lunes, febrero 17, 2014

Los colombianos y los derechos humanos


¿Para dónde va el mundo?

Es muy difícil encontrar un sentido a la historia humana, pero el proceso de la cultura occidental desde la época griega apunta a una continua superación de la crueldad, de la miseria, de la inseguridad, de la violencia y de la arbitrariedad y una continua armonización de las sociedades. Claro que hay retrocesos y crisis, pero lo cierto es que en Europa y América la libertad y el bienestar son hoy mucho mayores que en los siglos anteriores.

Renacimiento, Reforma, Ilustración, Liberalismo
Ese proceso pasó en Europa por diferentes pasos desde la Edad Media, periodo en el que se crearon las naciones modernas y los pueblos germánicos y eslavos adoptaron el cristianismo. El Renacimiento fue la recuperación de valores y conocimientos de la Antigüedad que se habían perdido por las invasiones bárbaras. El nombre de dicho movimiento fue humanismo, y se desarrolló entre los siglos XIV y XVI. La Reforma de los siglos XVI-XVII, una corriente cristiana que reivindicaba la autonomía de las personas frente a las autoridades eclesiásticas y la interpretación libre de los textos sagrados, fue el proceso que siguió al Renacimiento y tuvo su centro en los países europeos occidentales que no habían formado parte del Imperio romano. Como respuesta, la Iglesia oficial, apoyada por el entonces hegemónico Imperio español, lanzó la Contrarreforma, la reafirmación de los dogmas medievales que habían sido cuestionados por el Renacimiento y la Reforma. Este movimiento es muy importante porque, en la época de colonización de América, España estaba hundida en la Contrarreforma y representaba en Europa la reacción, el pasado y el oscurantismo, con su régimen de terror de la Inquisición. De ahí viene el atraso hispanoamericano.

La Ilustración fue el paso siguiente y tuvo su centro en los países en los que no triunfaron ni la Reforma ni la Contrarreforma: Francia e Inglaterra. Nueva afirmación de la libertad individual y predominio de la duda filosófica sobre las certezas del dogma religioso. Los ideales con que se creó la nueva nación surgida de las colonias británicas en la costa Atlántica de Norteamérica son el fruto directo de la Ilustración, aunque aplicados por hijos de la Reforma. Trece años después de esa fundación estalló la Revolución francesa, acontecimiento complejo cuyo eje fue el fin del absolutismo y el surgimiento de nociones modernas como la soberanía nacional (es decir, del pueblo y no del rey) y la famosa tríada de lemas que la movían: libertad, igualdad, fraternidad. El imperio napoleónico que la sucedió y las guerras que terminaron con el predominio francés en Europa abrieron el camino al liberalismo que marcaría el siglo XIX, con la abolición del tráfico de esclavos, el afianzamiento del sistema democrático en Estados Unidos y el crecimiento del parlamentarismo en buena parte de Europa.

Nociones de izquierda y derecha
Si se ve en esos movimientos una corriente dispersa y poco nítida pero continua, y se admite que comparten un impulso por la libertad de las personas, se podría detectar ahí el origen de las nociones de "progreso" y "progresismo". También de "izquierda", palabra que se aplicó al grupo que se sentaba a ese lado en una votación de la Asamblea francesa sobre el derecho de veto del soberano. Desde entonces "izquierda" se entiende como el rechazo al absolutismo y la defensa de las libertades y derechos individuales registrados en la Declaración que acompañó a la Revolución francesa y que Antonio Nariño tradujo e imprimió en Colombia. En el sentido recto de las palabras, la izquierda es el bando de Nariño y la derecha el de Caballero y Góngora.

Dentro de la izquierda, como alternativa a lo establecido, se desarrolló durante el siglo XIX la corriente socialista, partidaria de que el Estado actuara como "redistribuidor" de la riqueza, haciendo prevalecer el interés común sobre el derecho de propiedad. El socialismo terminó correspondiendo en cierta medida a la expansión estatal y los apetitos de los burócratas. También se dice que respecto al liberalismo, que era la ideología propia de la clase burguesa, el socialismo es como una revancha del despotismo ilustrado del siglo XVIII, que era la ideología de los monarcas y las aristocracias que regían entonces: el retorno de la jerarquía. (La clase burguesa es la gente de las ciudades, los comerciantes y artesanos que al cabo de muchas generaciones en algunos casos poseían grandes fortunas y que en el contexto del siglo XVIII era lo mismo que "el pueblo" o el "Tercer Estado", en contraste con la aristocracia y el clero.)

Es decir, el socialismo en su origen era un sector de la izquierda que encontró en Marx un teórico radical con grandes aptitudes literarias y un proyecto que prometía ser liberador y redentor de las masas miserables que pululaban alrededor de las ciudades en que reinaba la burguesía. Es muy importante que se entienda que para Marx y para sus seguidores del siglo XIX el Estado es una máquina de opresión y lo que se busca es su extinción. En las circunstancias rusas de 1917 y después, la idea marxista de la dictadura del proletariado se volvió el verdadero fin del comunismo, de paso forzando la identidad entre el proletariado y el partido y la sumisión total de éste a la nomenklatura.

