a lo mismo: a) la mayoría de los grupos sociales dominantes optaron por el socialismo durante las décadas anteriores a 1991; b) el poder terrorista ensanchó las rentas de las clientelas del PCC y las sectas afines, y la Constitución protochavista amplió ese despojo hasta convertirlo en la principal causa de la miseria de los demás colombianos; c) desde que en 2002 fue elegido un presidente dispuesto a forzar la desmovilización de las tropas rústicas, los poderes fácticos que de hecho lo poseen todo en Colombia se dedicaron a impedir a toda costa esa tarea y a tratar de salvar a las bandas terroristas.

Y siempre se está repitiendo que las guerrillas no llegaron de la luna porque en Colombia la palabra la tienen siempre esos grupos y los demás apenas sufren las consecuencias de su juego. Porque sólo una minoría insignificante entiende que el socialismo es la servidumbre y que sus partidarios son casi siempre los que se benefician del orden de esclavitud de siempre.

Los sueños de Mockus y su gente de aumentar los impuestos son reflejo del carácter socialista de su discurso. Desde que comprendió que el marxismo abierto lo forzaba a una segura marginalidad, Salomón Kalmanovitz optó por plantear el ensanchamiento del Estado a través de la tributación, sin amenazar directamente la propiedad. Pero cuando él, personaje por lo demás arquetípico, habla de subir impuestos sólo piensa en los que pagan las empresas: los ciudadanos ricos que no producen nada, como él mismo, como casi toda la base social del mockusianismo, seguirían en la práctica exentos, y en todo caso pagando MENOS de lo que pagan en Europa quienes ganan lo mismo (en términos absolutos, ni hablar de que al ser decenas de veces la renta media, en países como Suecia pagarían más de la mitad del total ingresado).

No es raro que para justificar su programa el candidato Mockus citara el libro El costo de los derechos. En el lenguaje corrompido de la vida colombiana los "derechos" son las tutelas, es decir, el mecanismo por el que los recursos comunes se gastan en asegurar los privilegios de los de siempre. Mecanismo, hay que recordarlo, que es la principal "conquista" de la Constitución del 91, Constitución que es el fruto de décadas de actividad de las guerrillas.

Pero tengo otro ejemplo característico de hasta qué punto Colombia no ha decidido si condena a las FARC por sus fines o por sus medios. Evidentemente los partidarios de Mockus, por jóvenes que sean, critican los medios, siguiendo una fatalidad casi genética. Pero los demás tampoco es que tengan muy claro que desean una sociedad libre.

En una discusión en su blog, tras citar una columna de Eduardo Escobar sobre el caso de Manuel Cepeda, otro protagonista de la Ola Verde y de la opinión hegemónica, Alejandro Gaviria, afirma:
Es un tema difícil. He oído varias veces que en la casa de Manuel Cepeda escondían secuestrados. No sé si sea verdad. Pero sin duda Cepeda padre apoyó la combinación de todas las formas de lucha. Muchas organizaciones estatales hicieron lo propio. En esta guerra la diferencia entre las víctimas y los victimarios no siempre es clara.
De donde sale difícil establecer si los dirigentes del PCC son victimarios o víctimas. El hecho de que Cepeda apoyara la combinación de las formas de lucha se vuelve lo único importante, lo que iguala su lucha a la de las "organizaciones estatales" que combinaron formas de lucha. Después se reafirma:
Casi por principio, no confío en quienes promueven o defienden todas las formas de lucha.
Con lo que no hay nada que reprocharle al programa o a los objetivos del PCC, sino sólo al vicio de combinar las formas de lucha. Si todo fuera por las buenas, Gaviria, sin la menor duda, estaría en ese bando.

Y es que sociológicamente ese bando es siempre el mismo, tanto si se declara socialista como reformista democrático. Y todo el problema es si en Colombia hay suficiente claridad sobre la sociedad que se desea, o si sólo hay que pedirle a los Cepeda y a sus seguidores que cambien sus formas de lucha. Cosa que a estas alturas ya parecen haber hecho: la prueba es precisamente el ascenso de Mockus en las pasadas elecciones.

(Publicado en el blog Atrabilioso el 7 de julio de 2010.)

lunes, noviembre 01, 2010

El inesperado triunfo de los columnistas

Con ocasión de la reciente campaña electoral no sólo afloraron las habituales pasiones políticas sino que también se hicieron patentes las tensiones que definen a la sociedad colombiana, como ese cómico sentido de jerarquía de las clases acomodadas, sobre todo bogotanas, convertido en moda rabiosa y novedosísima por la "ola verde" (que tal vez sería mejor llamar "olla verde" por el extraño fervor que imbuía en sus prosélitos, verdaderos berserker de la afrenta clasista y la calumnia absurda).

Pero lo mejor fue el afán de informarse, que en el caso de este blog condujo a registros diarios de visitas hasta diez veces superiores al promedio del periodo anterior. Es de suponer que igual aumento de lectores habrán tenido los columnistas habituales de la prensa, y que esa mayor difusión de sus ideas habrá sido determinante en el resultado electoral: día a día menguaba la cantidad de gente que aceptaba la autoridad de escritores a los que desconocía, porque al leerlos se enteraba de que
ni siquiera los uribistas más acérrimos pueden negar que el gobierno de los últimos ocho años fue, con distancia, el más politiquero y corrupto de la historia colombiana...
con lo que se establecía claramente que los tiempos en que Martha Catalina Daniels defendía desde el Congreso al presidente elegido por el Cartel de Cali y desde el alto gobierno se encargaban asesinatos era una época de muchísima menos corrupción. Eso por no hablar del rigor histórico de la afirmación, propio de una universidad colombiana.

Claro que no faltará quien diga que hay muchos columnistas, que son muy diversos. Si se piensa en la prensa bogotana, decir "columnista" es aludir a la clase de "creador de opinión" de algún modo relacionado con los grupos políticos poderosos antes de 2002 y rotundamente hostiles al gobierno de Uribe. Al menos ocho de cada diez columnistas caben en esa clasificación, y la gavilla que forman resulta perfectamente descrita con el término "bigornia", que popularizó el ex consejero José Obdulio Gaviria.

Los escépticos seguirán poniendo en duda que haya ese consenso absoluto entre esa mayoría abrumadora de columnistas, pero es porque no hay peor ciego que el que no quiere ver. Claro que no todos felicitan a Piedad Córdoba por su noble labor de Virgen de las Mercedes o por su designación como candidata al Premio Nobel de la Paz, pero es porque los otros se dedican a hablar de leyes o de economía. Lo que es seguro es que NUNCA polemizan con los admiradores de la senadora: sencillamente ponen en práctica el dicho "entre bomberos no se pisan las mangueras".

No sería nada difícil hacer una lista de los puntos en que coinciden esos columnistas, que en últimas terminan generando una especie de "unanimismo", pues los demás son proscritos por los activistas rabiosos (y pagados) que llenan los espacios de comentarios, o bien personas poco conocidas, mayores y en absoluto atractivas para los lectores, como si se les permitiera publicar para hacer menos evidente el sesgo del medio.

La adhesión a la ola verde es uno de esos rasgos, el reconocimiento de la Constitución del 91, otro, así como la hostilidad continua contra Uribe y su gobierno, el apoyo (velado y como distraído en el caso de los más cínicos, de los que pretenden ser tomados como ajenos a la industria del secuestro) a los atropellos judiciales (es decir, a "la justicia", en su jerga), el antiamericanismo disfrazado de odio a Bush, etc.

Casi da pereza volver a explicar que los medios de comunicación obedecen a los intereses de sus dueños y que quienes cuentan con tribunas privilegiadas son aquellos cuyas opiniones más convienen a esos intereses. Columnistas que parecían imprescindibles y capaces de influir decisivamente en la política pasaron al anonimato tras una decisión de los directores (como Fernando Garavito, Antonio Morales, Hernando Gómez Buendía o Claudia López).

En cambio, nadie debería creer que entiende nada de Colombia sin visitar de vez en cuando las hemerotecas: uno por uno esos columnistas mayoritarios eran los mismos que presionaban a Pastrana para que premiara a las FARC y se indignaban con cada masacre, que mostraba lo bárbaro que era el país y lo urgente que era aplicar la agenda que se iba acordando en el Caguán. Se trata de la misma labor de los terroristas, esta vez encargada a tinterillos hábiles para cuyos escritos se cometían las masacres: no faltaría más sino no tener argumentos para conmover a los duros de corazón y arrastrarlos al bando de la paz.

Bueno, ahí tenemos el rasgo principal de esos columnistas: para ellos no hay ninguna explicación histórica de la existencia de las guerrillas que tenga que ver con intelectuales, universidades, grupos de poder, linajes presidenciales, etc. Si no fueran repulsivos embaucadores dirían directamente que las FARC llegaron de la luna, aunque poco les falta para decir que surgieron de tribus desconocidas de las selvas.

Hay uno de esos columnistas con el que NUNCA discute ninguno, que ejerce una clara autoridad sobre los demás por el pedigrí de su relación con las FARC (su padre, asesinado en los ochenta, era un importante líder del partido creado por esa guerrilla para que sacara provecho de las entonces pujantes industrias del secuestro y del tráfico de cocaína). Se trata del escritor Héctor Abad Faciolince.

Desde su tribuna en El Espectador, Abad alentó la unión de Fajardo con Mockus, y promovió con su llamativa prosa la ola verde. No está de más recordar que también fue uno de los que más claramente mostró el sentido del mockusianismo como expresión de la clase de gente que en 2006 promovió a Carlos Gaviria y que de algún modo se siente agraviada por el avance de la Seguridad Democrática:
Tiene razón Plinio en su columna de El Tiempo: esta es parte de la herencia de Uribe, ocho años después del cheque en blanco que le firmamos para que se gastara la mayor tajada del presupuesto en balas, granadas, helicópteros y fusiles.
No hay el menor pudor en aprovechar un escrito que advierte sobre la persistencia del terrorismo para hacer del arquetípico heredero del comunismo criollo el representante de las víctimas de los socios de su padre. ¡Abad le firmó un cheque en blanco a Uribe! Pero ¿cuál es el sentido de esa perla "mockusiana"? Exactamente lo mismo que decía el PCC en 2003, cuando sus militantes salieron a fanfarronear por la masacre de El Nogal: no hay que gastarse en la guerra el dinero de la educación. Al menos Abad muestra algo de sinceridad, algo que no está al alcance de los demás canallas.

En general es una constante: todos los días los columnistas fueron hostiles a Uribe y a la Seguridad Democrática porque esa disposición dañó la negociación política gracias a la cual esperaban hacerse embajadores o ministros vitalicios. La ola verde fue sólo el engendro con que intentaron legitimar su juego. Aunque una vez resultó evidente que no podrían ganar las elecciones volvieron a decir con claridad qué es lo que buscan. Por ejemplo, otro mentor de la campaña de Mockus, Salomón Kalmanovitz:
En aras de la discusión propongo los siguientes temas:

1. Justicia y reparación a las víctimas del conflicto; superación negociada de la guerra que nos atrasa y barbariza. Incluye devolución de las tierras robadas a los desplazados y reforma agraria con base en latifundios en manos de narcotraficantes; llevar jueces y los servicios del Estado al campo. Consolidar la legalidad en el campo colombiano.
No hay el menor asomo de ironía cuando usa términos como "legalidad": ¿qué es lo que hay que solucionar negociando? Sólo el reconocimiento y premio a las guerrillas por sus diversas proezas, pues ¿no es todo tan legítimo como lo que hace el Estado persiguiéndolas? Pues no, mientras que las guerrillas acercan la superación negociada de la barbarie (sin pruebas de esa barbarie superable tampoco habría nada que negociar), el gobierno se gasta en armas el dinero de la salud. Y hay que insistir en que no hay la menor ironía: episodios como el de Plazas Vega demuestran que la legalidad que reina en Colombia es el puro dominio de los criminales.

Es odioso estar siempre repitiendo lo mismo, pero ¿qué hacer si un pariente lleva una mancha de mierda en la cara y no quiere mirarse al espejo? Los crímenes son el negocio de Abad y Kalmanovitz y demás próceres, los pobres niños rústicos, los exaltados y los gángsteres que administran la planta de producción son sólo peones. Cuando esta última afirmación escandaliza a un colombiano es porque éste secretamente piensa que quien encarga asesinatos es menos criminal que quien los comete. El crimen es ser feo, pobre, ordinario, con uñas sucias y mellas en la dentadura, indio o negro o mestizo... Los grandes intelectuales están por encima del crimen, o, dicho en otras palabras, "no hay ideas criminales en la academia".

Hasta ahí todo seguía un guión previsible, sólo que la victoria abrumadora de Santos le abrió el camino a una nueva esperanza. Sobre todo después de que el presidente electo usara un tono conciliador e invitara a la oposición a dialogar. Así, poco antes de la elección, para Abad
El triunfo de Santos, de los sectores más corruptos y retardatarios del país y de las viejas clientelas políticas, será la continuación de nuestra tragedia. Ya se anuncia, además, el desmonte de algunos logros de la Constitución. Si un militar, aliado con paramilitares, decapita un niño en San José de Apartadó (como ya ha ocurrido), el militar será absuelto por la injusticia penal militar. Ocurrirán otras cosas nefastas: en pocos días adjudicarán a la familia Santos, aliada con una familia de franquistas de España, un nuevo canal de televisión del que es socio el actual vicepresidente (con una acción, sí, pero que vale varios millones de dólares). Así Colombia entrará en una era berlusconiana en la que el Presidente será también el dueño casi total de la información televisiva, con dos o tres canales a su servicio.

