martes, agosto 24, 2010

El bando de Mockus

La "ola verde" es un fenómeno más bien misterioso que no se corresponde con los resultados reales de los candidatos del Partido Verde y de la lista de Fajardo en las legislativas. Infinidad de comentarios a las noticias de El Espectador dejan ver, por las firmas, pero sobre todo por el estilo, que el fervor del candidato en Facebook es una fiebre inducida por personajes extremistas que siempre defienden a Chávez, a Piedad Córdoba y también a la guerrilla.

No quiere esto decir que no haya una mayoría de fans del ex alcalde que desaprueban los crímenes guerrilleros y aun al régimen venezolano. Pero se trata sobre todo de personas nacidas en los ochenta y a principios de los noventa, y cuya inocencia las hace manipulables. El problema es que no podrán admitir que tal es la situación porque aceptarlo sería infligirse la peor herida en su amor propio. Basta con ver el papel que han tenido las personas muy jóvenes en otros momentos de la historia, pero es que también a esas edades, y más en Colombia, no se ha tenido tiempo de leer muchas obras históricas.

Esa inocencia es particularmente evidente cuando se piensa en los medios de comunicación. Claro que todo el mundo desconfía de las intenciones de los periodistas, pero también todo el mundo consume lo que dicen. Por lo general, sin mucho sentido crítico. Un lector de prensa nacido antes de 1970 recordará el fervor de los medios con la negociación del Caguán y la obstinada insistencia en que el gobierno se repartiera el poder con las FARC. Cuando esta persona lee la incesante campaña según la cual el gobierno cometió un tremendo peculado con el programa AIS, no le será difícil asociar ambos hechos: la gran prensa siempre ha estado en contra de Uribe y a favor de los que quieren premiar a los terroristas. La percepción que tienen los jóvenes de un terrible océano de corrupción y de la necesidad de otro gobierno para remediarlo sólo es lo que les inculca la prensa.

Pero lo esencial es la situación de acostumbramiento. ¿Cómo se puede esperar que un joven estudiante entienda que la omisión de la noticia de la mujer bomba de Samaniego Nariño o la escasa importancia que da la prensa a cada episodio en que mueren soldados y policías obedece a una intención perversa? Seguramente le parecerá un hecho trascendental que, al cabo de varios meses de ocupar las portadas, las FARC le entreguen a Piedad Córdoba, Virgen de las Mercedes de esa sociedad canallesca y cínica, a algún cautivo. ¿Qué importa que en esos meses hayan matado a cientos de personas? La realidad que una persona percibe a través de la prensa es tan real para ella como la de su propia piel.

Y ser joven es en realidad la situación de indefensión que determina el conformismo. Lo mismo ocurre con la opinión. Por la herencia cultural, a un colombiano pocas cosas lo enaltecen más que ser considerado intelectual. De ese modo, quien lee las columnas de opinión está expuesto al halago y la manipulación de sus autores. Y ese halago es sobre todo condena de quienes ostentan cargos de poder: en la consuetudinaria denuncia de todos los desafueros del presidente o de los ministros hay una continua oferta a la persona ordinaria de compararse con ellos. Basta con estar de acuerdo con el columnista para formar parte de una comunidad superior moralmente. ¿Qué importa que esos personajes sean con frecuencia políticos corruptos que ocupaban cargos en gobiernos que los jóvenes no conocieron porque eran niños, como es el caso de María Jimena Duzán, cónsul en Barcelona gracias a la voluntad de Pastrana de mostrarse generoso con la izquierda que no condenaba a las guerrillas? El consumidor de indignación ya tiene suficiente con resultar superior a la triste realidad que lo rodea. No faltaría más sino poner en duda las bases de semejante deleite.

Se habrá quedado pensando el lector en la idea de que la situación del joven induce el conformismo, siendo que lo que se cree es, por el contrario, que el joven es rebelde y está dispuesto a cambiarlo todo. Es que el conformista no se da cuenta de que lo es, el adolescente no se da cuenta de que intenta a toda costa parecerse a su grupo y más bien cree que está diferenciándose de sus padres. Desde hace muchas décadas a cada generación la halagan los creadores de moda para que consuma productos diferentes, pero las bases del negocio son siempre las mismas. El joven que se suma a la ola verde no es que esté cansado de tanta corrupción y busque un gobierno de personas honradas que no tengan la guerra como único norte, sino que simplemente obedece lo que le mandan los dueños de la prensa, los grupos sociales poderosos, sus modelos (es decir, sus conocidos de mejor condición social) y sus maestros.