De tal modo, la izquierda no es de por sí colectivista, si se atiende a su sentido de resultado de una tradición de progreso, y menos estatista. El colectivismo es un rasgo de la Iglesia católica y de su espíritu medieval y de ahí viene la asociación entre católicos y comunistas en Iberoamérica. Si se piensa en el proceso que he explicado arriba de avance de la libertad, el colectivismo y la Iglesia no deberían ser considerados como "izquierda", pero es por otro tránsito semántico que se ha registrado a partir de la hegemonía ideológica tradicional de la Iglesia: dado que el colectivismo es cristiano y el socialismo es colectivista, las nociones de "socialista" y "cristiano" (en el sentido de la compasión y el amor al prójimo) se confunden. Socialismo (que quiere decir "estatismo") y colectivismo han pasado a ser lo que la gente entiende como "izquierda", pero sólo son un elemento reaccionario respecto al progreso (el colectivismo) sumado a una perversión de la izquierda (el socialismo, que parte del principio igualitario y termina en el culto del Estado).

La Declaración Universal de los Derechos Humanos
En donde se expresa sin ocasión para la duda el sentido de la noción de "izquierda" de la tradición, es decir, del bando de Antonio Nariño, de los humanistas, reformistas, ilustrados y liberales y aun de los socialistas que no se habían entregado al absolutismo bolchevique, es en la declaración que impuso el régimen estadounidense a las potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial en 1948. Es decir, frente a la perversión totalitaria se imponía la tradición progresista y sus valores nucleares de libertades individuales y derechos humanos básicos.

Esa imposición está en la base de la historia posterior: el régimen soviético no volvió a las orgías criminales de los años treinta y sus satélites en Europa se integraron en el Consejo de Europa, organismo que vigiló los derechos humanos desde 1949. Las evidentes violaciones que cometían los regímenes totalitarios contra una ley universal que habían firmado sirvieron de fundamento a la resistencia que terminó levantándose y acabando con el comunismo en 1989.

También la ONU, surgida de esa declaración, desempeñó un papel importante en la democratización posterior. Se suele considerar a los representantes de esta organización en Colombia como aliados de las bandas terroristas, cosa que efectivamente a menudo son. El problema es que en la opinión de muchos colombianos es más fácil oponerse a los derechos humanos que cuestionar con base en ellos la conducta de esos funcionarios. Un aspecto decisivo es la creencia generalizada en los países avanzados de que las guerrillas colombianas son movimientos populares de sectores oprimidos y excluidos y no exactamente el medio de opresión y exclusión de los usufructuarios de la desigualdad, de los herederos de privilegios y rentas improductivas derivadas de la sociedad colonial. Eso ocurre porque no se ha respondido eficazmente a la propaganda.

Si se atendiera al diccionario, a partir del significado sociológico de la llamada "izquierda" colombiana y de los efectos de sus actuaciones (ya he contado muchas veces que tras la Constitución de 1991 el índice de Gini subió casi 10 puntos hasta 2002), sería muy fácil saber qué es. Es la derecha, el partido de los jesuitas, de los juristas, de los delfines de familias patricias y de los profesores universitarios. (Hay una profunda relación entre las ideas progresistas y el desarrollo material, son la misma clase de personas las que profesan las unas y realizan lo otro y ocurrieron al mismo tiempo en los mismos países; en Hispanoamérica, los retrógrados y parásitos usan ese disfraz que no les corresponde, no es casualidad que no haya ningún invento importante de origen hispanoamericano, ningún avance científico, ninguna manufactura de calidad que cuente en el mercado mundial, nada).

Ideología colombiana
Pero el hecho de que la casta dominante no se pueda llamar lícitamente izquierda no quiere decir que sus contradictores sí lo sean, o no sean también de derecha. El motivo está en el origen contrarreformista de la sociedad y en la herencia compartida de la mentalidad del castellano viejo. En muchísimos casos hay una nostalgia de formas de vida antiguas o un anhelo de amalgama que integre algunos elementos del bienestar del mundo civilizado con ventajas específicas para cada sector o para cada individuo que opina. La elemental pretensión de avanzar hacia la asimilación a los valores del mundo moderno es sencillamente un escándalo para la mayoría de los colombianos que expresan sus opiniones.

De ahí que nadie recuerde que los derechos humanos reconocidos en esa declaración son un compromiso del país que no se puede violar. A los contradictores del terrorismo les parece que los derechos humanos son una añagaza gracias a la cual los terroristas sacan ventaja, cosa que es rotundamente falsa. Lo que ha hecho avanzar a los terroristas es la guerra jurídica y los desvaríos de los gobiernos, no el hecho de que no se pueda torturar o asesinar sin juicio a los terroristas desarmados.