[...]
Es probable que dentro de ocho días ganen la mentira (no aumentaré los impuestos), la picardía (la falsa voz de Uribe), los falsos positivos (muchachos asesinados a sangre fría y presentados como guerrilleros muertos en combate), la clientela de los contratos estatales y de los canales de televisión. Es probable. Pero los que no estamos de acuerdo con este estado de cosas, los colombianos a quienes nos repugna la violencia y la corrupción, tenemos que demostrar, por lo menos, que somos varios millones y que no nos dejamos hundir ni amedrentar. Que sabremos esperar.
Parece que la prosa del Tucídides criollo se obstina en negarse a sí misma. Bastaron dos semanas para que mostrara que no sabrían esperar:
Lo que está ocurriendo es de verdad interesante y ya se entiende bien por qué Uribe prefería a Uribito.

[...]

Enigma: Eduardo Santos fue del ala derecha del Partido Liberal, pero durante la guerra civil española estuvo siempre a favor de la República, contra los franquistas.

Y la lambonería es tan patética que los Santos pasan en dos semanas de ser aliados de los franquistas a enemigos, mientras que para la clase intelectual colombiana queda profundamente establecida la identidad entre el uribismo y el franquismo: tal es la cultura del país, tal es la gentuza que ejerce la docencia y se presenta como sabia.

La asociación es disparatada: Franco es un golpista que fracasa y necesita varios años de guerra y el apoyo de regímenes criminales para ganar su guerra, Uribe es un líder democrático que gana dos elecciones por mayoría absoluta en la primera vuelta. Franco destruyó a los partidos hostiles, mientras que con Uribe el segundo puesto más importante del país lo tienen los opositores del gobierno. Franco estableció una dictadura, con miles de asesinatos de opositores, mientras que Uribe mejoró la seguridad de todos, incluidos los opositores.

La comparación con los pactos de La Moncloa es igualmente obscena: se trataba de salir de una dictadura, mientras que ahora se trata de continuar una democracia. El Partido Comunista aspiraba a operar legalmente y a cambio de eso reconocía el sistema político y las autoridades existentes, mientras que en Colombia la oposición es legal, y en ningún país de Europa lo sería dados sus nexos evidentes con organizaciones terroristas, manifiestos en los líos de la dirigente liberal Piedad Córdoba y en la hegemonía del Partido Comunista, que apoya abiertamente a las FARC, dentro del Polo Democrático.

La información de Abad es la de una persona grosera e ignorante. Es rotundamente falso que Santiago Carrillo "traicionara" a los comunistas españoles para negociar, pues ese partido fugitivo y fracasado había propuesto desde 1956 la "reconciliación nacional", y los pactos de La Moncloa no contaron con oposición interna.

Pero la mención de ese líder comunista es de extrema actualidad porque la "bigornia", el gremio de los columnistas, es decir, los poderes fácticos que les pagan, pretenden que el juez Baltasar Garzón, procesado en España por prevaricar, podría tener algún papel en sumarios relacionados con Colombia. Bueno, al coronel Plazas Vega lo condenan sin pruebas, por la supuesta desaparición de unas personas cuya identidad no se investiga con los recursos existentes hoy en día, pero a Carrillo nadie lo procesa por miles de asesinatos cometidos contra personas completamente inocentes (es decir, que no tenían relación con el alzamiento de Franco), desarmadas e indefensas en un caso que justificaría mil veces más la calificación de "crimen de lesa humanidad", respecto del cual hay muchísimas pruebas.

Es porque en España se acordó el perdón tanto de los crímenes del franquismo como de los crímenes de los comunistas y demás revolucionarios en la zona republicana. En Colombia se persigue por crímenes inexistentes a quienes impidieron el dominio total de las organizaciones terroristas, y es porque en realidad en Colombia se vive bajo la dictadura de esas bandas, dueñas en gran medida del Estado.

Acerca de la "unidad nacional" de Santos, es difícil no quedar perplejos ante las reacciones que suscita: ¿por qué no va el presidente electo a buscar el máximo reconocimiento y la mínima oposición? Tendría que ser tonto. No es verdad que cambie en eso respecto de Uribe, quien dio embajadas a Serpa, Pastrana y Sanín, y si no cedió a despejar Pradera y Florida, como le pidieron cuatro ex presidentes, aparte de casi todos los columnistas asociados, fue porque eso equivaldría a anular el sentido de su gobierno.

Pero en realidad se trata de otra cosa: los columnistas pretenden torcer el sentido del gobierno de Santos para aislar el uribismo y promover una mayoría "centrista". De ese modo paradójico, o mejor dicho, desvergonzado, como todo lo que sale de esos miserables, son ellos quienes ganan las elecciones, y el gobierno reconocido en todas las encuestas por más del 70 % de quienes contestan y refrendado en las urnas por el 70 % de los votantes el que resulta deslegitimado.

No es imposible que Santos busque el consenso con todos esos centristas y pretenda aislar el uribismo. Puede que las expectativas de prosperidad lo hagan pensar que podrá dejar a Uribe como el protagonista de una época angustiosa, y aun como un incómodo precursor. No es imposible, pero sí muy poco probable: aun si su vanidad fuera tal que quisiera prescindir del espíritu con que fue elegido, su inteligencia no es tan escasa como para preferir a fracasados como los dirigentes del Partido Liberal, cuyas relaciones con Chávez están por esclarecer, o como los cínicos columnistas, verdaderos portavoces de los poderes fácticos que están detrás de las bandas terroristas, y enemistarse con quien sigue contando con la aprobación de la inmensa mayoría de los colombianos.

Es decir, la única esperanza que tiene Santos de salir airoso de su mandato y aspirar a ser reelegido es la alianza con Uribe, mientras que éste podría promover a otro candidato para 2014, y ganar, en caso de que se sintiera traicionado por Santos. El presidente es Santos, pero el mandato es uribista, y el presidente electo es lo bastante convencional para no pretender hacer de aprendiz de brujo confiado en los votos de Rafael Pardo y en la lealtad de William Ospina.

(Publicado en el blog Atrabilioso el 30 de junio de 2010.)

martes, octubre 26, 2010

¿Quién manda en Colombia?

Tal como les ocurre a las personas, a las sociedades las determina su pasado. Y es en el pasado donde debemos buscar para explicar la docilidad de los colombianos ante los atropellos que cada día cometen las autoridades judiciales. Hay un temor atávico a los que mandan, un temor cuyas raíces se pueden buscar en la Inquisición, y antes de que el Santo Oficio se instituyera en la región, en los métodos de dominio de la Conquista.

De ahí la relativa indiferencia con que fue recibida la condena al coronel Plazas Vega. Aparte de los directamente afectados y de la minoría que realmente anhela un progreso hacia la democracia, todo el mundo pareció dispuesto a admitir que había que someterse a la "justicia", y prácticamente a nadie le importa que todas las determinaciones de la cúpula judicial reciban siempre el aplauso de los partidarios de las FARC y el chavismo.

Claro que en aras de la paz íntima todo el mundo olvida que hubo y hay partidarios de las FARC y el chavismo, y eso porque una vez la embestida armada de la banda comunista fracasa, ya nadie quiere defenderla. Ni siquiera los columnistas, gremio que de forma casi unánime exigía el premio de las atrocidades guerrilleras y el sacrificio de la democracia durante los gobiernos de Samper y Pastrana.

Pero esa sentencia increíble
dictada sobre hechos juzgados y prescritos, sin ninguna prueba válida y aun negándose a efectuar las pruebas que podrían aclarar los hechos, con manifiesta parcialidad tanto de la juez como de sus superiores y creando nuevas entidades jurídicas que extrañamente no se aplican a los asaltantes, no es la excepción sino la norma. Casi todas las decisiones del poder judicial son similares, y la misma sentencia estaba anunciada en un documento emitido por una "Comisión de la verdad" formada por ex presidentes de la Corte Suprema de Justicia, y en el que se alude a los militares como "victimarios sin escrúpulos" y se citan como autoridades los escritos de los propagandistas del M-19 (el documento fue comentado en este blog).

Lo que no se quiere entender es que los objetivos que tenían Pablo Escobar y el M-19 al ordenar el asalto del 6 de noviembre de 1985 los obtuvieron con la Constitución de 1991, gracias a la venalidad y corrupción del gobierno de César Gaviria y de la clase política de la época. Perseguir a los militares para desmoralizarlos y mantener activas a las guerrillas es una tarea apenas obvia por parte de unas autoridades judiciales cuyo ascenso necesitó del asesinato de quienes ocupaban el cargo antes. No tiene nada de raro que prácticamente todos los magistrados que se jubilan se dediquen a apoyar al Polo Democrático, incluso a ser sus candidatos, como ocurrió con el ex presidente de la Corte Constitucional Carlos Gaviria.

El diseño constitucional es uno en el que los ciudadanos eligen a los peones del poder real, que detentan los magistrados. Todos los días se oyen noticias sobre sus actuaciones. El déficit público es imposible de remediar a causa de una sentencia de la Corte Constitucional que obliga al gobierno a proveer asistencia sanitaria a todo el mundo, sin atender a las contribuciones. Los trámites fraudulentos de pensiones de Telecom son forzados por jueces asociados a mafias de abogados a las que nadie controla, la mayoría de los acusados de pertenencia a bandas terroristas de cierto nivel que son capturados terminan libres gracias a la labor de los jueces, como ocurrió recientemente con el hermano de "Rodrigo Granda", las sentencias en que se imponen gastos multimillonarios a favor de la clientela de los jueces invocando derechos fundamentales —a menudo para pagar costosas cirugías estéticas o tratamientos que cuestan lo que la supervivencia de miles de personas— son noticia diaria, si bien poco difundida, al igual que las que premian la relación con los jueces de algún ex empleado resuelto a esquilmar a su empleador.

Lo interesante es que la Asamblea Constituyente del M-19 y Escobar fue elegida apenas por un 20 % de los posibles votantes, pero de ahí emerge un poder que hace completamente ingobernable el país y completamente inane cualquier atisbo de democracia. En Colombia no hay democracia porque el pueblo no elige nada, ya que todo termina decidido por esas autoridades judiciales, que si bien no son elegidas sí cuentan con la adhesión de los poderes fácticos que hundieron al país en el infierno de los noventa: las sectas comunistas (de las que las guerrillas son apenas el servicio doméstico armado), los dueños de los medios de comunicación, con su nutrida tropa de paniaguados, las logias de "académicos" y toda la ralea de sindicalistas, autores de informes, profesionales de la protesta, miembros de ONG, diplomáticos del terrorismo y demás gentuza.

Se equivocan quienes piensan que Colombia es viable con unas autoridades de justicia que son sólo una siniestra mafia de prevaricadores aliados de los traficantes de drogas y de las bandas terroristas, obedeciendo a cada capricho que se les ocurra, siempre en aras de desmoralizar a los defensores de las instituciones y de hacer inviable el gobierno hasta abrirle las puertas a uno apoyado por Hugo Chávez (la adhesión de Mockus a esas autoridades es una prueba de su relación secreta con el chavismo). No se debe olvidar que la atrocidad jurídica contra Plazas Vega es sólo un episodio en una larga lista: sólo es que no se recuerda el cuestionamiento a los computadores de Raúl Reyes después de que la Interpol certificara su autenticidad, la obstinada impunidad de los cómplices de las FARC que aparecen en esos computadores, los procesos basados en testimonios de criminales, el caso Tasmania y toda la conducta del magistrado auxiliar Iván Velásquez, la persecución contra Fernando Londoño por sus opiniones o la curiosa pereza de avanzar en un caso que no está prescrito y en el que sí hay pruebas concluyentes que comprometen a los socios de la caterva de criminales que ocupan los altos cargos de la justicia: el asesinato de Álvaro Gómez.

En cualquier país desarrollado la conducta de esos magistrados los tendría en la cárcel por prevaricar, pero la realidad de Colombia es que no se los puede procesar. Teóricamente hay una Comisión de Acusaciones de la Cámara, cuyos miembros tienen miedo de ir a prisión preventiva con cualquier pretexto (la prisión preventiva de representantes populares, por no hablar del fundamento de los procesos, o del papel de la Corte Suprema como juzgado de primera instancia, es una figura desconocida en cualquier democracia). De modo que los colombianos de hoy en día están literalmente sometidos a la tiranía de esa caterva de criminales.

Y sería muy ingenuo esperar que en los próximos meses o años la conducta de esos malhechores fuera a cambiar. La única solución que se me ocurre es empezar a promover una Asamblea Constituyente que tenga entre sus facultades evaluar el posible prevaricato de los jueces, empezando por las sentencias en que ampliaron los derechos fundamentales a todos los supuestos que sirven a su cleptocracia (es prevaricato reemplazar la Constitución y al poder legislativo). Pero entonces surge el problema que planteé en el primer párrafo: el arraigo de la servidumbre. ¿Cuándo habrá una mayoría de ciudadanos que entiendan que los jueces son los funcionarios que aplican la ley, y dejen de creer que la ley es aquello que determinan los jueces, es decir, los amos?