Y sobre todo, en esa asimilación de un discurso hegemónico gracias a la superior condición socioeconómica de los enemigos del gobierno, como el Grupo Santodomingo, dueño de El Espectador, a la disposición de recursos (que permite poseer los medios de comunicación) y a la reproducción inercial de la mentalidad tradicional, hay muchísimas lagunas que pasan inadvertidas a la persona joven de un país primitivo, a la que resulta, sólo por su ignorancia, fácil convencer de que está a punto de empezar una historia maravillosa y nunca antes vista. Esas lagunas corresponden sobre todo a lo que los promotores de la ola verde, empezando por el señor Mockus, dan por sobreentendido. ¡Todo es maravilloso y perfecto salvo por esas sanguijuelas de los políticos uribistas que impiden que reine la paz, el amor y la justicia! En realidad todo es grato, incluido el acceso generalizado a internet, gracias a la eficiencia del gobierno salvando al país del caos.

De modo que conviene prestar atención a la clase de personas que promueven la ola verde. Puede que los barbilindos enamorados de sí mismos y de su infinita cultura no tengan, después de conocerlas y de entender lo que realmente dicen, muchas ganas de estar en semejante compañía.

Por ejemplo, hay un columnista de El Espectador, Sergio Otálora Montenegro, que ofrece su versión de la "seguridad democrática":

Nunca había estado tan claro como en estos últimos ocho años: para que el discurso y la praxis de la guerra sean posibles, es necesario construir un complejo entramado de corrupción destinado a consolidar, legitimar y continuar un proyecto de poder autoritario. Esa podría ser la síntesis de la llamada seguridad democrática.

A este personaje le parece que la seguridad democrática es un invento concebido con fines perversos porque en la época en que Pastrana ponía al ejército a colaborar con los secuestradores y les garantizaba a las FARC un territorio del tamaño de Suiza para que cultivaran coca, produjeran cocaína, guardaran a miles de secuestrados y reclutaran a miles de niños, él pedía que el gobierno reconociera a las FARC como representantes del pueblo colombiano. Y cuando Pastrana, forzado por las mayorías (pero no por las clases altas ni por la prensa, sino por el ascenso de Uribe en las encuestas), tuvo que cesar el despeje, Otálora escribió que las FARC debían seguir en la lucha porque el sistema no se había querido enterar.

Es la clase de gente que está con Mockus, y no vacilan en ser los más rigurosos veedores de la ética y la legalidad. En el caso de que las FARC, tras matar a cientos de miles de colombianos (pero ya han matado a cientos de miles), tomaran el poder, Otálora sería ministro o embajador vitalicio. En sitios como la Universidad Nacional el Estado colombiano paga sueldos fabulosos a cientos de personas que están en la misma tarea.

La gente no debe llamarse a engaño. Otálora aclara al final de su artículo cuál será el programa de gobierno de Mockus:
abrir las compuertas del poder a la participación de los sectores excluidos de siempre, a través de la desarticulación nacional y regional de los mecanismos de la violencia contra el opositor político.

Es lo que se oculta tras los ridículos mantras de Mockus: el reconocimiento de que las bandas terroristas son opositores políticos víctimas de una estrategia de exclusión del gobierno. O en fin del sistema democrático. Que el intento de impedir las masacres y secuestros es pura intolerancia "de un proyecto autoritario".

Pero, por si no fuera bastante explícito, Otálora continúa:

Esta lógica conducirá, de manera inexorable, a la revisión profunda de la estrategia militar contra la guerrilla. Ahí sabremos si el proyecto de los verdes tiene dimensiones históricas o es apenas la continuación, con otras caras, de la fórmula uribista de tierra arrasada.

Lo que pasa es que no hay que engañarse: cuando este hombre se erige en defensor de la legalidad no está desvariando. Es que en Colombia existe una situación legal de legitimación de los terroristas. ¿O alguien se ha puesto a pensar por qué todavía no hay ningún trámite judicial contra los que aparecían en los computadores de Raúl Reyes mientras que sí hay muchas decenas de congresistas presos con base en pruebas en última instancia falsas, que los jóvenes iluminados a la moda desconocen por completo? Son testimonios de criminales que se benefician de ellos.

En este blog hemos intentado mostrar hasta qué punto la labor de los magistrados de la Corte Suprema de Justicia constituye una "justicia de parte" que es la negación de toda justicia. Como si se nombrara médicos a los condenados por asesinatos en serie. O como si se castigaran los asesinatos cometidos por negros pero no los cometidos por blancos. Y el problema es que en lo inmediato eso no afecta directamente a la gente, que por otra parte tiene pocos recursos para hacerle frente y siquiera comprenderlo.

De ahí que la defensa de la legalidad es una falacia obscena. La legalidad en Colombia es la tiranía de los socios de Giorgio Sale o de Asensio Reyes, especialistas en emborrachar testigos y en ofrecerles beneficios pentienciarios, aun impunidad, a quienes los favorecen en su conjura. Cuando Mockus habla de defender la legalidad es plenamente coherente, pues es el representante de esa legalidad. Es tan honrado como cuando proclama que admira y respeta a Hugo Chávez. Acerca del sentido de esa legalidad conviene prestar atención a otro entusiasta mockusiano. Extrañamente también profesor de la Universidad Nacional. Pedro Medellín.