Es verdad que una parte de la guerra jurídica la constituyen las ONG que se autodenominan de paz y derechos humanos, pero no obtendrían nada si previamente no controlaran el poder judicial. Es decir, no obtendrían nada ilícito, porque si denunciaran torturas reales u otros atentados contra los derechos humanos estarían protegiendo la misión del Estado, que en esencia es proteger esos derechos.

Esas ONG en el contexto colombiano son el principal frente terrorista, pero su éxito jurídico y propagandístico se basa en la escasa organización y eficacia de la respuesta. Es decir, las bandas terroristas expresan el orden profundo de la sociedad: las universidades forman personajes de vocación parasitaria que se suman a la "lucha" (uno de los más descarados ideólogos de las FARC, el exmagistrado Rodrigo Uprimny publicó el domingo una legitimación de los niños bomba basada en el pretexto de que el derecho exige la lucha) y para defender la justicia no hay casi nadie, ni siquiera las víctimas.

Dentro de ese odio contra los derechos humanos se inscribe la campaña del concejal de Medellín Juan Felipe Campuzano por la pena de muerte y la tortura a los sicarios, genialidad que ha tenido una amplia repercusión en las redes sociales y que tiene la magia de poner a los empresarios de los niños bomba, como el citado Uprimny, en el bando de los defensores de la ley. En su fervor, Campuzano no vaciló en poner ejemplos de países en los que se aplica la ley islámica, y aun a mostrarse solidario con uno que le hacía propaganda.

Más allá de la cuestión misma de la pena de muerte, creo que lo que aflora en esa embriaguez es otra cosa. Supongamos que se aprobara la pena de muerte, ¿quién la aplicaría? ¿A quién? Ninguno de esos entusiastas muestra la menor confianza en el poder judicial colombiano, con toda razón, por lo que podrían inferir que los condenados a muerte serán a menudo inocentes, mientras que los asesinos y quienes los contratan seguirán quedando impunes como hasta ahora (ninguno de esos comentaristas en ningún caso lamentó que no se los capturara, sino que no se les aplicara la pena de muerte siendo que la de prisión tampoco se les aplica). Lo que desean es el espectáculo del asesinato, otra explicación no hay a esa distracción. Y es en el fondo nostalgia de lo que se hacía antes: las quemas de brujas de la Inquisición no tenían sólo una función pedagógica sino que también eran la provisión de círco que se podía ofrecer a la chusma.

En rigor, la pena de muerte es una violación de los derechos humanos. Una mirada al mapa en que aparecen los países que la aplican deja a EE UU como el único país democrático avanzado en que se aplica.Ojo a esto: 

Ejecutados en 2011: China  (?), Irán (360+), Arabia saudí (82+) Irak (68+), Estados Unidos (43), Yemén, Corea del Norte, Somalia, Sudán, Bangladesh, Vietnam, Sudán del Sur, Taiwán, Singapur, Autoridad Nacional Palestina, Afganistán, Bielorrusia, Egipto, Emiratos Árabes Unidos, Malasia, Siria.

También en EE. UU., un país de 300 millones de personas, el número de ejecutados en 2011 fue de 43, mientras que en Colombia sería muchísimo mayor.

En conclusión
Lo que se extrae de todas las respuestas de colombianos opuestos al terrorismo que uno encuentra es una hostilidad aún mayor a los derechos humanos. Muchísimas personas me respondían cuando cuestionaba a Campuzano con el cuento de que los sicarios no habían respetado los derechos humanos de sus víctimas, graciosa operación con la que las instituciones resultan degradadas al nivel de los sicarios. La cuestión de la eficiencia policial a la hora de capturar a los criminales no le interesó a ninguno, era como una molesta cuestión de trabajo cuando la embriaguez de justicia les resultaba tan halagadora.

Ese odio a los derechos humanos forma parte de sus convicciones derechistas, que ciertamente no son una respuesta al terrorismo comunista sino más bien una manifestación del mismo fenómeno, de la incapacidad de asimilar los valores de democracia y libertad que definen al mundo moderno.

Lo que en mi opinión hace falta es una reivindicación de los derechos humanos que permita denunciar a los criminales que explotan su defensa como parte de su labor conjunta con los que mandan niños bomba. Si los políticos e intelectuales colombianos denunciaran a todos los funcionarios y periodistas extranjeros que aluden a Piedad Córdoba, Iván Cepeda u otros asesinos como "defensores de derechos humanos" ante sus gobiernos y organizaciones, otro gallo cantaría. Pero plantear eso es quedarse en minoría: un pobre diablo anónimo llamando a la sensatez cuando los valientes herederos de Joseph de Maistre y demás precursores del fascismo prometen sangre y toda clase de efectos gore, está condenado al fracaso.

(Publicado en el blog País Bizarro el 8 de enero de 2014.)