Cuando los magistrados eran estudiantes en las facultades de Derecho se recitaba "El Derecho no es más que la voluntad de la clase dominante erigida en ley". Gracias al asesinato de los juristas y a la alianza con Pablo Escobar y la clase política corrupta de la época de dominio de las bandas de traficantes de cocaína, esos estudiantes se convirtieron en la clase dominante, y han convertido su voluntad perversa y terrorista en ley.

Plazas Vega condenado a treinta años es como una metáfora: es perfectamente posible que dentro de unos meses el condenado sea el presidente Uribe. Y lo fascinante es que los adalides de la legalidad sean asesinos amnistiados como Gustavo Petro o León Valencia, o, peor, instigadores de asesinatos, como Alfredo Molano (que comparaba a Tirofijo con Bolívar y justificaba atrocidades como la masacre de Vigía del Fuerte). Es que los miembros de las cortes, como lo demostró el humanista para el que es lícito matar para que la gente viva mejor, son sólo criminales de la misma calaña, a veces con mejor labia o mejores "palancas".

El pretexto con el que se saltan principios básicos del Derecho como la prescripción de la acción penal es la consideración de las supuestas desapariciones como "crímenes de lesa humanidad". Y los colombianos ni se inmutan ante el hecho de que el mismo asalto, al igual que el secuestro y asesinato de José Raquel Mercado o la masacre de Tacueyó, no sea considerado crimen de lesa humanidad. Si hubiera que buscar esa clase de crímenes habría que considerar ante todo la existencia misma de las FARC y la larga lista de cómplices que las apoyan. Pero en tal caso habría que considerar el castigo de esos jueces.

El candidato Juan Manuel Santos propuso que la Fiscalía fuera parte del Ejecutivo, cosa que despertó indignación entre los indignados profesionales que comentan en la prensa, convenientemente pagados por ONG cuyos líderes apenas se distinguen de los jefes terroristas por la manicura y el cuidado de las barbas. Resulta que ésa es la norma en los sistemas jurídicos similares. Por ejemplo en España o en Estados Unidos, y el problema de un Ministerio Público sometido a las autoridades judiciales, como de hecho ocurre en Colombia, es que sólo se investiga o sólo se presentan acusaciones cuando interesa a quienes juzgan.

El orden real de la sociedad colombiana dista mucho del propio de una democracia. El poder está en manos de unos señores a los que los ciudadanos no eligen, que son abiertamente parciales en sus sentencias y claramente afines tanto a los intereses de las mafias de traficantes de drogas como a los de las organizaciones terroristas. Sus órdenes no tienen relación con ningún principio de equidad sino siempre con intereses espurios o con la satisfacción de las ambiciones de su clientela para obtener privilegios a costa de los demás colombianos.

Pero creo haber encontrado una explicación para la pasividad de la mayoría de la gente: a los colombianos no los indigna la injusticia sino sólo la que los afecta. Si los roban para pagarles liftings a los clientes de los magistrados, no sienten rabia sino admiración y empiezan a plantearse cómo podrán contarse ellos entre los beneficiados, de ahí que uno quede como un reaccionario inverosímil cuando critica la "acción de tutela". La arbitrariedad y la venalidad de quienes deberían defender la justicia les parecen atributos del poder que sólo lamentan no poder disfrutar.

Pero hay que seguir insistiendo hasta que la opresión sea evidente para todos: puede que la escuela de ciudadanía necesite un siglo o más para hacer consciente a la gente de la infamia de que la justicia esté en tales manos, pero sería peor callarse.

(Publicado en el blog Atrabilioso el 23 de junio de 2010.)

viernes, octubre 22, 2010

Pues no, no todo vale

Los colombianos escogerán el próximo 20 de junio entre estos dos caminos: la continuidad de resultados sin importar los medios —la del todo vale— o la de resultados sin sacrificar ni principios éticos ni legalidad —la del no todo vale.

No importa quién haya dicho esas palabras, las hacemos nuestras, e invitamos a los lectores a votar considerando los principios éticos y la legalidad por encima de todo. Y al mismo tiempo nos vemos en el deber de señalar que, a pesar de la conflictiva relación de la política con la verdad, no todo vale, hay límites que no se pueden traspasar sin estar faltando al respeto a los ciudadanos y amenazando toda ética y toda legalidad.

Por ejemplo, no vale sugerir que las ejecuciones extrajudiciales de personas inocentes conocidas como "falsos positivos" son una forma de guerra sucia o una opción inmoral del gobierno. El presidente, el ministro y los mandos militares son víctimas de quienes cometieron esas atrocidades, que no sólo no son crímenes de Estado sino que son, además de lo que corresponde directamente a las víctimas, crímenes contra el Estado. En rigor, el señor Mockus y sus seguidores están cometiendo un delito de calumnia.

Tampoco vale engañar a los electores asegurando que se renuncia a dinero de reposición que no se puede cobrar. El señor Mockus lo sabía, pues ya en otra ocasión había intentado cobrarlo, buscando convertir la elección en un negocio, tal como hemos demostrado en este blog. La afirmación mendaz del señor Peñalosa, respaldada por calumniadores mafiosos como Daniel Coronell, es una conducta antiética que de ningún modo pueden refrendar los electores el 20 de junio.

Sólo personas que quieren ganar a cualquier precio y gobernar de cualquier manera son capaces de sugerir e incluso afirmar que quienes escogimos otras opciones políticas lo hicimos incentivados por dinero, como hacen muchos líderes de la campaña del Partido Verde, incluido el propio candidato. Ahí se está cometiendo de nuevo un delito de calumnias que ninguna persona decente puede aceptar.

Son demasiadas cosas inaceptables, ilegales y antiéticas. Por ejemplo, pese a la prohibición de hacer proselitismo el día de las elecciones, los activistas del Partido Verde se las dieron de pícaros uniformándose con prendas de ese color. Ciertamente, no era ningún delito, pero ¿es ético sabotear esa prohibición porque no se puede demostrar el delito? Lo típico de los delincuentes es la creencia de que las leyes son deberes de los demás, que alguna circunstancia (la fuerza, la raza, el sexo, la categoría social, la necesidad, etc.) los autoriza a estar por encima de ellas, o a saltárselas con pretextos leguleyos.

Otro ejemplo de lo que no vale, de lo que es inaceptable, es lo que hizo el señor Mockus con su diagnóstico de Parkinson. ¿Cómo es que lo ocultó hasta después de ganar la designación como candidato de su partido? ¿Qué ética es ésa? Para los verdes la supuesta ética sólo es un adorno con el que pueden maltratar y humillar a los demás, tal como han hecho siempre con las marcas de ropa cara que usan y que los demás jóvenes no pueden permitirse.

Más grave todavía es inventarse amenazas contra el candidato, como hicieron algunos activistas del Partido Verde durante la campaña de la primera vuelta. De nuevo se trata de un delito y de una absoluta falta de ética, que ciertamente no ha recibido el menor reproche del citado partido. Lo extraño es que semejantes personas se atrevan a dar clases de moral.

Para convencer a la gente de que votara por él, el señor Mockus dijo que con el dinero de la segunda vuelta se podrían construir decenas de colegios. ¿No es una falta de ética insistir en que se celebre cuando es evidente que van a perder más de un millón de votos y a quedar en una relación mucho peor respecto del candidato de la legalidad? Es aún peor: es un capricho autodestructivo de unos atarbanes que ni siquiera cuando les conviene son capaces de mostrar respeto por sus propias palabras.

Por eso, porque en Colombia evadir la ley es algo cotidiano y admirado en muchos casos, para no elegir dirigentes que rinden tributo a la ilegalidad, que se alían con valedores de los verdugos de Orlando Zapata, como el ex embajador Londoño Paredes, que incluyen en sus listas a personajes como Luis Eladio Pérez, que asegura "tener buenas relaciones con las FARC", o premian a quien nombró consejero de EPM a un miembro de las FARC, entre otras muchas conductas intolerables,

LLAMAMOS A LOS VOTANTES

a rechazar a los delincuentes que intentan apropiarse del Estado, y que cuando se hurga en sus pretextos resultan demasiado afines a los intereses de Chávez y Correa, como cuando proclaman que el bombardeo de Angostura fue un delito, como si no lo fuera la abierta tolerancia del gobierno ecuatoriano con las actividades del terrorista Luis Édgar Devia.

(Publicado en el blog Atrabilioso el 10 de junio de 2010.)

sábado, octubre 16, 2010

¡Pero Casandra no vio las garras de las civetas!


Casandra es una heroína de la Ilíada, visionaria y, dada su corta edad, también verde. En sus pesadillas aparecían todas las calamidades que aquejarían a su ciudad y a su familia: su hermano Alejandro había provocado la guerra raptando a la famosa Helena. El nombre de la princesa troyana se ha usado tradicionalmente para aludir a los que anuncian desgracias venideras.

Esa clase de profetas proliferan últimamente en Colombia, un poco al ritmo de la campaña electoral y espoleados por la ilusión de asociarse a algún nuevo poder que necesitara de su consejo para hacer frente a las vacas flacas y evitar la catástrofe, toda clase de economistas, ex ministros y tecnócratas diversos advierten sobre los problemas que vienen.

El compromiso del candidato Mockus de aumentar los impuestos les complicó la vida porque antes era muy sencillo culpar al gobierno de Uribe del alto desempleo (pese a que durante la mayor parte de los ocho años se creó empleo y la situación sólo se agravó en los últimos dos años a causa de la crisis mundial), o despertar indignación por el regalo a los ricos materializado en el programa AIS o en las exenciones fiscales para las empresas que reinviertan sus beneficios.

La tarea se hizo un tanto más espesa: por una parte, hay que justificar un aumento del gasto público en más de un 30 %; por la otra, demostrar que el candidato Santos miente o engaña cuando asegura que no subirá las tarifas. Sin una catástrofe prevista no hay votos, tal como sin frenar el crecimiento económico con una tributación confiscatoria tampoco habrá rentas para los filántropos y pedagogos que se sacrificarán tal vez en balde para mejorar a los colombianos.

En todo caso, la labor de esos veedores de la gestión económica es continuación de una rutina tradicional: hay que promover el descontento porque el remero boga y porque no boga, porque hay asistencialismo y al mismo tiempo desatención a "lo social", porque se favorece la importación de bienes de equipo para la industria y porque no aumenta la productividad, porque las inversiones crecen y así se enriquecen los más ricos y porque dentro de poco todo se hundirá por la enfermedad holandesa.

Los ejemplos de esa doble medida son extremos: al mismo tiempo felicitan al ex alcalde de Bogotá Luis E. Garzón por ocuparse de los más pobres y critican al gobierno por el Sisbén o por el programa Familias en Acción. A menudo llegando a extremos grotescos como suponer que las limosnas ridículas de Familias en Acción disuadirán a alguien de trabajar (aunque al mismo tiempo se critica al gobierno por no crear empleo: ni el enfermo come ni hay que darle. ¿Para qué crear empleo si la gente prefiere quedarse en su casa disfrutando de los 60.000 pesos mensuales que con suerte constituyen el subsidio?).

Ojalá el despertar del interés por la política de estos meses aliente a alguien a publicar libros en que se recojan las lindezas que escriben los economistas y políticos de oposición. El mismo Jorge Enrique Robledo resulta valedor del ejemplo de la caña de pescar, lo cual no obsta para que el candidato Petro reivindique en un debate los "derechos" de la Constitución, junto con la transgresión de la legalidad que protagonizaron ellos y Bolívar (sin que el bando de la legalidad se negara por eso a buscar una alianza).

Desgraciadamente es muy poca la gente que presta atención al sentido de esa retórica que tanto éxito tuvo entre las clases afortunadas en las décadas pasadas. La Constitución de 1991 proclama el derecho a la vivienda, el cual se podrá materializar cuando el Estado tenga acceso a todo, para lo cual necesita avanzar en el despojo a los ciudadanos productivos y en la garantía a las rentas de los funcionarios leales. Los únicos países en que se respeta de verdad el derecho a la vivienda son Corea del Norte y Cuba. La retórica del derecho a la vivienda reduce la construcción de viviendas y concentra los ingresos en quienes ya las tienen y no piensan en producir nada sino en redistribuirse el fruto del trabajo ajeno.

Pero los defensores de la justicia social no vacilan en quejarse porque se dé a la gente más pobre un subsidio miserable. Nadie debe dudarlo: consideran que ese subsidio es un despojo a la labor pedagógica y moralizadora que les proveería rentas fabulosas a ellos. Y no encuentran modo de convertirlo en un mecanismo de compra de votos. ¡A diferencia de los comedores populares de Garzón!

En 2008 Rodríguez Zapatero, el presidente del gobierno Español, anunció un descuento de 400 euros en la declaración de renta de cada ciudadano. Eso le sirvió para ganar las elecciones. La gente beneficiada lo apoyó. Pero, ¿y a los que hicieron realidad el Estado de Bienestar en Europa, no los apoyaron los beneficiados por eso? Lo fascinante es que una ayuda pequeñísima en un país que exporta materias primas despierte rechazo por parte de quienes admiran el modelo que provee subsidios de desempleo a todo el mundo, y que el apoyo electoral de los beneficiados les parezca un elemento que deslegitima el sistema.

Un capítulo especialmente sabroso de ese espectáculo que ofrecen las fuerzas retrógradas agrupadas en la oposición es el de la tecnocracia ludita: el mismo candidato Mockus, al igual que una buena cantidad de decanos, catedráticos y columnistas, salió a criticar las inversiones en bienes de equipo porque comportan reducciones de personal. Semejantes prejuicios tienen público en Colombia por la indigencia intelectual generalizada.