Por más popularidad que tenga el presidente de turno, si las cortes tienen claro su papel institucional, la supervivencia del régimen democrático está garantizada.

Claro que uno espera que la gente vea alguna contradicción en esa frase, pero es que en Colombia hay un terrible problema de corrupción del lenguaje, y todas las desgracias que afligen al país, en gran medida mitigadas durante los gobiernos de Uribe, tienen que ver con eso. ¿Qué es régimen democrático? En otros países tendría que ver con las urnas, con el hecho de que la gente elige a unos gobernantes y aprueba unas leyes. En Colombia por encima de ese hecho, "democrático" es lo que conviene a cualquiera. En el caso de Pedro Medellín ese régimen consiste en ciertas particularidades de la Constitución de 1991.

Por ejemplo, el delito político. O la licencia que tienen las cortes para decretar cualquier cosa. (Por ejemplo, la consideración de los magnicidios como "crímenes de lesa humanidad". ¿Alguien recuerda tal cosa en otros países? Lo que constituye un crimen contra la humanidad, las guerrillas comunistas, para los magistrados es "altruismo".) Pero el sustento de esa constitución fue una asamblea elegida por menos del 20 % de los ciudadanos, y evidentemente pactada para prohibir de la forma más rotunda la extradición, por lo que aparte de la ínfima minoría que apoyaba a los terroristas del M-19 y de la maquinaria más leal al gobierno, buena parte de ese 20 % de ciudadanos habrá sido incentivada por Pablo Escobar.

Así se llega a una nueva noción de democracia: ¡no es el gobierno de las mayorías sino el de quien se las arregló para imponer las leyes que le convenían! Lo que pasa es que ¿qué es democracia? El sistema democrático moderno no es algo natural, y en sociedades semiesclavistas como las hispánicas genera fuertes resistencias. Cuando la gente habla de "corrupción" suele pensar en los políticos intrigantes que viven repartiendo puestos a sus clientelas y despilfarrando los recursos públicos. Pero ésos son los políticos democráticos.

Los otros políticos proceden de la Constitución del 91 y del plan de César Gaviria y compañía de premiar a la banda de asesinos del M-19, habida cuenta de su poder, su organización y la enorme influencia de sus partidarios. Tanto Pedro Medellín como Sergio Otálora como miles de personajes parecidos son políticos que no necesitan votos porque ya tienen asegurado su sueldo ministerial en entidades como la Universidad Nacional. Y lógicamente también intrigan y nombran a sus amigos y despilfarran recursos, lo único que los diferencia es que no tienen que administrar nada más que su propia carrera y que no dependen de los votos.

Ése es el bando de Mockus, el de esos investigadores que cada cierto tiempo publican informes académicos según los cuales el gobierno está cometiendo un gran crimen al adoptar el sistema de producción capitalista o el modelo de desarrollo neoliberal. Para entender hasta qué punto se trata de esos sectores que no producen nada sino que viven del erario, baste recordar que el asesor económico de Mockus, Salomón Kalmanovitz, decía del asunto de Invercolsa (en el que se procesó a Fernando Londoño por comprar algunas acciones sin ser propiamente empleado de la empresa), que el hecho de vender las acciones muy por debajo de su precio a los empleados (a la sempiterna mafia de parásitos del Estado), ¡se hacía para democratizar la propiedad accionaria.

Aparte de esos personajes, la ola verde es sólo la gente que cree que el homicidio se arregla recitando el mantra de "la vida humana es sagrada" o que los intentos de Chávez de influir en las elecciones de otros países, en las colombianas a través de Mockus, son la obra de un loco al que es mejor no prestarle atención. De hecho, otro mockusiano, también profesor de la Universidad Nacional, las calificaba hace poco de tonterías. Claro que ese prócer es el mismo que se sorprendía de que la gente no estuviera contenta de que le dieran el Nobel a Piedad Córdoba, que declaraba que el reciclaje era sólo una estratagema para hacer culpables a las personas de la contaminación que ocasionan las empresas y que era necesario un poco de justicia social para que soltaran a Íngrid Betancur.

No hay realmente ninguna diferencia entre elegir a Petro y elegir a Mockus. Y la clase de gente que va a votar por el ex alcalde es la misma que en 2006 votó por Carlos Gaviria. Todo el problema es la forma en que la prensa, para engatusar a gente crédula, explota los errores del gobierno o la falta de carisma del candidato continuista. Pero no hay que dudarlo: elegir a Mockus es brindar reconocimiento a todos estos personajes que sólo en Colombia resultan distinguibles de los torpes rústicos que les hacen el trabajo sucio.

(Publicado en el blog Atrabilioso el 30 de abril de 2010.)