En contraste, Juan Velarde Fuertes, un economista español muy prestigioso que analiza la crisis de su país señala:
Cuando se repara en lo que ocurre en el terreno de las industrias manufactureras, contemplamos no sólo una caída verdaderamente espectacular en su participación en el PIB, sino que al estudiar las causas vemos una apuesta, ciertamente muy preocupante, hacia actividades relacionadas con tecnologías muy poco avanzadas. Como estas son accesibles a países competidores pobres que, además, tienen niveles salariales más bajos que los nuestros, el problema de nuestra competitividad queda agravado.
La inversión en bienes de equipo, favorecida por la revaluación del peso y por las exenciones de Uribe, no amenaza al empleo sino que lo asegura. Pero es que los grupos parasitarios son incapaces de ponerse en la piel de la gente que tiene que trabajar y de ver cómo podría mejorar sus ingresos. Sólo explotan un prejuicio vulgar, reproducido en sus universidades con ingentes cantidades de recursos públicos: allí donde llega una excavadora y abre una zanja en tres días, habrían estado cien obreros ganando un sueldo todo un mes. La excavadora los mandó a la miseria.

El último caballito de batalla de esa facción universitaria-totalitaria-parasitaria es el déficit y el endeudamiento público. ¡El próximo gobierno subirá los impuestos porque no hay modo de pagar el déficit público! De momento conviene más callar lo de la enfermedad holandesa, catástrofe que dará más resultado cuando no haya que justificar las subidas de impuestos. ¿Qué importa que en proporción el endeudamiento público colombiano sea muy inferior al de Japón, EE UU, Alemania, Francia, Italia o Brasil?

Como es bien predecible, las causas relacionadas con el cese de las exportaciones a Venezuela o con la crisis mundial no aparecen por ninguna parte. Todo se agota en los supuestos errores del gobierno, salvo cuando el público es antiimperialista y se puede decir que Uribe ha aislado a Colombia de la región. Y todo se resolverá subiendo impuestos a las empresas, porque si bien el candidato Mockus compara la tributación de Guatemala con la de los países europeos, nadie espera que un rector, por decir algo, que se gane veinte veces la cantidad que aparece como PIB per cápita vaya a pagar un 80 %, como pagaría en Suecia, sino ni siquiera un 20 %: en Colombia se pagan impuestos por producir, las rentas salariales de origen estatal son los sagrados recursos de la clase media.

Lo extraño, de verdad increíble, es que pese a tanta advertencia de estos interesados Jeremías, el CEO del banco suizo HSBC, Michael Geoghegan, incluyera a Colombia en un grupo de países que según sus palabras tienen un futuro muy brillante pues cada uno tiene una población numerosa, joven y creciente, una economía diversa y dinámica y, en términos relativos, estabilidad política. Siguiendo la moda de crear grupos de países con acrónimos, tal como antes se habló de los PICS y de los BRIC, el nuevo grupo es el de los CIVETS: Colombia, Indonesia, Vietnam, Egipto, Turquía y Sudáfrica.

En este grupo Colombia es el país menos poblado, y si bien el tamaño de su economía dobla a la de Vietnam, la población es sólo la mitad, por lo que es previsible un crecimiento más firme en el país asiático. Los demás países del grupo tienen economías más grandes, destacando Indonesia, el país que heredó el antiguo imperio holandés en Asia y que con 242 millones de personas es el cuarto más poblado de la tierra.

Esa inclusión es muy interesante porque hay muchos otros países comparables por cuyo futuro no se apuesta. Venezuela tiene todavía una economía más grande que la colombiana, al igual que Argentina, pero nadie confía en que esa ventaja se mantenga al cabo de unas décadas. Otros países importantes como Ucrania, Nigeria, Pakistán, Bangladesh o Filipinas tampoco generan tanto optimismo.

Hay que recordar el carácter interesado de las advertencias de las casandras y prestar atención a las enormes posibilidades que tiene Colombia de acceder al desarrollo en la década que comienza. Por una parte tiende a convertirse en la metrópoli regional, y gracias a Hugo Chávez a hacer dependientes a los venezolanos de las empresas locales, así como del consumo de productos culturales y de servicios colombianos.

También debe tenerse en cuenta que el próximo parlamento estadounidense probablemente aprobará el TLC, y que la recuperación de la economía mundial irá acompañada de un aumento de los precios de las materias primas. Podría darse una revaluación indeseada de la moneda, pero ¿no protestan por la deuda externa? La revaluación rebaja el valor de esa deuda, y los exportadores afrontarán dificultades que serían mayores si no contaran con ventajas como las exenciones a la inversión.

Es muy significativo lo alcanzado por Colombia a lo largo de esta década, tras la crisis espantosa de final de siglo. Si se continúa el rumbo, aumenta la inversión y la expansión empresarial, así como el comercio con el resto del mundo, es muy probable que nuestro país sea la prueba del acierto del señor Geoghegan y que los CIVETS sean otro ejemplo de éxito económico tal como hace unas décadas lo fueron los tigres asiáticos.

Eso se hace cuando la sociedad opta por quienes piensan en un crecimiento tangible y no por quienes apuestan por la biodiversidad, como el líder de la campaña de los Verdes Pedro Medellín Torres. De hecho, la bajeza de este personaje diciendo que el gobierno compró los votos de las elecciones me hizo entender cuál es el mayor obstáculo al desarrollo, el CUN que separa a Dinamarca de Cundinamarca.

Es la Cultura de la Universidad Nacional. Es lo que aflora con la ola verde y con los lamentos de los agoreros que a toda costa intentan negar lo obtenido desde 2002 y pretenden, con diversos disfraces, integrar a Colombia en el Alba y apartarla de las políticas que podrían servir de base a una economía sólida. Al respecto es mejor terminar con una frase que cita el señor Velarde Fuertes y que se puede aplicar sin problemas a la realidad colombiana:
Ocho, diez años en la vida económica moderna son suficientes para encumbrar a un pueblo en el concierto internacional o para dejarlo batido y rezagado por medio siglo.
Hagamos que en esta década Colombia llegue a ser un país de grandes empresas productivas, de oferta de servicios sanitarios y turísticos para gente de los países desarrollados, y de constantes mejoras en el nivel de vida. Así nos salvaremos de la ingeniería social que pretenden los ilusos de la biodiversidad y de la tributación abusiva, que pretenden imponer a los que producen: no a los inversores (que descuentan la tributación y si no les resulta rentable no invierten), sino a los asalariados productivos, cuyas oportunidades se verán reducidas cuanta menos inversión haya y cuyos ingresos reales menguarán a medida que aumenta la tributación de las empresas.

PD. Este artículo fue escrito antes del lunes 7 de junio, fecha en que apareció una columna del ex ministro Alberto Carrasquilla que orienta ampliamente sobre el tema fiscal.

(Publicado en el blog Atrabilioso el 9 de junio de 2010.)

lunes, octubre 11, 2010

El aroma del tamal es más poderoso que la vaharada del fascismo

1. Edad psicológica. A la hora de explicar los resultados electorales del domingo pasado, los partidarios de la ola verde son clónicos y penosamente pueriles: el país está poblado por estúpidos a los que se compra fácilmente con un tamal, un plato de lechona o algo así, y por eso no escogen la honradez ni la cordura. De hecho, no faltan propuestas sensatas para corregir eso, obra de economistas de las mejores universidades. Por ejemplo, un comentarista del blog de Alejandro Gaviria proponía el domingo:
Y bueno, que hacemos? toca mandar buses y dar almuerzo el dia de elecciones. Y hacerse el loco pensando que eso no es comprar el voto, porque no hay transaccion en efectivo ni condicionamiento sobre el almuerzo, solo un pequeño recorderis.
Es terrible, mucha gente anda diciendo que la ola verde fracasó porque sus seguidores aún no tenían la cédula, pero la clase de razonamientos rutinarios basados en el tamal y el plato de lechona no parecen propios de personas de dieciséis años, sino de once.

2. La campaña de Mockus. El "latiguillo" de Mockus desde mucho antes de la ola verde es el cuento de "No todo vale", triste lugar común que encierra las típicas falacias de la propaganda: ¿es que hay alguien para quien "todo vale"? Bah, bah, ¿para qué vamos a preocuparnos? Ojalá el problema se acabara ahí. Antes de las elecciones Mockus lideró una campaña de protesta contra las ejecuciones extrajudiciales ("falsos positivos"). Los honestos y cívicos seguidores del ex alcalde ponen esos crímenes como ejemplo del "todo vale". Pero ¿existe alguna relación? Todo es falso, esos crímenes les han servido mucho a los terroristas y de ningún modo le servirían al gobierno. ¿No es increíble el descaro?

3. Halago y calumnia. De tal modo, el joven de clase media se ve llamado a formar parte de las huestes de las personas compasivas, justas, pacíficas, moderadas, razonables, etc., y para eso se lo hace cómplice de una mentira brutal, de una calumnia perversa tras la que están los intereses de los terroristas, de Chávez y su entorno. A medida que se integra en el bando de los buenos se le hace formar parte de los grupos de presión y se lo radicaliza y fanatiza con procedimientos de secta. ¿Hasta qué punto es eso deliberado por parte de Mockus? Exactamente hasta el punto en que acepta el apoyo de personajes cuya oposición al gobierno sólo encuentra en las supuestas "chuzadas" un pretexto: personas que en realidad no quieren que se combata a las guerrillas. Aunque él mismo declara que "Quienes hablan de salto al vacío quieren conservar a toda costa los vicios del pasado: los falsos positivos..." ¿Alguien lo cree? ¿O es tan despreciable la condición de los colombianos que nadie puede ver la mala fe de semejante aserto? De hecho, otro importante líder mockusiano, el rector de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, José Fernando Isaza, declara:
El rechazo a la cultura del atajo y al todo vale propuesto por Mockus traerá mayores niveles de bienestar que la política de más de lo mismo, que incluye asesinatos de inocentes...
Dando por sentado que los asesinatos de inocentes no son algo que favorece sus aspiraciones políticas, sino algo que ordena el gobierno.

4. Precursores de la "ola verde". Es imposible leer alguna noticia o artículo de El Espectador sin encontrarse con decenas y a veces miles de comentarios exaltados de personas para las que el presidente Uribe es un asesino responsable de todo lo que hicieron los llamados "paramilitares", José Obdulio Gaviria era el asesor de Pablo Escobar y en general cualquiera que discrepe del fervor del periódico y sus columnistas ante Piedad Córdoba o justifique la política de Seguridad Democrática es un asesino partidario de las motosierras. Todas esas personas, al parecer sólo unas pocas decenas, profesionalizadas por ONG, se entusiasmaron después de que Héctor Abad Faciolince llamara a la unión de Mockus y Fajardo y sirvieron de puntal de la ola verde.

5. Injerencia selenita. Los problemas colombianos se podrían resumir en uno solo: la inmensa mayoría de la gente no entiende que esos comentaristas son los mismos guerrilleros. Puede que no salgan de sus cómodos apartamentos ni torturen a nadie, pero es como decir que Hitler no empujó a nadie a una cámara de gas. Esos comentaristas fanatizados, llenos de odio, incentivados y convencidos de que una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad hacen más por la causa de las FARC que varios frentes de niños sicarios y rústicos intermediarios de la industria de la cocaína. Pero la gente ingenua cree que son sólo ciudadanos indignados por la mafia del gobierno ("lo malo de la rosca es no estar en ella") y así viene a resultar que las guerrillas prácticamente llegaron de la luna.

6. El fascismo ordinario. Odio, mentiras, intereses mafiosos, manipulación de adolescentes. afinidad con criminales (pues todo el odio contra Uribe procede de su éxito contra las guerrillas): es el retrato del fascismo. Cuando se piensa en el sentido de expresiones como "No todo vale" o "La vida humana es sagrada" (como si los que no apoyan a Mockus fueran asesinos) aparece el rasgo característico más marcado: la corrupción del lenguaje. El que se trata de un fascismo ligado de manera indisoluble al régimen venezolano y a las bandas terroristas es algo que explicaré más adelante.

7. El estilo de la propaganda. Las innumerables imágenes que hemos visto del candidato Juan Manuel Santos como monstruo siniestro, explotando su supuesta fealdad, son copiadas casi directamente de la propaganda nazi: se trata de un estímulo infantil sumamente perverso, gracias al cual se genera una asociación normalmente inexistente entre la apariencia física de alguien y sus intenciones y actuaciones. Cuando se piensa que el "argumento" es atribuirle al ex ministro responsabilidad en los asesinatos de inocentes que cometieron unos malhechores que trabajaban para las fuerzas militares, la afinidad con el nazismo resulta todavía más marcada: se trata de la misma clase de gente, y nadie debe dudar de que esos entusiastas propagandistas son los mismos que hace una década escribían comentarios en los foros de internet burlándose de los secuestrados y justificando los crímenes de los terroristas. A pesar de las intenciones que pudieran tener los ex alcaldes, la verdad es que su campaña se basó en la explotación de esa clase de recursos publicitarios.

8. Todo sea por la paz. Los textos que se publicaron en los días previos a las elecciones son los más dicientes respecto al espíritu que alienta la campaña de Mockus, incluso explican su persistencia en buscar un triunfo en la segunda vuelta. Paradigmático, y protegido por una ominosa omertà de los hampones ilustrados que ejercen en Colombia de "creadores de opinión" es este escrito, claramente encargado por algún agente de Chávez, del ex ministro Rudolf Hommes. Si alguien duda de que la campaña de Mockus es la representación del chavismo en Colombia, es alguien que obra de mala fe, o bien desconoce esa perla o padece un daño cognitivo tremendo. El brutal golpista antisemita que amenaza cada semana a los colombianos y promueve el asesinato de los que puede resulta la versión andina de Adenauer. La carrera armamentista del gorila rojo resulta inexistente y el único problema es la animosidad de los colombianos, que se remediaría eligiendo a Mockus. Naturalmente que los empleados de Santodomingo que pretenden orientar a la opinión tienen que callar ante perlas semejantes, pero ese silencio los delata. Al igual que delata al candidato, que también rehúye contestar acerca del apoyo de Chávez a las FARC.

9. Ocho años perdidos. No es ninguna sorpresa que una corriente política cuya esencia es la propaganda, en realidad la manipulación del triste vicio arribista de los colombianos, ansiosos por incluirse entre los escribas y fariseos para ostentar su virtud de un modo que es lo menos virtuoso posible, mienta sin cesar y de la forma más descarada. Uno de esos columnistas (pero son más del 80 % de los que aparecen en los medios bogotanos), Juan Gabriel Vásquez, nos cuenta en una obra de la reflexión que humillaría a un Larra, no en balde titulada "Adiós a los atajistas", que "el gobierno de los últimos ocho años fue, con distancia, el más politiquero y corrupto de la historia colombiana". Lógicamente no habrá quien lo ponga en duda, menos en la prensa bogotana, menos en el periódico del patrón de Martha Catalina Daniels. ¡Cuando el gobierno encargaba magnicidios, como el de Álvaro Gómez o el general Landazábal, la corrupción no era tanta! El alivio del ilustre pensador no encuentra límites: "La verdad es que los ocho años de Uribe han devuelto el país a la cultura del atajo, ese conjunto de manías y perversiones del cual parecía que habíamos salido, o comenzábamos a salir, al empezar el siglo". Es uno el que no ve lo que se ha perdido en estos años, el que no ve a Colombia peor que al empezar el siglo. ¡Entonces al menos había esperanza de justicia social! De hecho, al cabo de la década, se pregunta Vásquez: "¿valía la pena tanto atajo para no llegar a ningún lado?". Parece que no.

10. El despertar de los jóvenes. Ni a Hommes ni a Vásquez les reprocha nadie sus extrañas salidas. Los más avispados tienen siempre a mano el recurso perfecto: "A mí que me esculquen". ¿Qué hacían entonces en la "ola verde"? Algún pretexto encontrarán, y los favorece que nadie les pregunta: si el ex ministro explotaba el viejo recurso "pacifista" con que los pro-nazis británicos buscaban favorecer el rearme de Hitler, ellos tal vez no lo leyeron. Si el joven escritor explota la mala memoria de la gente, y adereza los olvidos con mentiras (Uribe no fue elegido para acabar con la "politiquería" sino para combatir a las FARC), a la mejor manera de Goebbels, ellos tienen otra especialidad. Nadie puede reprocharles nada. Pero el mejor retrato de la retórica fascista, ya incluso en términos grotescos, es otro literato: Ricardo Silva Romero. La épica renovadora y saturada de lirismo parece una torpe parodia tropical de los escritos del poeta oficial del fascismo, Filippo Tommaso Marinetti, aunque los excesos de lirismo muevan más bien a lástima (pongo mis comentarios entre corchetes):
Y un día, cuando ya los habíamos dado por perdidos, los jóvenes se levantaron de sus tumbas. [¿Estaban en tumbas? ¿Todos los jóvenes o sólo algunos? ¿Qué hacían en tales tumbas?] Y gracias a Internet, que les ha devuelto el alma a tantos cuerpos [Marinetti le escribía poemas a la aviación], que a todos nos ha hecho comprender de qué hablan cuando hablan de "democracia", descubrieron que no son una minoría [¿una minoría? ¿todos los jóvenes?] de inconformes [¿inconformes?] condenados a quejarse de la sangre fría de los políticos, que a nadie puede delegársele la responsabilidad de corregir el mapa de Colombia [¿corregir el mapa?], y que el destino de este país ajeno [¿ajeno?], en el que apenas han sobrevivido [¿apenas?] como si fueran inmigrantes ilegales, en verdad está en sus manos. Este domingo saldrán a votar para abrirle paso a una revolución pacífica que dejará al mundo entero con la boca abierta [Olé]: reclamarán, como una conciencia colectiva [hala], la patria que les quitaron a los padres de los padres de sus padres [¡les quitaron!].
11. Se cierra el círculo. Es fastidioso extenderse sobre la calidad literaria de la propaganda fascistoide que ha acompañado a Mockus. Mucho más interesante es que el lector entienda que la intensidad de la ola verde forma parte de la misma confluencia de intereses que mantiene a la prensa colombiana en continua campaña de calumnias contra el gobierno, que la unánime indignación de los columnistas y comentaristas por las supuestas "chuzadas" a Jorge Enrique Botero, Holman Morris o a algún magistrado amigo de Giorgio Sale no se dio cuando el interceptado era el presidente ("le parto la cara, marica"), o cuando publicaron una conversación privada de Fernando Londoño con el general Del Río. ¿O sí se dio y no nos hemos enterado? La ola verde es la coronación de ocho años de calumnias, pero éstas son sólo la resistencia a un gobierno que echó a perder la negociación con la que Santodomingo y los dueños de Semana se habrían hecho más dueños del país de lo que ya son. El colmo es el montón de escritos que han salido protestando por el leve chiste de José Obdulio Gaviria acerca del "manifiesto pederasta" del programa del Partido Verde. Ya dedicados a salvar la industria del secuestro, ¿qué importa hacer un poco el ridículo?

12. Inventándose la guerra. Por eso nadie va a encontrar ningún problema en la última columna del padre de la ola verde, el también literato Héctor Abad Faciolince. ¿Recordarán que desde el principio en este blog denunciamos la vaguedad de las ideas de Mockus respecto de las FARC? En los escritos de Abad no hay ninguna vaguedad: se trata del acta de defunción de la política de Seguridad Democrática. Tras ocho años de despilfarro de recursos seguimos igual que en 2002. El pensador se felicita del asesinato de nueve infantes de marina, hecho que refuerza sus bondadosas certezas, llenas de frustración por el mal uso que hizo Uribe del cheque en blanco que "le firmamos". Es exactamente la misma propaganda del Partido Comunista en 2003, tras la masacre de El Nogal: "Ni un peso más para la guerra". La guerrilla se acaba resolviendo sus causas, no con "ira y maldad". Así, ¿no es la ola verde una estafa en la que con un "sobrevenido" ecologismo y mantras de la época de la psiquedelia se intenta atraer a la gente arribista e ingenua al programa de los socios del terrorismo? Sin la menor duda, y fracasó porque no se puede engañar a todos todo el tiempo.

13. Calumnia, que algo queda. Las bandas terroristas son un fenómeno ligado a ciertas tradiciones colombianas, reforzadas por los intereses soviéticos y cubanos en una época, y después por las castas que se apropiaron del poder a comienzos de los noventa, en alianza con Pablo Escobar y los políticos más corruptos. El cambio cultural que necesita Colombia es ante todo el destierro del fascismo, de la violencia interesada, de la calumnia, de la intimidación que se practican primero en defensa de los intereses de las mafias políticas y después en las zonas rurales en aras de asegurar el poder de dichas mafias. Si Mockus trajera alguna novedad en materia de cultura y no fuera el socio de Hommes (abierto emisario de Chávez) y de Abad (abierto opositor al combate a las bandas terroristas), tal vez se ocuparía de los comentaristas de El Espectador o de personajes como Felipe Zuleta, que dan ejemplo a la peculiar secta de sicarios morales que acompañaron el despertar de la ola verde.

Como colofón a este escrito copio un ejemplo de un viejo conocido de la blogosfera, viejo acompañante de Mockus y desmesurado, típico calumniador. En el citado blog de Alejandro Gaviria, dejó esto Javier Moreno, el creador de Gacetilla:
"Ciertamente, un gobierno dedicado a ayudar a las FARC llevaría a una guerra civil. Es increíble que alguien lo dude. Lo que muchos dudan es que Moskus, habida cuenta de sus declaraciones, va a ayudar a las FARC."

Qué bueno. Ya Jaime "Mil Colinas" Ruiz empieza a prometer guerra civil si gana Mockus. Es bueno cuando este señor encapuchado deja sus amenazas bien claras. Así uno sabe con qué tipo de persona es que está hablando. Además de bruto, cerrado e ignorante es un matón solapado.
El texto en cursiva corresponde a un anterior comentario mío. "Mil Colinas" era la emisora de los genocidas ruandeses. Estos hampones siempre están con el mismo recurso de los escribidores pagados por ONG que dejan comentarios en El Espectador: quien no colabore con la causa de Hommes y Abad, los dos más conspicuos socios de Mockus, es porque forma parte de los paramilitares y está llamando a matar gente. Es el único recurso que tienen, cuando no pueden borrar los blogs para atribuirle las proezas a otros, o dejar amenazas de muerte anónimas como comentarios. Es el arte de los fascistas, intimidar y calumniar. Mandar matar gente y presentarse como víctimas. Explotar la propaganda y convertir los negocios criminales o la afinidad con Chávez, Piedad Córdoba y gente así en "honestidad", "decencia", "tolerancia", "respeto de la vida humana", etc.

Ojalá el lector se detuviera a pensar en lo que pasaría si un gobierno colombiano se dedicara a ayudar a las FARC a destruir pueblos con cilindros y secuestrar a miles de personas. Ahora resulta que algo que es obvio para cualquier persona recta es lo propio de matones. Realmente alrededor del payaso de los mantras se reunió la chusma fascista más desvergonzada y peligrosa, pero lo más seguro es que se aburrirán pronto en Colombia. Con Adenauer tendrán más suerte.


(Publicado en el blog Atrabilioso el 1º de junio de 2010.)

miércoles, octubre 06, 2010

La rebelión atávica y la pirámide de Maslow


Desde su surgimiento en el siglo XVI, la sociedad colombiana ha tenido siempre una estructura piramidal muy acusada, con una minoría rica y completamente improductiva y una mayoría excluida y condenada a la miseria. Durante la mayor parte de esa historia, los tres siglos coloniales, esa división se expresaba en castas que se llamaban así y que correspondían al origen étnico de cada grupo. Durante los dos siglos de vida independiente las castas superiores de la vieja sociedad han vivido aferradas a su condición privilegiada y han seguido disfrutando de rentas gracias a su relación con el Estado. El país nunca ha tenido un verdadero desarrollo industrial y en definitiva es un exportador de materias primas, cuyo producto se reparte de forma leonina en favor de los de arriba.

Los rasgos de ese orden jerárquico son perfectamente visibles para cualquiera que vea la vida colombiana desde fuera. Todo el mundo es consciente de su estrato, todo el mundo desprecia a los "igualados"; las personas cuyo origen tiene que ver con etnias sometidas son serviles y acomplejadas, y a la vez resentidas; las que tienen relación con Europa, por ejemplo los descendientes de inmigrantes centroeuropeos, mezclados con las castas superiores de la vieja sociedad, son en extremo arrogantes y convencidos tanto de la superioridad de sus ocurrencias como de su derecho a disfrutar de rentas que nadie evalúa. Las personas que producen son despreciadas: los tenderos o dueños de talleres por su codicia y estrechez de miras, los finqueros y ganaderos por su rusticidad y demás rasgos que los distinguen de los habitantes de la capital.

A lo largo del siglo XX se produjo un desplazamiento de las ocupaciones tradicionales de las familias de las castas superiores: si antes eran militares, clérigos y burócratas, a partir de los cambios sociales derivados del crecimiento de las ciudades pasaron a ser profesores universitarios (con las mismas prerrogativas del viejo clero, el mismo derecho a obtener rentas por sus actividades privadas y la misma autopercepción de jerarquía), miembros de ONG (muchos de ellos con ingresos propios de ministros), activistas políticos profesionalizados (cuyo verdadero negocio es la violencia, y que son indistinguibles de los miembros de ONG, salvo porque a veces su relación con la industria del crimen es más patente), y en todo caso burócratas y miembros de camarillas ("roscas") que disfrutan de los recursos públicos porque nadie sabe en qué se gasta realmente el dinero del erario.

Al igual que en toda Hispanoamérica, dichas castas superiores encontraron en la Revolución cubana el modelo de sociedad que correspondía a su sueño: control absoluto del Estado, seguridad en los ingresos y en la jerarquía, y sobre todo conservación segura del mando. A pesar de décadas de esfuerzos, si bien no muy dolorosos pues eran pagados por las víctimas, el comunismo no consiguió arraigar en la mayor parte del continente hasta la última década. Pero en Colombia la clientela de dichas castas, seleccionada eficazmente por los exámenes universitarios, consiguió repartirse los ingresos de la bonanza petrolera: es la historia del sindicalismo estatal, con decenas de miles de activistas cuyo único oficio es hacerse subir el sueldo, que ya es decenas de veces superior al de la mayoría de los colombianos, que no correspondía a ningún "trabajo" distinto al activismo y que en todo caso se convertía en renta segura mucho antes de que los beneficiados cumplieran cincuenta años.

Cuando se habla de guerrillas se suele olvidar que éstas no son más que la fuerza de choque de la llamada izquierda democrática, y que el dominio de la función pública que llegó a tener el Partido Comunista se basaba en la posibilidad de intimidar gracias a las tropas de niños y rústicos.

Pero la reacción popular contra las guerrillas que llevó al poder a Uribe Vélez en 2002 y la continuidad de dicho rechazo hicieron inviable a la izquierda democrática como discurso aglutinador de una mayoría capaz de imponerse en las urnas. De ahí que dicho sector social se aferrara a la relativa popularidad del ex alcalde Mockus (léase "Moscus") y a la comodidad del uso de las redes sociales de internet para crear una moda con la que algunos todavía sueñan que podrán desplazar del poder al uribismo, que a fin de cuentas está dirigido en buena medida por políticos de la periferia. No se entiende nada de Colombia si no se ve que dicho movimiento expresa las mismas pretensiones jerárquicas que tenía ya en el siglo XVI la minoría dueña del poder: la "pedagogía" lleva en sí la misma pretensión de superioridad que la evangelización; con la tributación por una parte pretenden ensanchar el poder del Estado (gasto público como parte del PIB), controlado por los mandarines formados en tales universidades, y por la otra asegurar las rentas de esa vasta clientela "educada" pero incapaz de formar parte de una sociedad competitiva y de producir nada evaluable.

De tal modo, el mockusianismo y la ola verde forman parte del folclor local de un modo que sólo es visible para alguien que no conviva con los colombianos. Y eso a tal punto que realmente es difícil, muy difícil, encontrar a alguien que no comparta valores e ideas con los partidarios del ex alcalde: es como una persona que no tuviera ningún parecido con ninguno de sus cuatro abuelos. Y es que la rebelión de la "decencia" (en realidad una mezcla de matonería, calumnias, pretensiones y ridiculez que constituye el paradigma de la indecencia) es sólo una respuesta atávica, de esa vieja sociedad del Barroco, al proceso de globalización y asimilación al Occidente que ha caracterizado esta década en Colombia.

Para poner un ejemplo típico, es casi imposible encontrar a un colombiano que no crea que la guerrilla se remediaría si hubiera educación. ¡Pero es que la guerrilla es el fruto de la educación! Y eso sencillamente porque los recursos públicos invertidos en las rentas de las castas dominantes sirven para preparar a los nuevos guerrilleros, como se demuestra cada día con las universidades públicas bogotanas. Ese culto de la educación es un vicio hispanoamericano que va ligado a la aspiración reaccionaria de las castas parasitarias: en los años cincuenta, la sociedad más rica y avanzada de toda la región caribeña (contando a Colombia, Venezuela y México) era Cuba. Por supuesto que también en alfabetización. No obstante, a partir de 1959, la principal tarea del país fue la educación, y eso ha convertido al país en el rival de Haití en miseria y atraso. También Nicaragua ha estado dedicada durante décadas a la educación y hoy por hoy es un país hambriento y desesperanzado.

Los colombianos suelen pensar que la educación asegura los ingresos de sus hijos, cosa que es relativamente cierta: cuando es un joven talentoso de extracción humilde llega a ganar con muchísimo esfuerzo casi lo mismo que gana un doctor bien relacionado y absolutamente ignorante e improductivo. Y eso porque la "educación" no está planteada como un aprendizaje con vistas a la producción, sino como el medio de verse reconocido por el orden superior de la sociedad. La educación sí genera ingresos, pero no es porque los educados sepan hacer nada, sino porque el haberse sometido al adoctrinamiento les asegura entrar a formar parte del reparto de la renta petrolera y minera.

En fin: las características ideológicas de la sociedad tradicional colombiana generan la demanda que viene a satisfacer Mockus. Es perfectamente hidalgo, no se le ha visto por ninguna parte ánimo de lucro, ni menos ganas de trabajar, incluso resulta quijotesco, aunque el personaje literario tenía una renta menguada y se ocupaba de la libertad y la justicia y no de la dominación de los demás (los quijotes del triste trópico heredaron de sus antepasados la pasión evangelizadora). Las personas caracterizadas por su superioridad social (expresada en el color de su piel, su pelo y sus ojos; en su acento bogotano; en sus maneras, que dejan ver que nunca han trabajado, en su aire europeo e intelectual, aunque es un milagro encontrar uno solo que escriba una sola línea sin espantosos errores de ortografía, etc.) se ven desesperadas por remediar los problemas del país subiéndoles los impuestos a las empresas (a ver si no hay tantas y sus dueños dejan de creerse los amos de los colombianos de buena familia) y obviamente asegurando empleos cómodos en la más hermosa de todas las tareas: ¡la educación!

Bueno, también en la ciencia y la cultura: todo aquello que no puede funcionar en términos de mercado, la mediocridad de los cineastas, editores, músicos, artistas plásticos, etc., por no hablar de la de los científicos y personal parecido, resultará graciosamente subvencionado gracias al aumento de impuestos. Un aspirante a un empleo en una empresa tecnológica podrá tener miles de millones para montarle competencia a la NASA mientras adquiere reconocimiento y contactos y puede hacer carrera de científico en otro país.

A tal punto es el mockusianismo un atavismo, una reminiscencia de las ideas y aspiraciones de los abuelos de los colombianos acomodados, que el más despreciable de todos los vicios locales ha encontrado un paraguas bajo el cual protegerse. Ese vicio es la creencia de que Colombia es un país rico por los supuestos dones de la Providencia y debido a eso los ciudadanos están exentos del deber de trabajar. Si la riqueza de una nación fuera eso, Sierra Leona o Angola serían países riquísimos mientras que Suiza y Japón serían miserables.

La nueva fuente de riqueza que espera encontrar esa clase de colombianos es la biodiversidad. Desde hace tiempos personajes como el poeta William Ospina (chavista-mockusiano) le aseguran al país un futuro luminoso de bienestar gracias a la biodiversidad, aunque, despreciadores del lucro como son, no aciertan a explicar de qué modo tal bien se convertirá en dinero. Otro líder de la campaña de Mockus, el rabioso antiuribista profesor de la Universidad Nacional Pedro Medellín Torres, describía hace poco sin el menor rubor la biodiversidad "como primera fuente de riqueza en el mundo", y le atribuía "movilizar" el 45 % del PIB mundial.

Esa clase de estupideces, expresión del viejo vicio de vivir de las minas de oro, de los cultivos de quina, de las plantaciones de caucho, de los yacimientos petrolíferos y muchas otras riquezas remotas cuya extracción se dejaba a los indios y negros, son la característica de la campaña de Mockus: su fondo espiritual. Es verdad que no habla expresamente de expropiar empresas, pero es que el despojo ya es espantoso con el aumento de impuestos (que no afectaría obviamente a las rentas salariales altas). El principal asesor económico de la campaña de Mockus, Salomón Kalmanovitz, publicaba en los años setenta una revista, Ideología y Sociedad, junto con la escritora Laura Restrepo, la que contestó hace pocos años cuando le preguntaron su opinión sobre Cuba: "Es lo que queremos". No se proclaman marxistas ni chavistas, pero constituyen el mismo entorno sociológico de los antiguos marxistas, sólo ha cambiado el pretexto de la dominación.

En resumen, el contraste entre los dos grupos mayoritarios de la justa electoral es claro: trabajo versus estudio, empresas versus universidades, crecimiento versus pedagogía, manufacturas versus biodiversidad... No es difícil reconocer esa divergencia de opiniones, ni que un colombiano de origen social acomodado tiende a terminar de parte del bando parasitario: por eso el país es como es. Pero es más claro si se piensa en la clásica Pirámide de las necesidades humanas de Abraham Maslow:


Las necesidades de la parte baja de la pirámide son las que afectan a la mayoría y las que dependen de que haya prosperidad y firmeza en el gobierno. Las de la parte superior son aquellas que los típicos "señoritos" esperan ver aseguradas gracias a los nuevos impuestos, y al esperado éxito de la propaganda. Tanto el crecimiento económico como el trabajo les resultan más bien un fastidio, pues en realidad serían la causa de un "desorden" social en el que su jerarquía resultaría amenazada, y la indiamenta y la negramenta empezarían a volverse "igualadas" y a dejar de tomar ejemplo de sus señores.

Pero tal sueño, en el supuesto imposible de que finalmente Mockus ganara las elecciones, no se podría sostener por mucho tiempo: en las siguientes elecciones las "fuerzas productivas", constreñidas por la alta tributación y la colosal inversión en palabrería y dominación, se rebelarían y elegirían a algún candidato próximo al uribismo. Pero para eso hay solución, y también se ve esbozada en el programa del Partido Verde: la paz con Chávez y las FARC tiene un precio, pero es preferible a la guerra y la carrera armamentista. Con su tremenda honradez (pero no comparable ni de lejos a la de Chávez, que no empezó en 1998 con una recua de mafiosos como el tal Partido Verde), el nuevo tirano propondría una Constituyente de tipo "socialdemócrata", que resultaría aprobada en referendo dadas las grandes ventajas de la paz: el nuevo régimen, como ha ocurrido con todos los regímenes equívocos de la región, se mantendría a punta de terror.

Dejando un poco a un lado el tema de las características sociológicas de la facción "verde", tengo que aludir a algo que tiene que ver con la ideología y que augura lo peor: en su programa se alude al "derecho del niño o niña a ser deseado". Ese derecho, un disparate de por sí, sólo es el pretexto con que esperan imponer el aborto forzoso en casos de personas débiles, adolescentes, etc. La pedagogía incluye obviamente puestos bien pagados para miles de psicólogos y psiquiatras que extraerán las dudas sobre la condición de deseados de los embarazos y decidirán por las víctimas optar por el aborto. De otro modo, ¿qué sentido tiene ese derecho?

La amenaza para Colombia es en realidad clara, lo hemos visto en las maneras y en los conocimientos de los partidarios de la ola verde, por no hablar de la objetividad de sus acusaciones (siempre falsas): la educación será en realidad "reeducación", tal como se intentó en China durante la Revolución cultural o en Camboya durante la "réplica" de la Revolución cultural china.

(Publicado en el blog Atrabilioso el 28 de mayo de 2010.)

jueves, septiembre 30, 2010

Diez puntos de fricción: la visión de este lado


Por Jaime Ruiz y DieGoth

El ingente esfuerzo publicitario de los antiuribistas alrededor de la candidatura de Antanas Mockus y el Partido Verde ha conducido a una clara polarización entre la parte de la sociedad que quiere continuar las políticas de Uribe y la que quiere dar un giro cuyo contenido es difícil de precisar, pues se escabulle entre los continuos cambios de opinión del candidato y los exabruptos de sus partidarios.

Se me ha ocurrido hacer un decálogo de los puntos de fricción, de los aspectos en que es más marcado el contraste entre la clase de gente que apoya a Santos y la que apoya a Mockus. Para todos ellos he buscado la respuesta de una persona que conoce la discusión y que puede ser representativa de la clase de colombianos que apoyan al candidato uribista.

Por eso las respuestas a mis preguntas serán las opiniones de Diegoth, viejo compañero de País Bizarro y activo protagonista de la discusión en Twitter y Facebook.

1. El primer punto que se me ocurre como situación en que es muy claro el contraste entre los partidarios de Santos y los de Mockus es la respuesta ante el presidente venezolano Hugo Chávez, su colaboración con las FARC, su armamentismo y su animosidad bestial contra Colombia. ¿Cuál es la actitud de los partidarios de Mockus? ¿Y la de los del otro bando?

Los que están con Mockus suelen hacerse eco de las amenazas de Chávez: "Si Santos gana, habrá guerra o bloqueo comercial". Olvidan que Chávez hizo lo mismo contra Perú: "Si gana Alan García, romperé relaciones con Perú". Olvidan también que Chávez no cumple esas amenazas, que no son tales sino simple presión electoral. Es lo que él aplica al pueblo venezolano con relativo éxito y cree que funciona igual en otros países. Parece que en Colombia a algunos sí les afecta dicho discurso.

En general quienes menos conocen a Chávez tienden a apoyar más a Mockus. Creen que Chávez se maneja bien con respeto y diplomacia, pero olvidan que respeto y diplomacia ha habido de parte de Uribe por muchos años, y que incluso Pastrana, quien jamás confrontó a Chávez, también recibió bastante oposición de éste a nivel diplomático. El mismo Mockus ha dicho que confiaría en el trabajo de los ministros venezolanos para arreglar los problemas con Colombia. ¿Cómo hay que explicarle que los ministros venezolanos siguen el libreto de su jefe según el cual Colombia y Estados Unidos deberán ser siempre la excusa para justificar la compra masiva de armamento y la represión de la oposición venezolana?

Algún mockusista incluso llegó a decirme que ante la actitud belicosa e ilegítima de Chávez, lo mejor sería un gobierno "legítimo" en Colombia con Mockus que aunque fuera derrotado en una guerra con Venezuela, ganaría el "respaldo moral" de la comunidad internacional. El derrotismo masoquista de unos mockusistas, la inconsciencia sobre el problema Chávez y la sumisión a sus amenazas, me recuerdan muchísimo el discurso de la izquierda colombiana que siempre se opuso a la derrota militar de la guerrilla.

Con Santos hay mucha gente de clase baja y del campo, que no tiene Smartphone a la mano para hacer "ola verde" en Facebook ni en Twitter, pero que sobre todo teme que se repitan los años en los que no podía trabajar el campo por temor a los violentos, porque no es sólo el miedo a que la guerrilla vuelva, sino a la anarquía que arrastra detrás, la que les llevó al paramilitarismo a sus tierras a rivalizar con la guerrilla por ver quién agredía más al pueblo. Los mockusianos explotan ese temor con la idea de que "es hora de dejar de temer y tener esperanza", pero a las víctimas primero hay que darles seguridad de que podrán vivir más años, y luego prometerles un futuro mejor, para que puedan creer que estarán vivas para entonces.

2. Muy en relación con lo anterior, el señor Mockus dijo que él no habría emprendido la Operación Fénix y aun dudó acerca de si se podría extraditar a Uribe por la persecución de las autoridades ecuatorianas en relación con esa operación. ¿Tienen claro los partidarios del ex alcalde lo que significaría no haber llevado a cabo esa operación y el costo en vidas y gastos militares que eso comportaría? ¿No sirve la respuesta a esa cuestión como un buen espejo del contorno moral y político de la "legalidad democrática"?
Es difícil para la gente pensar en función de lo que se salvaría o ahorraría a futuro al tomar ciertas decisiones, y más fácil es pensar en función de lo que se logró o perdió en el momento. El 1 de marzo de 2008 la inmensa mayoría de colombianos amanecieron respaldando la decisión de Uribe y Santos sobre Raúl Reyes y comprendieron lo que significaba sacar de circulación al personaje. Algunos hablan de al menos diez años de acortamiento a la guerra contra las FARC, con su consiguiente reducción en muertes, narcotráfico y secuestros. Ahora con la "ola verde" surgen muchas voces calificando a Santos de "asesino" por la Operación Fénix y exigiendo su extradición a la justicia ecuatoriana sumisa a las presiones políticas de Correa y Chávez. Son las mismas voces profarianas que aquel día protestaron contra el bombardeo. Al parecer, muchos que están con Mockus olvidaron lo que se ahorró Colombia aquel 1 de marzo y hacen eco del discurso profariano que exigió rabiosamente el encarcelamiento de Uribe (Juan de Dios Parra de la ALDHU, gobiernos de Ecuador y Venezuela). Buscar la aplicación de la "legalidad" para castigar a quienes nos protegen de unos enemigos declarados del país que no recurren a ninguna legalidad es absurdo o incluso hipócrita.



3. Ya que se ha mencionado la "legalidad democrática", ¿cómo describirías la actitud de los partidarios de Mockus respecto a la legalidad? ¿Qué es lo que entienden por "legalidad"? Cuando se trata de la Operación Fénix, parece que hubiera una legalidad "violada" por la propia disposición a respetar la ley y proteger al país, y una legalidad mejorable que propone Mockus, que recurriría más a la diplomacia a cualquier costo. En concreto, ¿qué creen que se debe hacer ante los procesos sesgados que emprende la CSJ, como el del coronel Plazas Vega y otros que en condiciones normales se considerarían prescritos y amnistiados, pero que en Colombia no lo están sino para los terroristas, así como los procesos basados en testimonios de Pitirri y personajes así, o la impunidad clamorosa de Piedad Córdoba, o los mismos líos de los magistrados y sus relaciones dudosas con personajes como Mancuso, Macaco, Asensio Reyes o Giorgio Sale?
Mockus impulsa una imagen de "político sin tacha" en una campaña donde él y sus seguidores contrastan a su bando "legítimo" con el resto, el "todo vale", el por ende "ilegítimo". Aunque la idea de arrimarse al bando de los "buenos" es atractiva para mucha gente, es la misma gente la que desvirtúa la integridad moral de esa actitud cuando sistemáticamente rechaza todo cuestionamiento a la Corte Suprema de Justicia ante casos como el del coronel Plazas Vega, a quien quieren juzgar en contra de un acuerdo de amnistía suscrito entre el M19 y el Estado colombiano, y por hechos que él ni siquiera manejó. A los seguidores de la "legalidad democrática" parece no preocuparles que una Corte Suprema tenga magistrados vinculados con narcotraficantes, aunque ni siquiera sean elegidos por el voto popular ni pueda nadie hacer nada para exigir su renuncia o su investigación. En cambio creen que "castigan" a candidatos presidenciales con su voto porque a su juicio, "no son legales".



4. Dentro de ese vasto concepto de "ilegalidad" de los mockusianos, en el que son equivalentes las personas bomba, que no importan a la gente en Colombia porque no salen en la prensa, y las interceptaciones telefónicas a personas como Jorge Enrique Botero o Hollman Morris, destacan especialmente estas últimas. Es el comienzo del programa "verde", como un intento de enmendar la política de seguridad democrática para hacerla "limpia", dando por sentado que no hay tramas de personas que viven en las ciudades y ejercen oficios como el periodismo, y a la vez trabajan para Chávez y las FARC. ¿Cómo ve ese escándalo un partidario de Santos?
Cuando Gossaín publicó su "editorial" con lenguaje escandaloso y emotivo, debió cautivar a muchísima gente. El oprobioso DAS espiaba a una cantidad de gente que para la opinión pública no puede ser calificada de intachable, y sobre todo, digna de confianza. Poco importaría el sentido común aquí. ¿A quién se le ocurre ordenar una larguísima serie de investigaciones ilegales a gente inocente que sólo hace un trabajo "dentro de la democracia", imprimir las pruebas de sus oscuras intenciones en papel, y dejarlas en un cajón esperando que una redada de la Fiscalía las decomisara y las repartiera a los medios para descubrir semejante trabajo de inteligencia? La gente en la calle no discute que las FARC usaran personas para detonar bombas ante comandancias policiales en apartados pueblos, sino que personajes que defienden y justifican a las FARC sean espiados, cosa que de ser cierta, apenas sería comprensible de parte de un gobierno interesado en descubrir a quienes en el exterior atentan contra los intereses nacionales y en casa encuentran maneras extrañas de reunirse con los terroristas para explotar primicias noticiosas.

Aquí tenemos a un movimiento repentino que exige al gobierno un juego absolutamente limpio e intachable al tiempo que protege a personajes que están muy lejos de corresponder a la ley de la misma forma. Es el mismo tipo de encubrimiento que hace mucho veíamos de parte de la extrema izquierda para proteger a sus fichas propagandísticas más evidentes. Ni siquiera veo un deseo real de exigir legalidad. Sólo veo complicidad y encubrimiento hacia un bando. Ante eso, recuerdo las palabras de Mockus contra la "ilegalidad": "Con tal de llegar al poder o vencer en el conflicto todo vale, cualquier camino sirve". El problema es que rebajar al Estado al nivel ilegal de la guerrilla creando escándalo en torno al DAS lo que hace es complementar el discurso fariano que busca ganar legitimidad ilegitimando a su contrincante, pero de una manera más fina y agradable.



5. Una cuestión a la que conduce sin remedio hablar de ilegalidad es la de la corrupción política. ¿Qué clase de enemigos de la corrupción son los verdes? ¿Hasta qué punto se puede considerar corrupto el desempeño del gobierno de Uribe en relación con cuestiones como los negocios de los hijos del presidente, el programa AIS, los pactos de estabilidad o las exenciones fiscales?
Para la gente los titulares de prensa suelen reemplazar los tediosos estudios o investigaciones, y frecuentemente incluso las sentencias judiciales. Un titular de prensa lee "Escándalo por AIS: millones de pesos fueron entregados a familias ricas en forma de subsidios". ¿Pero quién se pone a investigar en noticias viejas el resultado de las políticas de subsidios agrícolas aplicadas anteriormente? Es más, ¿quién se pone a investigar en qué consisten esos programas de fomento a la agricultura en todo el mundo, para saber si realmente en Colombia hubo un programa malogrado por la corrupción como dicen? Ante la incapacidad de Andrés Arias de defender su programa demostrando que el nivel de corrupción que se presentó fue mucho menor del que los medios explotaron, y que el esquema de AIS ni siquiera se podría considerar perjudicial para el país, a la gente le queda la imagen de estar ante un gobierno corrupto que ya no merece ser reelegido.

Aquí es donde el paladín anti corrupción Antanas Mockus entra a recoger votos a montones. Incluso llegar a calificar de "corrupción" la pírrica participación de los hijos del presidente Uribe en unos terrenos declarados luego zona franca refleja un desconocimiento generalizado de qué es corrupción y poco afán por informarse plenamente sobre los hechos. Creo que el escándalo alimenta más el imaginario popular que la investigación, porque entre leer una página de argumentos y un titular, lo segundo se adapta más al ritmo de vida de la gente. Y explotar esa tendencia popular con fines electorales resulta bastante fácil.

Con las exenciones a los impuestos de las empresas pasa lo mismo que dije al principio: la gente no ve lo que se gana a futuro sino lo que se afecta en el corto plazo. La gente ve una disminución en la recaudación de impuestos en el año actual. No cuántas industrias y puestos de trabajo se han creado con una política de favorecimiento a la iniciativa empresarial. Es curioso que los verdes nos pongan constantemente de ejemplo los modelos primermundistas europeos mientras defienden conceptos tan ajenos a las bases que permitieron el desarrollo de Europa.



6. Así ya se llega a la cuestión de las políticas económicas. El principal asesor económico de Mockus, Salomón Kalmanovitz, ha sido un crítico constante de las políticas pro-empresa que han distinguido a este gobierno, en particular de las exenciones fiscales a la reinversión de las utilidades. El mismo candidato ha criticado esas políticas porque las considera favorecedoras del factor capital y generadoras de desempleo. ¿Cómo ves tú la mentalidad predominante entre los partidarios del ex alcalde y las políticas que crees que aplicará Santos?
Mientras Santos ofrece seguir concretando un ambiente de seguridad jurídica y física para los inversores nacionales e internacionales, Mockus propone revertir las políticas de Uribe reduciendo los incentivos a la empresa. Ningún economista serio recomendaría a un gobierno asumir una actitud redistributiva del PIB mediante la aplicación del impuesto como método de regulación de la riqueza, porque todos los países necesitan tener una economía estimulada e impulsada por sus gobiernos para crecer. Ya con estímulos a veces es difícil crecer. ¿Cómo será en los países donde no existen dichos estímulos? Ni hay creación de empleo (que es el principal motor que saca de la pobreza a la población), ni mucho menos crecimiento económico que pueda sustentar el aumento del PIB y por tanto el poder adquisitivo de la gente. Si a esto le sumamos la recomendación de Mockus a las empresas de detener la modernización de su tecnología para dar prioridad a la contratación laboral, tenemos al típico regulador que al final termina espantando la inversión con leyes destinadas supuestamente a aumentarla.

Esa propuesta de Mockus es muy preocupante, porque refleja un profundo desconocimiento de la dinámica laboral del mundo moderno, donde la introducción de nuevas tecnologías y servicios a un país, por subdesarrollado que sea, suele traducirse en una evolución del mercado laboral hacia nuevos campos, y nunca en una reducción absoluta de las oportunidades laborales. Es como proponer la eliminación del alumbrado eléctrico en las calles para poder contratar otra vez faroleros y estimular las fábricas de lámparas de gas, como si nunca se hubieran formado electricistas

Santos en materia económica no sólo tiene conocimiento sino también un amplio sentido de la responsabilidad, y por eso sus propuestas económicas más allá del continuismo se enfocan en rebajar el IVA y eliminar el impuesto bancario ampliando la base. No así Mockus, quien propone aumentar el IVA incluso hasta el 23% en productos que supone "suntuarios" pero que reducirían la actividad comercial y sobre todo encarecerían la modernización empresarial.

No veo en Mockus una noción clara ni sensata de la competitividad. Todo presidente serio sabe muy bien que el capital es fundamental para crear trabajo, y su reducción afecta negativamente la actividad industrial y comercial, arrastrando la creación de nuevas fuentes de trabajo al descenso, a menos que tenga un plan de inversión estatal, lo cual, como todos sabemos, tiene por regla derivar en más corrupción y derroche. La política de exenciones fiscales evita el vicio de encarecer la inversión empresarial, que de todos modos se desquitaría con el precio de venta de los productos, así que indirectamente ya representa un alivio para el costo de vida de los consumidores.

Lo más extraño de esas propuestas redistributistas es que en Colombia se presenta la situación de que un amplio sector de la clase media alta y alta prácticamente no paga impuestos por ser asalariados y no empresarios, y con la imposición de impuesto a la renta los únicos que pagarían más impuestos serían precisamente quienes pagan salarios en vez de cobrarlos, quienes generan empleo en vez de ocuparlo. Nada desestimula más la creación de empresas y la evasión de impuestos que la perspectiva de tener una rentabilidad reducida por una mayor carga tributaria.

Santos le apuesta a la inversión y la competitividad. Mockus le apuesta a los modelos económicos antiguos que históricamente han dificultado el desarrollo económico de América Latina. Claramente la propuesta de frenar la inversión en tecnología en las empresas de ninguna manera lo veo como un estímulo a la creación de empleo (a menos que se trate de empleos de muy bajo nivel y que no requieran de ningún conocimiento moderno), y es una peligrosa concesión frente a los mercados internacionales, cada vez más modernizados y competitivos.

7. Como gran panacea para remediar los problemas de Colombia, los partidarios de Mockus hablan de educación, concepto en el que yo no he podido distinguir cuánto se puede entender como "adoctrinamiento" (creación de actitudes, valores y normas) y cuánto como "formación" (transmisión de destrezas y conocimientos). Se pretende una especie de revolución ética que asegura la jerarquía de las personas que cuentan con títulos de prestigio, al tiempo que se sacralizan leyes como las que emanan de la Constitución de 1991, o las derivadas de sentencias de las altas cortes que en opinión de muchos hacen inviable el aparato estatal. ¿Cómo percibes tú esa visión pedagógica?
Lo que más me extraña es la sarta de contradicciones de Mockus con respecto a la educación. En todo cuestionario a los candidatos, sus respuestas sobre el tema de la educación suelen ser las más breves. En los debates, es el que menos responde lo que se le pregunta al respecto. Y eso que es el "candidato de la educación", y supuestamente el más culto, aunque si nos refiriéramos a títulos académicos, tal vez Rafael Pardo tenga más años de formación a cuestas. Es extraño porque un día Mockus admite que a su hermana de nada le sirvió tanto estudio universitario incluso en Europa porque le costó mucho conseguir empleo luego. Entonces, ¿para qué estudiar tanto si el título no facilita la contratación laboral según su observación? Y pareciera un desencantado de la universidad al sugerir que se gradúen menos médicos como fórmula para reducir la oferta laboral en ese campo y aumentar los sueldos. Él, que fue rector de la universidad más grande de Colombia, lo ha dicho ya en dos ocasiones: "estudien menos".


Así que Mockus en vez de proponer un fuerte estímulo a la educación y la formación profesional (¿quién necesitaría aprender a trabajar con nuevas tecnologías bajo un gobierno que recomienda a los empresarios demorar la modernización tecnológica para contratar empleados de formación anticuada?), lo que hace es proponer una utopía pedagógica, una especie de embrujo con el que piensa replicar ciertos cambios observados en la actitud de los bogotanos durante sus alcaldías mediante programas de "concientización ciudadana" mediante la aplicación de multas y programas pedagógicos callejeros, en todos los aspectos de la vida de todo el país.

En pocas palabras, su utopía pretende transmutar el uso del cinturón de seguridad al conducir en el abandono masivo y mágico de las plantaciones de coca, el narcotráfico, la lucha revolucionaria, el sicariato, el secuestro, la corrupción, la estafa y la larga lista de históricos males que aquejan a Colombia. El medio para lograr dicha transformación de la vida cotidiana de 43 millones de personas incluso (yo diría que sobre todo) en las regiones más apartadas del país sería el simbolismo al que suele recurrir.

Esta pedagogía mockusiana despierta esperanza e ilusión en millones de personas, del mismo modo en que el discurso de algunos infames utópicos despertó oleadas de crímenes en la historia de la humanidad. Aunque comparar a Mockus con Hitler o Robespierre sea muy exagerado, pretender hacerlo con Gandhi definitivamente también lo es. Y si bien Mockus no tenga la tendencia criminal de un genocida, tampoco le veo un plan concreto que pueda recordar a Gandhi y su política de no agresión, que era tan sencilla que a algunos les costó entenderla. En Mockus hay una utopía pedagógica que no es sencilla ni complicada. Es a veces ininteligible (como afirma Carlos Gaviria al mencionar el ejemplo del sombrero de tres puntas para anunciar un decreto municipal), y a veces desconcertante, como cuando recurre a la democracia deliberativa y a la delegación de responsabilidades mediante la consulta popular cada vez que se vería contrariado en una iniciativa presidencial.

Lo que para mí explica la adhesión masiva a dicha utopía es el viejo sentimiento latinoamericano de someterse a la voluntad del caudillo, ya no militar esta vez, ni siquiera popular, sino el caudillo maestro. A muchos colombianos, como buenos latinoamericanos, les gustaría tener un presidente que les señale el camino para todo, y sobre todo que les "enseñe a ser europeos como el maestro". El problema es cuando se llega a creer que con pedagogía se va a hacer crecer la economía y evitar la intromisión de otro caudillo, éste sí militar e inescrupuloso, desde el otro lado de la frontera. Pero quizá les satisface más sentir que se empiezan a asemejar a los europeos en costumbres ciudadanas gracias a la guía del maestro, que analizar seriamente el rumbo que tomaría el país con respecto a temas más realistas e importantes. A un sector de los mockusistas no le veo ningún compromiso con el progreso del país, sino más bien la tradicional tendencia de la izquierda colombiana de mantener sus privilegios sociales. Y ese sector no es solamente el de izquierdistas que están con Mockus sino al propio Mockus. Creo que la mayoría de quienes siguen a Mockus no comprenden eso.



8. Al pensar en todo ese discurso sobre la educación, la pedagogía, etc., se me ha quedado fija en la mente la idea del tipo de base social de la ola verde. ¿Qué grupos sociales crees que se ven representados en el mockusianismo y cuáles son sus aspiraciones en la Colombia de la segunda década de este siglo? Puede que una descripción acertada de ese medio social permita entender mejor cuáles son los motivos y las aspiraciones de quienes siguen la ola verde.
Ellos mismos lo dicen: son en su mayoría clase media, media alta y alta. Si no fuera por el chantaje electoral que Chávez pretende imponernos con sus amenazas contra el comercio de ganar Santos, la clase empresarial que en gran parte se benefició del mercado venezolano apoyaría a Santos y no a Mockus. Esta gente se define porque son varios grupos: el mockusista tradicional, que es quien siempre admiró a Mockus desde que era alcalde y cree que la utopía pedagógica puede extenderse a todo el país con resultados positivos. El "uribista con Mockus", el más distraído de todos, que lo único que hizo fue cambiar de caudillo y creer en toda la propaganda antiuribista que se disparó sobre todo durante la campaña electoral. Y está el "mockerto", que es el mamerto de siempre que ve en la utopía pedagógica la mejor oportunidad desde Samper para desviar al país por la vía de la economía regulada, el mercado protegido, la carga fiscal recostada de la clase empresarial, y la mejor oportunidad en muchos años de emprender una guerra de venganza política contra los enemigos de la guerrilla, apelando a la justicia y la "legalidad democrática" para desmantelar todo vestigio de uribismo de la clase política colombiana.

Todo caso de "falso positivo" para ellos podría ser el camino hacia la responsabilidad política de Uribe, Santos y la cúpula militar, buscando la manera de inhabilitarlos por años. Considerando que cuentan a su favor con la Corte Suprema de Justicia, las probabilidades de que tengan éxito con una persecución semejante son altas.

El programa económico de Mockus no hace ninguna mención a acuerdos comerciales con el primer mundo, y en cambio se vuelca totalmente hacia acuerdos regionales que incluyen a Venezuela, un país que se sabe que sólo propone acuerdos de integración dentro de su eje expansionista castro-chavista. Creo que cada mockerto leyó dicho programa y lo asumió como la mejor oportunidad que puede tener de reparar y reforzar el viejo esquema económico colombiano donde no hay clases emergentes sino solamente clases privilegiadas. Aunque el mockerto no sea la parte mayoritaria del electorado de Mockus, creo que es la más representativa.



9. El mockusianismo se define por su indefinición, por su vaguedad. Su lema extremo es la legalidad, que al parecer incluye el reconocimiento a Chávez y la sacralización de las cortes colombianas. Cuando se trata de la economía, al mismo tiempo buscan el respaldo de la tecnocracia más envarada y solvente, así como de pensadores como Pedro Medellín, para quien la biodiversidad "moviliza" el 45 % del PIB mundial (afirmación idiota donde las haya), o como William Ospina, para quien las sociedades precolombianas eran paraísos que desconocían la injusticia y la opresión. ¿Cuál es la impresión que te han dejado los mockusianos de Twitter y Facebook respecto a sus convicciones ideológicas, si se identifican más con Bush o con Zapatero, si consideran deseable la asimilación a las democracias de Europa y Norteamérica, o como dice su programa, la integración regional? ¿Qué crees que harían si ganaran respecto a la tradicional política colombiana de "Respice polum"?
Los mockusianos son otro saco de gatos más, donde todos caben, excepto los que están muy claros en oponerse al fin del uribismo. He visto verdes frívolos y hasta infantiles, como ciertos actores de telenovelas de sicarios, prepagos y narcos, diciéndonos que debemos votar por Mockus porque ellos lo dicen. He visto antiuribistas rabiosos, fieles seguidores de sitios que rayan en la calumnia como Uribestiario, metidos en la ola verde. Hay mucha gente que estaba con el Polo, alegando que es mejor votar por Mockus porque tiene más chance de ganar que Petro (de algún modo admiten que el programa de Mockus les satisface en algo). Es frecuente encontrar gente muy intolerante entre la ola verde, pero también uribistas que creen que Mockus sería "una buena continuación a la labor de Uribe".

En general, los que no son mamertos y realmente no desearían la supervivencia del terrorismo, creen que el trabajo de Uribe debilitando a la guerrilla fue tan bueno que ya no le temen a los violentos. Creen que ya están controlados y nunca podrán recuperarse. Los otros, los que se oponen a que la guerrilla se rinda sin poder negociar la democracia, le hacen campaña a Mockus incluso citando como "fuente de inspiración" las arengas de personajes chavistas como William Ospina o a quienes critican a Chávez sólo por ser chabacano y no antidemócrata, como Héctor Abad Faciolince. Son los que se emocionaron al ver tanto integracionismo regional sin Europa ni Norteamérica en el programa de Mockus. Son los que creen que Mockus es mucho más un "tecnócrata pseudoneoliberal socialista" que un "tecnócrata pseudosocialista neoliberal", y no son bobos. Si votan por Mockus, es porque algo en él han visto que les agrada.

He visto gente apoyando a Mockus al tiempo que hacen unas exigencias que él jamás ha tocado, o que al contrario, ha dicho que no piensa atender. Gente a la que le explico que por sus consignas su candidato perfecto sería Gustavo Petro o Rafael Pardo. Es difícil ver a la ola verde como una masa de ideas claras que podría ver en Mockus a un presidente al que todos le puedan exigir que tome un camino consensuado. Ni el mismo Mockus está claro en diversos aspectos de la presidencia. Como dijo Germán Vargas Lleras: Mockus representa un salto al vacío, literalmente.



10. Para terminar, ¿cómo ven los mockusianos la historia colombiana reciente? ¿Qué papel le atribuyen a los dos gobiernos de Uribe y a sí mismos como supuestos enterradores del uribismo? ¿Siguen una tradición o empiezan la historia con su triunfo? Hasta donde yo he leído, el mockusianismo cuenta con el respaldo de los grupos sociales y políticos que dominaban en Colombia en los noventa, los columnistas afines a Gaviria, Samper y Pastrana son con frecuencia entusiastas mockusianos, al tiempo que el grueso de opinadores reconocibles como valedores de la "izquierda democrática" se han pasado a apoyar la ostentosa y a menudo lamentable "decencia" de la ola verde. Además de la visión que crees que tienen, ¿cuál es la tuya sobre la obra de Uribe y la historia colombiana reciente?
No falta el mockusiano que dice que estos ocho años son un asco y que ahora estamos peor que antes. Y tampoco falta el "uribista" que cree que Uribe estuvo bien para lo que le tocó, pero se estaba saliendo de la vía legal con los escándalos de las chuzadas del DAS y los falsos positivos. Igualmente el escándalo que se formó por Agro Ingreso Seguro contribuyó a reforzar esa sensación. Es curioso que ahora por obra y gracia de la "legalidad democrática", personajes como Piedad Córdoba tengan más apoyo que el coronel Plazas Vega, sólo porque supuestamente habría sido espiada al mostrarse tan abiertamente afín a las FARC, algo que cualquier ciudadano normalmente apoyaría.

En los mockertos veo euforia. Realmente se frotan las manos con la idea de cortar la continuidad uribista ante la mejor oportunidad en ocho años de acabar con la Seguridad Democrática y retomar la tradición de contar con un Estado rentista y amplio que les ofrezca más puestos burocráticos. Y no es que esa idea esté muy clara o asegurada con Mockus, pero sí está indudablemente más cerca con él que con Santos, sobre todo si los próximos cuatro años llegaran a representar un corte de poder en el uribismo y una oportunidad para asentar sectores antiuribistas alrededor de Mockus. Insisto en que los mockertos no son ni distraídos ni tontos. Si Telesur promueve a Mockus al tiempo que critica a Santos, si Chávez se cuida de desconocer que alguna vez hubiera hablado con Mockus y amenaza a la clase industrial colombiana con acabar el comercio si gana Santos, si Mockus se cuida de no criticar a Chávez por sus abusos contra la democracia hasta el punto de terminar admirándolo y respetándolo, es porque en los planes de Mockus, tal como lo dice su programa económico, está acercar a Colombia a los clubes chavistas del vecindario como el Alba y Unasur, más que promover la modernización de la economía con los tratados de libre comercio con el primer mundo.

Sería lamentable que Colombia perdiera el impulso que Uribe le dio al país, porque no sólo evitó la debacle que se venía tras el fortalecimiento de las Farc, sino que instauró un modelo económico que nos acerca a las democracias occidentales del primer mundo. Algunos detractores de Santos dicen que él se limita a ser continuista de Uribe, pero yo les pregunto a ellos si esperan reinventarse la rueda triangular cuando la circular nos ha estado funcionando más bien que mal.




(Publicado en el blog Atrabilioso el 25 de mayo de 2010)